Periodista por accidente, gracias a Balbín

Le debo haber dedicado más de medio siglo al Periodismo. Gracias, maestro. Hacía tiempo que no veía a José Luis Balbín y su muerte me ha impactado más de lo pudiera imaginar. Quise enviarle el borrador del capítulo de mi último libro «La prensa libre no fue un regalo» dedicado a mi relación con él. No lo hice a tiempo para poder compartir unas risas. Y lo lamento. Me hice periodista gracias a él. Nunca se lo agradecí lo suficiente. Y siento mucho su muerte. Descansa En Paz, maestro.

José Luis Balbín con su pipa

Esta es la prueba de imprenta del capítulo de mi libro dedicado a Balbín. Acaba de ser publicado por Marcial Pons, pero mi viejo amigo José Luis (por unas semanas, ¡Ay!) ya no podrá leerlo.

Cubierta de La prensa libre no fue un regalo

La prensa libre no fue un regalo.indb 38 18/4/22 11:59 Primera parte. Dictadura 39

Periodista por accidente

Después de pasar las vacaciones de verano en Almería, regresé a Madrid para estudiar tres carreras distintas, a la vez, durante el curso 1965-1966: Arquitectura, Ciencias Políticas y Periodismo. Creía que podía con todo.

En septiembre de 1965, conocí al periodista José Luis Balbín en una de las primeras tertulias de mi colegio mayor. Era un joven delgado, alto y sabiondo, casi pedante. Aquel día vino sin pipa. Lo trajo otro colegial para que nos hablara del periodismo. Yo era un aspirante a tal oficio, cargado de dudas, y Balbín trabajaba ya en la sección de Internacional del diario vespertino Pueblo.

Su periódico, como mi colegio, era propiedad del sindicato vertical de Franco, el único autorizado en España, obligatorio para todos los trabajadores y empresarios. Su nombre oficial era Organización Sindical. Uno de los pilares del nacionalsindicalismo franquista era la prohibición de la huelga y del cierre patronal. La presunta paz social estaba, pues, garantizada por ley. La paz de los cementerios, sostenida por la represión violenta de toda disidencia y el miedo consiguiente a disentir en público.

En cuanto el joven periodista empezó a hablarnos sobre James Meredith, el primer negro que había entrado en la Universidad de Misisipi, escoltado por los agentes federales del presidente Kennedy, me percaté de que era un demócrata, no precisamente amigo de la dictadura de Franco.

Unos meses después de la charla de Balbín, en 1966, Meredith fue tiroteado. Sobrevivió al atentando de milagro, y, lejos de arredrarse, siguió luchando contra el racismo con su «Marcha contra el miedo». Lo que más me perturbó entonces, y aún hoy, fue la compatibilidad moral que pudo encontrar el joven negro entre sus ideales antirracistas y su convivencia con los políticos racistas del sur de Estados Unidos.

«Este James Meredith tiene una doble vida, como la nuestra», pensé entonces. Más tarde supe que los dos partidos norteamericanos, el Demócrata y el Republicano, estaban plagados de racistas en los estados exesclavistas del Sur. Salvando las distancias, no sabía si era un oportunista o se habría alistado en el Partido Republicano para dinamitarlo desde dentro. Con esa intención, desde el sindicato clandestino de estudiantes, nosotros queríamos infiltrarnos en el SEU.

La prensa libre no fue un regalo.indb 39 18/4/22 11:59 40 José Antonio Martínez Soler

Golpe de Estado en Indonesia

José Luis Balbín me invitó a visitar la redacción de su periódico cualquier día después de cenar, cuando él hacía su turno de guardia. Allí fui de inmediato. Subí a su planta en un ascensor montacargas sin puertas. Me mostró la sala de redacción, prácticamente vacía por la hora, así como los teletipos que no paraban de escupir rollos de papel con noticias en su mayoría internacionales. «Si llega algo gordo, urgente, suena esta campanilla de alerta», me explicó.

Recortó las noticias de internacional, las ordenó en unas carpetas, y solo pegó dos tomas en un folio y corrigió el texto. Lo demás era morralla. Me fijé lo mejor que pude. Allí aprendí que había que subrayar las letras que debían ir en mayúsculas y poner los acentos. El teletipo lo picaba todo en minúsculas y sin acentos. También, que había que escribir a máquina, en otro folio, el titular de la noticia, el antetítulo y el subtítulo o sumario, si lo llevaban. Si la noticia procedía de varias fuentes, se hacía lo que él llamaba un «refrito», mezcla de todas las versiones, y se firmaba como Agencias.

Con el folio del titular, Balbín envolvió el otro folio con las dos tomas del teletipo revisadas y pegadas. Metió el rollo en una lata cilíndrica. Me fascinó el sistema de comunicación con el taller. Bastaba con meter la lata en un tubo. Como en un tobogán, aquella salió disparada, varios pisos abajo, hasta el taller. La rotativa, en la planta baja, parecía un armatoste gigante en la bodega de un transatlántico. Nada que ver con las máquinas planas del Yugo, el diario de Almería. Otro día fui al diario Pueblo a la hora precisa para ver, sentir, la rotativa en acción. El suelo de hormigón parecía temblar bajo mis pies mientras la rotativa escupía ejemplares del periódico a gran velocidad.

Balbín me pidió un favor: si podía ir a estudiar algunos días, durante un par de horas, en su mesa de redacción, después de cenar, en tanto que él recibía clases de alemán cerca del periódico. Él me llamaría por teléfono por si había ocurrido algo. Acepté encantado. Pasé dos noches, plácidas y aburridas, repasando en su mesa mis Materiales de Construcción de segundo de Arquitectura. Al regresar de su clase nocturna de alemán, Balbín revisaba los teletipos, que yo había recortado y ordenado por países. Nada de interés para publicar, salvo lo procedente de alguna zona del mundo donde entonces era de día.

En la tercera noche, a finales de septiembre o primeros de octubre, me sobresaltó la campanilla de alarma del teletipo de la Agencia La prensa libre no fue un regalo.indb 40 18/4/22 11:59 Primera parte. Dictadura 41 EFE. ¡Qué nervios! Era casi medianoche y Balbín se retrasaba. Yo estaba prácticamente solo en la redacción.

Busqué ayuda. Únicamente quedaba un redactor, bastante mayor, medio dormido en un sillón, en la esquina opuesta a la pecera de los teletipos. De un salto, me puse frente al rollo de noticias de EFE Internacional, que a gran velocidad inundaba ya el suelo de papel. Y Balbín sin llamar.

El teletipo daba la alarma continuamente con cada noticia y soltaba tomas sin parar. Todas sobre el mismo asunto: «Movimiento de tropas en Indonesia». Cada una más confusa que la anterior. «Anulada la noticia número…». «Urgente: Golpe de Estado en Indonesia». Yo alucinaba, mientras vivía en directo aquel presunto golpe de Estado militar. Creía estar oyendo los cañonazos y oliendo la sangre en directo. Cada noticia desmentía la anterior. Todo era muy confuso y, a la vez, emocionante. Aún no hablaban de disparos ni de muertos. Y José Luis Balbín sin aparecer.

Sukarno y Suharto. Nunca olvidaré los nombres de estos dos generales indonesios. Aquella noche no tenía ni idea que quién era quién. Afortunadamente, al cabo de casi una hora de noticias y desmentidos, EFE transmitió un resumen de todo lo ocurrido hasta ese momento en Indonesia. ¡Qué alivio!

