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‘Memento mori’, las fotografías ‘post mortem’ del siglo XIX

Las fotografías de los muertos nos inquietan; más que la Muerte misma. En la época victoriana, sin embargo, fueron algo común, una mezcla de sentimentalismo, romanticismo y memento mori: la necesidad de recordar que un día aparecerás en esa imagen perturbadora.

Familia posando con hija fallecida. Wikimedia Commons.

Familia posando con hija fallecida. Wikimedia Commons.

Una vez fallecidos, los vestirán con las mejores galas, los sentarán o estirarán sobre una butaca o ataúd simulando al animalillo dormido. Su carcasa de carne será eterna, congelada por un fotón de luz para las generaciones venideras. El alma habrá regresado a las estrellas fundadoras por el agujero negro del aliento. El ciclo estará concluido. Será el último adiós. No sabemos si habrá más allá, paz, vacío, no existencia, conciencia pura en su retorno a la Fuente, cielo, averno, o eones de aburrimiento.

Solo sabemos que la física cuántica no entiende la Muerte y que la naturaleza no la inventó como tal. La Muerte es un concepto humano, un temor o un rompecabezas. Un salto al vacío. Y hubo un tiempo en que podía ser fotografiada porque ocurría en casa, y no en los hospitales o centros de retiro, formaba parte de una realidad doméstica sin zona de exclusión.

La perdida de un ser querido, especialmente la de un niño, en épocas de alta mortalidad infantil por culpa de la viruela o la tuberculosis, los trabajos forzados o el hambre, se consagraba entonces con una fotografía en blanco y negro, un recuerdo. En ocasiones, trucando el negativo, se les dibujaban unos ojitos para mantener el espejismo de la vida. Muchos de estos retratos serían el primero y último.

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Viaje a las montañas ficticias de Kong

Ahora verás lo mismo que Mungo Park y otros exploradores obscenos… Cordilleras imaginarias o errores geográficos. Posverdad cartográfica secuestrando con mitos las seseras sedientas de irrealidad. Tierras ignotas que se ganaron un apellido a costa de la veracidad de los mapas. Lugares que se dijeron sólidos y que acabaron desdibujándose lentamente. Hoy solo espectros rescatados por artistas como Jim Naughten, mundos noctámbulos que emergen para ser observados en estas postales estereoscópicas que fingen su exploración en tres dimensiones.

Imagen esteroscópica de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Imagen estereoscópica de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Kong fue una ciudad y un imperio interior que cayó en 1898 bajo el dominio francés, en la actual Costa de Marfil. Las Kong fueron también unas cordilleras ficticias que en balde buscaron los aventureros y en las que creyeron prestigiosos cartógrafos de la época. Debemos al médico y explorador escocés Mungo Park la falsa presencia en los planos de esta cordillera que lleva el nombre de un seductor primate cinematográfico.

Mountains of Kong. ©Jim Naughten

Mountains of Kong. ©Jim Naughten

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La obra maestra del pintor parricida Richard Dadd

"The Fairy Feller's Master-Stroke"

“The Fairy Feller’s Master-Stroke”

Es fácil deducir a primera vista que el cuadro, relativamente pequeño en tamaño (54 por 39,4 centímetros), es una visión abigarrada que no pertenece al mundo de quienes nos consideramos cuerdos: el gentío que puebla la tela parece crecer o reducirse; las texturas carnosas de la vegetación esconden seres que se perciben, inesperados, cuando creímos haber agotado el repertorio del elenco alucinado y superpuesto que, estamos convencidos, espera un suceso trágico e inevitable, anunciado por el golpe de hacha que la figura central se presta a asestar contra una castaña mientras las libélulas tocan la trompeta, un par de voluptuosas hadas se entregan a un sátiro, un anciano asiste colérico a la escena y diminutos centauros recorren la perspectiva inconcebible del lienzo, que parece pintado a ras de suelo y, al tiempo, contener una desesperada tensión tridimensional con cambios de escala mareantes entre un motivo y los circundantes.

