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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Cuando los elefantes pensaban en la música

[Cedido a la revista de la RSEA Peñalara, próxima aparición]

Hubo un tiempo en que las camisetas de tirantes y aquellos tipos con barba y materiales básicos buscaban el sentido a su primera carrera por la montaña. Desconocían el sentido de tantas cosas que se presentaban vírgenes a aquellos riscos. San Agustín los habría llamado “lirios de las vírgenes, las yedras de los casados, las violetas de las viudas”. En aquellos días unas docenas de participantes habituales en pruebas de asfalto experimentaban una angustia infantil. Se inauguraba el credo de las carreras lejos del asfalto. ¿Qué había en las nuevas variantes que tanto los llamaba?

Dos atractivos pendían de la montaña para aquel corredor, que vivía acostumbrado a entrenar por la tierra y los caminos: la variedad y la dureza. Eran días en los que las maratones de asfalto, ellas, femeninas, eran esquivas al éxito. Las masas no entendían de deporte y los españoles estaban quizá pensando en otro tipo de bienestar. No era el bienestar de los senderos, pero aquellos pocos elefantes tomaron la ruta más larga y más áspera. Conseguíamos terminar llenos de rozaduras, con las manos, muchos, heladas. Era un bienestar sin pulir por los mercados.

Un día se progresó hacia una distancia un poco más larga. En la parte de fuera de nuestras fronteras se exploraba de modo habitual aquello del ultrafondo. Más que un maratón. Más que un mito. ¿Por qué no intentarlo aquí? Si en algo nos distinguimos es en la rapidez con la que nos embarcábamos en disputas, la viveza con la que se apostaba después de la primera cerveza.

¿Qué vino después? El día siguiente –de una escala temporal ficticia y vestida con suelas de goma y riñoneras en las que metíamos frutos secos y sabiduría de la montaña más tradicional- se impulsó a la gente a subir unos riscos más elevados. Se empezó a diseñar el paso más goloso hacia el Aneto o los riscos más bellos por los que discurría resoplando el guadarramismo de la bota rígida. La combinación era explosiva y en los años del alcohol barato y los conciertos en las esplanadas y las plazas a las explosiones se las miraba medianamente mal. Aquellas docenas de participantes pensaron mucho regresar a las pruebas de montaña.

Lo dejarían en manos de una nueva generación de corredores. Chavales vestidos de negro, de gris y rojo, con telas enrrolladas en las cabezas en lugar de gorras, apretados arneses en los que cabían litros de bebida compleja y alimentos reducidos al máximo. De repente comenzaron a florecer perfiles elaborados a todo trapo y trazados al milímetro por el sextante de la era digital, el satélite, y esparcidos para el conocimiento del globo por la red de redes. Y bastones metálicos, kilómetros verticales, entrenamientos específicos para arañar minutos en los descensos, el concepto de lo técnico substituyendo a lo escarpado. Algún elefante intentó mezclarse y mimetizarse con la nueva hornada. Algunos otros sufrían y se preguntaban cosas. La manada preguntaba al regreso de los veteranos. Tipos que habían recortado al dios Cronos durante años y que burlaron al envejecimiento esperaban con una caña en la mano y una pregunta en los labios. Qué has visto. Cómo va el rollo ese de las carreras ultra y los trails y qué coño es eso. Más de lo mismo, relataba el elefante infiltrado entre los chicos surgidos de mangas y de ropas ajustadas y piernas rasuradas como botellas.

¿Qué había cambiado en la ‘escapada natural’? ¿No habíamos quedado en que se huía del cronómetro en el asfalto, de la esclavitud y del patrón-oro de las distancias? Surgían nuevos calendarios, reglamentos de federaciones y redondeos para, cada vez más, ajustarse a los nuevos mitos. Mitos reinventados sobre las cenizas de las antiguas carreras. Los nuevos términos pisaban con suela vibram y radicales agarres aquello del maratón, tomando impulso porque la nueva hornada de corredores especializados ya no tenían miedo al medio. Poder llevar el líquido y el alimento encima, la hidrolización, los compuestos energéticos permitían pasar a los cien kilómetros sin rubor. A las cien millas. A atravesar ua isla como un albatros y a circundar un macizo como el del Mont Blanc como una tormenta de verano. Y el griterío ensordecedor de más pruebas llamaba a otras más. Comenzaban a faltar días al año y oxígeno en los capilares de los músculos para atender a todas.