Era una crónica que a mí me pareció perfecta: el golpe de Estado del general Suharto, jefe del Ejército, había triunfado, pero el presidente Sukarno, que se había apoyado en el Partido Comunista prochino, no había huido, como se dijo, sino que seguía de presidente, con menos poderes y controlado por el golpista. Estados Unidos celebró el golpe. Se temía una persecución inminente contra los comunistas indonesios. En pocos años, miles de militantes del Partido Comunista de Indonesia desaparecieron o fueron ejecutados.

Me olvidé de las crónicas parciales y me concentré en el resumen. Ni corto ni perezoso, me puse manos a la obra. Pegué varias tomas de la crónica general de EFE, subrayé las mayúsculas, puse los acentos y, en otro folio, buscando cada tecla, escribí lentamente con los dedos índices: «Intento de golpe de Estado en Indonesia». Debajo, un sumario de lo ocurrido. Metí los tres folios en la lata cilíndrica y la despaché por el tubo hasta el taller.

Muy poco después apareció un señor mayor preguntando por José Luis Balbín. Le dije que había salido un momento a la calle, pero que lo de Indonesia ya estaba en el taller. Respiró aliviado. Se marchó. Al poco, llegó Balbín corriendo, sudando. Lo había oído todo en la radio del taxi. Le dije en voz baja: «Lo tuyo de Indonesia La prensa libre no fue un regalo.indb 41 18/4/22 11:59 42 José Antonio Martínez Soler ya está en el taller». Bajó nervioso, temiéndose un desastre. Al regresar, todo colorado, sacó una botella de un armario y me invitó a una copa.

Al día siguiente, a mediodía, miré los ejemplares amontonados en un quiosco de prensa. El diario Pueblo, con el mismo titular que yo escribí, llevaba impreso en primera página mi trabajo tal cual: «Intento de golpe de Estado en Indonesia». No habían cambiado ni una coma. «Ya soy periodista», pensé. Prematuramente, sin duda.

Muchos años más tarde, le dije a Balbín, que dirigía y presentaba entonces el programa La Clave en TVE, que yo era periodista por su culpa. Se echó a reír. Apenas recordaba la noche del golpe de Estado en Indonesia que fue tan importante para mi vocación incipiente. Para él, una más, careció de importancia. Para mí, aquella noche me abrió el camino hacia la profesión más hermosa del mundo.

El diario, el único libro para este oficio

No fue solo mi curiosidad, insaciable entonces tanto como ahora, lo que me llevó a cambiar de carrera profesional. Fue la necesidad de ganar pronto unas pesetas para mantenerme por mi cuenta sin tener que depender de mis padres. Mi curiosidad me conducía, desde luego, más allá de una escuela técnica, aunque la de Arquitectura tuviera, a mi juicio interesado de entonces, el barniz humanista de la creación artística. Me influyó bastante más comprobar que los colegas que estudiaban Periodismo escribían colaboraciones para revistas y periódicos y cobraban por pieza publicada. Conseguir ingresos inmediatos, como ellos, fue lo que me empujó hacia el periodismo. O sea, fue por dinero. No por amor.

Sin beca para pagar mis estudios, por no haber superado todas las asignaturas de primero de Arquitectura, mis padres me ayudaban algo económicamente. Me sentía fatal.

Tras la experiencia de una sola noche en el diario Pueblo, concebí la esperanza, casi la locura, de trabajar como periodista en el escalón más bajo posible. Una temeridad. Indagué entre mis compañeros del colegio mayor y de la escuela de Periodismo de la Iglesia donde estaba preparando mi examen de ingreso. Tuve la posibilidad de publicar alguna colaboración en el diario YA, heredero de El Debate, de la Editorial Católica, ligado a la escuela. Fracasé. Ni siquiera sabía escribir a máquina. Solamente con dos dedos y buscando cada tecla.

Esquela de Balbín

 

Periodista por accidente

Balbín, pag. 40

Balbín Pag 41

Balbín. Pag 42

 

 

Me puse a vender libros en el Paseo

Con catorce años, en 1961, y con varios amigos de Acción Católica, algo que competía con las congregaciones de La Salle, organizamos una Feria del Libro en el Paseo de Almería, frente a Correos. Me dijeron que era la primera Feria del Libro autorizada desde la guerra civil. Ningún dictador es amigo de los libros. Prefieren quemarlos. Hoy lo recuerdo en el diario La Voz de Almería y en este blog de 20 minutos.es. Y mi último libro: «La prensa libre no fue un regalo.

Almería, quién te viera…(26), Publicado hoy en La Voz de Almería

Con Miquel Iceta, ministro de Cultura, en la caseta 67 de Marcial Pons en la Feria del Libro y mi libro «La prensa libre no fue un regalo». Al fondo, Juan Eslava Galán.

Almería, quién te viera… (26)

Me puse a vender libros en el Paseo

 J.A. Martínez Soler

Con catorce años, en 1961, y con varios amigos de Acción Católica, algo que competía con las congregaciones de La Salle, organizamos una Feria del Libro en el Paseo de Almería, frente a Correos. Me dijeron que era la primera Feria del Libro autorizada desde la guerra civil. Ningún dictador es amigo de los libros. Prefieren quemarlos.

La mayoría de las obras en venta eran clásicas, como El Quijote, o religiosas, como “Imitación de Cristo” que solo los de mi edad recordarán como el “Kempis”. Nos dio mucho trabajo hacer las listas de las aportaciones de cada editorial y las cuentas para devolver libros invendidos y el dinero cobrado por los vendidos. Al final, nos cuadraron las cuentas. Los libreros nos fiaban porque íbamos avalados por el padre Juan López Martín que llegó a canónigo.

Los de la JOC (Juventudes Obreras Católicas, que yo veia como un nido de ”rojos”) aportaron un par de cajas de libritos pequeños, muy baratos y pobremente editados. Decían que eran “la bomba”. Yo me compré algunos que, amarillentos, aún conservo. No estaban en el Índice de la Iglesia, por el momento, pero me consta que no eran muy bien vistos por la jerarquía católica ni por la policía política de Franco (la “brigada político-social”) que llamaban “la social”.

Algunos libritos tenían la palabra “socialismo” en la portada. “Para clientes de confianza”, nos dijo uno de los primeros curas obreros que yo conocí entonces. Nos recomendaron que guardáramos algunos de ellos debajo del mostrador que habíamos improvisado con tablas y borriquetas prestadas. Iban contra la pobreza y el hambre en el mundo. Mezclaban cristianismo y socialismo. ¡Ay, si me llegan a ver mis frailes con aquellos libros! En La Salle, el colegio que fue cárcel, los maestros nos decían que eran panfletos comunistas. No eran muy amigos de los matices.

Como uno más de los organizadores temerarios, mi primera Feria del Libro en el Paseo de Almería fue toda una experiencia enriquecedora. Por distintas razones, mi última Feria del Libro, en el Retiro de Madrid, donde acabo de presentar mi nuevo libro “La prensa libre no fue un regalo” también ha estado cargada de emociones. En la caseta de Marcial Pons, que he compartido con el gran Eslava Galán, tuve cola de amigos y colegas de Cambio 16, Doblón, TVE, El Sol, El País, 20 minutos, etc., a quienes no había visto en muchos años.

