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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

La fascinante Hispania tardorromana

Una arqueóloga trabaja en unos baños del conjunto termal en los restos de la antigua villa romana de Vilauba, en el municipio gerundense de Camós, han permitido poner al descubierto (Robin Townsend / EFE).

José Zoilo Hernández, que se define como un biólogo que escribe novela histórica, ha publicado (en Amazon) las dos primeras entregas de su serie Las cenizas de Hispania: El Alano y Niebla y acero. En el siguiente artículo comparte su fascinación por la época en la que ambienta sus novelas, sorprendentemente poco tratada en ficción.


La fascinante Hispania tardorromana

Por José Zoilo Hernández | Novelista |@josezoilohdez

Mi fascinación por la época tardorromana comenzó temprano, pero no fue hasta hace unos pocos años cuando comencé a documentarme sobre ella en profundidad, tras decidirme a convertirla en  escenario para mi primera novela. Lector apasionado del género histórico desde que tengo uso de razón, superaba ya la treintena cuando me planteé la posibilidad de escribir yo mismo una historia. En ese entonces ni siquiera entraba en mis planes el llegar a verla publicada, pero igualmente me lancé con entusiasmo a las labores de planificación y documentación. Tratando de apostar sobre seguro, en primera instancia repasé mis periodos históricos preferidos hasta entonces: la Roma republicana, la Grecia Clásica, el periodo Helenístico o la historia de Cartago. Pero algo me decía que, en mis circunstancias, no era el momento adecuado para intentar desarrollar una novela en escenarios tan trillados, de los que tanto se ha escrito y tanto se conoce.

Pensé entonces en un mito extraordinario: el del rey Arturo, y toda la historia real que encierra su leyenda, a la que me había asomado en la primera novela histórica que leí: Aquila, el último romano, de la escritora inglesa Rosemary Sutcliff. Inmediatamente, indagué entre los datos existentes sobre lo que estaba pasando en ese momento entre las fronteras de la vieja Hispania. Y se desplegó ante mí un mundo de posibilidades, tan interesante como poco explorado hasta el momento, que decidí convertir en el punto de partida para lo que yo deseaba contar.

Para mí, el principal atractivo de esta época reside en el aura de decadencia, de desesperanza, que parece rodearla. Si pensamos en las últimas décadas del imperio romano, probablemente la imagen de Atila, el huno, no tarde en presentarse ante nuestras retinas. Junto a ella, la corrupción de las instituciones, un modelo de sistema en plena descomposición, una Roma abocada al desastre. Una época en la que múltiples pueblos ajenos al imperio luchaban por entrar en él; no necesariamente para acabar con el sistema establecido (los propios visigodos solían mantener las estructuras administrativas romanas en su territorio), sino simplemente para beneficiarse de un modo de vida que, pese al evidente deterioro que había sufrido durante los siglos IV y V, seguía siendo infinitamente mejor que la realidad que conocían francos, godos, alanos, suevos, alamanes, sajones y otro largo etcétera de pueblos de más allá del Rin y del Danubio.

Estos pueblos luchaban ahora contra unas tropas romanas escasas y mal equipadas. La infantería había perdido su papel decisivo en las batallas desde el desastre de Adrianópolis, el gladius había dejado paso a la spatha, y las legiones ya no eran unidades compuestas por varios miles de hombres, sino que contaban con apenas un millar. Ni siquiera se llamaban ya legiones: eran o bien limitanei (las fronterizas), o bien comitatenses (las del interior, que, alejadas de las zonas de conflicto, ocupaban gran parte de su tiempo trabajando la tierra). Todos estos cambios, y los graves problemas internos por los que atravesaba el imperio, no facilitaban en absoluto el mantenimiento de las estructuras de poder que llevaban cerca de cuatro siglos otorgando una identidad común a toda la cuenca mediterránea.

