Entradas etiquetadas como ‘Mary Ellen Mark’

El matrimonio de chino y japonesa con un solo idioma común, las fotos

 

 RongRong & inri / In the Great Wall.China.2000.No.3 © RongRong & inri

RongRong & inri / In the Great Wall.China.2000.No.3 © RongRong & inri

RongRong nació en Zhangzhou, en la poblada provincia china de Fujian, en 1968. Cinco años más tarde, en la prefectura japonesa de Kanagawa nació inri —la minúscula inicial es decisión suya—. Se conocieron en el año 2000. Ninguno hablaba el idioma del otro ni tenían una tercera lengua para comunicarse.

Esa es la mentira que ellos mismos ponen en solfa: se entendieron desde el primer momento gracias al habla común de la fotografía.

RongRong & inri, las dos personas de países enfrentados por una ofuscación histórica cimentada en las siempre falsas premisas de la identidad nacional, son ahora una sola. Cuando se acostaron desnudos en la Gran Muralla china no dijeron una sola palabra. Entendían el silencio.

La pareja de fotógrafos acaba de ser galardonada con el gran premio especial de 2016 de la World Photography Organisation (WPO). Si se tienen en cuenta la identidad y los logros de los premiados anteriores —una patrulla de héroes del humanismo Eve Arnold, William Klein, Marc Riboud, William Eggleston, Mary Ellen Mark, Elliott Erwitt, Bruce Davidson, Phil Stern…—, no es desproporcionado intuir que RongRong & inri están en compañía de ángeles.

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Muere Mary Ellen Mark, encantadora de las serpientes del alma

Izquierda, autorretrto de Mary Ellen Mark. Derecha, Tiny

Izquierda, autorretrto de Mary Ellen Mark. Derecha, Tiny

Adivino un hilo dorado entre el autorretrato de Mary Ellen Mark al comienzo de su carrera, en los años sesenta, y su foto más conocida, Tiny in Her Halloween Costume, la imagen de la niña-prostituta Erin Charles, de 14 años, que la fotógrafa hizo en 1983. El hambre de la segunda está presente en la aguda mirada de la primera. Las desvincula el gesto amargo de la boca de Erin y los labios distendidos de Mary.

Mark, a quien llamaron con exactitud “encantadora de serpientes del alma”, acaba de morir a los 75 años de leucemia. Es demasiado pronto para una mujer que no estaba dispuesta a dejar de comer a grandes bocados el mundo y las dudas que lo pueblan. Fue la gran cronista de la vulnerabilidad de su generación y tres cuartos de siglo no bastan para abarcar, como hubiese deseado, a todos los frágiles.

Tengo la seguridad de que las casualidades obedecen a leyes que acaso redactan nuestros fantasmas. Anoche leí, de un tirón, la necropsia —porque me sentí parte de ella— de la nouvelle También esto pasará, donde Milena Busquets narra el exorcismo por la muerte de una madre. Marqué en el lector electrónico dos citas:

Tal vez todos nos quedamos siempre con algún viaje pendiente, planeamos viajes cuando ya son imposibles, como si intentásemos comprar tiempo aun sabiendo que el nuestro se ha agotado y que nadie puede regalarnos ni un solo minuto más. Debe de ser intolerable tener todavía los ojos abiertos y pensar que hay lugares que ya no volverás a ver nunca, que se cierren las posibilidades antes que los ojos.

Es un resumen de mis carencias, las que nunca ya repararé. Las palabras de Blanca, la protagonista de la novela, también me llevaron a las fotos de Mark, de cuya muerte me había enterado unas horas antes.

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Haz que tu hija sea una muñeca

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

Dicen que las muñecas American Girl son las anti-Barbie“un canto a las niñas y todo lo que pueden llegar a ser”. Esa es la idea que venden, y el verbo revela los oscuros significados y significantes habituales, en la compañía Pleasant Doll, fabricante del juguete.

Desde 1998, la empresa que “ayuda a que las niñas brillen” (¿es casualidad la isotópica metáfora?) es una división del grupo Mattel, mega corporación —ganancias en 2010: 5.800 millones de dólares, unos 4.400 millones de euros— que sintetiza, en sincronía con los tiempos desprovistos de matices en los que vivimos, el yin y el yang para comerse todo el bacalao y no dejar resquicios a una opción diferencial. Mattel fabrica y comercializa a las enemigas: Barbie, la muñeca pija de Beverly Hills, y American Girl, la muñeca que, según el lema de la mercadotecnia del producto, propone a las crías de entre nueve y once años que persigan los designios de su “estrella interior” (más semántica radiante).