 ¿Cómo se escribe Voltaire?

Aún me gusta leer. De todo. Recojo papeles de la calle y leo lo que ponen. Debo mi afición a la lectura, en primer lugar, a mi padre. Fue un gran lector, pese a no haber tenido estudios ni siquiera de enseñanza primaria. Su madre, cosa rara en una criada de la época, le enseñó muy pronto a leer. También debo agradecer esta afición, que tanto placer me ha dado, a la Señora, doña Serafina Cortés, viuda de Cassinello. Me pasó libros infantiles y juveniles de sus nietos, algunos sin estrenar. Mi madre apenas sabía leer y escribir, y lo lamentaba, pero percibía que la lectura era buena para sacar provecho a la vida. Mi padre nos presionaba para que leyéramos más. Nos decía a mi hermana Isabel y a mí que “es difícil engañar a un pueblo que lee”. Quizás por eso la maestra Isabel Martínez Soler dedicó su vida a promover la lectura entre los niños y niñas de Almería. La biblioteca del CEP (Centro de Profesores) lleva su nombre.

En el capítulo de agradecimientos, tengo que destacar el papel decisivo que tuvo el hermano Rufino, un sabio botánico de La Salle, que me enseñó a amar la Naturaleza y a asombrarme con el estudio de los seres vivos, ya fueran dinosaurios o mosquitos. Me inclinaba hacia las ciencias. Pero hubo otro maestro, el hermano Amado de María, que me empujó hacia las letras. Era un sevillano de finísimo humor y gran declamador de poemas. Él fue quien, en el momento oportuno, me incitó a amar la Literatura. Gracias a él aprendí de memoria un montón de versos, algunos de los cuales no podría borrar de mi mente, aunque quisiera. Están grabados en mi disco duro.

Con no poco esfuerzo, conseguí olvidar casi todo el “poema del alma” de Meléndez Valdés dedicado “A Dorila”. Lo memoricé con doce o trece años. Esta estrofa, poco recomendable para un niño, no consigo eliminarla de mi mente: “La vejez luego viene/ del amor enemiga/ y entre fúnebres sombras/ la muerte se avecina.”

Ya digo que, por unas razones o por otras, la muerte estaba muy presente en la educación que recibíamos en La Salle. Ahora veo el porqué. Nada como el miedo a la muerte para captar feligreses. Herman Melville, otro cervantino, lo tenía muy claro en su Moby Dick: “La Fe, al igual que el chacal, halla su alimento entre las tumbas”.

 Yo sabía que Benito Pérez Galdós, por ejemplo, favorito de mi abuela Dolores, estaba muy mal visto por mis frailes. Le despreciaban y le llamaban “garbancero”. Nunca supe por qué. Me dijeron que algunos de sus libros (no los “Episodios Nacionales”) merecían estar en el “Índice”.

Para los jóvenes que no lo sepan, el “Índice” era entonces la lista de libros prohibidos por la Iglesia Católica cuya lectura te ponía en pecado mortal. Si te morías así, sin confesar, ibas directo al Infierno. No saben muy bien los Hermanos de las Escuelas Cristianas, incluido Amado de María, el favor que nos hicieron dándonos esa pista del “Índice”. Bastaba con que citaran una obra o un autor de esa lista negra, prohibida por pecaminosa, (“¿Cómo ha dicho, hermano, que se escribe Voltaire?”), para que lo anotáramos abierta o subrepticiamente y lo buscáramos en la Biblioteca Villaespesa que estaba en el Paseo.

Casi nunca es cierto que cualquier tiempo pasado fue mejor. Lo vemos así porque en el pasado éramos mas jóvenes y fuertes y teníamos la vida por delante. Pasear por la Feria del Libro en el Parque del Retiro de Madrid me ha dado un ataque de nostalgia (“La sonrisa al trasluz”, según Gómez de la Serna) porque me ha trasladado a un pasado juvenil al que le tengo cariño. Me ha recordado la primera Feria del Libro en la que participé con unos amigos, y con apenas unos cientos de ejemplares, en el Paseo de Almería.

En el Retiro exponen hoy más de 400 libreros con muchos miles de ejemplares y allí acuden líderes de toda clase y condición. Mientras firmaba mis últimos ejemplares disponibles esa tarde, se me acercó Miquel Iceta, ministro de Cultura, y celebró el título de mi ultimo libro. “Muy acertado”, me dijo.  Le repliqué que lo escribí para mis hijos y nietos que están creciendo en libertad y apenas la valoran. Le añadí:  «La libertad, ministro, es como el oxígeno. La valoras mucho más cuando te falta y, por eso, creo que este libro puede ser un buen regalo para la lectura veraniega de hijos y nietos que, a veces, piensan que la democracia fue un regalo y que no corre peligro”.

El ministro me dio la razón, pero no me compró el libro. Con este título no me pareció apropiado regalárselo.  Otra vez será.

Con Juan Eslava Galán, Pedro Pons y mi hijo Erik, en la caseta de Marcial Pons en la Feria del Libro de Madrid.

Con mi nieto Leo y los dos últimos ejemplares en la Feria del Libro

Cubierta de mi último libro

 

Lavapies: Del teatro a la plaza

Nuestro amigo Matthew I. Feinberg acaba de publicar un estudio innovador y sorprendente. «From the Theater to the Plaza». (Espectáculo, protesta y espacio urbano en el Madrid del siglo XXI). A partir del teatro y el espacio físico de Lavapies ha investigado, desde casi todos los ángulos posibles, las relaciones entre el arte y su entorno. Nos describe y explica cómo Lavapies -«diverso, multicultural y uno de los barrios más icónicos de Madrid- ha emergido como un lugar de movimientos de resistencia y de florecimiento cultural».

Cubierta del libro de Matthew Feinberg. «Del teatro a la plaza»

Durante varios cursos he asistido a mis clases de tallasmadera.com en el corazón de Lavapies, un sótano mágico de la calle de la Primavera, 9, que va desde la Calle de la Esperanza hasta la calle de la Fe. Imposible encontrar nombres tan profundos y socorridos para las calles de un barrio multicultural y mestizo como Lavapies. El taller del escultor Pablo Redondo (Odnoder), que nos cobijaba, está detrás de la plaza que tantas veces me recordaba barrios de Manhattan, la capital del mundo, cuando yo era corresponsal de RTVE  en Estados Unidos.

Taller de tallasmadera.com en el corazón de Lavapies

Allí empecé a conocer, saborear y amar Lavapies. He recorrido sus calles con mi amigo Matt, subyugado por la riqueza cultural, artística, gastronómica y racial del barrio. No pude imaginar que sus observaciones, siempre agudas e innovadoras, dieran como fruto esta obra tan singular y tan necesaria para comprender lo que está pasando en las ciudades contemporáneas super gentrificadas, ante nuestras propias narices.

Contra cubierta del libro de Matt Feinberg

Para quienes quieran entender los cambios operados en nuestras ciudades en las ultimas décadas, desde la crisis económica del 2008 y los movimientos de protesta anti austeridad del 15-M-2011, este libro («From the Theater to the Plaza») puede iluminarles zonas oscuras de gran valor (arte, creatividad, convivencia multicultural,  mezcla racial, espacio físico, poderes locales, gastronomía local y global, espectáculo, etc) que apenas notamos a nuestro alrededor y que afectan a nuestra vida cotidiana.