Los elefantes con barba conservan memoria. Conservan una barba más canosa y más recortada. Las canas han nacido, ya es mala suerte, por el dolor que producía la esclavitud de los planes y los cronómetros. Miran con envidia ese despliegue de medios técnicos y se les acentúa la arruga que cruza la frente igual que los jóvenes atraviesan una isla volcánica.

Lo peor es que se han comido los peores años del correr. Ahora que todo les chirría, ven ante sí un fabuloso calendario con pruebas a las que acudirían con gusto. Ellos sufrieron el correr por polígonos de vivienda, áreas industriales, alrededores de grandes ciudades. Cuando no había más campo que el del pueblo, se entrenaba por los caminos y las sendas intentando preparar los retos del asfalto. Como la carretera pedía velocidad, se huía del campo ondulado o del monte. Por muy alto que chillasen los pubis, las rótulas, las cabezas del fémur, lo llano marcaba tendencia. Y hace unos años el mundo les trajo un entorno donde, correr, se parecía a lo que durante años habían experimentado al salir por sendas cercanas a su cámping de vacaciones o a sus pueblos. Cuando fueron a interesarse por el experimento, la voz de una megafonía aguda y banderolas y arcos de tribales motivos le sobrepasaron.

El retorno de mundo de los senderos, los riscos, las pistas, rebautizado como trail, les devuelve un acre sabor a sangre, reconocible de cuando aquellas primeras subidas a la Bola del Mundo, los puntapiés a los cantos agudos de la Cuerda Larga o la nevada de aquel día en que se corrió por la Fuenfría sin saber bien si llegábamos a Cotos o a Segovia o a Navacerrada.

Con un aspecto clavado al de hace años, muchos caminan por los senderos donde sintieron salirse el corazón. Pantalón corto, camiseta de algodón y canas pero la mirada de un alevín. Los elefantes siquiera quieren saber de ultratrails salvo cuando llaman interesándose por la salud de uno, finisher o no. Quizá se engancharían a alguno de los paseos de duración moderada pero no se cruzan por nuestros caminos digitales, de pasarelas de pago por internet o pasillos de compra en las tiendas especializadas o en wiggle. Alguno se gira con una sonrisa en la boca cuando le adelantamos en un estrecho sendero. Estamos adelantando el reloj a manotazos. Carecemos de un momento para saludar. Y es que vamos zumbando al siguiente punto de control.

8 comentarios

  1. Dice ser Pablo Vega

    Grande! 😉

    29 Junio 2011 | 07:48

  2. Dice ser Manolo Pechicos

    Extraordinario relato, Luis. Aunque no he corrido ni trails, ni ultrafondo, ni ná, me veo reflejado en parte en esos elefantes.

    29 Junio 2011 | 08:35

  3. Dice ser Elage

    Alguno de esos nos cruzamos el sábado en el GTP, y hasta creí ver una leve mueca en su rostro y leer en su mente “estos de los dorsales están piraos”.

    Muy bonito, Luis, muy bonito.

    29 Junio 2011 | 08:41

  4. Dice ser dragonkik55

    Espectacular Luis¡¡

    29 Junio 2011 | 09:16

  5. Dice ser javier

    Clap clap clap clap!!!!!!

    29 Junio 2011 | 21:47

  6. Dice ser Anónimo

    Expectacular!

    Es mi primer comentarío despues de meses siguiendote, un placer.

    30 Junio 2011 | 10:09

  7. spanjaard

    Jaja gracias a todos.

    30 Junio 2011 | 10:12

  8. Dice ser Carlos

    ¡Venga paisano! ¿Tan mayores somos? ¿nos falta ilusión? ¿no te acaba de dar un revolcón uno de esos trails, y no uno cualquiera? ¿acaso no estás ya preparando el siguiente?

    Delicioso relato, te perdono la melancolía que deja traslucir…

    30 Junio 2011 | 20:12

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