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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Cubierta y portada de novela histórica: dos siglos de evolución

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Ricardo Sánchez Rodríguez, ilustrador y diseñador, es director creativo de Risco Negro y ha realizado numerosas ilustraciones y diseños para exteriores (cubiertas) e interiores de numerosos libros en España, muchos de ellos relacionados con lo histórico. Actualmente, también se dedica temas que relacionan arte y tecnología, eventos y exposiciones, la realidad aumentada y el big data. Tras colaborar con él en las recientes jornadas del Proyecto Belvedere, Ricardo se ha ofrecido a compartir con los lectores de XX Siglos esta evolución de la cubierta y la portada en la novela histórica. Que disfrutéis de este paseo de dos siglos por el aspecto exterior de nuestro género favorito…

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La evolución de la portada y la cubierta en la novela histórica

Por Ricardo Sánchez Rodríguez | Facebook e Instagram

Algunas consideraciones léxicas y semánticas

Cuando utilizamos el término portada de forma coloquial, para referirnos al elemento gráfico que aparece en las tapas que cubren el libro, en realidad estamos aludiendo al diseño y la ilustración de la cubierta. La portada, en puridad, es una página interior, habitualmente la quinta o la séptima, donde aparece el título de la obra, el autor y el impresor.

Frente al uso popular que se le da a la palabra portada, la RAE, de acuerdo con historia del libro y las artes gráficas profesionales, la define en su segunda acepción como la primera plana de los libros impresos, en la que figuran el título del libro, el nombre del autor y el lugar y año de la impresión.

Para que quede claro la diferencia entre ambos términos: la portada forma parte de los pliegos impresos de interior y la cubierta se imprime aparte, en un material más resistente. Si su razón primera ha sido, y es, proteger los interiores del libro, en la actualidad supone un elemento indispensable del marketing de la editorial.

Frontispicio

Si bien, en los libros actuales de narrativa histórica, ya no se imprime la página anterior a la portada, frontispicio o frontis es la página de un libro anterior a la portada, que suele contener el título y algún grabado o viñeta, tal como define la RAE en su segunda acepción. Solía representar un retrato del autor o una ilustración relevante del libro y fue utilizada profusamente durante el siglo XIX y principios del XX.

La evolución de las portadas y las cubiertas durante el siglo XIX

La novela histórica nace a principios del siglo XIX, bajo la influencia del romanticismo alemán y se desarrolla junto con de los movimientos intelectuales de la época. Es un subgénero narrativo, en el cual el autor utiliza un argumento de ficción y ambienta la acción y los personajes, reales o ficticios, en un momento histórico concreto. Requiere un gran conocimiento del periodo en el que desarrolla la narración y una gran capacidad narrativa. Se consolida como género literario a partir la obra del escritor escocés Walter Scott: Waverley, Ivanhoe, Rob Roy, The lady of the lake, The heart of Midlothian, etc.

La creciente instauración de talleres de impresión en Europa y en todo el mundo, supuso una revolución, que en el siglo XIX culminó con la elaboración de libros más rápidos de fabricar y más baratos. La novela histórica se popularizó a la par que la tecnología de impresión y las corrientes de pensamiento y artístico.

Aparecieron nuevas técnicas de encuadernación, algunas ampliamente conocidas y presentes en la actualidad en nuestro sector, rústica y cartoné. De manera que las primeras ediciones de esta narrativa, podemos encontrarlas con el lomo en cuero estampado con el título y el autor, primera cubierta y cuarta cubierta en tapa dura, opcionalmente en tela o cuero.

La portada, además del título completo de la obra, el nombre del autor, el lugar, el año, talleres, etc. Podía, contener el logotipo del impresor u otra estampación ad hoc con el contenido del libro. Esta elaboración, que ya estaba presente desde el siglo XVII, se enriquecía en ocasiones con una ilustración en el frontispicio. De manera que dependiendo del público al que fuera dirigida, o simplemente por una disponibilidad del presupuesto inicial, se añadían a la producción.

A modo de ejemplo, en la edición de la novela de Walter Scott, Ivanhoe, impresa por Archivald Constable and C.O. Edimburgh en 1820, la portada solo contenía los datos habituales del libro. Posteriormente y una vez difundida por todo el mundo, podíamos encontrar ediciones lujosas de la obra, como la de Biblioteca Hachette & Cie, impresa en París en 1889, con más de 50 grabados, uno de ellos en el frontis

Ivanhoe, es un ejemplo de difusión y adaptación al gusto y el soporte del momento. Son cientos de ediciones en múltiples idiomas, en tapadura, con camisa sin camisa, estampada, en rústica, cubierta impresa a una y dos tintas, cuatricromía, digital, etc. Con todo tipo de estética: pintura medieval, renacentista, romántica, ilustración realista, comic, infantil, cinematográfica. Son casi doscientos años de ediciones para todo tipo de público. Llevada al cine 1952, en la actualidad disponemos de una enésima cubierta con aspecto de cómic, en su edición de bolsillo de 2017, de Penguin Clásicos.

