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“Modestamente, la televisión no es culpable de nada. Es un espejo en el que nos miramos todos, y al mirarnos nos reflejamos” (Jaime de Armiñán)

‘Salvados’ por la democracia

Jordi Évole hizo el pasado domingo más por arrojar luz al desencuentro político entre el Govern de la Generalitat de Cataluña y el Ejecutivo español que meses y años de cumbres y reuniones sin resultados. O peor, que han desembocado en una falta de entendimiento que ha hecho que estemos a punto de visionar el temido choque de trenes entre ambos gobiernos el próximo 1 de octubre.

El periodista catalán, uno de los emblemas de La Sexta, sometió al president Carles Puigdemont a un tercer grado de los que hacen historia en la televisión. Évole, filias o fobias a parte, es un comunicador que se caracteriza por el rigor a la hora de preparar sus entrevistas y por la profundidad de las mismas. Sabe escuchar y, aún mejor, repreguntar, y formulas las preguntas más incómodas sin ofender, sin faltar al respeto, sin ser impositivo ni maleducado.

A pesar de la tunda recibida por el jefe del ejecutivo catalán de parte de un Évole que nunca ha escondido, como catalán, sus anhelos federalistas y partidarios del derecho a decidir y a votar pero no a romper la legalidad vigente, hay que valorar, y mucho, la predisposición del president a la hora de someterse a las cuestiones de Évole en un momento tan delicado como el que estamos viviendo.

No se puede decir lo mismo del ejecutivo español, que no aceptó la invitación del programa Salvados. El periodista ya avisó que tras emitirse la entrevista se desconectaría de Twitter, sabedor de que en un momento de tanta polarización de pensamiento su actuación televisiva iba a ser objeto del aplauso de unos y de la ira de otros.

Desde este blog nos unimos a lo primero. El debate es siempre más valioso que el silencio o la opacidad.

 

 

 

Desamor con ‘All you need is love…o no’

Telecinco sigue apostando en ‘prime time’ por la reedición de ‘Lo que necesitas es amor’ y de ‘Hay una carta para ti’, es decir, por ‘All you need is love…o no’ de Risto Mejide, Irene Junquera y David Guapo. Pero a pesar de los esfuerzos que parece realizar el primero por tomar las riendas de este formato e intentar reflotarlo de sus flojos inicios, hay aspectos que no funcionan.

Los dos colaboradores de Mejide, Junquera y Guapo, son totalmente inocuos. No aportan al programa ni frescura, ni humor y tampoco el sentido de su presencia en plató. Sus aportaciones son planas y no le dan juego ni al programa ni al presentador, sobre el que gira el espacio, a pesar de que no esté del todo a gusto en el mismo.

La caravana, ese icono de sus programas predecesores de los noventa y primeros 2000, se queda en eso, en un mero icono ‘vintage’. Podría cambiarse perfectamente por cualquier otro vehículo o misiva donde mostrar a los enamorados o desenamorados los mensajes que les esperan.

El propio plató, con una mesa al estilo tertulia, tampoco es demasiado adecuado para entrevistar a los protagonistas de cada historia. Ahí, en los testimonios, es donde el programa tiene uno de sus principales problemas: son relatos en su mayoría sin emoción, arquetípicos y manidos. No erizan la piel. Ni empañan las gafas ahumadas de Mejide, por otro lado, hierático en su quehacer.

Tampoco salta la chispa con los invitados famosos. Por ejemplo, en la entrega del pasado lunes, asistieron el ‘hermano mayor’ Jero García, que fue elogiado hasta el hastío por ser ‘compañero’ de la cadena, y el cantante venezolano Carlos Baute. Este último, al menos, hizo gala de una franqueza sobre la situación que padece su país que hizo conectar con él a Mejide, a pesar de que en el pasado tuvieron sus rencillas. Sería útil para que fluyeran mejor las entrevistas que el presentador recuperara el atrezo de sus conversaciones en el sofá Chester y también la actitud (sin algunos de sus comentados patinazos verbales).

Esperemos que en el tiempo que le quede al programa, este supere la fase de ‘amor de verano’ y pueda conquistar a la audiencia. Tendrá que mejorar.

