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“Modestamente, la televisión no es culpable de nada. Es un espejo en el que nos miramos todos, y al mirarnos nos reflejamos” (Jaime de Armiñán)

‘La otra mirada’, una ficción necesaria

En tiempos de la campaña mundial de denuncia del acoso sexual #metoo y de clamor colectivo por la igualdad de la mujer en todas las facetas de la vida, TVE acierta programando una serie de gran factura y con un elenco de jóvenes actrices que supone además todo un descubrimiento artístico.

‘La otra mirada’, que ya ha emitido su cuarto episodio, explica la vida de una escuela de señoritas de la Sevilla de lo años veinte. Y deja en evidencia las desigualdades de las mujeres de la época, empezando por su propia educación enfocada a ser buena madre y esposa.

En este sentido, el gran soplo de aire fresco a las dinámicas del centro comandado por su joven e inexperta directora Manuela (Macarena García) lo aporta la entrada en el grupo de profesoras de Teresa (Patricia López Arnaiz) una docente muy poco ortodoxa y que rompe con todos los clichés femeninos de la época. Además, su entrada en el colegio responde a un interés personal oculto y relacionado con una de las alumnas más díscolas a la vez que brillantes, Roberta Luna (la intérprete Begoña Vargas).

Dicen que para entender el presente y el futuro hay que bucear, y mucho, en el pasado. La historia que explica ‘La otra mirada’ nos pone ante un espejo en el que ver todas las conquistas que especialmente durante el pasado siglo XX y el presente siglo XXI está protagonizando el género femenino: desde poder votar a no ser tratadas como objetos sexuales, decorativos o engendradoras de hijos por parte de sus propias parejas, a tener acceso a una educación y a un trabajo igual que sus compañeros hombres o simplemente a poder llevar pantalones. O incluso a expresar su sexualidad sin tapujos ni tabúes.

Es un gran ejercicio de reflexión seguir las aventuras de estas mujeres y de sus maestras para ver las conquistas que ya se han hecho y todas las que quedan por hacer y tan similares a las de entonces. Y de paso, ver una serie de calidad y con muy buenas interpretaciones y ambientaciones.

Hay quien la ha comparado con una ‘Física o Química’ de época. Creo que las similitudes son muy pocas, ya que ‘La otra mirada’ tiene un contenido y una profundidad de la que carecía esta otra serie juvenil. Y sí, es feminista. Pero sin ser ñoña ni aleccionadora.

‘Fariña’: canela fina

El estreno de ‘Fariña’ en Antena 3 del pasado miércoles ha venido precedido de una campaña promocional sin parangón auspiciada por el secuestro por vía judicial del libro de ensayo periodístico en el que se basa la serie, homónimo, y escrito por el periodista Nacho Carretero. Y por la detención el pasado 6 de febrero del narco gallego Sito Miñanco, el protagonista de la serie.

El gran negocio del narcotráfico en Galicia en la década de los ochenta sirve un muy buen punto de partida para enganchar al espectador, más allá del morbo previo del secuestro literario. Pero la buena factura del producto audiovisual así como las interpretaciones que brindan algunos de sus principales protagonistas acaban de pegarte a la pantalla.

A la credibilidad de la historia de los principales clanes del contrabando de tabaco, primero, y luego de la droga, se añade la elección del reparto. Actores gallegos que no han de fingir el acento y que pronuncian el taco ‘carallo’ con verosimilitud. Las actuaciones de Javier Rey como Sito Miñanco, Antonio Durán Morris como Manuel Charlín y Manuel Lourenzo como Terito deslumbran.

Es muy loable que la productora Bambú haya confiado una historia tan gallega a intérpretes de la tierra, curtidos en mil producciones autonómicas y que gracias a ‘Fariña’ llegan a los telespectadores de todo el país para que los disfruten.

