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-No deberías llevar esa ropa. -¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda. -Entonces no deberías llevar ese cuerpo. 'Fuego en el cuerpo', de Lawrence Kasdan

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Algunas razones para recordar a Jennifer Jones, que ha muerto

Ha muerto Jennifer Jones. Llevo más de una semana desconectada del mundanal ruido y en cuanto abro mi ordenador para ver qué me he estado perdiendo me encuentro con esta noticia. La que fuera esposa del productor más temido y recordado de Hollywood, David O´Selznick, ha fallecido a los 90 años de edad.

Puede que para la generación que se ha enganchado a ‘Crepúsculo‘, los Robert Pattisons y compañías, el nombre de Jennifer Jones le suene tan a chino como a mí el nombre del último expulsado en Gran Hermano (lo siento, Gus, soy incapaz de seguir los líos de Guadalix), aunque quizá no debería generalizar y utilizar la palabra ‘generación’ tan en vano, porque conozco a muchos y muchas de diferentes edades que viven ‘abducidos’ por la crepusculomanía. En fin, a lo que iba, que, aunque soy consciente de que decir Jennifer Jones puede no significar mucho para muchos, hubo un tiempo, allá por los años 40, que ella era la encarnación de la belleza pura y bondadosa, la mujer que conquistó a la Academia de Hollywood con ‘La canción de Bernadette’, la actriz que era tutelada con mimo por su todopoderoso marido hasta que éste cometió la torpeza de morirse y perjudicar gravemente la carrera de su esposa.

A mí no era una actriz que me gustara especialmente: su belleza no me atraía, sus gestos me resultaban repetitivos y ni siquiera me caía bien, me temo que como a la mayoría de sus contemporáneos, que la veían algo estirada y antipática, sin embargo, reconozco su importancia. Forma parte de la historia del cine (‘Desde que te fuiste’, ‘Duelo al sol’…) e incluso fue una gran dama del teatro, en Broadway interpretó con éxito ‘Retrato de una dama’. Además Jones ha protagonizado el que para mí es uno de las mejores comedias de todos los tiempos: ‘El pecado de Cluny Brown’, de Lubitsch. Allí Jones estaba magnífica, podría decir que parecía menos ella, aunque esto suene algo descortés. Solo por su intervención en esa joya del cine clásico, Jennifer Jones se merece algo más que dos líneas de compromiso en la sección de espectáculos. Solo por la estudiada ingenuidad que muestra en el filme de Lubitsch, Jones se merece que la gente recuerde su nombre.

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