Un sábado de despropósito

TVE ha vuelto a intentar dominar la franja ‘prime time’ del sábado por la noche con el estreno de ‘No es un sábado cualquiera’ y de paso resucitar, aunque remozado, el formato que tantas alegrías le dio con ‘Noche de fiesta’ de José Luís Moreno en la década de los noventa y primeros 2000 (de 1999 a 2004). Pero en este regreso al pasado la caspa también ha vuelto al ente a pesar de que estemos ya en pleno siglo XXI.

Las comparaciones son numerosas. Vuelven los ‘gags’ con actores de chistes malos de teatrillo de aficionados. Los guiñoles, pero en versión Julio Iglesias y Kiko Rivera. Retornan los espectáculos de baile, ya en regresión en nuestra tele patria ¿Para qué recuperarlos? El presentador de este sarao, el actor Fernando Gil, va más perdido que el formato. Y para rematar, concursos sin sentido con la participación del público asistente.

Lo único que hace bueno al programa son las actuaciones musicales (en su primera noche en antena estuvieron Rosana o Estopa) que así no se quedan solo reducidas a las galas de fin de Año y a los especiales de Navidad de la televisión pública. Lo malo: que están enlatadas.

Mientras no se entienda muy bien qué pretende ‘No es un sábado cualquiera’, desde Telecinco, Jorge Javier Vázquez y los suyos deben estar frotándose las manos. Y con razón. Porque la competencia, de momento, es bien floja. 

 

 

Pequeño muestrario de micromachismos

Con el estreno en parrilla de ‘All you need is love…o no’, una actualización al siglo XXI de la caravana de Jesús Puente ‘Lo que necesitas es amor‘, una salida de tono de su presentador, Risto Mejide, puso en evidencia una realidad que abunda en televisión, al igual que en la vida, la de los micromachismos. 

Risto, que nos tiene más que acostumbrados a la provocación, se pasó de la raya al calificar de “calientapollas” a una muchacha que era llevada al programa por su compañero de piso, enamorado de ella, y confundido porque ella le coge de la mano cuando ven juntos la televisión.

Lejos de ser reprobado por el grupo de colaboradores del programa, estos, y el público, le rieron la gracia a Mejide, normalizando el comentario y haciéndole un flaco favor a la mujer, a esta en concreto y a todas en general.

Pero en cuestiones de amor, y de televisión, estos ejemplos de micromachismos (acciones, actitudes y comportamientos machistas más sutiles e incorporados como normales en nuestro día a día frente al machismo tradicional que provoca, en general, el rechazo de una gran parte de la sociedad) no son exclusivos.

Un competidor de la remozada caravana del amor también cuenta con algunos momentos estelares consagrados al machismo. En First Dates, uno de los candidatos a encontrar pareja le espetó a su cita, que le rechazó segundos antes, que no quería seguir conociéndola porque no le gustaba “de cintura para abajo”. 

Pero sigamos con los ejemplos, que en las últimas semanas han dado para mucho: en Supervivientes, el concursante Kiko, pareja de Gloria Camila, tuvo celos de ella porque hablaba mucho con otro compañero de isla. Y, cabreado, le gritó: “Ya me buscarás para ir a la cama” (cita escrita sustituyendo otro verbo más vulgar).

Este pequeño muestrario se puede completar con normas no escritas y de sobras practicadas tanto en programas como en publicidad. Y los hombres también tendrán lo suyo. Sin duda. Pero cabe destacar cómo ese espejo en el que nos miramos, que es la televisión, refleja también y tan bien nuestros defectos como sociedad.  

‘Los Gipsy Kings’, un éxito que no representa a los gitanos

Diversos colectivos gitanos, una comunidad con más de un millón de habitantes en España, piden la retirada del docureality Los Gipsy Kings por fomentar estereotipos negativos y ofensivos y por ofrecer una imagen nada realista del pueblo gitano.

Cuatro ha apostado nuevamente por este caballo ganador, un programa que se introduce con mucha dosis de humor en las vidas de los González, los Montoya, los Salazar, los Fernández-Navarro y los Jiménez, cuatro familias gitanas, y que cosecha muy buenas audiencias.

Debemos preguntarnos el por qué de su éxito. Y este puede radicar, sin menospreciar en absoluto la opinión de los colectivos ofendidos, en el hecho de que este espacio lo que pretende es entretener y no explicar con realismo el día a día de una familia gitana tipo.

