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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

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Lo que ocurre en las duchas se queda en las duchas

What happens in Vegas, stays in Vegas. Y el corredor, que ha terminado de pegarse con las máquinas de los cables y los pesos, que tiene los deltoides doloridos, los cuádriceps hinchados y suda como si estuviera pegándose en el Marathon des Sables, entra al vestuario.

Son las duchas. Las duchas del gimnasio. Criadero de machos alfa.

Desnudos.

Así que hablemos de otra cosa.

Damien Walters. Es uno de los ninjas de esa mezcla de correr, saltar y la gimnasia deportiva llamada parkour.

A cosas como esta dedica su gimnasio. Casi que me da pena ir mañana y sentarme en la bicicleta-que-no-va-a-ninguna-parte.

Hombre contra gimnasio (3)

Pasan las semanas. Crece el pelo de las piernas (sobre este asunto tomaré nota para un post en breve). Se cae el pelo de los árboles y se nos caen los pelos de la cabeza. Y uno intenta ver resultados de esa aproximación al gimnasio por parte del corredor sin chicha ni limonada.

Como iberos, somos humanos con una visión de plazos y resultados bastante precipitada. Nos preocupan los resultados que no son visibles en un par de semanas. Es así y no hay más vueltas que dar.

La fabricación de músculo ha sido un parcial fracaso después de dos o tres semanas. Nos asoman unas anchuras en brazos y hombros, pero eso no son músculos.

El peso ha aumentado. De natural psicóticos, los corredores creemos que un kilo más supone siempre un lastre. Si se corre, se cae en la búsqueda de “afinar” al máximo. Chicos y chicas que empezáis en esto: no lo hagáis. El peso está ahí. El músculo pesa.

En realidad ese músculo está echando una mano (o lo hará) y descargando de faena a alguna articulación. Todo llegará, lo cual es un mantra que debemos repetirnos. El gimnasio funcionará a medio y largo plazo.

¿Qué hemos podido probar?

Para que os sirva como pista, os contaré un par de rutinas que (1) me hacen sudar a chorros y (2) creo que tienen utilidad para complementar esas deficiencias que todo corredor presenta. y son consejos acientíficos. Por el amor de Dior, que esto es un blog de opinión, no de referencia. Tomad todo esto con distancia.

La máquina de remo es un ejercicio que se parece bastante a correr. Sin hacer mucha fuerza, es fácil estar 10 o 12 minutos a ritmo moderado y trabajamos mucho abdominales, cuadriceps y el tren superior a un ritmo de respiración similar al que llevamos corriendo. Al bajar de ella suelo poner todo ese aparataje corporal en la cinta y transferir el esfuerzo al correr. Según duelen los brazos y los hombros, tiene que ser bueno.

La bicicleta que no va a ninguna parte, también llamado spinning. Uno hace un ejercicio bastante parecido al correr, es lineal, no explosivo. Trabaja gemelos y aquiles y todo el grupo empresarial del muslo. Cuenta con la ventaja que los músculos trabajan sin recibir el impacto del talón contra el suelo.

Su desventaja es no poder adelantar nunca al que tienes delante. Es lo que tiene una bicicleta anclada al suelo. Pero intuyo que ya contabais con ello.

Asunto estética. Podría empezar a contar qué se ve en las duchas. Hay cuerpos que no tienen arreglo. En cualquier caso, habrá que esperar a una mutación o a que pase medio año. Lo digo por uno mismo.

El gimnasio me mata (2)

Nosotros corremos. Ya os conté el otro día que corremos tanto que deterioramos algunas partes del organismo. No es que correr sea malo. Ni agresivo. Tienes que ser muy cafre para cascarte algo. Oye, que sucede. Pero el límite de lo cafre, ya sabes,”¿Dónde está el límite?“.

Correr es tan simple que abandonas grupos musculares casi enteros. Pasan los kilómetros y adelgazas, pierdes masa muscular. Y es cuando toca ir a por esas máquinas y compartir ducha con esos máquinas. En definitiva, hay que hacer uso de ese bono anual de camino hacia la tonificación, la salud integral del corredor y no sé cuantas cosas más. Al gimnasio, por la gloria de mi madre.

Hoy tocaba algo resumible en un tweet pseudomatemático.

Y luego encontrar el aire perdido, y seguir sudando mientras uno se ducha, seguir sudando más con las pulsaciones todavía buscando su ser, y salir a la calle.

Y coger frío. Solamente por no coger frío es cuando uno se mete al bar y comparte barra y periódicos de fútbol con los habitantes de la zona industrial deshabitada.

¿Qué podía haber salido a correr por el campo? También. Pero si me hubiese dado ese lujo a las siete de la mañana ahora estaríamos hablando de un ritmo en progresión, de qué cantidad de conejos se han reproducido por los montes y parques de la periferia madrileña. Todo sería más psicotrópico. Y no habría quedado nada de espacio para esa maquinaria fordista de producción de músculos en masa. Siete kilómetros, corriendo hasta que salía un ciento ochenta en el monitor de pulso. Mañana cuento qué pasa con esas zapatillas que salen volando cuando soplas. No se me olvidará, por lo bucólico o por lo penal.

Odio eterno al Running moderno.