Visigodos, locas teorías raciales y el CSIC: el rastro de los científicos nazis de la Ahnenerbe en España

El arqueólogo español Julio Martínez Santa Olalla y el dirigente nazi Heinrich Himmler analizan la colección visigoda del Museo Arqueológico Nacional en Madrid en octubre de 1940 (Cedida por el autor del libro)

Teorías disparatadas sobre los guanches canarios como raza aria pura, restos arqueológicos visigodos regalados a Alemania, una batalla por el control de la ciencia española… Los pequeños pasos en territorio español de la Ahnenerbe (Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana), la oscura organización que buscaba justificar con tintes científicos la ideología nazi no pasó de anecdótica, pero dejo huella, tal y como relata el periodista Eric Frattini (Lima, 1963) en su última obra Los científicos de Hitler (Espasa, 2021).

Frattini relata el papel de un excéntrico personaje, Julio Martínez Santa-Olalla, arqueólogo con buenos contactos y educación en Alemania, falangista y pronazi, que hizo de cicerón al jerarca nazi Heinrich Himmler en su visita a España en octubre de 1940. Martínez Santa-Olalla acompañó al Reichsführer a lugares históricos como el Alcázar de Toledo o el Museo Arqueológico en Madrid. “Himmler quedó impresionado por la visión de Santa-Olalla, que aseguraba que los españoles éramos más celtas que, por ejemplo íberos, a los que tildaba de subhumanos, y cercanos a la raza aria”, explica este periodista. El arqueólogo español le regaló a Himmler un broche visigodo del siglo VI.

Lo cierto es que no sería la última pieza de ese periodo que partiría rumbo a Alemania por Martínez Santa-Olalla. Como comisario general de Excavaciones, el falangista afrontó las excavaciones, en colaboración con científicos nazis, del yacimiento visigodo de Castiltierra, en Segovia. Martínez Santa-Olalla piensa que la restauración de los restos encontrados, sobre todo los de bronce, no podrán ser restaurados adecuadamente en España y organiza su traslado, en plena Segunda Guerra Mundial, a la sede de la Ahnenerbe en Berlín. El arqueólogo español perdió el control de ese lote y muchas de las piezas jamás regresaron a nuestro país.

Seguramente mucho más capital, con vistas al futuro de la ciencia española, fue la petición de Martínez Santa-Olalla junto con el ministro y secretario general de la Falange de crear una Ahnenerbe española, dependiente del partido y con fines propagandísticos similares a su inspiración germana, tal era su admiración por la institución. La idea entraba en conflicto con el recién creado CSIC (en 1939), ideado y controlado por el ministro de Educación José Ibáñez Martín, miembro de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas. Ibáñez había entregado la dirección de este organismo, “que también tenía cierta inspiración en la Ahnenerbe”, según Frattini, a religiosos y consagrado su objetivo a la “ciencia del nacionalcatolicismo”.

Quizá por convicción, quizá por la marcha de la Segunda Guerra Mundial que fue conduciendo a Franco a eliminar de su círculo de poder a los miembros más pronazis, el dictador apostó por el CSIC de Ibáñez Martín.

Científicos no tan frikis

Sigmund-Rascher-Dcha-llevando-a-cabo-un-experimento-con-agua-helada (Cedida por el autor del libro)

Habitualmente a la Ahnenerbe se la ha identificado con la búsqueda del Grial y demás aventuras místicas propias de los nazis de las películas de Indiana Jones. Frattini lo explica diciendo que existieron “dos Ahnenerbe, la primera fundad en 1935 y que se centra en tonterías del tipo de la lanza de Longinos, el tíbet, la búsqueda de los arios en Canarias… Que queda cortada con un brutal discurso de Hitler en 1936, en un congreso del partido, donde los tilda de charlatanes“.

Es entonces cuando Himmler reconvierte la institución en una poderosa herramienta de la propaganda nazi. “Y resulta en algo muy peligroso: serán ellos quienes establezcan la cuestión científica para las leyes de la ciudadanía; diseñarán la operación Aktion T4 (el brutal programa de eutanasia nazi), la legislación de degenerados que acabaría en el exterminio de homosexuales; el expolio de bibliotecas, archivos y museos de países ocupados y, lo más brutal, la creación del Instituto de Investigación Científica Militar, que fueron quienes realizaron los experimentos en campos de concentración”, detalla Frattini.

El periodista y escritor Eric Frattini

Frattini explica cómo el nazismo convenció a los grandes académicos y sabios de los años 30 para “degenerar sus conocimientos y su ciencia para convencer al pueblo alemán de que era necesaria la Solución Final“.

El nacionalsocialismo conquistó el corazón de Alemania, y eso incluye a científicos, escritores, periodistas… Y lo hizo ofreciéndoles todo tipo de facilidades y fondos para investigar. Cuando la gente de ciencia ve que les dan dinero y les ponen una alfombra roja con svástica se pliegan. No todos, claro, algunos resistieron y huyeron o murieron. Entre los años 20 y 30, muchos premios Nobel alemanes fueron judíos y la ciencia nazi puso a científicos a responder sus teorías, a veces de la manera más loca”, resume este periodista especializado en aquella época.

Frattini encuentra en esa búsqueda de “la pátina científica” para justificar todo peligroso paralelismos con el presente. “Cuando estaba escribiendo el libro, veía claro el paralelismo de aquella Alemania de los años 30 con la España de hoy“, explica, “la búsqueda de controlar el aparato judicial, las universidades y la academia; la sensación de que todo, por loco que sea, puede tener una base científica… Da miedo”.

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