Estoy dramatizando Estoy dramatizando

"... no me despiertes, si duermo, y si es verdad, no me duermas". (Pedro Calderón de la Barca, 'La vida es sueño')

Archivo de abril, 2014

Buenas maneras

Aprendí la lección la primera vez que fui al Auditorio Nacional. El programa constaba de tres obras de Beethoven, las dos primeras más breves, sin divisiones; la tercera, el Concierto para piano nº 5. Al acabar la orquesta de interpretar el primer movimiento de esta última, el público empezó a aplaudir.

Ya venía yo sospechando entonces (lumbreras que es una) que nuestro sistema educativo no nos proporciona ni siquiera las herramientas básicas para que aprendamos a consumir cultura en vivo. Pero todavía pensaba que los espectadores de las ciudades grandes, con más fácil acceso a una oferta también más amplia y variada, sí tendrían por lo general un comportamiento adecuado en este tipo de eventos y de recintos.

Aprendí la lección, como decía: no necesariamente.

MBIG

El elenco de MBIG. (La Pensión de las Pulgas)

Recuerdo cómo en la sala principal del Teatro Español, años después, un buen número de personas comenzaron a cuchichear sin disimulo al desnudarse los actores en Escenas de un matrimonio / Sarabanda. Y, hace solo un par de meses, pasó tres cuartos de lo mismo en la función de MBIG a la que asistí en La Pensión de las Pulgas durante el encuentro sexual de Macbeth y Lady Macbeth. Con la agravante de que, al tratarse de una sala tan pequeña, molesta sobremanera, y no me quiero imaginar cuánto a los actores.

Pero peor aún fue en septiembre de 2012 en la ‘hermana’ de La Pensión de las Pulgas, La Casa de la Portera, cuando a un par de señoras (que me hicieron sentir una mezcla de rabia, lástima y vergüenza) les dio por increpar o animar, según correspondiera, a uno de los personajes de Petición de mano.

Pues sí. Saber estar en un espectáculo pasa por aspectos como guardar un escrupuloso silencio o aplaudir cuando corresponde (me gusta esta miniguía de Radio Clásica que me descubrió Mirentxu Mariño).

También en resistirse a silbar una melodía, algo que hace años no logró un compañero de patio de butacas durante una función de Coppélia del Ballet Nacional de Cuba, no sé si movido por su pasión musical o por un absurdo ánimo de demostrar que conocía la composición de Léo Delibes. O en intentar hacer el menor ruido posible comiendo si se ha sucumbido a la tentación de comprar palomitas de maíz. Claro que en este caso cabría discutir si el productor debería renunciar a los ingresos que le reporta su venta… Pero eso ya es otra historia.

Una (clásica) baza segura

4estrellasLa cortesía de España

A medio camino entre el truco y la manía, cuando encadeno una serie de funciones flojas o poco epatantes suelo bucear por la cartelera teatral en busca de alguna baza segura, de algún autor, director, actor, de alguna compañía o sala de los que funcionan siempre para que me quite el mal sabor de boca.

Una de esas bazas seguras es la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Con piezas en mayor o menor medida de mi agrado, con repartos más o menos atinados, pero siempre elegante, siempre encontrando ese difícil equilibrio entre el respeto a la obra y la innovación.

En esta ocasión he recurrido a su ‘cantera’, la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, que ha dejado la sede temporal (sin comentarios) de la CNTC para instalarse en las Naves del Español con La cortesía de España.

Definitivamente, el texto no se encuentra entre mis favoritos. No me termina de convencer la forma en que se combinan drama y comedia, encuentro precipitado el desenlace y considero que no es el Lope al que mejor le ha sentado el paso del tiempo (no descarto ir al infierno de los teatrófilos por haber escrito esto). Sin embargo, disfruté mucho, y fue gracias al sello de la compañía que ahora tiene al frente a Helena Pimenta.

El equilibrio del que les hablaba más arriba está aquí por partida triple. Primero, en la fina versión, de Laila Ripoll. Después, en la dirección de Josep Maria Mestres, impecable, ni una réplica fuera de lugar, magníficas las transiciones (con la ayuda de una buena composición musical, por cierto). Por último, en la contraposición entre vestuario y escenografía.