Enhorabuena, Matt. Y gracias por fijar tu lupa académica y tu amor a España en un barrio como Lavapies. Abres un camino muy rico para los investigadores que han de seguir tus pasos.

Con Matt Feinberg (derecha) y Christopher Magnus de sobremesa en mi casa.

 

Con Sandra Krysiak pensamos con las manos

Ayer estuvimos de Exposición de fin de curso en el taller de tallasmadera.com (Tupatio, Eduardo Marquina, 7). Para quienes no hagan cosas con sus manos, esta entrada en mi blog les parecerá una tontería, una insignificancia. Sin embargo, para los alumnos de la maestra Sandra Krysiak (licenciada en Bellas Artes y maestra de La Escuela de Arte La Palma) el encuentro de los artistas con su obra y la de sus compañeros fue algo muy especial digno de ser compartido por quienes tengan el gusanillo de hacer algo con sus manos. «Pensar con las manos», dice Pedro Sanz Labajos, director de La Palma. Eso, y grandes dosis de humildad, es lo que aprendemos con Sandra. Al jubilarme en el diario 20 minutos, cambie la pluma por la gubia. Y  he disfrutado mucho con el cambio.

Alumnos de Sandra Krysiak en Tupatio. La flecha señala al pobre Pablo Guerreiro, con obras seleccionadas para el Premio Reina Sofía. El mejor bailaor sin castañuelas.

Con Raúl y Angel, tres abuelos a la sombra.

Mi Cervantes teme al dragón de Ismael Mesa, un número 1 de la talla.

Con Sandra Krysiak, Adelaida Gordillo y Miguel Aranguren. Miguel es escultor, pintor, escritor y casi torero.

En el Epílogo de mi ultimo libro La prensa libre no fue un regalo») no pude evitar presumir un poco de mi nueva afición artística. Aunque me siento un becario entre tan buenos tallistas me tratan como si fuera uno de ellos. Copio y pego aquí los tres párrafos dedicados a la talla en mi libro:

«En las clases de talla en madera, progreso adecuadamente. Nunca me creí capaz de crear esculturas con un pedazo de madera. Darle vida a un tronco. Quitar lo que sobra para que emerja la imagen que hay escondida dentro de un cacho de madera o de piedra. El mazo, la gubia y el formón son medicinales. Y la convivencia con mis compañeros de taller, cada uno ideológicamente de su padre y de su madre, me ha sorprendido muy agradablemente. Comparto las clases de la maestra Sandra Krysiak con personas de muy distintas edades y convicciones. Me llevo bien con ellos. Nos reímos. Sin la talla nunca los hubiera conocido, y me habría perdido una parte importante de la humanidad que ellos encierran.

El periodismo me hizo vivir en un gremio con información privilegiada, en el buen sentido de la palabra, y no fiarme de todas las fuentes de información que, interesadamente, pretendían colarme su versión de los hechos. Como vemos diariamente, muchas noticias no son tales, sino bulos alimentados por charcos putrefactos y no por fuentes limpias y contrastables. Por eso, pasé media vida profesional en posición de alerta. En ocasiones, esta desconfianza, casi crónica, resultaba agotadora.

En cambio, hablar con mis compañeros de talla y, sobre todo, escucharlos, con naturalidad, en confianza, es mi terapia actual. Tenemos momentos de tensión y concentración máxima, con los ojos fijos en la punta afilada de la gubia cuando atacamos un nudo o una veta traicionera del duramen o de la albura del tronco. La madera te habla. El nudo te grita. Cuando pasa el peligro de astillar la madera por donde no queremos, oímos suspiros de alivio y aplausos de la maestra. Respiramos.»

Tres párrafos sobre la talla en mi Epílogo.

Con Lurdes, Sandra, Rafa, Sergio y Pablo, con nota alta. Toño, al fondo, chupando cámara.

Con Pablo Redondo (Odnoder), Adelaida y la dedicatoria de mi troll para mi nieto Leo. Odnoder es un compañero que ya vuela solo por las alturas de la fama.

Una tarde espléndida con grandes obras de arte solo superadas por la grandeza de mis compañeros de mucha talla.

 

 

Hablamos de mi libro en la radio. ¡A favor!

Para quienes tengan tiempo libre y ganas de saber algo más sobre mi último libro «La prensa libre no fue un regalo» ofrezco hoy la entrevista que Isidro López Cuadra me hizo el sábado en Radio Villalba. Todo a favor, pues Isidro es un buen amigo.

Portada del libro

El que avisa no es traidor.

¡Te recomiendo que escuches este audio de iVoox! Programa Música y Cultura – 11-06-2022 – La prensa libre no fue un regalo de Martínez Soler

https://go.ivoox.com/rf/88373437

Hay que escucharla con interés y/o con … mucha paciencia.

Gracias.

 

 

Emoción máxima en la Feria del Libro

Este libro («La prensa libre no fue un regalo»), que presenté ayer en la caseta 67 de Marcial Pons en la Feria del Libro de Madrid, lo escribí pensando en mis tres hijos y mis dos nietos. Con todo mi amor, a ellos lo dedico. Los cinco nacieron y están creciendo en libertad. Afortunadamente, no saben lo que es vivir bajo una dictadura tan cruel como la del general Franco, el amigo de Hitler y Mussolini, que sufrimos sus padres y abuelos.

Portada de mi último libro, ya a la venta.

Debido al confinamiento por tan larga pandemia del Covid, he tenido la oportunidad de escribir esas memorias profesionales y, en parte, personales de un mundo que casi no existe. Hablo de una época de lucha por conquistar la libertad, arrebatada por un golpe de Estado en 1936, una guerra civil (1936-1939) y una larga postguerra de represión violenta por parte de a Dictadura franquista hasta que, muerto el tirano en 1975, recuperamos la libertad por la que habíamos luchado en la clandestinidad.

Así quedó mi cara quemada, tras el secuestro y las torturas que sufrí tras la muerte del dictador Francisco Franco

La prensa ayudó como pudo a esa transición a la Democracia. Lo cuento en estas páginas. Es un libro en el que pueden reconocerse muchos padres y abuelos para los que la libertad, como el oxígeno, se valora más cuando falta. Por eso, pienso también que podría ser un buen regalo para la lectura veraniega de hijos y nietos a los que nunca les faltó la libertad en España. Ayer tuve la suerte de que mi nieto Leo viniera a la Feria del Libro a darme un abrazo, cuando solo quedaban ya dos ejemplares por vender. Anuncié la presentación del libro hace unos días en las redes, pero nunca imaginé que sería algo tan emocionante.

Con mi nieto Leo y los dos últimos ejemplares del sábado 4, en la Feria del Libro

Poco antes, Miguel Iceta, ministro de Cultura, de quien soy fan, pasó a saludarnos por nuestra caseta de la Feria. Visita que agradezco. Aunque es mucho más joven que yo, el ministro aprobó y compartió conmigo el título del libro.

Con Miguel Iceta, ministro de Cultura, en la caseta 67 de Marcial Pons en la Feria del Libro y mi libro «La prensa libre no fue un regalo».

Tuve, además, la fortuna de compartir la caseta 67 con el gran Juan Eslava Galán, cuyas obras tanto he disfrutado. En la foto, con Pedro Pons, Juan Eslava y mi hijo Erik Martinez Westley, un trío de ases.

