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"La historia es una forma más de ficción"
Jorge Luis Borges

¡Verdad literaria, eso quiero en la novela histórica!

Arrancamos este año 2018 con Sebastián Roa, flamante ganador del premio Cerros de Úbeda a la mejor novela histórica publicada en 2016 por la espléndida Las cadenas del destino (Ediciones B, aquí tenéis una entrevista con el autor sobre esa novela) con la que cerraba la conocida como Trilogía Almohade. En este artículo, Roa explica claramente su visión sobre la ficción histórica.


¡Verdad literaria, eso quiero en la novela histórica!

Por Sebastián Roa | Escritor | @Sebastian__Roa

Envidio a quienes escriben ciencia ficción, novela negra, fantasía… Leo sus entrevistas y veo cómo les preguntan sobre los temas que tocan, su estilo literario, los personajes, dificultad de la trama, sus referentes del subgénero… A mí no me pasa, ni al resto de novelistas históricos que conozco: en presentaciones, mesas, jornadas y entrevistas, todo el interés recae en el contexto temporal de cada novela. En personas, no en personajes; en datos cronísticos, no en peripecias dramáticas. Se discute sobre rigor histórico, lagunas y licencias. A veces, los propios autores ponen el acento en eso. «Escribí una novela sobre Viriato». «Novelaré el motín de Esquilache». «Ficciono la Córdoba emiral». Como mucho, se conceden un capricho y admiten que, aparte de divulgar una época o a un personaje histórico, pretenden entretener. Puede enunciarse hasta con un sobado latinajo: ludere et discere. Y luego viene lo de evitar el presentismo, captar el espíritu de la época, la interdicción de anacronismos…

Me parece legítimo, admito que muchos lectores buscan eso: aprender historia, pasar un buen rato o ambas cosas. Quede claro ya que, para mí, la novela histórica sirve para mucho más que enseñar y entretener.

Y es que sobre todo es novela, sujeta a las mismas exigencias que el resto: policíacas, románticas, de aventuras… Por muy largos o sonoros que sean sus apellidos, lo sustantivo de todas es que, como novelas, son ficciones. Investíguese el significado de ese término: ficción. Y como cualquier ficción literaria, la novela histórica debe proporcionarnos placer estético antes aún que enseñarnos historia o entretenernos, aunque los tres objetivos sean compatibles.

Definir el placer estético en novela requeriría espacio y debate, aunque tardaríamos poco en asentar que es inalcanzable sin el requisito aristotélico de la verosimilitud. En su ausencia, ninguna ficción es capaz de activar esa suspensión voluntaria de la incredulidad que Coleridge consagraba en su Biographia Literaria, y que ha de revelar al lector una nueva percepción interior, un despertar de aquello que ya dormía en la conciencia colectiva cuando nuestros antepasados inventaron los mitos. Desde la Ilíada hasta Star Wars, ¿acaso no tratamos de profundizar en la condición humana? Formulamos preguntas, reflexionamos sobre los enigmas de la vida, buscamos nuevas respuestas. Aquiles duda cuando Príamo suplica honras fúnebres para Héctor, y Luke duda cuando Obi-Wan le tienta con los caminos de la Fuerza. ¿Quién no se ha arrepentido alguna vez de lo que hizo poseído por la cólera o atenazado por el miedo?

No digo yo que esté mal «recrear el pasado» o «novelar un hecho histórico». Pero no es mi opción. Cuando hablo de seguir a Aristóteles o a Coleridge, suelo traer como ejemplo la película Braveheart. Ficción histórica a fin de cuentas —con sus luces y sus sombras— formulo esta pregunta a quien me escucha: ¿de qué va Braveheart? De las Guerras de Independencia Escocesas, dicen unos. De la vida de William Wallace, contestan otros. ¿Y si antes de nada fuera una reflexión sobre la libertad? Por el camino dejo los anacronismos o la adecuación historiográfica. ¿Pudieron enamorarse Wallace e Isabel de Francia? ¿Cómo se desarrolló tácticamente Stirling Bridge? ¿Importa si los escoceses llevaban kilts a finales del siglo XIII? No: para eso me sirve un ensayo divulgativo. Pero cuando recurro a la ficción, lo que quiero es hundirme en la diégesis, olvidarme de mi tiempo, empatizar con los personajes. Sufrir, sangrar, desesperanzarme, amar: vivir. Quiero que, cuando todo termine y regrese a mi realidad, algo haya cambiado. Me vale para el cine, el teatro, las series televisivas y, por supuesto, para una novela.

