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El big data del alma

El toque se queda

La vida exterior ha desaparecido y el toque de queda se queda.

Apenas queda nadie vivo por la calle, excepto los extras que contratan los gobs para dar ánimos y los polis que patrullan con la misma finalidad. Ni los zombis salen. Los repartidores son invisibles. La nieve es eterna.

El toque de queda al principio sonaba a algo terrible, propio de películas antiguas (guerras) y dictaduras abominables.

Ahora es un must, una comodity, un random o un fandom.

El toque de queda es intercambiable y pronto habrá modas y marcas con ese name. Un touch ya trivial, y más en España/Esparta, que cada autonomía lo decreta a una hora, según la tradicional hiperproductividad de taifas leguleyas.

La productividad copiapegante para echar leyes, decretos, edictos y ordenanzas sigue creciendo. Ahora ni siquiera hay que legislar respecto a algún asunto: la pandemia elimina ese engorro: las ccaa’s y el Estado (catastrófico) pueden legislar día a hora sin salirse del género vírico, y pueden contradecirse en tiempo real y en el mismo huso horario.

Después del mapa del tiempo echarán el mapa del toque de queda. Eso une mucho, ver las diferencias todas juntas es total.

Quieras que no, el toque se queda. Ya nos hemos hecho a él. Es un hábito neolítico ya restaurado. A tal hora, cierre total.

En el debate absurdo de si antes o después o blabla se obvia lo básico:

El toque se queda.

Sirve a las autoridades innumerables para dar señal de sus arduos trabajos absurdos, propios de esta era cosplay.

 

Las vacunas van despacio. No se sabe (nada en general) si es por la proverbial ineptitud del sistema (Estados modernos habrían abandonado el servicio público para ser solo un pretexto para el beneficio privado), falta de vacunas o/y que la gente se resiste a probarlas.

Casi que sí una mezcla de las tres: pocas vacunas, sistema público casi desmantelado y mucho negacionista.

La teoría no ha llegado aun. Parece que se vacuna poco y a ratos. Ahora los sanitarios.

La nevada persiste en algunas partes, las nieves eternas: no hay forma de quitar la nieve, el hielo, la desidia oficial.

En el reino de la propaganda, según el corpus establecido por Trump y sus followers, Bolsonario, Boris Johnson… cada cual con sus diversidades, pero cada cual a lo suyo. El corpus doctrina: decir mucho y no hacer nada. Algo para la privada.

La Unión Europea, con sus fondos y firmados, está parada viendo series. La burocracia online es apasionante. Toda esa maquinaria herrumbrosa.

Estados Unidos, en grave crisis política, con un presi que no se quiere ir, que incita a la sedición, con un presi entrante que no quiere entrar, y con millones de ciudadanos que lo consideran ilegítimo (como en España a Sánchez, al menos hasta hace poco, ahora, quizá por la costumbre, el hombre se va consolidando), es un guión estándar.

La política es un cosplay, sea lo que sea eso. Mundo pop(ulista), pura imagenería, como en la Edad Media.

Las vacunas van poco a poco, brazo a brazo, y no se sabe nada de ellas, del precio, del contrato, del lote.

Ha surgido el subgénero vacunas sexys o sexyvacuna, que ya tiene algunos hitos en portadas. Hay mucha necesidad de algo, algo lo-que-sea. Algo pues.

 

 

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