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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

Sekigahara, Japón, en 1600, por David B. Gil

Aspecto actual del Valle de Sekigahara (WIKIMEDIA)

David B.  Gil, es escritor y autor de, para mi una de las mejores y para vosotros la mejor novela histórica del 2017, El guerrero a la sombra del cerezo. En Vacaciones en la Historia, he pedido a David que vuelva al Japón histórico y él nos ha mandado esta postal desde el valle de Sekigahara, instantes antes de la célebre batalla.

[ENTREVISTA DAVID B. GIL: “En una novela histórica lo difícil no es conocer las grandes batallas, sino saber qué servían en una posada”]

Sekigahara, provincia de Gifu, Japón (21 de octubre de 1600)

Por David B. Gil

El decimoquinto día del noveno mes del año 5 de la era Keichô, la llanura de Sekigahara amaneció cubierta por el rocío de la guerra. Cerca de doscientos mil hombres se habían congregado en el valle que se extendía entre los montes Nangû, Sasao y Matsuo, un despliegue militar como no se había visto antes y como jamás se volvería a ver, pues la contienda, que se prolongaba ya dos años, había ido involucrando a los distintos clanes samuráis desde Kyushu hasta la septentrional costa de Mutsu, sumando afrentas y ambiciones hasta conformar las facciones del Este y del Oeste, dos ejércitos dispersos que, por primera vez, confluían en un mismo punto para entregarse a la batalla decisiva.

A los espías de cada bando les había costado precisar el contingente reunido por el oponente, pues el juego de alianzas y traiciones era cambiante como el viento, de modo que la verdadera fuerza del enemigo no se sabría hasta que cayera el manto de niebla que aquella mañana había anegado el extenso valle.

Y sumido en aquella densa bruma, ciego como sus compañeros y como los generales que debían comandarlos, se encontraba el joven Takezô: un samurái rural de la provincia de Harima que formaba entre las filas del Ejército del Oeste. Huérfano desde temprana edad y criado en monasterios por un tío monje, Takezô se había unido a la contienda en busca de la gloria y el honor que le había negado la cuna.

En realidad, poco le importaban las disputas de los poderosos, pues tanto unos como otros solo deparaban miseria al pueblo llano, pero sabía que matar en la batalla era la única manera de prosperar para un samurái de bajo rango como él. Su desnudo pragmatismo chocaba con la fe de sus compañeros de armas, que servían con auténtica devoción a Ishida Mitsunari, caudillo del Ejército del Oeste que combatía por el derecho de Toyotomi Hideyori a suceder a su padre, el taiko Toyotomi Hideyoshi, como líder supremo de Japón. Según se decía, el taiko había acordado con sus principales generales que su hijo Hideyori gobernara el país como shogún llegado el momento; pero tras la muerte del taiko, el poderoso Tokugawa Ieyasu, daimio de la provincia de Mikawa, se desentendió del pacto que él mismo había firmado y reclamó para sí la regencia de la nación.

Por ello, los que formaban en el Ejército del Oeste se decían asistidos por la ley de los hombres y la razón del cielo. De ser así, pensaba Takezô, ¿cómo era posible que, desde que se alistara, contara sus batallas por derrotas? Habían fracasado en su intento de asaltar el castillo Fushimi y, solo un mes después, habían sido incapaces de romper el asedio del castillo de Gifu, que finalmente había caído en manos de los adeptos de Tokugawa, asestando un golpe estratégico y moral a las fuerzas del Oeste.

Pero lo acontecido en los meses previos, el flujo y reflujo de la marea de la guerra, había dado como resultado un insospechado equilibrio que se rompería ese día. Lucharían bajo la atenta mirada de los ocho millones de dioses: cada pisada sobre el polvo de Sekigahara era una huella en la historia; el mero hecho de matar allí, de morir allí, era un honor que trascendería mil vidas.

Y con esa idea enervándole las entrañas, Takezô escrutaba la niebla y apretaba la lanza entre sus puños. A sus flancos, sus compañeros de batallón, lanceros que se batirían con el fin de quebrar las astas de sus yari contra el vientre de la caballería enemiga. Solo si sobrevivían, echarían mano de sus sables y podrían morir empuñando la katana, como auténticos samuráis. Frente a ellos, la soldadesca ashigaru: poco más que campesinos armados, aunque devastadores si hacían buen uso de sus arcabuces para mermar la carga enemiga. Y a su espalda, cubiertos por la niebla, su propia caballería, la élite samurái del clan Ukita, comandada por Hideie-sama.

Takezô aguzó la vista para intentar alcanzar las cimas circundantes; sobre la ladera del monte Matsuo, distinguió a los banderizos de Hideaki-sama con sus blasones despuntando sobre la boira. Más allá se intuía la cruz enarbolada por los cuatro mil valientes de Konishi Yukinaga, el daimio cristiano de Higo. Un tambor de guerra percutió en la distancia para atraer la mirada de los kami, y miles de gargantas entonaron una plegaria en honor a la diosa Marishiten. Eran los preámbulos previos a la batalla, una manera de sobrellevar el tormento de la espera…

Hasta que un golpe de viento arrastró la bruma y el sol arrancó destellos a las aguas del Teradani. Los dos ejércitos se descubrieron frente a frente, a solo un par de cho de distancia. Takezô miró atrás para ver la disposición de los samuráis que les respaldaban y, al devolver la vista al frente, se sorprendió de la ola roja que ya cruzaba el campo de batalla en su dirección. Era la temible caballería comandada por Ii Naomasa, inconfundibles por el color sangre de su divisa y sus armaduras. Caían sobre ellos como demonios, disputándose el honor de cosechar la primera muerte. Takezô aún tuvo un instante para contemplar el ejército de Tokugawa desplegado en todo su esplendor, sobre la llanura y los montes cercanos, inconmensurable, abrumador. Después afianzó la lanza en el suelo y se preparó para resistir la carga de caballería, consciente de que la única victoria posible era sobrevivir a aquel día.

Más tarde un poeta escribiría: «la hierba de verano es cuanto queda de los sueños de gloria de los guerreros». Y no habría hierba más fragante y espesa que la del valle de Sekigahara.

Vacaciones en la Historia: postales desde el pasado.

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