Tolkien y la Primera Guerra Mundial: la bacteria que salvó la Tierra Media

Fotograma de la película Tolkien (2019) / FOX Searchlight

Siempre se ha tenido la imagen de J.R.R. Tolkien como la de un venerable escritor inglés, enamorado de la campiña, la naturaleza y su pipa, al estilo de sus hobbits. Concuerda con la idea del académico aburrido, del profesor corrigiendo exámenes que, observando un agujero en la alfombra, escribe aquel histórico arranque, sin saber muy bien por qué o qué está escribiendo: “En una agujero en el suelo vivía un hobbit…”

Rompe esa imagen tranquila y pausada saber que la experiencia militar de Tolkien durante la Primera Guerra Mundial -casi seis traumáticos meses de 1916, entre junio y noviembre, en Francia- fueron capitales para hacer de él uno de los mayores iconos literarios del siglo XX. En primer lugar, porque fue en esos meses bélicos cuando empezó a escribir, a crear, su famoso constructo imaginario que germinaría en la Tierra Media. Eso, a pesar de que el propio autor, siempre poco dado a dar pistas sobre sí mismo, fue bastante ambiguo en este aspecto. Su biógrafo John Garth recoge que a veces el escritor decía que eso de que escribió en la guerra no eran más que “habladurías” y otras, en cambio, recordaba que había anotado partes de su incipiente mitología “metido en las trincheras, bajo el fuego de la artillería enemiga”. No serían relatos ni novelas, apenas apuntes de ese mundo que culminaría en El Silmarillion.

En segundo lugar, porque lo vivido en aquel infierno de trincheras -la batalla del Somme– inspiraría y marcaría su obra de manera evidente. Ahora, que está a punto de llegar a los cines españoles un biopic sobre Tolkien (Tolkien, se estrena el 14 de junio), que incidirá en su juventud y experiencia en la Gran Guerra parece un buen momento para recordarlo.

Ya sabéis que en XX Siglos siempre he defendido la mezcla de géneros y que, para hablar de historia, bien se puede usar el canónico género histórico o el fantástico, sin ir más lejos. Por eso mismo, a nadie le debe sorprender que esté convencido que la obra de Tolkien pueda hablar y dar pistas, en muchos sentidos, sobre la Primera Guerra Mundial. No es una idea mía, sino de muchos estudiosos y biógrafos de Tolkien. Sin ir más lejos, uno de ellos, Brian Rosebury, escribió que “de hecho, en ciertos aspectos la obra de Tolkien se podrá ver como la última obra de literatura sobre la Primera Guerra Mundial, publicada casi cuarenta años después”.

[TRIVIAL: Trivial | ¿Cuánto sabes sobre la vida de J.R.R. Tolkien?]

John Ronald Reuel Tolkien (nacido en Bloemfontein, Sudáfrica en 1892) estudiaba en Oxford cuando la Gran Guerra estalló. Había logrado llegar hasta allí tras una infancia y juventud trágica, pobre, en la que perdió a sus dos padres demasiado pronto. Además, la relación con el gran amor de su vida, Edith Bratt, había sido pospuesta, por orden de su tutor, el sacerdote católico Francis Xavier Morgan, hasta que cumpliera 21 años. El joven universitario, cuando estalló el conflicto, no fue de los que se dejó llevar por el fervor patriotero y no se alistó inmediatamente. Prefirió centrarse en los estudios. En 1916 se alistaría, por fin, como subteniente en los Fusileros de Lancashire y llegaría a Francia en junio de ese mismo año, tras haber contraído matrimonio con Edith. Tenía 24 años.

Tolkien, de unifrome, durante la Primera Guerra Mundial (Wikipedia)

En Francia, Tokien viviría el combate en primera línea, habitaría y sufriría las trincheras, perdería a dos amigos de toda la vida (Robert Quilter Gilson y Geoffrey Bache Smith, cuyas pérdidas le dejarían devastado) y otros a los que conocería en el frente. El escritor llegaría a confesar que “en 1918, todos mis amigos, menos uno, estaban muertos”. Como oficial de comunicaciones tuvo una visión más global del combate y tuvo que hacer frente a labores de alto coste emocional, como la de responder cartas enviadas por familiares de los caídos que preguntaban por sus seres queridos. Se sabe que Tolkien conservó varias.

