El Memorial de Auschwitz, nuevo azote de los novelistas que tratan el Holocausto

Se llama @AuschwitzMuseum en Twitter y se ha convertido en el azote de los bestsellers que tratan el Holocausto. El año pasado el objetivo más sonado fue la exitosa El tatuador de Auschwitz, de Heather Morris (editada en España por Espasa, como su secuela, también criticada por esa cuenta), al que sometió a un demoledor examen histórico y le achacó numerosos “errores, inconsistencias, exageraciones, malas interpretaciones, etc”. El pasado día de Reyes, le tocó a uno de los grandes éxitos literarios sobre el asunto del siglo XXI: El niño con el pijama a rayas, del irlandés John Boyne. Debe ser un auténtico jarro de agua fría que un escritor que ha novelado sobre aquel campo de concentración venga el propio museo a enmendarle la plana.

Casi como queriendo advertir a la cuenta del Museo del campo de concentración del trabajo que tendrá en este 2020 en el que se celebra el 75 aniversario de su liberación y el aluvión de novedades que traerá, el escritor publicó un tuit quejándose de la moda de títulos casi idénticos sobre el asunto, muy similar al que hizo Arturo Pérez-Reverte hace unos meses (y que también mereció un tirón de orejas de la cuenta del Memorial de Auschwitz) y pidiendo sobre este tema “más reflexión” y menos “construir un género de éxito”. La cuenta reaccionó al comentario de Boyne diciéndole que “comprendía su preocupación” y recordando que en su cuenta señalaban las inexactitudes de ese tipo de novelas, pero apostillaba: “Todo aquel que quiera estudiar o enseñar la historia real del Holocausto debe evitar El niño con el pijama a rayas. Y en el hilo, acabó enlazando un artículo sobre las inexactitudes y estereotipos de la novela, y donde se recomendaban otras lecturas sobre el tema, entre ellas varios libros de no ficción, memorias como El diario de Ana Frank o novelas del mismo corte que la de Boyne como Una vez, del australiano Morris Gleitzman (editada en España por Kailas, novela también sobre niños y el Holocausto, pero con un tono algo más crudo).

Me resulta interesante está moda de comprobar los hechos referidos en una novela y darles el aprobado histórico o no, más si viene de una institución con la pátina de prestigio que puede tener el Museo de Auschwitz. Pienso que para los lectores puede resultar interesante, y de hecho es habitual, descubrir que hay de real y de licencia en la novela que les ha emocionado. Sin embargo, el tono beligerante de la cuenta del Museo (o al menos del gestor de la cuenta de Twitter) me resulta un poco excesivo. El señalar los errores y las inexactitudes es positivo, pero no hay que olvidar que lo que los novelistas escriben es ficción, y por lo tanto su trabajo viene marcado por la licencia. ¿De verdad tiene sentido recomendar “evitar” una novela tan inmensamente popular, en vez de dar las herramientas para a través de la fama de esa ficción tratar de divulgar?

Con el género histórico sigue existiendo el tópico rancio y antiguo de compararla con la disciplina académica de la Historia y valorarla por eso y no por sus valores literarios. Es un error y creo que es no entender lo que es realmente este género.

No se entienda esta entrada como un reacción gremialista o de defensa de los escritores: creo que la moda de las novelas del mismo estilo sobre el Holocausto cansa, que hay muchas ficciones y, por lo tanto, las hay buenas, malas y regulares y, como decía antes, me parece una idea interesante que esta cuenta señale errores y desaciertos. Y qué demonios, cada uno debe responsabilizarse de su trabajo. Pero pienso que una institución que lucha por mantener la memoria del Holocausto debería ver estas ficciones como un apoyo, como una ayuda en su labor, más que como un enemigo a batir. A punto ya de perder la memoria viva del Holocausto, las ficciones (cine, series, novelas) sobre este tema van a llevar el gran peso de la memoria emocional para el gran público masivo, en tiempos donde, no lo olvidemos, todavía hay sectores que dudan o directamente niegan el Holocausto. Quizá esta institución debería no cejar en su empeño, sino cambiar en el tono: apoyarse en esos éxitos para llegar a sus millones de lectores, explicarles la historia real que se esconde tras esa ficción y lograrla mezclar con la memoria real, porque seguramente lo más deseable es que todos leyeran novelas buenas y realistas sobre el asunto, pero eso, siendo sinceros, no va a pasar: no todos los cientos de miles de lectores de Morris o Boyne van a leer la trilogía de Primo Levi. Es más complejo y acapara menos titulares en la red, pero parecería más sabia esa actitud.

Pienso que es más problemático para la memoria de Auschwitz el turismo anestesiado y acrítico, simbolizado por los selfies hechos en el campo, o incluso el “nulo futuro de la sacralización del pasado”, como explicaba Nacho Segurado hace unos años en este interesante post, que las novelas malas o inexactas.

Y vosotros, ¿qué opináis de todo esto?

¡Saludos lectores!

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