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Reeditan la dicografía del ‘bluesman’ incombustible Taj Mahal

Taj Mahal

Taj Mahal

Cumplió 70 años hace unos meses, tiene una discografía difícil de abarcar —cincuenta discos como solista— y se mantiene fiel a un lema saludable: “No caeré en la autocomplacencia”.

De no ser tan estricto en el cumplimiento de esa norma, podría vivir en el tranquilo y dorado limbo de las superestrellas del blues que se nutren de caricaturizarse (por ejemplo, B.B. King, indigno desde hace tres décadas pero millonario).

A Taj Mahal no le van los falsos honores ni los homenajes. Su compromiso con el blues tiene el carácter de un juramento íntimo.

Para celebrar los setenta años sobre el mundo de este músico sin ataduras acaban de editar Hidden Treasures of Taj Mahal 1969-1973, un doble disco a buen precio y con material inédito o muy poco conocido.

"Hidden Treasures of Taj Mahal 1969-1973"

“Hidden Treasures of Taj Mahal 1969-1973”

El primer cedé es de canciones en estudio que van del blues acústico a la caliente sopa cajun de Nueva Orleans. El segundo es una grabación en directo de Taj Mahal en Londres en 1970.

Toque de atención y valor añadido: en algunas canciones del primer CD y en casi todas las del segundo la fogosa guitarra solista es de Jesse Ed Davids, uno de los héroes escondidos de los años setenta (acompañó a John Lennon, John Lee Hooker, Eric Clapton…), muerto de sobredosis de heroína y en el olvido en 1988.

Hidden Treasures of Taj Mahal 1969-1973 es solamente la punta de un iceberg. La discografía completa de este héroe, una especie de viejo amigo que nunca defrauda cuando vas a su reencuentro, va a ser reeditada por Legacy Recordings, una de las divisiones de Sony Music, en cuyo catálogo están disponibles la recopilación de tres discos In Progress & In Motion: 1965-1998 y el doble Essential Taj Mahal para quienes necesiten o deseen un acercamiento.

Ánxel Grove

41 años esperando por Bill Fay, jardinero, empleado de limpieza, músico

Bill Fay (Foto: Raulf Galip)

Bill Fay (Foto: Raulf Galip)

Este hombre que posa sin estridencia ante la puerta de un garaje anónimo del norte de Londres se ha ganado la vida como jardinero, empleado de una empresa de limpieza, jornalero de campañas de recogida fruta y reponedor de la sección de pescadería de un supermercado.

Se llama Bill Fay y es uno de los músicos, compositores y cantantes más brillantes del Reino Unido.

El caso de Fay es un paradigma de la crueldad de la industria del entretenimiento, de la miopía —intencionada, eso es lo peor— de los manejadores de los gustos colectivos y de la inmoralidad universal del negocio musical, responsable de la vulgaridad imperante.

Han sido necesarios 41 años para que una empresa discográfica permita a Fay grabar un disco.

Alguien ha dicho de él que es “el J.D. Salinger de la música del Reino Unido”. No hay justicia en la afirmación: la culpa de la desaparición no es de Fay, sino del ostracismo al que le han condenado.

El 21 de agosto se publica Life Is People. Es el tercer álbum de estudio del cantautor tras Bill Fay (1970) —un debut de buenas canciones, pero condicionadas por unos demasiado floridos arreglos orquestales— y Time of the Last Persecution (1971), uno de los mejores discos de todos los tiempos y, por desgracia, una pieza olvidada por el alboroto del mercadeo del pop. Sólo cuando fue reeditado en CD en 1998, la música de Fay pareció regresar de un espacio negro y ocupar el lugar que merece.


Al redescubrimiento de Fay ayudó el interés por el compositor que mostraron algunos de sus colegas más jóvenes, entre ellos Jeff Tweedy (Wilco), que grabó una versión de Be Not so Fearful, y Nick Cave, que considera a Fay “uno de los más grandes compositores” vivos.

Pese a que nunca ha dejado de hacer música —hay recopilaciones de sus grabaciones domésticas editadas casi en privado por mínimos sellos independientes: From the Bottom of an Old Grandfather Clock (2004), Tomorrow Tomorrow & Tomorrow (2008) y Still Some Light (2010)—, el retorno de Fay a los estudios se consuma mediante un acto de justicia de matiz poético. Joshua Henry (32 años), el empresario tras la discográfica que edita Life Is People, Dead Oceans, creció escuchando las copias en vinilo de su padre de los viejos discos de Fay, y se impuso el objetivo de llevar de nuevo a los estudios a este músico espiritual, delicado e injustamente relegado al nicho de artista de culto para minorías.

"Life Is People" (Bill Fay, 2012)

“Life Is People” (Bill Fay, 2012)

Para demostrar que no está en la música por la cuenta de resultados, Fay puso una condición antes de empezar a grabar: no recibir ni un céntimo de regalías o ganancias. Ha obligado a que el contrato estipule que todo el dinero vaya a Médicos sin Fronteras.

Life Is People es un disco introspectivo. Su autor, lector impenitente de la Biblia, quiere difundir un mensaje optimista, aunque no tontorrón ni preñado por el júbilo de los fanáticos. Dedicado a “limpiar durante años los suelos y paredes de las fábricas”, como dice en una de sus canciones, Fay señala en otra que le basta constatar en los humildes espacios urbanos para la meditación —los jardines, las capillas, los parques infantiles…— la “llegada constante de almas a las costas de la eternidad”. En un tercer tema anota que “cada batalla perdida es una oportunidad para triunfar”.

Aunque nunca se había ido, hemos esperado 41 años para escucharlo.

Ánxel Grove