En esto me detengo. Se ha optado por un vestuario de época, acertado por lo general y con alguna preciosidad como la chaquetilla y falda con tul de Lucrecia, creo recordar que en la escena del acto segundo que transcurre por la noche en la venta. Con un solo pero: hay algo en la vestimenta de Don Juan (¿las espuelas?) que produce un sonido impertinente cada vez que se mueve, juraría que en la segunda mitad del primer acto y en la primera mitad del segundo; no creo que compense.

Y, como decía, el vestuario tiene su contraposición en la escenografía, con su propia área delimitada dentro del escenario, a la antigua usanza, pero que no ahorra en elementos modernos —proyecciones, líneas sobrias…—. ¡Ya hay que tener arte para atreverse con el anacronismo y que resulte a las mil maravillas! Resuelve los cambios de escena, da agilidad a la función, funciona en el aspecto plástico… ¿Se puede pedir más?

Last but not least, que diría un anglohablante, siempre es una gozada ‘descubrir’ talentos interpretativos como los de Natalia Huarte, que clava a Lucrecia; Francesco Carril, excelente cuando Don Juan se debate entre la moral y el deseo, pero también en el aspecto cómico; o Álvaro de Juan, que sabe sacar provecho del (casi siempre) agradecido papel del gracioso —ahora que reparo, ¿lo será por una cuestión léxica?—. Y otros en papeles secundarios pero no menos brillantes como Sole Solís e Ignacio Jiménez.

They all made my day…, que diría un anglohablante.

 

Autor: Lope de Vega.

Versión: Laila Ripoll.

Dirección: Josep Maria Mestres.

Reparto: Elsa González, Sole Solís, Manuel Moya, Jonás Alonso, Alba Enríquez, Natalia Huarte, Borja Luna, Guillermo de los Santos, Francesco Carril, Álvaro de Juan, Júlia Barceló, Laura Romero, Ignacio Jiménez, José Gómez.

Composición musical: Lluis Vidal.

Escenografía: Clara Notari.

Vestuario: María Araujo.

Producción: Compañía Nacional de Teatro Clásico.

Sala: Naves del Español (sala 1), Madrid.

 

¿Repetimos?

Este fin de semana veré de nuevo el La vida es sueño de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Lo decidí en cuanto me enteré de que la iban a reponer. Si no lo hice ya la pasada temporada, fue solo porque para cuando la hube visto, para cuando me hubo vuelto loca el Segismundo de la Portillo –me gusta anteponerle el artículo de las grandes– y quise repetir, quedaban funciones… pero localidades disponibles, ni la primera.

Total, que hace unos meses, en cuanto salieron a la venta, L. y servidora nos tiramos en plancha a comprar nuestro par de entradas centradas de fila 7 –porque una pide y acepta invitaciones cuando va a trabajar, pero los vicios (por lo general) se los paga–. Hicimos bien en no dejarlo pasar: ahora, como cabía esperar, están agotadas.

Time al tiempo

Álvaro Tato e Íñigo Echevarría, de Ron Lalá, en una escena de ‘Time al tiempo’. (DAVID RUIZ)

No será la primera vez que repita montaje. Vi en sendos pares de ocasiones, por ejemplo, La omisión de la familia Coleman y Tercer cuerpo, de Claudio Tolcachir, y las vería encantada por tercera vez si las repusiesen, igual que repetiría El viento en un violín. Cayeron tres veces cada uno –y caerían una cuarta– el musical Spamalot de Monty Python dirigido por Tricicle y Time al tiempo de Ron Lalá, dos espectáculos muy diferentes pero igual de desternillantes. Mi récord, eso sí, lo tiene Los miserables: he asistido a cinco funciones y pronto tocará la sexta.

Me consta que hay gente para la que seis son incluso pocas y que cuenta por decenas las veces que ha visto su obra favorita…

Y también sé que hay quien no entiende que con una función no nos baste. “¿Acaso va a cambiar en algo la próxima vez?”, me han llegado a preguntar. Pues no en sentido estricto, pero sí teniendo en cuenta que una representación de un espectáculo en directo nunca es exactamente igual que la anterior. En cualquier caso, no se trata de eso, sino de volver a vivir una experiencia que, por un motivo u otro, te ha llenado y de descubrir cosas –en las buenas obras las hay, y quien no lo ha hecho nunca no se puede imaginar cuántas– que antes te pasaron desapercibidas.

Ahora, lo realmente gracioso viene cuando el sorprendido en cuestión te confiesa que su película preferida la ha visto tantas veces que podría escribir sus diálogos sin cometer ni un solo error…