Cuando la unidad de Tolkien fue relevada del frente e iba a ser transferida, Tolkien cayó enfermo con fiebre. Había contraído la conocida como fiebre de las trincheras gracias a los inevitables piojos, que habían transmitido la bacteria Rickettsia a su torrente sanguíneo. Aunque en aquel conflicto muchos hombres intentaron huir del horror de la guerra fingiendo dolencias o incluso autoinfliengiéndose heridas, en el caso de Tolkien no hubo dudas. Pasó el resto de la guerra convaleciente o en bases ya en Inglaterra. Le costó superar aquella enfermedad muchos meses.

No cabe duda que esa maligna bacteria salvó la Tierra Media tal y como la conocemos. Tolkien confesó en 1940: “Fui arrojado a la guerra justo cuando estaba lleno de cosas que escribir y aprender; y nunca conseguí retomar le hilo después”. Por lo tanto, su obra tal y como la conocemos es fruto de su traumática experiencia militar.

Y es posible rastrear su marcada huella en su obra, a pesar de su fantasía, de su maravillosa querencia por inventar lenguas nuevas y construir un universo lejano, pero para nada escapista. Aunque Tolkien negaba una y otra vez que sus obras tuvieran ningún componente alegórico (sobre las guerras mundiales, el ecologismo, etc, “ninguna clase de alegoría”, repetía), parece obvio que “sin que él se diera cuenta, emergieron en su obra toda una serie de conexiones con un mundo en el que estaban desencadenándose unos acontecimientos dramáticos”, aunque “por razones que sólo le incumben a él, optó por negar esa clase de insinuaciones”, en palabras de otro de sus biógrafos, Michael White.

En el caso de la Primera Guerra Mundial, las conexiones están muy marcadas, más allá del doloroso realismo que aplicaba a su manera épica de narrar las batallas (algo que destacó su amigo C.S. Lewis, también veterano de guerra, en una reseña que hizo de El señor de los Anillos). El rastro del conflicto también puede explicar su comprensión de las vivencias e incertidumbres del frente, o la forma de narrar conflictos globales, tan recurrentes en su obra (con ejércitos de distintas razas y reinos combatiendo unidos contra otros). Otros son más sutiles, como la leal figura de Sam Gamgee, capital en El señor de los Anillos, basado en las figuras de los soldados rasos y oficiales de los oficiales que Tolkien conoció en el frente, como él mismo, esto sí, confesó, (y cuyo apellido lo cogió de un conocido cirujano del ejército británico, pariente del inventor del esparadrapo de cirugía); o los horrores mecánicos y tecnológicos de la guerra que él atribuye a los orcos y a los siervos de Sauron; o los zapadores que se pueden identificar con los gnomos de la caída de Gondolin; o el parecido del Somme y la batalla de las Lágrimas Innumerables… Podríamos seguir y seguir, con conexiones más o menos discutibles, y eso sin meternos en algunas más simbólicas, como la de los fantasmas y espectros de las batallas, recurrentes en El señor de los Anillos.

La literatura fantástica de Tolkien no fue escapista ni infantil, como muchos han querido ver, sino un reflejo de la época que vivió. Eso sí, Tolkien, romántico, enamorado de las leyendas y la épica que pensaba que le faltaban a Inglaterra, ecologista, religioso, antimoderno y tradicional, no jugó con las reglas de desencanto y modernidad absoluta que siguieron muchos de sus artistas coetáneos, como explica Joseph Loconte, en su libro Un hobbit, un armario y una gran guerra. El miró hacia el imaginario del pasado, hacia el pasado más lejano y legendario, y lo reactualizó para el siglo XX, convirtiéndolo en un mundo único, fantástico, pagano, pero crípticamente cristiano, caballeresco y universal, donde la esperanza iba de la mano de la tristeza y el sacrificio.

Así logró abrir las mentes y conquistar los corazones de millones de lectores de todas las edades, hasta convertirse en uno de los libros más famosos de la historia. ¿Cómo un autor, de ideas tan características, tan alejadas del espíritu de los siglos XX y del XXI logró tal hazaña, logró inspirar incluso a los hippies tan alejados en lo personal de él? Porque logró crear un mundo y unos personajes universales, con los arquetipos e historias que todos, no importa nuestra cultura o lugar de nacimiento, entienden y sienten. Y sus lectores siguen aumentando en el siglo XXI, confirmando la grandeza de un autor frecuentemente minusvalorado.

Para saber más…

Tolkien y la Gran Guerra, de John Garth (traducción de Eduardo Segura y Martin Simonson, Minotauro, 2014, reeditada en 2019)

Un hobbit, un armario y una gran guerra, de Joseph Loconte (Larrad Ediciones, 2018)

Tolkien. Biografía, de Michael White (traducción de Inés Belaustegui, Península, 2002)

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