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Adagio a una tetera

Picasso pintó guitarras. Cortázar escribió trompetas. Bukowski evocó el sonoro magnetismo de las botellas. Amaban a estos instrumentos, aparatos que tienen linaje y arraigo literario, convertidos en iconos.

La tradición manda que alguien le escriba entonces una oda a esta tetera

Un poema, un relato, una pintura, partitura, que deje subrayada nuestra admiración, porque si aún fuéramos animistas sabríamos que todo objeto doméstico esconde un alma. Una tetera que emite notas, notas que son música, música que es alimento, trascendencia, espíritu que nace de este instrumento de inusual armonía oriental.

Un animista diría que en el fondo de su vasija esta tetera quería ser artista. Vivía quemada, agobiada por líquidos amargos que colapsaban su corazón, y este sería el origen de su aullido, la desesperación que se derrama por la trompa.

El destino de una tetera metálica comprada en el súper es jodido, aciago. Lo sabe toda persona sensible. La tetera nace paria, su casta es baja, acaba siendo el objeto con la peor sonoridad de la casa: ese grito o ladrido, un verdadero lamento. Todos los seres vivos – y las almas de muchos objetos- odiamos el sonido de la tetera.

Los sádicos que las diseñan lo hacen a conciencia: irritante, doliente, un centenar de agujas lanzadas en apabullante torbellino contra el tímpano para que nadie pueda obviar su llamada y se pierda el valioso líquido o aparezca el incendio. A este crimen de lesa tetería lo llamamos utilidad. Aquí tenemos la prueba…

Entonces, ¿qué puede hacer un tetera que quiera cantar, provista en origen de pésimas dotes y con esa trompa?

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