En España la primera novela histórica, Ramiro, Conde de Lucena, 1823, de Rafael Húmara y Salamanca, tiene una estampa clásica en el frontispicio, soldado medieval luchando contra el infiel. Otro ejemplo: Los bandos de Castilla o el caballero del cisne, Tomo 1º, de Ramón López Soler, imprenta Cabrerizo, 1830, nos muestra también una ilustración.

Todos ellos, en general, grabados o litografía, estampas que en definitiva  ilustraban los interiores y que en ocasiones aparecían en la portada o en la página anterior. En el libro de Francisco Navarro Villoslada, Doña Blanca de Navarra, crónica del siglo XV, en su edición de 1849, el frontispicio contiene un grabado con el retrato del autor. La  encuadernación de la cubierta: holandesa, tapa dura y cuero en el lomo con una rica estampación dorada.

La edición de Trafalgar de 1873, primera novela de la serie de Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós, presentaba una portada sencilla con los datos de la obra y el impresor: J. Noguera, a cargo de M. Martínez.  De la misma manera que otros grandes títulos, como Guerra y paz, de León Tolstói, en su primera edición completa de 1869, no contiene estampa alguna.

En años posteriores, la obra Trafalgar, en su edición de 1882, ilustrada por Enrique y Arturo Mélida, nos ofrece una estampa de portada impresa en blanco y negro, que ambienta el desarrollo de la acción y plasma a los personajes históricos, entre los que diferenciamos perfectamente a Cosme Damián de Churruca.

Son muchas las vicisitudes que puede sufrir la publicación de una obra. La edición de los Episodios nacionales de la librería y casa editorial Hernando en 1935, en rústica, con la bandera republicana de fondo, difiere de la edición en 1941 de la misma editorial, con la bandera actual de España, lo cual nos da una idea de que el mundo editorial no es ajeno a su entorno. Actualmente el diseño y la producción de las cubiertas de los Episodios nacionales, se cuentan por centenares: en rústica, en tapa dura, con pinturas del barroco, con pintura neoclásica y grabados. Siempre huyendo, al menos por el momento, de la influencia del cine.

El cambio y las vanguardias

La litografía multicolor, la linotipia y posteriormente el ófset. Supuso un cambio en el concepto de fabricación de la imprenta y en el planteamiento de la ilustración de cubierta. La posibilidad de que artistas, ilustradores y diseñadores, participaran en la elaboración de la cubierta se transformó en una necesidad. En este entorno irrumpe el diseñador gráfico.

A finales del siglo XIX hubo una intensa popularización del arte y una confluencia con el mundo editorial y el de la propaganda. Artes gráficas interrelacionas que en el siglo XX, influirán y se dejarían influir por las corrientes y las modas del entorno, creando tendencias o destruyéndolas. Obras originales, de autores con más o menos prestigio, cuyos derechos de impresión nos permiten en la actualidad disfrutar de libros con cubiertas ilustradas.

Dibujos, pinturas, fotos, infografías, collages, tipografía. Todo tipo de de creaciones en dos dimensiones. Aunque en la actualidad podemos añadir relieves, plastificados, reservas, tintas planas y metalizados. Lo más trascendente que nos han dejado estos creadores, es la memoria gráfica de sus diseños y pinturas en la narrativa histórica.

Sigue siendo un cliché que todavía podemos ver en cubiertas y cartelería actual, el vanguardismo y sus expresiones: impresionismo, expresionismo, fovismo, cubismo, futurismo, dadaísmo, ultraísmo, surrealismo, etc. A principios de siglo XX, la influencia del arte soviético, el constructivismo y el suprematismo, influyen en la creación de nuevas líneas de diseño. Hay una ruptura con el aspecto narrativo que conocemos. Movimientos como la escuela de La Bauhaus, con pintores como Kandinsky, en su libro Punto y línea sobre el plano, influyen sobre el diseño editorial y sobre los gusto del nuevo consumidor.

Obras como Quo vadis, del autor polaco Henryk Sienkiewicz, publicada 1896, ambientada en la Roma de Nerón, nos ofrece todo tipo de diseños en las cubiertas. Desde sus primeras y sencillas ediciones, impresas en rústica o tapa dura, a una tinta, nos ofrece cubiertas de aspecto vanguardista, como la de Montaner y Simón, Barcelona, 1900, o la elegante edición francesa de Èditions Pierre Lafitte, París, 1914, con reminiscencias románticas. Años después, Albin Michel, Delagrave y otras editoriales editarían cubiertas ilustradas a todo color, pero la estética ya había cambiado. Quo vadis  se llevaría  al cine en 1951.