El primer capítulo brindó escenas de una gran intensidad como las que suceden en el restaurante a pie de acantilado en el que se reúne la cúpula del contrabando gallego. Y a los momentos de acción y ritmo trepidante se añaden otros de alto voltaje psicológico que enriquecen aún más a los personajes que se dibujan.

Nos hemos quedado con ganas de más.

‘Desaparecidos’: servicio público

Con un tema tan delicado y que ha generado, desgraciadamente, auténticos ríos de tinta en los últimos meses, sobre todo tras la desaparición de la joven Diana Quer en agosto en Galicia, TVE se enfrentaba a una prueba de fuego con el estreno de ‘Desaparecidos’, el programa que devuelve a la actualidad al periodista Paco Lobatón (66 años).

Y a juzgar por el inicio del espacio, presentado con acierto por la periodista Silvia Intxaurrondo, se pueden albergar esperanzas de que este no vire hacia el sensacionalismo o el morbo, un recurso tan fácil a la hora de cubrir informaciones sobre sucesos. También de que algunos de los casos que mantienen en vilo a miles de familias se puedan por fin resolver.

El tratamiento que se hace a los temas, testimonios e intervenciones de los telespectadores es cuidado y respetuoso. Se nota que se han destinado profesionales y medios para dotar al programa de contenidos de cierta calidad.

Este buen hacer impide que ‘Desaparecidos’ se quede en un mero rescate oportunista de ‘Quién sabe dónde’, el formato que dio fama a Lobatón en la década de los noventa y que llevó al ‘prime time’ y al ojo público a un formato a menudo denostado.

Por eso, podemos afirmar con satisfacción que, si no se tuerce, el servicio público regresa a TVE por la puerta grande.

¿Cómo lo ves? Magro

Una decepción. Así fue el estreno en TVE el pasado domingo del nuevo programa ¿Cómo lo ves? que significaba el regreso a la pequeña pantalla del periodista Carlos Herrera, dedicado desde hace años, y con notable éxito, a la radio matutina.

Nos vendieron en las promociones que este sería un espacio democrático, popular, en el que público, invitados y espectadores tomarían la palabra respecto a temas candentes de la actualidad vía el propio plató, conexiones con ciudadanos desde sus casas y una app para teléfonos móviles que, por cierto, se colgó. Pero las  grandes expectativas depositadas en el invento se esfumaron a los pocos minutos.

Primero, por los invitados al estreno. Desde Carmen Lomana a César Cadaval (Los Morancos), Núria Roca o Pepe Navarro. Solo se salvaba el siempre afilado Santiago Segura. Pero este no era el principal problema. El gran escollo del planteamiento de ¿Cómo lo ves? radicaba ya no solo en quienes analizaban los temas a debate que lanzaba Herrera sino en la formulación de los mismos.

Preguntas tan tontas e insustanciales como si perdonarían una infidelidad mezcladas con qué opinan sobre la bandera de España. Un despropósito indigno de una televisión pública.

El único aire fresco que entró en tal desaguisado de estreno lo trajeron algunos de los ciudadanos que participaban desde sus casas, siendo grabados desde el sofá de sus salones de estar. Y en momentos muy puntuales.

Por si todo no era ya dantesco, Herrera intentó animar el cotarro, decaído como estaba con tan poco fundamento, añadiendo a sus intervenciones detalles escatológicos que rozaban el bochorno. Este humor, tan suyo, quizás triunfe en las ondas pero en la televisión y en hora punta, atraviesa más de una cena.

Un verdadero desperdicio ver a un buen comunicador reducido a comentarista de feria en su retorno a la televisión.

‘Salvados’ por la democracia

Jordi Évole hizo el pasado domingo más por arrojar luz al desencuentro político entre el Govern de la Generalitat de Cataluña y el Ejecutivo español que meses y años de cumbres y reuniones sin resultados. O peor, que han desembocado en una falta de entendimiento que ha hecho que estemos a punto de visionar el temido choque de trenes entre ambos gobiernos el próximo 1 de octubre.