The Fairy Feller’s Master-Stroke (El golpe maestro del leñador duende) habla de un parricidio, de la desmembración de un cuerpo, del plan de asesinar al Papa, de cuarenta años en un manicomio, de una psicosis criminal y visionaria, de un mensaje secreto de Osiris, de una narguila con kif demasiado intenso para un inglés, de la maldición circular que ronda las arenas de Egipto, de una insolación, de un ADN cargado con la negra tinta de la demencia…

El óleo, propiedad de la colección permanente de la Tate Britain, fue pintado con maniática perseverancia durante casi diez años, entre 1855 y 1864, en el inmenso sanatorio mental londinense de Bethlem, sostenido con fondos de la corona británica engordados con el dinero que pagaban los pudientes en giras organizadas para observar los alunados antes del té de los domingos. El pintor, Richard Dadd (1817-1886), que ha pasado a la historia como un artista y un asesino, escribió una larguísima soflama en verso para intentar explicar el sentido del cuadro y negar la evidencia: estamos ante un vástago de una imaginación salvaje y caprichosa.

Richard Dadd pintando en el psiquiátrico

Richard Dadd pintando en el psiquiátrico

Dadd no quiso revelarnos las facciones de leñador que se apresta a dar un “golpe maestro” en el centro del cuadro. La figura, acaso una proyección simbólica del artista, está de espaldas al espectador y alza un hacha antes del vuelo que llevará el filo contra su destino, la misteriosa castaña que bien podría ser una forma vegetal de craneo humano. En la noche del 28 de agosto de 1844, en un claro de bosque en Cobhan, en el condado de Kent, Dadd partió la cabeza de su padre Robert, un respetable químico jubilado, con un bestial golpe de hacha. Para asegurar la muerte, clavó en el pecho del anciano un cuchillo de veinte centímetros de hoja. Con el hacha y una navaja barbera descuartizó el cadáver y abandonó los restos en una zanja.

El artista, que tenía entonces 27 años, fue detenido a los pocos días en Francia cuando intentó degollar a otra persona. La policía encontró en su somero equipaje una lista de víctimas: el primero era el padre, seguía el Papa de Roma y a continuación una larga lista de amigos personales del joven pintor, considerado un valor en alza en los cenáculos artísticos visctorianos.

La justicia ordenó que el psicópata fuese encerrado de por vida. Dadd pasó en Bethlem veinte años y luego fue trasladado a Broadmoor, el primer “manicomio para criminales” de Inglaterra. Recibía algunas visitas y se comportaba con corrección. Nunca dejó de pintar, pero jamás alcanzó la intensidad genial de su obra cumbre, es decir, de su confesión.

Las tenazas de la locura prendieron en Dadd durante un viaje en 1842. Era una travesía de iniciación muy al estilo de los bohemios victorianos de buena cuna que podían permitirse recorrer los caminos del mundo con afanes místicos para luego deleitar a la sociedad británica con epopeyas orientalistas. Visitó Grecia, Turquía, Siria, Jordania, Jerusalén y Egipto. En El Cairo tramitó una amistad desaforada con las pipas de kif y, después de un viaje de cinco días fumando, creyó descifrar en el borboteo del agua de las narguilas un mensaje del dios Osiris, quien también, de acuerdo con la mitología, había sufrido la muerte por desmembramiento.

La deidad solar, creyó escuchar con claridad el joven pintor, le ordenaba la ejecución de todos aquellos que perturbaban su reinado sobre el mundo. De regreso urgente a Inglaterra, los médicos tranquilizaron a la familia Dadd opinando que las alucinaciones eran causadas por los efectos de una insolación. Egipto, ya se sabe, no goza de la bendición de la niebla londinense para que la sangre deje de hervir.

“Maté a quien yo siempre consideré un pariente, pero según la secreta advertencia que se me hizo, iba a convertirse en el artífice de la ruina de mi raza“, explicó Dadd sobre el parricidio.

Una mejor explicación quizá se muestra en El golpe maestro del leñador duende —que sirvió, por cierto, como inspiración para una canción del grupo Queen, el cuadro donde, con una precisión forense, Dadd se diagnostica, secciona y explica en un óleo que contiene las visiones atrozmente serenas de una mente trastornada.

Ánxel Grove