En medio de este caos, apenas encontramos un puñado de crónicas fiables. Si durante los siglos anteriores las letras y las artes habían gozado de terreno abonado para florecer en diferentes lugares del imperio, en ese momento, en lo que conocemos como tardoantigüedad (en nuestro caso, la Hispania Tardorromana), los escritos que nos han permitido conocer algunos detalles de lo sucedido se los debemos principalmente a la figura de los obispos, que en ese entonces comienzan a desempeñar un papel primordial en el gobierno de las ciudades, como antesala del medievo que se acerca sin remedio. España no iba a ser menos: lejos de una Roma debilitada, abandonada a su suerte tras ser haber albergado varios episodios de las diferentes guerras civiles que se sucedieron a principios del siglo V, fueron dos eclesiásticos los que se erigieron en cronistas, dejando constancia de lo que sucedía en sus tierras: Orosio e Hydacio. Por supuesto, ambos reflejaban los hechos desde su propio punto de vista, por lo que a la hora de analizar sus textos resulta necesario entender sus circunstancias, cotejar en la medida de lo posible lo que nos cuentan con otras fuentes de la época, y tener presentes las interpretaciones de los estudiosos que trabajan sobre este escenario en la actualidad. En mi caso, tan importante resultó leer el Chronicon de Hydacio, obispo de Aquae Flaviae, como los completos y rigurosos ensayos publicados por Javier Arce, profesor de Arqueología Romana en la Universidad Charles-de-Gaulle.

Encontré, en definitiva, una época de transición, de cambios, en la que no todo lo sucedido se sabe a ciencia cierta. Lagunas de información, noticias contradictorias, y algunos hechos puntuales más o menos bien contrastados, que nos dan una perspectiva incompleta de una diócesis tan grande y diversa como resultaba la hispana: terreno abonado para hilar una novela, asentando con cuidado las bases para que los personajes sean capaces de enhebrar, a lo largo de su camino, los diferentes hechos, de manera que sean capaces de conducirnos de uno a otro mientras afrontan ‒o sufren‒ las adversidades que azotaron Hispania en ese entonces. Con semejante escenario conseguí justo aquello que echaba en falta en la Grecia Clásica, por ejemplo: flexibilidad.

Creo que fue al novelista Teo Palacios al que leí una frase en la que aseguraba que el éxito de una novela dimana de los conflictos que en ella se desarrollen. Pues si quieres confrontaciones, crisis y situaciones adversas, los últimos tiempos de la Roma imperial están cuajados de ellos. En el marco de Hispania, los conflictos étnicos, con la lucha entre los invasores recién llegados, la administración imperial y las propias élites locales, se encuentran en plena efervescencia. Y a ellos hay que añadir, por un lado, las luchas de corte más social, entre esclavos fugados y bandidos (los conocidos como bagaudas) contra los habitantes de ciudades, pueblos o fincas; y por otro, las desavenencias religiosas. Recordemos que es un momento en el que el credo cristiano, recién oficializado por el emperador Teodosio, trataba de imponerse. Y no se trata únicamente de un antagonismo entre cristianos y paganos, sino que dentro de los primeros se separan varias corrientes  que se enfrentan con ferocidad, como ocurrió entre los defensores del credo de Roma frente a arrianistas o priscilianistas. Un verdadero “paraíso de conflictos” sobre el que edificar la personalidad, las andanzas y las motivaciones de los protagonistas.

Sin duda, la ética imperante en ese entonces, en un contexto marcado por la inestabilidad y la violencia, poco tendría que ver con la que enarbolamos en la actualidad. Sin embargo, las grandes pasiones que mueven al ser humano siguen siendo reconocibles. La amistad, el miedo, la búsqueda de un lugar mejor donde asentarse, la ambición o el amor marcarán las acciones de los personajes. De esta forma, si el escritor es capaz de hacer bien su labor, podrá construir una historia con la que podamos identificarnos, más allá de su necesaria coherencia histórica. Y ahí reside, a mi entender gran parte de la magia de este género, y de esta época en particular, sin tener que recurrir a elementos fantásticos como damas del lago, espadas legendarias o místicas apariciones.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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1 comentario

  1. Dice ser hemos pasado y volveremos a pasar

    Mañana es el 1 de Abril, DIA DE LA VICTORIA!!!! sobre el marxismo, el comunismo y el rojerío en general.

    31 marzo 2018 | 12:41

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