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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Muere Pauline Oliveros, que nos enseñó la diferencia entre escuchar y oír

Pauline Oliveros (1932-2016)

Pauline Oliveros (1932-2016)

Todo cambió para Pauline Oliveros cuando, en 1953, le regalaron un magnetófono. Con el aparato, que hoy sería una reliquia tecnológica, la compositora aprendió a escuchar el mundo:

Empecé a grabar todo lo que sucedía desde la ventana de mi cuarto. Me dije que tenía que escucharlo todo, así empezó mi práctica de meditación que luego bauticé Deep Listening: escuchar no solo lo que está en primer plano, sino abrir el filtro que tenemos que nos hace rechazar ciertas cosas y no escucharlas, por considerarlas basura.

A esa admiración por lo vibratorio contenido en personas, animales, minerales y cosas dedicó su vida la compositora, que acaba de morir, a los 84 años, en medio de un chocante silencio, sólo roto por algunos obituarios precisos y cariñosos.

Oliveros, a quien se debe el mérito de establecer la diferencia entre oír y escuchar —como bien dijo uno de sus más ilustres admiradores, Brian Eno, otro receptor de la esférica vibración del universo y la necesaria lentitud para percibirla—, hizo de todo antes de que llegasen la electrónica, el serialismo, el noise o la música industrial.

Para ella no había distinciones porque es el mundo entero quien canta para que escuchemos.

El apunte biográfico es imposible porque la densidad. Música desde la guardería; intérprete de acordeón a partir de los nueve años; exdirectora del San Francisco Tape Music Center, donde no hacían falta más  instrumentos que los casetes —en 2017 celebran un festival que promete—; compañera de andanzas de Terry Riley,  más famoso pero no mejor que ella; desentendida de la revolución hippie que ocurría allí al lado porque años antes había traspasado límites sonoros que Jimi Hendrix ni siquiera concebía y subido a las estrellas sin necesidad de lisergia…

Oliveros fue capaz de meterse a grabar en una cisterna militar abandonada y enterrada a cinco metros de profundidad —”nunca experimenté una reverberación como aquella, cada nota duraba más de un minuto“—; inventó la idea de la escucha profunda (deep listening); es dueña de una discografía arriegada, dulce y abierta; tenía cinturón negro de karate; era abiertamente lesbiana; escribió libros; compartió sabiduría…

Quizá estemos ante un fenómeno que se extingue, el de los creadores que nos enseñan con el silencio, el ruido y las palabras. Sostenía que la receta para la felicidad radica en la conciencia sónica, que definía como “una síntesis de la psicología de la conciencia, la fisiología de las artes marciales y la sociología del movimiento feminista”. Resumía la enseñanza en una sola:

Escucha todo el tiempo y sé consciente de cuando no lo estés haciendo (…) Se trata de experimentar el sonido, ser consciente de la variedad de los sonidos. La esencia de la práctica es aprender a escuchar.

Llegada a San Francisco a los 16 años, con un acordeón colgado del hombro y 300 dólares como única fortuna, Oliveros recuerda aquel momento como una epifanía. Sabía que en la ciudad canalla de los años cincuenta había lugar para su locura de adicta al sonido (“desde niña en mi cabeza escuchaba frases musicales, insectos, pájaros, paisajes, la voz de mi madre arrullada por el motor del coche o cuando mi padre sintonizaba la radio”). Durante tres décadas fue un referente, una de las escasas creadoras que seguía considerando la vanguardia como un “compromiso ético” alejado de esnobismos y poses

Aunque era venerada en los círculos del radicalismo sonoro, la bancarrota le acechó desde los años ochenta porque nunca pensó que el sonido fuese canjeable. De todos modos, se lo tomó con humor: “Soy una compositora freelance y por tanto eternamente arruinada”.

No hace demasiado afirmó que concebía el sonido como cuatro gajos de un mismo círculo: “hacer sonidos, imaginar sonidos, escuchar el sonido del presente y recordar el sonido del pasado”.

Sin embargo, el mejor epitafio aparece en uno de sus ensayos:

Deseo el silencio, pero nunca se da.

Jose Ángel González

1 comentario

  1. Dice ser Sociólogo Astral

    ¿La diferencia entre escuchar y oir y entre cerca y lejos no lo enseñaban en Barrio Sésamo?

    12 diciembre 2016 | 14:28

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