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

La fotógrafa Ilona Szwarc  vive en los Estados Unidos desde hace cuatro años. Nacida en 1968 y educada en el ambiente brumoso de Varsovia, se bregó en los platós de cine trabajando como ayudante de las dos glorias nacionales de la filmografía polaca, Roman Polanski y Andrzej Wajda. También asistió a Mary Ellen Mark, la fotógrafa que se acercó más que ninguna en los EE UU a los niños de la calle y la prostitución infantil.

Uno de los proyecto que desarrolla Szwarc como fotógrafa se titula American Girls y tiene más de un punto de contacto con la descarnada visión de Mark: la edad de las protagonistas, la superficialidad, los puntos suspensivos de un futuro que tal vez sea lóbrego o tal vez no, la niñez entendida malignamente como una miniatura de la edad adulta

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

La fotógrafa confronta a niñas estadounidenses con su muñeca American Girl personalizada: My American Girl se llama la gama y la gólem plástica puede diseñarse a voluntad —desde la etnia hasta la ropa interior y los accesorios— en un simulador en línea que permite jugar al Doctor Frankenstein dando vida a un trozo de plástico de 46 centímetros de alto por el que puedes pagar, si te pones caprichoso con el ajuar, hasta 600 dólares (unos 455 euros). Se da por sentado que los papás y mamás que aforan pertenecen al 1% y pueden.

“Todas las niñas en los EE UU parecen estar creciendo para ser futuras estrellas y sienten que tienen derecho. Estas muñecas lo ponen de manifiesto”, acaba de declarar en una entrevista la fotógrafa, interesada en los “valores culturales”, bastante truculentos, del fenómeno. “Cada muñeca puede ser customizada para parecerse con exactitud a su dueña, pero en realidad todas son iguales”, añade.

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

Las niñas y sus muñecas —el orden de los factores es accidental— rozan la simbiosis, quizá enfatizada con intención demasiado evidente por la fotógrafa, que dicta la coreografía de cada imagen con el nada velado propósito de mostrar como una y la otra podrían intercambiar papeles en el libreto de la existencia diaria.

La meta tiene un fondo que sobrecoge: las niñas y podemos asegurar, ya que tienen entre nueve y once años, también sus padres, que han dado el consentimiento para que sean retratadas unas menores de edad, aceptan el juego perverso de Szwarc. No es una parodia, es la verdad doméstica, de cada día; el encierro en la envoltura de celofán como norma metafísica; la detención ilusoria del tiempo para que nada suceda, para que ninguno de los monstruos (el negro, el musulmán, el latino, el crack, la metanfetamina, el sexo sucio, el asesino en serie, el maltratador, la enfermedad mental…) entre en la escena.

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

El catálogo de niñas-muñeca es un columna uniformada, un continuum de estereotipos, una pesadilla febril: la niña-muñeca-caballista en el cesped ondulado, frente a la decorosa casa de campo; la niña-muñeca-urbana tomando el sol en la terraza en un bikini de dos piezas no muy diferente al de una miss; la niña-muñeca-hipster; la niña-muñeca-suburbana en la burbuja de raso de la urbanización; la niña-muñeca-doméstica en el salón con blondas en las cortinas y marcos de plata en torno a los rostros de la familia…

No hay frontera entre la piel y el plástico. Los fabricantes del juguete son los amos en este contrato de vasallaje:  “La misión de American Girl es rendir homenaje a las niñas.  Aceptamos quienes son y estamos atentos a quienes serán en el mañana”. De vivir en este tiempo, Goethe hubiese asignado el entrecomillado a Mefistófeles.

© Ilona Szwarc 2012

© Ilona Szwarc 2012

El proyecto que hoy asomo a Xpo, la sección que cada jueves dedicamos a fotografía, recuerda a Litte Adults (Pequeños adultos), donde Anna Skaldmann retrata a niños privilegiados en Rusia, hijos de millonarios que se “comportan como adultos” y posan como una proyección de sus padres.

