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-No deberías llevar esa ropa. -¿Por qué? Sólo es una blusa y una falda. -Entonces no deberías llevar ese cuerpo. 'Fuego en el cuerpo', de Lawrence Kasdan

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Ya conozco a una persona que nunca ha ido al cine

“Nunca he ido al cine”. Cuando me lo dijo pensé que se estaba quedando conmigo, que lo decía por ver mi cara de asombro, por pura provocación. No lo consiguió, porque puse mi mejor cara de póquer (que tampoco es que esté muy lograda, he de reconocer) y salí de la carnicería como si tal.

Pero me fui a casa dándole vueltas. ¿Y si es verdad que mi carnicero no ha ido nunca al cine? La conversación se había iniciado gracias a otra clienta que despotricaba contra las películas inacabables en televisión. “Es que siempre me quedo dormida”, decía, “solo hay anuncios. Para eso prefiero ir al cine, aunque hace mucho que no voy, porque mi marido se aburre y es muy caro. Me escapo con una amiga, a ver las que acaban bien, que para penas, ya tengo mi casa”.

Y en medio de esa conversación, frente a las bandejas de higadillos y alitas de pollo, va mi carnicero, un hombretón de unos 60 años, con mucha cara de guasa, y suelta: “Ahí no me verás gastándome el dinero. Bobadas”. “Pero Manolo, si tú pagas por ver al Atlético, más tontería que esa” (suelta un espontáneo detrás de nosotras).”Ojo, a esos sinvergüenzas que no corren, ni me los mientes, que tengo el abono y ya ni voy”… y la conversación aquí se desvió un rato para hablar de “los chavales”, “el Forlán”, “Quique Flores”, “el Kun”, etc. y de improviso se recondujo al cine: “Por eso al cine no voy, ya basta de sacacuartos. Nunca, eh, es que nunca he ido. Ni siquiera de joven, cuando llegué a Madrid, nada. Eso era para los señoritos, y yo tenía que ahorrar y mandar dinero a casa. Menudo era mi padre. Anda que no me controlaba lo que ganaba. Lo que tenía me lo gastaba en chatos, en el baile, con la Dora y sus amigas, que menudas eran, cómo se pegaban al panadero (parece que por entonces Manolo era aprendiz de panadero). Mis hijas sí iban antes mucho, y se llevaban a su madre, pero yo no. Yo de esas tonterías no quiero, si además es todo mentira“.

-“¿Pero no ha visto nunca ninguna película, ni siquiera en la tele? No sé una del Oeste, con John Wayne”, le pregunto.
– “Sí, del Oeste sí me gustan, pero si total las ponen en la tele no? y no te creas que yo ya no aguanto, me quedo dormido”. Y la conversación vuelve a dirigirse al espontáneo de detrás sobre el fútbol y “los sinvergüenzas de los jugadores, que cobran millones y no corren“.

Todavía no sé si Manolo me decía la verdad. De ser cierto, él sería la primera persona que conozco que nunca ha ido al cine, porque incluso mis abuelos paternos, que vivieron toda la vida en un pequeño pueblo de Salamanca, hicieron sus escapadas a la capital para ver los éxitos de su época. Vosotros, ¿conocéis más casos así?

Las quejas más corrientes de los espectadores siguen sin solucionarse

La organización de consumidores en acción Facua acaba de publicar los resultados de un exhaustivo estudio de 128 salas de cine de treinta y tres ciudades españolas. Los resultados, aunque ya son más o menos conocidos por otras encuestas y estudios similares, no dejan de ser sorprendentes. Aparte de constatar la gran diferencia que hay en el precio de las entradas al cine dependiendo de provincias (algo que cualquiera que viaje puede ver):

Los precios oscilan entre 3 y 7,80 euros, según el cine. El cine más caro de los 128 encuestados es el Diagonal, en Barcelona (7,80 euros). Los más baratos están en Santander (Cine Los Ángeles) y Valencia (Cinestudio D’Or), ambos cuestan 3 euros en días normales.

Y de reafirmar el gran aumento que se ha registrado en el precio de las entradas:

Una entrada de cine cuesta una media de 5,75 euros, aunque los fines de semana alcanza los 6,10 euros. El precio de las entradas ha subido en 2008 un 6,3%.

