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Denunciado por dar comida y agua a los gatos callejeros en plena ola de calor

Por Silvia Rodríguez

Le escribo porque quiero denunciar una injusticia doble que se está produciendo en mi barrio (Tablada, Sevilla) desde hace un mes.

En primer lugar, el acoso que estamos sufriendo de una vecina que está vulnerando nuestro derecho a la intimidad y al honor. Se cree la dueña del barrio y lo hace fotografiando a vecinos dentro de la intimidad de su casa, de noche, con flash, nocturnidad y total alevosía. Realiza acusaciones indebidas sobre la privacidad de algunas familias del barrio o, como en el caso de mi padre, le graba con su teléfono móvil, escondiéndose detrás de él, con total descaro e impunidad.

Imagen de archivo de un gato.

Imagen de archivo de un gato.

¿La causa que molesta a esta mujer? Que demos agua a unos gatos callejeros. Con temperaturas de unos 45 grados a la sombra, pienso que es más la humanidad que nos mueve que el querer crear una colonia de gatos descontrolada que cause problemas de neumonía a sus hijos, tal y como nos acusa.

Ha denunciado a mi padre, militar en la reserva desde 1998, de ser un hombre que capaz de agredirla porque ella vive en un piso bajo, y pide al juez que le retire su arma-desactivada desde dicho año. Mi padre es un señor de 73 años pacífico y operado del corazón, por lo que no debe alterarse, con un historial militar impecable y sólo ha cometido el ‘delito’ de dar agua a los gatos. Hecho que, por otro lado, consta en la Ley de Defensa Animal como no censurable. Al contrario, está penado denegar el alimento y el agua.

Por toro lado, esta mujer deja las bicicletas en los pasillos del portal donde vive con total impunidad cuando le viene en gana y cuelga carteles “recomendando” a los vecinos que recojan los excrementos de los perros como si no lo supieran, creando un ambiente asfixiante al máximo.

Una situación de vergüenza en un barrio de Sevilla que parece anclado en tiempos pretéritos donde no se podía alzar la voz y donde los derechos más básicos debían ser silenciados. No respetar a los mayores ni a los seres vivos es el germen de las posteriores situaciones de injusticia de la vida diaria. Una pena.