El periodista catalán, uno de los emblemas de La Sexta, sometió al president Carles Puigdemont a un tercer grado de los que hacen historia en la televisión. Évole, filias o fobias a parte, es un comunicador que se caracteriza por el rigor a la hora de preparar sus entrevistas y por la profundidad de las mismas. Sabe escuchar y, aún mejor, repreguntar, y formulas las preguntas más incómodas sin ofender, sin faltar al respeto, sin ser impositivo ni maleducado.

A pesar de la tunda recibida por el jefe del ejecutivo catalán de parte de un Évole que nunca ha escondido, como catalán, sus anhelos federalistas y partidarios del derecho a decidir y a votar pero no a romper la legalidad vigente, hay que valorar, y mucho, la predisposición del president a la hora de someterse a las cuestiones de Évole en un momento tan delicado como el que estamos viviendo.

No se puede decir lo mismo del ejecutivo español, que no aceptó la invitación del programa Salvados. El periodista ya avisó que tras emitirse la entrevista se desconectaría de Twitter, sabedor de que en un momento de tanta polarización de pensamiento su actuación televisiva iba a ser objeto del aplauso de unos y de la ira de otros.

Desde este blog nos unimos a lo primero. El debate es siempre más valioso que el silencio o la opacidad.

 

 

 

Desamor con ‘All you need is love…o no’

Telecinco sigue apostando en ‘prime time’ por la reedición de ‘Lo que necesitas es amor’ y de ‘Hay una carta para ti’, es decir, por ‘All you need is love…o no’ de Risto Mejide, Irene Junquera y David Guapo. Pero a pesar de los esfuerzos que parece realizar el primero por tomar las riendas de este formato e intentar reflotarlo de sus flojos inicios, hay aspectos que no funcionan.

Los dos colaboradores de Mejide, Junquera y Guapo, son totalmente inocuos. No aportan al programa ni frescura, ni humor y tampoco el sentido de su presencia en plató. Sus aportaciones son planas y no le dan juego ni al programa ni al presentador, sobre el que gira el espacio, a pesar de que no esté del todo a gusto en el mismo.

La caravana, ese icono de sus programas predecesores de los noventa y primeros 2000, se queda en eso, en un mero icono ‘vintage’. Podría cambiarse perfectamente por cualquier otro vehículo o misiva donde mostrar a los enamorados o desenamorados los mensajes que les esperan.

El propio plató, con una mesa al estilo tertulia, tampoco es demasiado adecuado para entrevistar a los protagonistas de cada historia. Ahí, en los testimonios, es donde el programa tiene uno de sus principales problemas: son relatos en su mayoría sin emoción, arquetípicos y manidos. No erizan la piel. Ni empañan las gafas ahumadas de Mejide, por otro lado, hierático en su quehacer.

Tampoco salta la chispa con los invitados famosos. Por ejemplo, en la entrega del pasado lunes, asistieron el ‘hermano mayor’ Jero García, que fue elogiado hasta el hastío por ser ‘compañero’ de la cadena, y el cantante venezolano Carlos Baute. Este último, al menos, hizo gala de una franqueza sobre la situación que padece su país que hizo conectar con él a Mejide, a pesar de que en el pasado tuvieron sus rencillas. Sería útil para que fluyeran mejor las entrevistas que el presentador recuperara el atrezo de sus conversaciones en el sofá Chester y también la actitud (sin algunos de sus comentados patinazos verbales).

Esperemos que en el tiempo que le quede al programa, este supere la fase de ‘amor de verano’ y pueda conquistar a la audiencia. Tendrá que mejorar.

