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El big data del alma

Se agotan las piscinas hinchables

Según una investigación casual las piscinas hinchables son el producto estrella de estos días.

Casi como el papel higiénico del primer periodo covídeo.

Seguro que Sánchez ha ordenado instalar piscinas hinchables por los céspedes de Moncloa.

Esta austeridad hispana va a gustar mucho en el norte de Europa.

La piscina hinchable es el veraneo de la predistopía interior. ¡Y gracias que hay agua!

Por cierto, el precio del agua todavía no está como el de la electricidad. ¿Por qué será?

El agua todavía se puede beber a un precio razonable. ¿No es fabuloso?

Quizá entre las medidas de la Reconstrucción (los 140.000 millonacos) habría que proteger lo poco que queda del chiringuito patrio: el precio del agua corriente. Blindarlo en la Constitución o algo.

Una familia media ínfima puede llenar la piscina hinchable.

Y ese sería el motivo de hoy para la euforia contenida.

Aunque estamos en estricto momento de euforia contenidísima.

La cumbre europea ha dado un respiro metafísico al entorno covídeo, pero la metafísica, excepto a las iglesias, no da de comer.

Y por eso este malestar orgánico. El gentío está ya muy rebrotado, pero contenido.

Mientras haya para piscina hinchable (y su agua) el verano va tirando. Los críos la gozan.

El turismo esperaba al turista. Aun se puede reparar algo. Simón ha dicho que sanitariamente mejor si no vienen, y va a ser crucificado, como todas las semanas.

Simón es un crucificado ideal, atraviesa las fases y las conjuras o conjeturas y reaparece impoluto.

España siempre se salva de milagro. Esta vez, de momento, el desastre se retrasa gracias a la piscina hinchable.

Y luego decimos del plástico.

 

 

 

 

 

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