MIguel Iceta, ministro de Cultura y Deportes, se fue inmediatamente a Paris para acompañar al rey Felipe VI en la final gloriosa de Roland Garros que ganó -¡cómo no!- nuestro gran Rafa Nadal.

Hoy he disfrutado con la victoria de Nadal (14 copas de Roland Garros) y ayer, con las visitas inesperadas a la caseta de la Feria del Libro de amigos y colegas de Cambio 16, Doblón, El Pais, TVE, 20 minutos, etc, que no había visto en años, y de colegas de tallasmadera.com, mi actual audiencia cautiva favorita, con quienes, gubia en mano, he compartido muchas anécdotas que ahora verán en el libro que generosamente compraron. A todos ellos, muchas muchas gracias.

 

“Hijo mío, no te signifiques”

Hoy recuerdo uno de los episodios más dolorosos para mi madre, a quien yo tenía por miedosa y cobarde. Hasta que me reveló su historia. Nunca más la tuve por miedosa. Fue una heroína. Lo cuento en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es.

Mi articulo publicado hoy en La Voz de Almería

Almería, quién te viera… (25)

Hijo mío, no te signifiques

 J.A. Martínez Soler

Hasta aquel día, siempre tuve a mi madre por miedosa. Sus frases típicas eran fruto del temor que habitaba entre nosotros durante la Dictadura de Franco. “Las paredes oyen” , “En boca cerrada no entran moscas” o bien, “Hijo mío, no te signifiques” eran sus tres mandamientos favoritos. En el verano de 1963, con 16 años, visité a mi tío Antonio, el miliciano exiliado en Francia. Me llevé un buen chasco. “¿Miedosa, mi Isabel? No sabes lo que dices. Tu madre merece un monumento. Salvó la vida a muchos vecinos de Nacimiento. Pregúntale si sabe algo del hijo de su primo José León”, me replicó mi tío.

En 1984, el primer gobierno socialista desde la guerra aprobó una Ley por la que se reconocía la paga de jubilado a los españoles que habían pertenecido al Ejército de la II República. Mi padre quiso cobrar su pensión de suboficial republicano y lo consiguió. Siempre estuvo orgulloso de su lucha en defensa de los ideales de la República y esta paga fue para él un símbolo de la reconciliación en España. Tras el éxito de esta gestión burocrática, mi madre me pidió que ayudara también a su prima Paca a cobrar la pensión de viuda de militar de la II República. Lo conseguimos también, pero no fue tan fácil.

La República daba a su marido, el primo José, por “desaparecido”, lo que equivalía a muerto en combate. Entonces fue cuando recordé algo de lo que, en 1963, me contó el tío Antonio cuando le visité en Francia. En una tarde fresquita, invité a mi madre a tomar un helado de chocolate en la terraza de la heladería Adolfo del Paseo Versalles. Le pedí que me contara lo que supiera sobre sus primos José y Paca. Conocía algunos detalles de esa historia, pero me faltaban piezas para armar el puzzle. Para vencer su miedo secular a hablar de la guerra civil, le insistí en que podía fiarse de mí y que no lo contaría jamás sin su permiso. Soltó una carcajada socarrona. Con su sorna habitual, me hizo esta observación:

– “¿Fiarme yo de un periodista? ¡Pero qué cosas tienes, hijo mío! Tú eres mu confiao. Mira lo que te pasó en la mili, por bocazas. ¿Y qué me dices de los que te secuestraron y torturaron? ¡Es que no aprendes!”

Entonces le dije:

– “A mí no me importa tanto, pero el hijo de José y de Paca, que vendrá a verme a Madrid, tiene derecho a saber lo que pasó con su padre. Y me ha pedido que te lo pregunte a ti porque piensa que su madre solo le ha contado una parte pequeña de la historia”.

Con este recurso conseguí que me contara, con algunas lágrimas, algo de lo que pasó en Nacimiento, su pueblo. Me dijo que José y Paca se casaron poco antes de la guerra. Se querían con locura y, por desgracia, solo vivieron juntos unos meses. Mientras José estuvo en el frente, en el de Teruel, como mi padre, no supieron nada de él.

Con gesto de misterio, y aun bajando más la voz, me dijo que, a principios de los años 40, poco después de acabar la guerra, cuando estaba en Nacimiento huyendo del hambre, recibió un recado muy raro de un amigo del tío Antonio, que estaba en la sierra con los maquis. Al atardecer del día siguiente, debía pasar varias veces, pero sin detenerse, por la fuente del Acebuche de Nacimiento. Según le dijo, “era cuestión de vida o muerte”.

“El corazón me dio un vuelco cuando vi a José allí mismo, después de darle por muerto. Parecía totalmente un mendigo. Nos abrazamos.” Mi madre intentó convencerle de que se fuera a Francia como su Antonio. Paca se reuniría allí con él. Le dijo que el pueblo estaba lleno de guardias civiles, y hasta de tropas del Ejército, que buscaban a los maquis de día y de noche por toda la sierra de los Filabres y Monte Negro. Le advirtió de que aún se oían tiroteos no lejos del pueblo.

Mi madre preparó un plan, que había usado otras veces, para que José pudiera bajar del monte, envuelto en mantones negros como si fuera una mujer, sin levantar sospechas en la Guardia Civil. Arriesgando su vida, acompañaba a su primo hasta su casa en el pueblo. Aquellas visitas nocturnas se fueron convirtiendo en una rutina. Cuando aumentaron los golpes de la guerrilla, en algún momento ella llegó a creer que José se había olvidado del proyecto de huir a Francia con su mujer. Por otros maquis, mi madre supo que José era uno de sus cabecillas. Un día encontró a su prima Paca con mala cara. Había estado vomitando. La acompañó, andando rambla arriba, al médico de Gérgal.

– “Me lo temía. Lo que faltaba: preñada. Me rogó, me suplicó, por lo que más quisiera, que no se lo dijera a su José y que no le trajera nunca más al pueblo. Temía por su vida, si alguien más se enteraba de su embarazo. Siendo, como era, una mujer honrá, irían a por él”.

Le prometió no traer más a José al pueblo. Durante varios meses, José envió mensajes desesperados pidiendo ver a mi madre. Ella acudió al lugar de las citas anteriores, pero sin disfraz para él. Él creía que Paca se había cansado de esa vida tan dura de la guerrilla. Llegó a pensar que ya no le quería. Mi madre guardó un largo silencio.

“Eso me dolió mucho. Ahí perdí el control y metí la pata. Fue el error más grande de mi vida. Aún no me lo perdono. Por eso nunca he querido hablar de esto con nadie. Le dije: No puedes bajar más al pueblo porque Paca está preñada y la Guardia Civil lo sabe. Van a por ti”.

José se quedó de una pieza. Solo repetía y repetía:

– “Tengo que verla, prima, tengo que verla; aunque solo sea una vez. Y esta vez va en serio. Te lo prometo: nos iremos a Francia con tu Antonio. Ya lo tengo to arreglao. Díselo”.

Entre suspiros y algún gemido, me madre me dijo: “No volví a verle nunca más. Pobretico mío. A los pocos días, vi mucho movimiento de guardias por to los alrededores del pueblo. Esa noche no pude pegar ojo. De madrugá, me sobresaltó una ensalá de tiros que venían de mu cerca. El tiroteo duró más de una hora o de dos horas. Poco antes de amanecer ya no volví a oír ningún tiro”.