Claro que en este ejercicio televisivo donde la extravagancia y el surrealismo son la línea argumental del producto se pueden llegar a cometer abusos que ofendan a parte del pueblo aludido. Pero la intención parece ser el puro entretenimiento y el negocio y para sus protagonistas la notoriedad y el paso por caja.

Y si no es esa la motivación, qué bien que nos engañan a los tele videntes. Y qué naturales que parecen las peripecias de estas familias con posibles, emprendedores y viajeros, que seguramente difieren bastante de las de la mayoría de sus congéneres.

El universo tróspido que ha puesto de moda programas como por ejemplo ¿Quién quiere casarse con mi hijo? no es reflejo de los colectivos en los que se centra. Lo que se muestra sobre un hijo o una hija con ganas de encontrar pareja y sobre sus progenitoras seguramente no tiene nada que ver con la mayoría de casos reales de la calle.

El ‘encanto’ de estos programas radica precisamente en su extravagancia. En la ‘rareza’ está el gusto. Eso sí, si ofende a los aludidos, tampoco todo vale.

Unos Goya digeribles y predecibles

Los Premios Goya de este año fueron como una película de sobremesa de esas que te engancha y no te permite dormir la siesta, porque en su momento se estrenó en los cines con un éxito aceptable, pero que no pasó de ahí. Que está bien ejecutada e interpretada y poco más. Dani Rovira presentó sus terceros premios consciente de que iba a ser mirado con lupa. Y como la gala en sí, optó por no salirse de un guión establecido y políticamente correcto en comparación con la pasada edición de los ‘cabezones’. Solo los tacones rojos que exhibió como tributo a las mujeres en el cine fueron el único momento discordante de su noche, porque lo que pensaron él y sus guionistas como un guiño a las féminas se convirtió en un taconazo en toda regla.

Pero por todo ello, estos Goya no pasarán a la historia. Los premios concedidos fueron los esperados, quizás con la única sorpresa, grata, de ver cómo una actriz de la solvencia y la solera de Emma Suárez se llevaba dos Goya por dos películas diferentes. Y con un homenaje merecido a Ana Belén, que convirtió su discurso en un ‘ego’ monólogo, pero que se le perdona por el propio ego del personaje. Una tercera mujer dio el momento más emotivo: la cantante y actriz Sílvia Pérez Cruz cantándole a los desahuciados en agradecimiento como mejor sabe a su premio a la mejor canción original.

En una noche en la que el ministro de Cultura reía en la grada, también Almodóvar, la presidenta de la Academia, Yvonne Blake (que hizo gala de un español mejorable y de un discurso igual de plano que la entrega de premios) y hasta el director de la orquesta en directo puesta sobre el escenario, el único que lloraba era J.A.Bayona por los 9 Goyas conseguidos por Un monstruo viene a verme. Competir con una producción de Hollywood en los Goya es hacerlo en superioridad de condiciones.

Hasta Penélope Cruz reía las saboridas bromas que le dedicó Rovira. Y ponía unas caras a la cámara que rivalizaron, y mucho, con las que puso Winona Ryder en los Premios del Sindicato de Actores. Más bien fueron caras de Bélmez.

En conclusión, fue una gala bonita de ver, soportable, y poco emotiva. Sobraron los tacones, el número musical que parece que han de poner siempre con calzador durante los intermedios entre galardón y galardón, hacer un ‘gag’ justo antes de la emisión del obituario y el beso en la boca entre Rovira y su ‘aíta’ Karra Elejalde. Lo mejor de la noche, sin duda, el merecido protagonista: el cine español.

Gazpacho a la Pantoja en ‘El Hormiguero’

Trancas y Barrancas se tomaron esta semana un gazpacho ‘a la Pantoja’ en El Hormiguero. Y puede que les haya repetido el plato, al igual que al propio programa. Porque la invitación de Pablo Motos a la tonadillera en su primera entrevista concedida en televisión, tras salir de la cárcel el pasado mes de marzo, le ha hecho un flaco favor al programa.

Estábamos acostumbrados a ver a actores de Hollywood jugando a científicos y hablando con hormigas, todo en tono desenfadado, amable y blanco. Cansaba por repetitivo pero caía bien. No hacía daño a nadie.

Pero este cambio de registro de Motos para romper en audiencias dando una exclusiva con la Pantoja propia de ‘Sálvame Deluxe’ y encima sin preguntas incómodas, sino con un peloteo obsceno, ha sido demasiado. Ese día debieron flipar hasta las hormigas.