Me parece que hay líneas de conexión entre los críos rusos de niñez perdida y las niñas-muñeca de los EE UU. No recuerdo cuándo, pero en algún momento del pasado reciente, alguien consintió —y quizá yo esté entre los culpables del delito colectivo, porque, como decía Ambrose Bierce, el jersey es “una prenda que llevan los niños cuando los padres tienen frío”— que los críos empezasen a vivir como si el Valium lo tomasen ellos.

Ánxel Grove

Erin y Mary E., la niña prostituta y la fotógrafa

Mary Ellen Mark - "Tiny in Her Halloween Costume", 1973

Mary Ellen Mark - "Tiny in Her Halloween Costume", 1983

Primera Avenida y Calle Pike. Downtown Seattle. 1983, año de vicio. Ella dice llamarse “simplemente Tiny”. En realidad se llama Erin Charles. 14 años.

– Quiero parecer una puta francesa -dice.

La fotógrafa se la gana con la mirada. Tiny se gana a la fotógrafa con lo que ustedes están viendo: la pose definitiva, hambrienta, de una mujercita de la nouvelle vague.

Es una apreciación injusta, una mera fascinación plástica por el velo, los guantes, el sombrerillo…

Mete la pata quien adivine un mélange de cynisme, de sensualité, d’indifférence et d’oisiveté en las promesas que contiene tanto color negro

A Tiny la delatan los labios, tuercas apretadas en una media esvástica de carne tiesa. Cuando eres prostituta debes evitar que el alma, puerca chivata, se te vaya por la boca, revelándote ante el público de la Primera con Pike.

Hay otra foto de la sesión callejera, el envés de este plano frontal con profundidad de Gran Cañón. Tiny, que masca chicle como todas las princesas de todos los downtown, hace un globo. El alma integral de la niña-puta contenida en una bola de goma rosa. Pagaría por ese tesoro.

Mary Ellen Mark - "Tiny in Her Halloween Costume", 1983

Mary Ellen Mark - "Tiny in Her Halloween Costume", 1983

Es la víspera de Halloween. Aroma de orín y mantequilla. En unas horas comenzará la noche de los muertos. Tiny tiene planes para celebrarla con otros muertos en el Monastery, la discoteca con el MDMA más fácil y barato de Seattle.

– ¿Eres de la Policía? -había preguntado a la fotógrafa Mary Ellen Mark (Philadelphia, Pennsylvania, EE UU – 1940) cuando ésta, fascinada, intentó el primer acercamiento.

Tiny acababa de bajar de un taxi. A veces puedes permitirte los tópicos, son la voz colectiva. Va uno que se adapta: vestida para matar.

– Quiero conocerte, hacerte fotos.

– ¿Qué saco yo de todo esto?

Tiny sabe de atuendos y de negocios feos: una felación a cambio de una pastilla, un intercambio sexual sin lengua a cambio de 50 dólares. Así es la vida en el Monastery.

Mary Ellen Mark, en el set de rodaje de "Apocalypse Now", 1976 (foto: Dean Tavoularis)

Mary Ellen Mark, en el set de rodaje de "Apocalypse Now", 1976 (foto: Dean Tavoularis)

Flashback. Seis años antes, 1976. Selva húmeda, infernal, en Ibas (Filipinas). El equipo de la película-pesadilla Apocalypse Now se enfrenta al ciclón tropical Olga, a la confusión y los intentos de suicidio del director Francis Ford Coppola, a las lecturas bíblicas, oraculares, de La rama dorada, El corazón de las tinieblas y Despachos de guerra, tres libros que estipulan la vida como un camino de sufrimiento y ceremonial.

Como la película, la filmación es un viaje hacia el miedo primario, la estaca en la sien, el mito de la oscuridad de la que emergemos.

Mary E. es la encargada de las fotos de rodaje. Retrata a Marlon Brando-Kurtz con un escarabajo sobre la cabeza, a Coppola encerrado en un poncho y sentado sobre el barro, a Martin Sheen con la mirada vacía del asesino encargado de liquidar al militar enloquecido de cordura

Mary Ellen Mark - 'Tiny' (Erin Charles)

Mary Ellen Mark - 'Tiny' (Erin Charles)

Ya sean tomadas en el millonario set de un film o en el lado equivocado de las calles, sus fotos no son complacientes ni pactistas. Arañan con profundidad de faros antiniebla.