Cuando se hizo de día, mi madre fue, desesperada, a casa de Paca. Allí estaba, con un guardia civil a cada lado. Recibió a mi madre con estas palabras: “Me lo han quitao, prima. A mi José, me lo han quitao. Acribillao a tiros en el terrao. Y se han llevao su cuerpo”.

Aguantó en el terrado hasta que se le acabaron las balas. Mi madre terminó así su relato:  «Ya se lo puedes contar así a su hijo José cuando vaya a verte a Madrid. Dile que su padre fue un hombre cabal, enamorao de su madre y fiel a sus ideales”.

Abracé a mi madre y le di las gracias. Después de esa tarde, unidos por aquel doloroso secreto compartido, ya no fuimos los mismos. Nunca más la tuve por miedosa.

Mi madre, Isabel Soler, en 1936

 

Mi padres

De bebé con mis padres

Con mis padres, mi hija Andrea y mi tío Antonio, el miliciano, cuando vino a mi casa en Almería después de la muerte de Franco.

Me sorprendió que no me publicaran ayer mi artículo de la serie «Almería, quien te viera» que suele salir cada domingo. Hasta que vi la portada de La Voz de Almería. ¡Qué tonto fui! ¿Como no me iba a desplazar del domingo un notición como el pase del equipo de Almería a Primera División? Seis o siete páginas de fútbol. Razón de más. El director de La Voz, Pedro Manuel de la Cruz, me dijo que «el futbol lo trastoca todo». Le comprendí. Yo hubiera hecho lo mismo. Faltaría más.

Portada de La Voz de Almería de ayer domingo

¡Enhorabuena, Almería! Me alegré de la victoria del Real Madrid en la Champion. Pero me alegró mucho más ver al equipo de mi tierra en Primera. ¿Por qué será?

El Almería volvió ayer a la Primera División

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El sábado 4-J por la tarde, a la Feria del Libro (caseta 67)

Ya he visto mi libro (LA PRENSA LIBRE NO FUE UN REGALO) y lo he tocado. ¡Qué emoción! Concebido durante el confinamiento por la pandemia del COVID, ha tenido un parto feliz. Soy un hombre con suerte ya que el papel para imprimir libros, por la guerra de Putin y la crisis del COVID, es hoy muy escaso y caro. Mañana estará en las librerías y el sábado 4 de Junio (y no el 11) lo presentaremos al público de la Feria del Libro de Madrid, en la  caseta 67 (de Marcial Pons) de 19.00 a 21.00 horas. Allí me encontraréis para repartir firmas y abrazos, si se tercia.

Hace unos días anuncié precipitadamente en las redes la salida de mi libro con un video muy profesional, producido por Goat Knight. Al escribir el rótulo, cometí una errata imperdonable en el apellido de mi chica (awestley.com), Después de convivir con ella  53 años casado por la iglesia y 1 en pecado, ¿cómo es posible que cometiera yo esa errata?. Lo siento. Los de Goat Knight me lo han arreglado, con primor, antes de que ella se enterara. Por eso, copio y pego aquí el video bueno que ya he puesto en mi canal de youtube y que pasaré a mis amigos por whatsapp. Desde luego, como decimos en mi hermoso oficio, «las erratas son las últimas que abandonan el barco».

Ahí va el enlace al video de presentación del libro de un minuto y pico.

https://www.youtube.com/watch?v=64r1qNI-HZ8

Si te interesa, por favor, ¡pásalo! Gracias, amiga o amigo.

Estoy tan contento por la primera crítica recibida hoy nada menos de que mi comadre, y enorme periodista, Ana Cañil, que voy a copiar y pegar el tweet que ha publicado tras recibir el libro. Quien lea el libro comprobará lo presumido que soy. Por algo, Manuel Saco, mi hermano por adopción, ha pulido mis borradores y ha desinflado mi vanidad a límites que espero sean soportables por el lector comprensivo y benevolente. Por algo, digo yo,  el narciso es mi flor favorita.

 

Mi comadre Ana Cañil celebra mi libro

Naturalmente, he corrido a darle las gracias.

Mi comadre no es objetiva, pero ¡gracias!

También la Asociación de la Prensa de Almería me anima en las redes. Gracias.

Mis paisanos de la prensa me animan.

Esta es la portada del libro

Esta es la información que Marcial Pons, una editorial boutique de muchas campanillas, ha distribuido sobre mi libro de memorias profesionales (y algunas personales)

Franco durmió en mi barrio

Dos veces durmió el dictador en el palacio Fischer, detrás de mi casa: en 1956 y 1961. Como si fuera un santo, el generalísimo Franco entró bajo palio en la Patrona. Cuento estos recuerdos en La Voz de Almeria y en mi blog de 20minutos.es

Franco durmió en mi barrio. Artículo 24 de mi serie «Almería, quién te viera…», publicado en La Voz de Almería y en mi blog de 20 minutos.es

Almería, quién te viera… (24)

Franco durmió en mi barrio  

J.A. Martínez Soler

Entre el Hoyo de los Coheteros y la Rambla, entre dos cuevas inmensas, había un palacio espléndido. ¡Qué contraste! Era el Cortijo Fischer. Había pertenecido a un cónsul de Dinamarca, pero cuando yo vi pasar a Franco por mi barrio, vivía allí Ramón Castilla Pérez, un señor muy bajito, con gafas oscuras y gran bigote. Era el gobernador civil y jefe provincial del Movimiento (el partido único procedente de Falange) a quien conocí años más tarde como empleado menor de Campsa.

Los niños soñábamos con entrar algún día, incluso a escondidas, en aquel palacio. Una tarde, yo tenía 9 años, casi lo conseguimos. Saltamos la tapia más baja y nos colamos en el jardín. Avanzamos bastante ocultándonos tras los troncos de enormes ficus y algunos arbustos. Los “grises” de la Policía Armada nos descubrieron y nos echaron a voces, sin necesidad de desenvainar sus porras. Como la pandilla de Guillermo Brown (“Los proscritos”), queríamos comprobar si eran ciertas las leyendas oídas en mi barrio sobre los tesoros que se guardaban allí de los antiguos dueños, unos ricos extranjeros que exportaban la uva “de barco” de Almería, en toneles de madera, al mundo entero.

El edificio, por fuera, era imponente. ¿Cómo sería de lujoso por dentro? Debía de ser espectacular pues allí durmió el mismísimo Franco cuando vino a Almería el 1 y 2 de mayo de 1956. En la prensa y en los carteles le llamaban generalísimo Franco o “Caudillo”. Un pelotas del Régimen escribió entonces que Franco era como Carlos V (“otro Caudillo español del siglo XVI”)

Colocaban su foto, de tamaño enorme y vestido de militar, por todas las calles por donde pasaba, con el texto “Viva Franco”, “Almería saluda al Generalísimo”, “Almería con el Caudillo”. También habían colocado pancartas y pintadas reclamando “Más agua”, “Más árboles”. Me recordaban las rogativas a la Virgen para que lloviera.

Mis padres, vencidos por Franco en la guerra civil, nunca le dieron el título de “generalísimo” a ese general que, como los oí decir alguna vez, sin que me vieran, “dio un golpe de Estado contra la República”. ¿Nunca, nunca? Si lo pienso, quizás, alguna vez le dieron el tratamiento de “caudillo” en público. Por si acaso. Los años del miedo.

