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Aguante Diego, como en el potrero: taquito y gambeta

Hasta hoy tenía tres ídolos y hoy se deshizo mi Santísima Trinidad. No por casualidad mi primogénito se llama Diego, y no por casualidad mi padre me dijo, durante el mundial del 86, que tenía que viajar a Argentina para después contarle a qué huele la Bombonera. Yo tenía casi siete años y, sorpresas que te da la vida, él, dos décadas después, acabó cruzando el charco antes que yo y, como no, visitó ese templo sublime que no tiembla, late. Y ahí se dio cuenta de que el Pelusa era incluso más grande de lo que parecía. 

Mi amor por el fútbol nació aquel día con aquella mano y aquella carrera, el gol más grande de todos los tiempos

Mi amor por el fútbol nació aquel día con aquella mano y aquella carrera, el gol más grande de todos los tiempos. Se llamaba Diego y se apellidaba Maradona, y yo no había visto nada más hermoso en toda mi vida. Pisaba la pelota, le aguantaban dos y arrancaba el genio del fútbol mundial. El barrilete cósmico dejaba en el camino a tanto inglés y conseguía que, tras la guerra de las Malvinas, el país entero fuera un puño apretado gritando por Argentina. El mundo quedó asombrado para toda la eternidad.

Ya mucho antes todos sabían que el Diego era especial, cuando reventaba a los mayores en los picados de Fiorito, cuando hacía toquecitos en los entretiempos de Boca o cuando mandaba callar al Abuelo Barrita de La 12 en la tribuna popular. Era un dios de carne y hueso porque se podía tocar, besar y querer, y al que los defensas de los 80 cosieron a trompadas porque no había forma reglamentaria de parar a aquel zurdo mágico cuya gambeta no tenía fin.

Argentina, España, Italia y el mundo entero llora porque este miércoles su maltrecho corazón se apagó. Ya estará en el cielo, con el viejo y la Tota, con Alfredo y Johan y con el chico cuartetero que plasmó la vida del genio en una cumbia irrepetible.

Gracias, Diego, por habernos enseñado que la pelota no se mancha, que el honor no se compra y que el sentimiento no se termina. Hasta siempre, barrilete.

Por José Esteban Gómez Muñoz