La entrevista, que ocupó todo el programa, tuvo momentos memorables de vergüenza ajena. Motos y Pantoja actuaban como si fueran íntimos. Se abrazaban, adulaban y reían sin límite. El “dientes, dientes” propio de la sevillana funcionó a las mil maravillas ante la cámara. Hasta Motos le dio un pico a su invitada, suponemos que llevado por el desenfreno del momento.

El público del ‘falso directo’ lo llenaron con una caravana de mujeres seguidoras a muerte de la artista, que no paraban de jalear hasta la tontería más tonta que tuviera que ver con su diva. No se habló de la palabra ‘cárcel’ ni por asomo y sí mucho de su nuevo disco, para gran alegría de su discográfica. La cantante tuvo piropos hasta para las hormigas, a las que besaba y gritaba: “¡Ay mis niños!”. También entró por teléfono su hijo Kiko Rivera para acabar de subir el tono pelotero del homenaje en vida de la artista.

Perder, lo que se dice perder, perdió menos la Pantoja con este espectáculo, porque va escasa de credibilidad. Pablo sí que restó en eso. Y rompió por un día la dinámica de un programa desenfadado que con solo una mala elección de invitado se puede convertir en algo insufrible. Y falso al límite. Un fraude. Vergonzoso.

El único momento de verdad fue la actuación de la cantante con dos temas. Todo el respeto para con su arte. El resto es totalmente prescindible en televisión. Eso sí, apunten: cinco millones de espectadores. Objetivo cumplido.

Volando va Calleja

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El aventurero leonés Jesús Calleja rinde un homenaje a la España más rural y desconocida, aquella que no está casi nunca expuesta a los focos televisivos, en la segunda temporada del programa Volando voy de Cuatro. Este espacio nos muestra un país que no estamos acostumbrados a ver y que se agradece descubrir en prime time.

El fuerte de Volando voy es una combinación de ingredientes de éxito, algunos de los cuales domina Calleja a la perfección. Como la aventura, donde el leonés se mueve como pez en el agua. No en vano es su seña de identidad profesional y televisiva. Pero dados los personajes, es una aventura controlada, alejada de la que nos expuso en Planeta Calleja, donde se llevaba a diferentes famosos a vivir expediciones de auténtico impacto.

Otros aderezos de este programa de fácil digestión son la vena humana del presentador, su carisma y naturalidad, y el humor. El helicóptero en el que sobrevuela la geografía nos aporta unas imágenes espectaculares de los lugares que visita, una promoción turística de primer orden, y entronca con la personalidad aventurera del conductor, pero no deja de ser un mero efecto.

A parte del homenaje a ser un invento español, el autogiro podría sustituirse perfectamente por una furgoneta o por un coche de época, o de carreras. Cualquier automóvil serviría. Si no, que se lo digan al actor Quim Masferrer, que presenta en el canal autonómico catalán TV3 El foraster, el mismo formato de Volando voy, y donde se sirve de una furgoneta naranja para surcar la geografía catalana más escondida.

Pero a parte de las imágenes de naturaleza y los emplazamientos escogidos, este formato nos reconcilia con la humanidad. Porque conocer las historias de los habitantes a las que nos asomamos, y ver el espíritu de comunidad que se respira entre los vecinos cuando se reúnen para visionar el programa y charlar con Calleja nos recuerda que aún hay rincones en este mundo donde existe la hermandad.

 

 

El éxito de ‘La Voz’: los ‘coaches’

Ya acabó la cuarta temporada de La Voz y la concursante gallega Irene Caruncho fue la ganadora. Con una voz y una presencia que hacen de ella una Adele a la española, pero sin el carisma y la transmisión de la diva británica, todo hay que decirlo, llevó al triunfo al equipo de Malú.

Acaba así una Voz 4 que no pasará a la historia de la televisión por aspectos estrictamente televisivos, aunque hay que remarcar que este año había calidad musical entre los finalistas, sino por la química desplegada por sus coaches, con Alejandro Sanz a la cabeza.

Si no eres ‘alejandrista’, va a ser muy difícil que sigas este concurso de talentos. Y lo contrario. Porque todo, lo que es todo, gravita en torno a él.