En 1983, en Seattle, Mary E. y Erin intiman. La fotógrafa se prenda de la sonrisa oculta de la adolescente, de su naturalidad animal y franca. A Erin le gusta sentir que una hermana mayor retrata sus pasos.

Las primeras fotos aparecen en Streets of the Lost (Las calles de los perdidos), un reportaje que publica la revista Life en julio de 1983 sobre los runaway kids de los EE UU.

Estremecedor: un millón de críos de entre 11 y 17 años abandona por voluntad propia el hogar cada año. El 80 por ciento se dedica a la prostitución para sobrevivir. Cinco mil tumbas sin nombre se añaden anualmente a los osarios yanquis.

La historia de Erin es el corolario de la crónica negra. Vive con su madre y su padrastro, ambos desempleados sin más esperanza que fatigar las horas en la taberna de los bajos del edificio. La casa tiene un dormitorio. Erin duerme en el sofá. La han arrestado dos veces por prostitución, la han obligado por la fuerza a posar para fotos pornográficas, padece de una grave gonorrea.

Cartel del documental "Streetwise" (Martin Bell, 1984)

Cartel del documental "Streetwise" (Martin Bell, 1984)

Mary E. no es de las periodistas que dicen adiós con la última foto. A los tres meses regresa a Seattle con su marido, el realizador Martin Bell, y buscan a Erin. Cuentan su historia en Streetwise, un documental sobre los niños de la calle que es nominado al Oscar en 1984. Erin viaja a la ceremonia con el matrimonio. Se ofrecen a adoptarla legalmente. Ella se niega. Prefiere que Mary E. y Martin sean sus amigos. No se fía de los padres.

El vínculo, el hilo de oro, no ha sido mancillado por el tiempo. Erin y Mary E. todavía son confidentes. Se ven con frecuencia, hablan por teléfono casi a diario.

Mary E., a quien alguien ha llamado, no sin justicia, “la fotógrafa más importante del siglo XX”, tiene ahora 71 años y sigue con las cámaras al cuello. Galardonada, celebrada, becada, premiada con casi todos los honores, atendida con esmero en sus consejos a reporteros primerizos, publicada en libros que se agotan (milagro radiante en un mundo en que sólo los locos compramos libros de fotografía), es una intocable.

En su honor debo anotar que aún conserva la rabia intacta:

“Estamos en la era de la superficialidad. Las historias de ricos y famosos son las únicas que venden. Estoy hastiada de las revistas que son sólo apariencia, moda, belleza, celebridades… Hay una crisis en el fotoperiodismo. Es duro: muchas revistas han cerrado y todavía tengo que luchar para ganarme el pan. Mi trabajo no es suficientemente arty para los museos. Tengo que aceptar encargos comerciales para financiar los proyectos que realmente me importan. Me da igual. Todavía quiero, todavía necesito hacer fotos”, dice en una entrevista.

Mary Ellen Mark - Erin y dos de sus hijos, 2004

Mary Ellen Mark - Erin y dos de sus hijos, 2004

Erin, que tiene 42, es madre de nueve hijos de cinco hombres. Está casada con el padre de los cuatro últimos, ha dejado las drogas y perdido la gracilidad de reina de Halloween. Sigue viviendo en Seattle, pero en un suburbio de clase media-baja. A veces afloja la tuerca de los labios y esboza una sonrisa de inmensa franqueza.

“Sobrevivo. He tenido suerte”, declara cuando algún periodista la llama para recordar su pasado.

Mary E., que considera a Erin el proyecto de su vida, le sigue haciendo fotos con el mismo ánimo que la primera: dejar que la vida entre sin pactos previos en la retina de la cámara. Ha retratado embarazos, partos, quehaceres domésticos, dones y melancolías de su amiga Erin, a la que alguna vez llamo Tiny.

¿Redención? La pregunta no tiene sentido en el mundo de Erin y Mary E que hoy ocupa Xpo, la sección de fotografía de este blog.

La redención no tiene sentido en ninguno de los mundos. La redención es un producto en una estantería del supermercado del cynisme y  la indifférence . Esto es sólo ceremonial y sufrimiento: la biblia de los normales.

Ánxel Grove