Un sábado de despropósito

TVE ha vuelto a intentar dominar la franja ‘prime time’ del sábado por la noche con el estreno de ‘No es un sábado cualquiera’ y de paso resucitar, aunque remozado, el formato que tantas alegrías le dio con ‘Noche de fiesta’ de José Luís Moreno en la década de los noventa y primeros 2000 (de 1999 a 2004). Pero en este regreso al pasado la caspa también ha vuelto al ente a pesar de que estemos ya en pleno siglo XXI.

Las comparaciones son numerosas. Vuelven los ‘gags’ con actores de chistes malos de teatrillo de aficionados. Los guiñoles, pero en versión Julio Iglesias y Kiko Rivera. Retornan los espectáculos de baile, ya en regresión en nuestra tele patria ¿Para qué recuperarlos? El presentador de este sarao, el actor Fernando Gil, va más perdido que el formato. Y para rematar, concursos sin sentido con la participación del público asistente.

Lo único que hace bueno al programa son las actuaciones musicales (en su primera noche en antena estuvieron Rosana o Estopa) que así no se quedan solo reducidas a las galas de fin de Año y a los especiales de Navidad de la televisión pública. Lo malo: que están enlatadas.

Mientras no se entienda muy bien qué pretende ‘No es un sábado cualquiera’, desde Telecinco, Jorge Javier Vázquez y los suyos deben estar frotándose las manos. Y con razón. Porque la competencia, de momento, es bien floja. 

 

 

Pequeño muestrario de micromachismos

Con el estreno en parrilla de ‘All you need is love…o no’, una actualización al siglo XXI de la caravana de Jesús Puente ‘Lo que necesitas es amor‘, una salida de tono de su presentador, Risto Mejide, puso en evidencia una realidad que abunda en televisión, al igual que en la vida, la de los micromachismos. 

Risto, que nos tiene más que acostumbrados a la provocación, se pasó de la raya al calificar de “calientapollas” a una muchacha que era llevada al programa por su compañero de piso, enamorado de ella, y confundido porque ella le coge de la mano cuando ven juntos la televisión.

Lejos de ser reprobado por el grupo de colaboradores del programa, estos, y el público, le rieron la gracia a Mejide, normalizando el comentario y haciéndole un flaco favor a la mujer, a esta en concreto y a todas en general.

Pero en cuestiones de amor, y de televisión, estos ejemplos de micromachismos (acciones, actitudes y comportamientos machistas más sutiles e incorporados como normales en nuestro día a día frente al machismo tradicional que provoca, en general, el rechazo de una gran parte de la sociedad) no son exclusivos.

Un competidor de la remozada caravana del amor también cuenta con algunos momentos estelares consagrados al machismo. En First Dates, uno de los candidatos a encontrar pareja le espetó a su cita, que le rechazó segundos antes, que no quería seguir conociéndola porque no le gustaba “de cintura para abajo”. 

Pero sigamos con los ejemplos, que en las últimas semanas han dado para mucho: en Supervivientes, el concursante Kiko, pareja de Gloria Camila, tuvo celos de ella porque hablaba mucho con otro compañero de isla. Y, cabreado, le gritó: “Ya me buscarás para ir a la cama” (cita escrita sustituyendo otro verbo más vulgar).

Este pequeño muestrario se puede completar con normas no escritas y de sobras practicadas tanto en programas como en publicidad. Y los hombres también tendrán lo suyo. Sin duda. Pero cabe destacar cómo ese espejo en el que nos miramos, que es la televisión, refleja también y tan bien nuestros defectos como sociedad.  

‘Los Gipsy Kings’, un éxito que no representa a los gitanos

Diversos colectivos gitanos, una comunidad con más de un millón de habitantes en España, piden la retirada del docureality Los Gipsy Kings por fomentar estereotipos negativos y ofensivos y por ofrecer una imagen nada realista del pueblo gitano.

Cuatro ha apostado nuevamente por este caballo ganador, un programa que se introduce con mucha dosis de humor en las vidas de los González, los Montoya, los Salazar, los Fernández-Navarro y los Jiménez, cuatro familias gitanas, y que cosecha muy buenas audiencias.