En familia nunca los oí hablar bien de Franco. Cuando hablaban mal lo hacían en voz baja y lejos de los niños. Pronto supe que lo hacían para protegernos. “Por si nos íbamos de la lengua”, decía mi madre, tan previsora. No querían correr el riesgo de que repitiéramos en nuestros colegios de pago cosas inconvenientes escuchadas en nuestra casa. Por lo visto, muchos de los padres de nuestros compañeros de colegio habían ganado la guerra. Otros, no. Durante el nazismo de Hitler, aliado de Franco, y el comunismo de Stalin, enemigo de Franco, todos dictadores autoritarios, algunos niños denunciaron a sus padres. Un sistema cruel que usaba el miedo para destrozar familias. También era sabido que, cada vez que se anunciaba la visita del dictador, la policía hacía redadas temporales de sospechosos de poca adhesión a la Dictadura. En tiempos de Fernando VII, el rey felón que mandó fusilar en Almería a Los Coloraos, condenaban a quienes mostraban “escaso fervor en el aplauso”.

Pronto me percaté de que teníamos dos lenguajes: el privado y el público, el real y el oficial. Éramos pequeños, pero no tontos. Esa lección la memorizaría de maravilla durante los nueve años que pasé en colegio La Salle. Allí me quedó claro que los frailes habían ganado la guerra que ellos llamaban “Cruzada”. Mis padres y mis tíos (no todos, pues yo tenía un tío de Falange) la habían perdido. Vaya lío.

En vísperas de la segunda visita del Caudillo a mi tierra y de su paso por la Calle Ramos, esquina al barrio de la Caridad, para dormir en el Cortijo Fischer, vimos mucha actividad por la zona. Albañiles y paletas construían, a toda prisa, tabiques provisionales y enclenques, hechos con cañas y yeso o escayola, para que Franco no viera las chabolas de los pobres ni los solares abandonados llenos de basura y miseria.  Como si fuera un santo, el generalísimo Franco entró bajo palio en la Patrona. También le llevaron a las minas de Rodalquilar donde vio fundir un lingote de oro almeriense. Todo eso lo vimos -cómo no- en el NoDo

Ese mismo día, en mi calle, celebramos “las mayas”, niñas engalanadas y pintadas, sentadas en un trono, para las que pedíamos “una perrica pa la maya, por favor”. Por la noche, celebrábamos las cruces de mayo. La mejor del Distrito Quinto era, sin duda, la del electricista de la calle Restoy que lucía un montón de bombillas de colores que, de niño, me resultaba fascinante.

El día 3 de mayo, con Franco camino de Granada, tumbamos a patadas las endebles tapias falsas de mi barrio. Mucho más tarde supe que lo de tapar la miseria no era solo cosa del dictador español. Por ejemplo, la zarina de Rusia, Catalina la Grande (a la que, por lo visto, quiere imitar ahora el sangriento Putin), viajaba precedida de una tropa de sirvientes que colocaban decorados a ambos lados del camino imperial para que la emperatriz de las todas las Rusias no viera la pobreza del pueblo.

Mucho más trabajo costó a los falangistas almerienses la demolición del Monumento a Los Coloraos (fusilados por Fernando VII en 1824). No pudieron tirarlo a patadas. Seguramente confundieron “coloraos” (el color de las chaquetas británicas que vistieron en Gibraltar los liberales en el siglo XIX) con los “rojos” de la guerra civil del siglo XX. La razón para demoler ese símbolo excelso de la historia de nuestra tierra reza así en un documento de marzo de 1943, dos meses antes de la visita de Franco: “Orden de demolición del monumento a los Coloraos, “…porque lucharon contra nuestras sagradas tradiciones, obedeciendo a consignas extranjeras…”. Quizás viene de ahí la manía que el PP le tiene al Pingurucho.En esa fecha había más de 45.000 españoles de la División Azul de Franco luchando junto a Hitler con uniforme alemán. Un año antes, el 11 de agosto de 1942, ocho almerienses fueron fusilados en la tapia del cementerio, condenados por repartir un folleto (“el parte inglés”) con noticias de la BBC. Ese era el ambiente de entonces.Afortunadamente, con la llegada de la Democracia (y la ayuda del mármol de Macael) pudimos reconstruir el Pingurucho en la Plaza Vieja donde en 2024 celebraremos por todo lo alto el bicentenario de los asesinatos de los mártires por la libertad por orden del rey felón.

Dos veces durmió el dictador en el palacio Fischer, detrás de mi casa: en 1956 y 1961. En cambio, cuando vino por primera vez a Almería, el 9 de mayo de 1943, durmió en otro palacete privado que está en la plaza Circular: la espléndida casa de los González Montoya.El 16 de julio de 2010, le rendí una visita de cortesía a doña Paquita, viuda de José González Montoya, en su espléndido chalé vasco. Quise agradecerle su compromiso con la conservación y mejora del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar que yo presidía entonces. Me mostró su casa señorial. “En esa cama durmió Franco con doña Carmen”, me dijo, no sin picardía, bajando un poco la voz y dándome un codazo cómplice, al mostrarme el dormitorio principal. Nos miramos y ambos, a la vez, soltamos una carcajada.

Su marido, contrario al desarrollo inmobiliario de su finca, la había reservado para sus cacerías. Doña Paquita mantuvo virgen el Cabo de Gata y, en su testamento, cedió el palacete donde durmió el dictador al Ayuntamiento de Almería para sede de un Museo. Me gustó conocerla. A punto de cumplir los 100 años, había evolucionado. Como tantos almerienses.

Franco en el puerto de Almería en 1961

Franco en Almería

Franco en las minas de oro de Rodalquilar en 1956

 

Escrito sobre la demolición del Monumento a Los Coloraos, poco antes de la visita del dictador a Almería

Con mi hijo David a cuestas (1989) ante el pingurucho reconstruido de Los Coloraos.

Con doña Paquita en su casa donde durmió Franco con doña Carmen en 1943

En Europa se besaban por la calle

Con 16 años y mi mochila a cuestas, fui paseando por la Kaiser Strasse, de Fráncfort. Mi primer viaje, solo, al extranjero. Iba muy excitado y nervioso. Mirándolo todo. Anochecía. Todo estaba repleto de letreros luminosos en alemán. Yo solo sabía un poco de francés. Canturreaba para engañar al miedo que tenía en el cuerpo. Lo cuento hoy en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es

Mi articulo de la serie «Almería, quien te viera….(23) publicado hoy en La Voz de Almería y en mi blog de 20minutos.es

 

Almería, quién te viera… (23)

En Europa se besaban por la calle

J.A. Martínez Soler

Qué diferente era Almería de Europa en 1963. Mi primer viaje al extranjero me llenaba de ilusión. Con 16 años, cubría mis inseguridades con un exceso de confianza. Me comía el mundo. Pensaba, de forma provinciana, que lo poco que conocía de mi tierra era lo mejor del planeta. Al llegar a Europa me di cuenta de lo poco que sabía. Me llené de dudas que me hicieron cuestionarme muchas cosas. Fue un choque difícil, ver que no era nadie. Sin embargo, qué alegría ver mundo.