La influencia audiovisual

Después de la Segunda Guerra Mundial, la maquina comercial editorial norteamericana, produjo todo tipo de diseños de cubiertas, influenciada por el cine, la televisión y el cómic. Como ejemplo, Robert Graves, con Yo, Claudio, publicada por primera vez en 1934 o Mika Waltari con Sinuhé, el egipcio. 1945, se incorporarían a esta nueva industria.

El producto editorial se lee en los libros, se ve en el cine y la televisión, e incluye una inmensa campaña de comunicación en todos los soportes. Yo, Claudio es un modelo de esta fórmula, donde la obra es llevada a una miniserie y el actor  Derek Jacobi aparece posteriormente en las cubiertas de la edición de 1979 de Alianza Editorial.

Es un mercado donde caben todos los autores de novela histórica del siglo XIX: Walter Scott, James Fenimore Cooper, Alexandre Dumas, León Tolstói , Charles Dickens,  entre otros, e incorpora a los del siglo XX:  Noah Gordon, Naguib Mahfouz, Umberto Eco, Valerio Massimo Manfredi, etc.

Muchas de sus obras se han llevado al cine y a la televisión y esta sinergia orienta el diseño de cubiertas hacia un estilo cinematográfico. Poniendo cara, en ocasiones, a los personajes de nuestras novela. Es el caso de Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, que evoluciona desde sus primeras ediciones en el mercado español en 1853, con más de 150 grabados, hasta la edición de Edimat de 2016, cuya cubierta es la carátula de la película. Los libros son llevados al cine y el cine nos devuelve su cultura otro ejemplo es Historia de dos ciudades, El último mohicano, El nombre de la rosa…, si bien, estos títulos incorporan al mundo editorial su inconfundible sello. Recordemos esa genial cubierta del libro de Umberto Eco de la Editorial Lumen: una rosa y el laberinto.

Es inevitable que mencionemos aquí la influencia de colecciones como El capitán Alatriste, de Pérez Reverte y la repercusión que tienen las primeras ediciones de Alfaguara y sus cubiertas. El ilustrador Joan Mundet, no solo da vida al personaje, resucita la época dorada del siglo XVII e insufla el romanticismo de un imperio extinto que luego buscaremos muchos escritores y creadores gráficos. El español de a pie descubre a través de estas cubiertas que nosotros teníamos también mosqueteros, arcabuceros y que alguna vez pusimos una pica en Flandes. Es una iconografía que en este caso, y a tenor de la crítica, el cine español no ha podido superar.

La era digital

A finales de siglo, hay una mejora en el mundo de la edición, la cuatricromía nos permite una impresión muy fiable, y empiezan a introducirse medios informáticos en la industria editorial. El uso del ordenador, PC y Apple, se incorpora en todas las oficinas y posteriormente en las casas, solapándose con el móvil, que tarde o temprano será figura central de nuestra comunicación y nuestro consumo, en un proceso que de digitalización y virtualización de la sociedad a escala global.

Se extiende el uso de herramientas digitales destinadas a la producción gráfica. Lo que antes era una labor artística y artesana, ahora se desarrolla con Photoshop, Ilustrator, lápiz y tableta gráfica. Se aplican también herramientas de 3D y bancos de imágenes para encontrar el motivo más adecuado para nuestra cubiertas. El ilustrador ahora es infógrafo, diseñador y retoquista.

Hay una persistencia del mundo del cine, las series y los vídeo-juegos que influyen en las portadas de época. Ya no es concebible sacar una novedad al mercado sin plantearse la influencia de los medios audiovisuales, las redes sociales y los buscadores.

Si bien hay un retorno a estéticas anteriores. Las cubiertas de las obras de escritores como Noah Gordon, Valerio Massimo Manfredi o Santiago Posteguillo, en muchos casos son reminiscencias del cine, que ya hemos visto y conocemos. Es lógico que esto sea así, pues están destinadas a la ensoñación del público.

La influencia de las redes sociales, las series de televisión, las noticias, las modas hacen que la oportunidad de crear sea tan numerosas como fugaces. Estamos en un momento creativo intenso, en el que sin duda se está haciendo creatividad gráfica de una originalidad jamás vista, cuyas ediciones, por contra, pueden ser barrida de un día para otro, por un cambio drástico de las tendencias del mercado.

Tenemos que buscar el producto original. Nuevamente me viene a la memoria la imagen de una de las cubiertas de Fahrenheit 451, de Ray Bradbury. El libro con forma de caja de cerillas. Prendamos la mecha.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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