Alejandro Sanz es el favorito de los aspirantes, que eligen a su equipo a la que él se pone a tiro, es decir, a la que se gira de la butaca tras la primera audición a ciegas. Saben el peso específico que tiene en la industria musical en lengua castellana y eso no tiene competencia.

Ni Malú, ni Manuel Carrasco, ni mucho menos Melendi, le pueden hacer sombra al gaditano-madrileño. Pero, mira por donde, la ganadora ha sido una pupila de Malú.

Otro aspecto que hace que ames u odies esta recién acabada edición de La Voz pasa por el flamenco. Si tienes quejío y cantas por soleares, el trío andaluz se va a morir por tus huesos. Lo llevan en la sangre y en las cuerdas vocales. Y para los que aman el flamenco les hará, como a los ‘coaches’, que se les erize el vello. Pero al resto de la audiencia, así como a Melendi, le va a dar bastante igual. O incluso le va a cansar.

El triunvirato Sanz-Malú-Carrasco es auténtico, se nota que son amigos y que se aprecian, y eso lo invade todo. Pero también puede empalagar tanto egocentrismo desplegado.

Tanto Tania Llasera como Jesús Vázquez pasan sin pena ni gloria como conductores de este ‘talent show’. Y se echa de menos en todas las ediciones transcurridas en España una lección musical que haría mucho bien a los concursantes, y especialmente a los ganadores: que les enseñen no solo a entonar sino a transmitir sentimientos con sus voces. Ese es el ‘duende’ raro de conseguir, como bien saben los ‘coaches’. Y hay muy pocas academias que lo enseñen, porque se tiene o no se tiene.

‘Lo que escondían sus ojos’, un amor de escaparate

Las miniseries de época de producción propia son una de las apuestas más ganadoras de los canales de televisión, que cosechan éxitos con producciones recientes como Gran Hotel, El tiempo entre costuras, Isabel o La Señora. No es de extrañar, pues, que Telecinco haya querido seguir esta estela de aceptación asegurada aunque añadiendo un elemento de riesgo extra que ha sido interpretado de formas diferentes.

Ese giro de tuerca es presentarnos el principio del régimen franquista desde el bando de los ganadores y no del de los vencidos, mucho más trillado a nivel audiovisual y literario. Para ello se han inspirado en la novela ‘Lo que escondían sus ojos, de Nieves Herrero, que ficciona esa parte oscura de la historia de España desde el amor prohibido que se profesaron en la vida real el ministro de Exteriores Ramón Serrano Suñer y la marquesa de Llanzol, Sonsoles de Icaza.

Este gesto ha suscitado una campaña en Change.org con más de 38.938 firmas exigiendo la retirada de la serie, cosecha en paralelo audiencias aceptables. Y demuestra que las dos Españas siguen más vivas que nunca, o que siempre.

Pero sin entrar en cuestiones políticas y respetándolas al máximo, pues son los sentimientos y heridas de un país, ni tampoco en si la ficción presentada es más o menos respetuosa con la verdad histórica, esta serie tiene faltas estrictamente televisivas.

La primera, la elección de sus protagonistas, dos guaperas de manual pero que no aportan lo que deberían a estos dos papeles, complejos y que vivieron un verdadero laberinto de pasiones en un entorno hostil y restrictivo al máximo. Ni Blanca Suárez ni Rubén Cortada están a la altura esperada de una producción que aspira a dejar huella en la televisión y que hace unos meritorios esfuerzos de ambientación y vestuario. Eso sí, luciendo palmito son los mejores y bien se merecen la audiencia.

Por suerte, la falta de oficio de ambos la suplen secundarios. Emilio Gutiérrez Caba, sin estar brillante, convence en su papel de marido de la marquesa. Lo mismo sucede con el intérprete Javier Gutiérrez, que se pone al frente de uno de los personajes más difíciles de encarnar en este país, por motivos obvios. Su interpretación de Francisco Franco no cae ni en la parodia fácil ni en la excesiva verosimilitud, lo que aporta credibilidad a su papel.

Esta historia de amor llenó de chismes los mentideros de la época dentro de una élite que vivía al margen de la miseria y la destrucción de la posguerra. Ver ese mundo aparte desde la ficción también da sentido a la existencia de esta serie por lo que supone de dar visibilidad a algo que también ocurrió en la vida real. Que cada televidente saque la conclusión que crea conveniente de esta puesta en escena poco común en la televisión española y, por ello, también necesaria.