Recurramos a Tolkien, que ya buceó en estas aguas con su ensayo On fairy-stories. Si una obra fantástica como El señor de los anillos obra el milagro de la suspensión voluntaria de la incredulidad, es porque Tolkien la hizo verosímil. Poco importan la nula historicidad de Mordor, la inadecuación física del Balrog o la inmortalidad élfica, ya que mi objetivo no es esa verdad histórica tan reclamada en nuestro subgénero. ¡Verdad literaria, eso quiero! Escapar de mi mundo primario y, según las tesis de Tolkien, viajar por el secundario, descorrer el velo, descubrir un nuevo punto de vista. Y del modo que él defendía: no como el desertor que huye, sino como el prisionero que se fuga. Muchos pensarán que nada de esto es aplicable a la ficción histórica. ¿Seguro?

Siempre me ha resultado llamativo que grandes figuras como el propio Tolkien, C. S. Lewis o Roald Dahl crearan esos mundos de fantasía. Los tres vivieron los horrores de las guerras mundiales, los dos primeros desde las trincheras, el tercero como piloto de caza. Personas con un bagaje histórico tan valioso… ¿describieron en sus novelas la batalla del Marne o los combates a cara de perro en los cielos de Europa? No. Tramas con enanos y hobbits, viajes interdimensionales a través de armarios, una niña especial llamada Matilda, una fábrica de chocolate. ¿Hemos de creer que renunciaron a la realidad? No. Nos hablan de todo aquello que sintieron y nos formulan las mismas preguntas que deberían llevarnos a la verdad literaria. Lo hacen a través de novelas fantásticas porque las consideraron instrumentos adecuados, y no importa si son ciertas o falsas según nuestra pobre percepción de lo inmediato: son verosímiles, nos sacan de la zona de confort y contienen la esencia de lo que somos. Eso puede hacerse cargando a la bayoneta en 1914 o masacrando orcos en los campos del Pelennor.

¿Y si escojo un contexto histórico? Bien. ¿Qué mejor para el conflicto literario que nuestro turbulento pasado? El marco temporal, ya asumido por una mayoría de lectores, otorgará verosimilitud a mi mundo secundario. Cuidaré el detalle, claro, y construiré una trama atractiva. Evitaré el anacronismo material, aunque siempre siguiendo al estagirita (mejor lo imposible verosímil que lo posible inverosímil). Jugaré con el anacronismo cultural, porque soy autor del siglo XXI y escribo para mis coetáneos. Y sopesaré el rigor histórico para no expulsar al lector de la esfera diegética ni abrumarlo bajo avalanchas de datos. No pretenderé enseñarle historia ni entretenerlo, aunque ambos aprendamos y nos divirtamos con el proceso. Reclutaré al lector como piquero en Bannockburn, compondremos trovas en Beziers, nos rebotaremos contra los invasores un dos de mayo, investigaremos junto a Guillermo de Baskerville, seguiremos a Blas de Lezo en Cartagena de Indias o cumpliremos órdenes de Aníbal en Zama. Y cuando regresemos a nuestra seguridad cotidiana, no lo haremos solo con un flamante acopio de datos históricos, sino metamorfoseados por la libertad, la caída, la redención, el amor, la esperanza o el sacrificio.

*Las negritas son del bloguero, no del autor del texto.

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3 comentarios

  1. Dice ser todo en su sitio

    Y ante el castillo, pendientes en el interior, atemorizados, horrorizados ante la avalancha de ataque furibundo por parte de las hordas enemigas que se les venia encima irremediablemente a los Gongriios, el jefe deescuadrón giró su mirada a su espalda, levantó la mano y gritó con voz que haría sucumbir al má spoderoso trueno: manuéeee, trae ya el martillo neumatico para cargarnos la puerta y abrirnos paso hacia su salon que está a puntito de empezar la final de futbol y tienen una tele 40 pulgdas hd allí.

    02 enero 2018 | 12:20

  2. Dice ser y las palomitas justitas no más

    Y temblorosos se oían las súplicas de las víctimas del futuro asalto dentro: ya sé que os habéis enterado que tenemos una HD panorámica en el salón, pero no hay coca cola para todos, no entréis, por compasión, que nos fastidiáis la final.

    02 enero 2018 | 12:24

  3. Dice ser estrellao

    Pero entraron.
    Entraron y ante la incrédula mirada de los allí presentes sacaron el arma definitiva. Escrutaron con la mirada los más profundos de deseos de cada uno y con un gesto mil veces practicado pusieron fin a sus lamentos: pidieron comida y bebbida para todos desde su móvil.

    02 enero 2018 | 12:57

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