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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Viaje a las montañas ficticias de Kong

Ahora verás lo mismo que Mungo Park y otros exploradores obscenos… Cordilleras imaginarias o errores geográficos. Posverdad cartográfica secuestrando con mitos las seseras sedientas de irrealidad. Tierras ignotas que se ganaron un apellido a costa de la veracidad de los mapas. Lugares que se dijeron sólidos y que acabaron desdibujándose lentamente. Hoy solo espectros rescatados por artistas como Jim Naughten, mundos noctámbulos que emergen para ser observados en estas postales estereoscópicas que fingen su exploración en tres dimensiones.

Imagen esteroscópica de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Imagen estereoscópica de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Kong fue una ciudad y un imperio interior que cayó en 1898 bajo el dominio francés, en la actual Costa de Marfil. Las Kong fueron también unas cordilleras ficticias que en balde buscaron los aventureros y en las que creyeron prestigiosos cartógrafos de la época. Debemos al médico y explorador escocés Mungo Park la falsa presencia en los planos de esta cordillera que lleva el nombre de un seductor primate cinematográfico.

Mountains of Kong. ©Jim Naughten

Mountains of Kong. ©Jim Naughten

Una ilusión que supuestamente debía encontrarse en el laberinto de África Occidental y que fue repetida durante siglos en casi todos los mapas -más de cuarenta en el XIX, según los historiadores Thomas Basset y Phillip Porter-, afianzada por leyendas decimonónicas -oro, especies valiosas, gargantas exóticas, agua esmeralda, animales míticos, plantas extrañas, cumbres nevadas…-, y la seña de eternas inexploradas.

León plateado de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

León plateado de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Las falsas montañas ocupaban el tamaño de estados, justo donde África se alza en la curva de su vientre para desarrollar un pecho con el que parece seducir a la inalcanzable Latinoamérica. Se extendían miles de kilómetros sobre la antigua región de Alta Guinea. Creyeron que el río Níger- del que desconocían casi todo – tenía que estar separado del golfo de Guinea, lugar de su desembocadura, por una frontera natural.

El Níger es un río culebra que se curva contra el sentido común. Sube cuando debería bajar, llega a los márgenes del desierto, en Tombuctú, para descender vertiginosamente después por la selva hacia el sur, en el Atlántico. Pensaban además que las Kong se unían a otras montañas míticas, los Montes de la Luna (Montes Lunae), donde estarían las misteriosas fuentes del Nilo. En aquel tiempo, el negro del orbe llenaba los mapas y solo los rumores y la imaginación cubrían el vacío. Tiempos en que los cartógrafos se copiaban unos a otros. Y su autoridad hacía verdad.

Mapa del siglo XIX en el que aparece las montañas de Kong. Fuente: Wikipedia

Mapa del siglo XIX en el que aparece las Montañas de Kong. Fuente: Wikipedia

Mungo así se lo narró al inglés James Rennell, uno de los primeros que cometió el error de dibujarlas. Entonces, a modo de moderna red social, el bulo de las montañas de Kong se multiplicó en los atlas, planisferios y tratados geográficos, sin que nadie contrastara su autenticidad; África era el enigma que aún es hoy, de un modo u otro, para nosotros. Llamó al embarque a aventureros. Se organizaron expediciones por selectos clubes. Julio Verne, el adivino científico, las incluyó en su libro Robur el conquistador (1886).

Paso de animales en las cordilleras de Kong. ©Jim Naughten

Paso de animales en las cordilleras de Kong. ©Jim Naughten

Nunca las encontraron. Nadie las escaló o falleció en sus abismos. Fueron un fantasma geográfico, un ente que se coló en los mapas como los antiguos leviatanes y pulpos titánicos o el borroso perímetro del fin del mundo. Cuando el militar y explorador francés Louis-Gustave Binger realizó la primera exploración del curso del Níger, entre 1887 y 1889, constató el error, encontró mezquitas y no montañas; lo cual no impidió que la mentira se repitiera en los planos hasta el siglo XX (reaparecieron en el Goode’s Atlas de 1995). El papel lo aguanta todo, y los errores lo aman con mayor tesón que las polillas. La autoridad de un mapa puede más que los ojos.

Insectos de las montañas de Kong. ©Jim Naughten

Insectos de las Montañas de Kong. ©Jim Naughten

Y por los ojos las rescata el último proyecto del fotógrafo Jim Naughten a través de una colección de imágenes en las que juega con la exploración, la criptozoología y los guiños a la época, y que pueden verse en tres dimensiones imitando las populares postales que sorprendían con su relieve a los victorianos del siglo XIX. La separación aproximada de 65 mm que divide la visión, la distancia interocular, genera un efecto trimidimensional según se combinen las imágenes, algo que ya sabían en 1838.

“En las montañas de Kong descubro paisajes extraordinarios, de otro mundo, encuentro extrañas criaturas exóticas que habitan en un universo paralelo, un mágico Shangri-La gobernado por animales que nos sirve como reflexión sobre la mutabilidad de la historia y nuestra relación siempre evolutiva y maleable con el pasado”, dice en su presentación Naughten.

Mundos paralelos tridimensionales que nunca existieron, delirios de aventureros, creencia de aislados, dioramas de animales y plantas que permiten al espectador, mediante el uso de unas gafas, sumergirse en una tierra mítica y transportarse al pasado. Prueba sensorial de que existen estas montañas que nos enseñan a no creer en las mentiras de nuestro tiempo.

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