Me llama la atención un apartado en el que parece que no se ha mejorado mucho con el paso de los años: las quejas más comunes de los espectadores. Y digo que me choca, porque son críticas que llevan años haciéndose, sin que nadie parezca tomar cartas en el asunto, quizá ni los propios espectadores. Son las siguientes:

La imposición ilegal que establecen muchos cines de entrar en las salas exclusivamente con bebidas o alimentos adquiridos en el interior de sus recintos, cuyos elevados precios llegan a ser, en el caso de los refrescos, hasta cinco veces más caros que en otros establecimientos.

Numerosos cines no cuentan con un buen aislamiento acústico entre sus salas o con respecto al exterior. Las primeras filas de muchos cines están extremadamente cerca de la pantalla, lo que supone tanto incomodidad como la pérdida de calidad en el visionado de la película.

En muchos multicines, la falta de operarios suficientes para controlar las proyecciones hace que sean los espectadores quienes tengan que avisar cuando se produce una avería y la película se para, se queda sin sonido o imagen o su calidad es deficiente.

Falta de puntualidad en el comienzo de la película con respecto a la hora indicada en la entrada, debido a la inclusión de una cantidad excesiva de publicidad en ciertas salas.

Quiero conocer vuestra opinión al respecto, si vosotros también tenéis estas quejas u otras distintas. Y sobre todo, si alguna vez habéis planteado alguna queja formal, si habéis utilizado las hojas de reclamaciones para denunciar estas situaciones, algo que Facua recomienda encarecidamente. Yo reconozco que nunca lo he hecho, a pesar de que sí he estado en alguna proyección que empezaba casi 20 minutos más tarde por la publicidad o de que, como hace solo cuatro días, durante la proyección de ‘Gomorra’ en un pequeño cine madrileño, un espectador tenía que salir a avisar al proyeccionista de que la imagen estaba desenfocada.

Creo que como propósito de año nuevo voy a luchar contra mi pereza y mi escepticismo y a empezar a reclamar mis derechos legalmente, ¿y tú?

El cine en España va viento en popa, pero suspendemos en matemáticas

¿Que yo dije que el cine atravesaba una crisis? Habrá sido otra.

Hace unos meses el Ministerio de Cultura se echaba las manos a la cabeza porque en 2007 los cines habían vendido 20 millones menos de entradas que el año anterior, ahora, misterios de las matemáticas, resulta que no eran 20, sino 5 y que, encima, el cine patrio tiene una salud de hierro porque resulta que las dos películas más taquilleras de 2007 fueron dos pelis españolas: ‘Mortadelo y Filemón. Misión salvar la Tierra’ y ‘Los crímenes de Oxford’. ¿Habéis visto qué fácil es quitarse la depresión de encima gracias a Pitágoras?

Desde el Instituto de las Ciencias y las Artes Audiovisuales (ICAA) dicen que el error, ellos lo llaman confusión, que suena más liviano, es debido a que antes se manejaban datos provisionales y ahora tenemos los datos definitivos. “Ahora sí, de verdad de la buena”, parecen estar diciendo. Me gustaría saber con qué equipo de expertos trabaja esta gente y qué tablas de Excel manejan, porque no se trata de un millón arriba o millón abajo, sino de 15 espléndidos millones de espectadores con los que Cultura no había contado. ¡Ay! esas matemáticas, si ya lo dice el informe Pisa, estamos bajo mínimos, también ahí.

Al margen de mi extrañeza ante el baile de cifras (sinceramente, por nuestro bien, espero que Solbes tenga más controlado el asunto de las sumas y las restas), perder cinco millones de espectadores en un año sigue siendo como para preocuparse. Paradójicamente, la producción de cine español batió un récord con 172 largometrajes, que, a tenor de las cifras, muy poca gente piensa ir a ver.

Dicen que el cine es un negocio de alto riesgo, en el que se puede ganar mucho dinero si se acierta con lo que le gusta ver al público. Parece que el cine español no acierta, pero por lo menos lo intenta, hasta 172 veces en un año. Por creatividad y entusiasmo que no quede.

Con un poco de suerte y si nos esforzamos algo más, también acertaremos con la cifra definitiva de espectadores en 2007.

¿Y a ti qué te parecen las nuevas cifras del cine español?