Por primera vez en mi vida, en aquel verano de 1963, me encontré solo en un país extranjero. La razón que había dado a mis padres para que me dejaran viajar hasta Francfort, y me financiaran, fue poder asistir a la boda de mi primo Juan Antonio Bretones Martínez con Erika Kiefer, su novia alemana. Iría acompañado por mis tíos. Ningún problema. Al día siguiente del banquete nupcial, me despedí de todos y me apunté a viajar con unos amigos de mi primo hasta Lyon. Me había citado con ellos esa mañana en la estación del tren. ¿Vendrían a por mi?

Con mi mochila a cuestas, fui paseando por la Kaiser Strasse, la calle principal de Fráncfort. Iba muy excitado y nervioso. Mirándolo todo. Anochecía. Todo estaba repleto de letreros luminosos en alemán. Yo solo sabía un poco de francés. Canturreaba para engañar al miedo que tenía en el cuerpo.

Algo despistado, miraba el mapa de la ciudad, camino de la estación. Vi aparcados varios coches. Dentro estaba solo el conductor con la puerta del copiloto entreabierta. Luego me percaté de que todos los conductores eran conductoras. Una de las conductoras me llamó en alemán y en inglés. Le dije que solo entendía francés o español. Entonces, muy amable, me invitó con gestos y en francés a sentarme en su coche y me preguntó por lo que buscaba en el mapa. Pensé: “¡Qué simpáticos son los alemanes con los forasteros!”.

Encendió la luz para mirar el mapa y, en ese momento, al ver sus pinturas de guerra y sus muslos a la vista, comencé a percatarme de que su ayuda no era tan desinteresada como yo había creído. Medio en inglés y medio en francés, me ofreció “sus servicios” por un precio especial en un hotel cercano. Mi primer día solo en Alemania, y ya estaba metido en un buen lío. Primero, me asusté. Luego, me avergoncé por haberme visto en esa situación. Le di las gracias en francés y, a toda prisa, salí escapado del coche. Siempre me parecieron despreciables los clientes que favorecen la esclavitud de la prostitución, aunque menos que los pederastas que abusan de los niños y niñas.

Aceleré el paso, casi al ritmo de mi corazón, hasta que me topé con la impresionante puerta de la Bahnhof, la estación de ferrocarriles. Ya era de noche. Hacia la media noche, decidí tumbarme en un banco de la Estación con la mochila de almohada. Dormí como un lirón. Llevaba el dinero en un bolsillo de tela pillado con un imperdible en el interior de los calzoncillos. Fue un invento de mi abuela Isabel, gran emprendedora. Ella lo hacía así cuando viajaba en tren desde Nacimiento hasta Barcelona. Llevaba jamones y traía telas.

Nada más despertarme, con el cuerpo molido por la dureza del banco de madera, empecé arrepentirme de haber iniciado este viaje que, en aquel momento, consideré alocado y prematuro. Era, entonces lo supe, puro miedo a lo desconocido, a esa mezcla explosiva de inocencia y temeridad tan propia de la juventud.

Desayuné otra salchicha y, con un retraso que me pareció eterno, antes de comprar el billete para Ginebra y Lyon, me encontré con mis compañeros de viaje. Respiré aliviado. El viaje por Alemania y Suiza, en un “dos caballos”, con tienda de campaña, fue espectacular. Antes de anochecer, empezó la fiesta local de la cerveza en un pueblito de la selva negra. Lo supimos por la música, los gritos y las risas. Había muchos jóvenes soldados norteamericanos de una base cercana de la OTAN. ¡Madre mía, qué juerga! Esto de Europa me empezó a gustar de verdad. Por ser forasteros, todo gratis. No había bebido tanta cerveza en mi vida.

El mayor choque cultural y/o moral lo sufrí en Lyon, donde tenía acceso al apartamento de mi primo. Con mi pobre francés podía hablar con la gente y hacer amigos. Allí comprobé el trato que tenían los chicos y las chicas de mi edad. Con total naturalidad se acariciaban en público. Se besaban por la calle. Fui al parque de la Tête d´or, una maravilla de la naturaleza. Como si fuera lo más natural del mundo, las parejas, tumbadas en la hierba, se abrazaban y besaban.

Los jóvenes de Lyon rompieron mis esquemas. Mi concepción del mundo, si es que la tenía entonces, saltó hecha añicos. Los mayores también me sorprendieron. Hablaban de todo. Sin miedo. Recordaba los miedos de mi madre. Quería decirle que, en Francia, “las paredes no oyen”. La policía no te detiene por lo que dices. Ni te fusilan por lo que piensas, como hizo Franco en España, en abril de ese mismo año (1963), con Julián Grimau por ser comunista. Vi carteles con la foto de Grimau y el titular “Franco Assasin”. (Mira por donde, hoy tenemos una vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, que es comunista).

Difícil de digerir, de golpe, tantas sensaciones nuevas. Aproveché para comprar algunos libros prohibidos de Ruedo Ibérico. Francia era un país libre. Podías comprar libros, sin censura previa, hablar libremente con cualquiera, sin miedo a que te detuviera la policía, y los jóvenes se besaban por la calle.

Conocí a algunos españoles, exiliados desde la guerra civil, como mi tío Antonio, el miliciano, que estaban locos por volver a su tierra y ver a sus familiares en cuanto muriera el dictador. Casi con lágrimas en los ojos, me preguntaban por todo sobre España. Me avergonzaba responder a las preguntas que me hacían sobre la Dictadura.

También encontré a otros que emigraron a Francia en los últimos años para enviar dinero a sus familias. Uno quería montar un bar, otro soñaba con un taller mecánico. Estaban afiliados a sindicatos libres. Me lo explicaron. Claro que también me dijeron que en algunos bares racistas prohibían la entrada a españoles y portugueses. Me pasaba el día comparando la vida en Almería y en Lyon. Un desastre. Un choque brutal entre la tradición y la revolución. Creo que mi proceso de politización, quizás prematuro, comenzó en aquel viaje veraniego al extranjero.

¿Por qué Felipe II prohibió, como hizo Franco, la entrada de libros extranjeros en la católica España? ¿Por qué éramos los españoles más pobres y menos libres que los demás europeos? Según nos cuenta la Historia, no fue siempre así. Ni tenía por qué seguir siendo siempre así. De hecho, basta con ver cómo han cambiado las cosas. Ahora es Europa la que viene a Almería y valora nuestra forma de vida … y nuestras ricas hortalizas tempranas. Tenemos hasta radios y revistas en inglés.

Claro que entonces yo quería respuestas. Y las quería ya. Me hice tantas preguntas, acopié tantas dudas, durante aquellos tres meses, que al salir de esa enfermedad que llamamos adolescencia (y que solo se cura con el tiempo) empecé a considerar que debería seguir toda mi vida haciendo preguntas. De hecho, a eso he dedicado más de medio siglo. Con 16 años, sin saberlo, Europa me abrió las puertas a mi futura profesión. Así empezó, ahora lo reconozco, para bien o para mal, la forja de un periodista.

Viaje, en un «dos caballos», con tienda de campaña, de Francfort a Lyon.

En la boda de mi primo, cerca de Francfort, con pajarita.

En la boda, detrás de los novios

Mi primer baño en Ginebra. Inmenso lago.

Cartel contra el asesinato de Julián Grimau, en abril de 1963, en la España de Franco