Debemos preguntarnos el por qué de su éxito. Y este puede radicar, sin menospreciar en absoluto la opinión de los colectivos ofendidos, en el hecho de que este espacio lo que pretende es entretener y no explicar con realismo el día a día de una familia gitana tipo.

Claro que en este ejercicio televisivo donde la extravagancia y el surrealismo son la línea argumental del producto se pueden llegar a cometer abusos que ofendan a parte del pueblo aludido. Pero la intención parece ser el puro entretenimiento y el negocio y para sus protagonistas la notoriedad y el paso por caja.

Y si no es esa la motivación, qué bien que nos engañan a los tele videntes. Y qué naturales que parecen las peripecias de estas familias con posibles, emprendedores y viajeros, que seguramente difieren bastante de las de la mayoría de sus congéneres.

El universo tróspido que ha puesto de moda programas como por ejemplo ¿Quién quiere casarse con mi hijo? no es reflejo de los colectivos en los que se centra. Lo que se muestra sobre un hijo o una hija con ganas de encontrar pareja y sobre sus progenitoras seguramente no tiene nada que ver con la mayoría de casos reales de la calle.

El ‘encanto’ de estos programas radica precisamente en su extravagancia. En la ‘rareza’ está el gusto. Eso sí, si ofende a los aludidos, tampoco todo vale.

Unos Goya digeribles y predecibles

Los Premios Goya de este año fueron como una película de sobremesa de esas que te engancha y no te permite dormir la siesta, porque en su momento se estrenó en los cines con un éxito aceptable, pero que no pasó de ahí. Que está bien ejecutada e interpretada y poco más. Dani Rovira presentó sus terceros premios consciente de que iba a ser mirado con lupa. Y como la gala en sí, optó por no salirse de un guión establecido y políticamente correcto en comparación con la pasada edición de los ‘cabezones’. Solo los tacones rojos que exhibió como tributo a las mujeres en el cine fueron el único momento discordante de su noche, porque lo que pensaron él y sus guionistas como un guiño a las féminas se convirtió en un taconazo en toda regla.

Pero por todo ello, estos Goya no pasarán a la historia. Los premios concedidos fueron los esperados, quizás con la única sorpresa, grata, de ver cómo una actriz de la solvencia y la solera de Emma Suárez se llevaba dos Goya por dos películas diferentes. Y con un homenaje merecido a Ana Belén, que convirtió su discurso en un ‘ego’ monólogo, pero que se le perdona por el propio ego del personaje. Una tercera mujer dio el momento más emotivo: la cantante y actriz Sílvia Pérez Cruz cantándole a los desahuciados en agradecimiento como mejor sabe a su premio a la mejor canción original.

En una noche en la que el ministro de Cultura reía en la grada, también Almodóvar, la presidenta de la Academia, Yvonne Blake (que hizo gala de un español mejorable y de un discurso igual de plano que la entrega de premios) y hasta el director de la orquesta en directo puesta sobre el escenario, el único que lloraba era J.A.Bayona por los 9 Goyas conseguidos por Un monstruo viene a verme. Competir con una producción de Hollywood en los Goya es hacerlo en superioridad de condiciones.

Hasta Penélope Cruz reía las saboridas bromas que le dedicó Rovira. Y ponía unas caras a la cámara que rivalizaron, y mucho, con las que puso Winona Ryder en los Premios del Sindicato de Actores. Más bien fueron caras de Bélmez.

En conclusión, fue una gala bonita de ver, soportable, y poco emotiva. Sobraron los tacones, el número musical que parece que han de poner siempre con calzador durante los intermedios entre galardón y galardón, hacer un ‘gag’ justo antes de la emisión del obituario y el beso en la boca entre Rovira y su ‘aíta’ Karra Elejalde. Lo mejor de la noche, sin duda, el merecido protagonista: el cine español.