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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

10 años, 3 lugares (I)

Sí, voy viéndolo más claro. Tras recuperar el ph de la piel después de tanto marisco y de baños térmicos, lo contaré todo, todo. Carallo.  Tres lugares relataré aquí para que algunos saquen conclusiones sobre dónde se ha de ir a correr. Si, tras las tres partes, el mundo runner sigue adosado a los imperdibles que pinchan para mantenerte despierto en un madrugón por polígonos y carreteras, algo estará fallando. He tenido que montar un viaje de décimo aniversario para tomar decisiones profundas y que quizá cambien algo en mi vida. El primero fue descubrir lo siguiente:

La Pascasia, Posada Real. Puebla de Sanabria.

Dicen que las ciudades amuralladas no pasan nunca de moda, que son milhojas cocinadas sobre restos anteriores. Puebla es un sorpresón del tamaño de las de Babilonia. La Pascasia es una tercera posada real que un grupo hotelero ha montado sobre las capas de una posada real anterior. Esto es, para entendernos, han magnificado la calidez de la piedra poniéndole amorosamente toques de minimalismo negro y blanco. 

pascasia

Las milhojas, de todos modos, tienen que saber elaborar las transiciones entre capa y capa. De ahí que los grandes sitios amurallados que sobreviven hoy día han ido moldeando más que machacando. Gormaz, Nínive, Tielmes, intentaron romper y encajar lo no encajable. Puebla de Sanabria o su prima cercana, Zamora, han ido subiendo del castro a la romanidad, del XII al XVI. El castillo sanabrés te saca de las casillas cuando intentas subir corriendo las zetas criminales de su escalinata frontal al Tera. Pero hay que subirlas, lo dicen las piedras que encuentras según se regresa del paseo de la vega. Se recomienda cerrar la boca para que no se salga el corazón por ella. Pulsaciones, 180.

El magno problema de la milhoja histórica, el aprovechamiento de una capa anterior como base de hojaldre, de murallón o de fortaleza, está -no creais- todavía por resolver. Un ejemplo. El menú que tan estupendamente presenta en su Michelín Yayo Daporta, en Cambados; anda uno muriéndose tras los aperitivos (cóctel de albariño en dos temperaturas, huevo frito de codorniz con patata y chorizo, menestra de verduras con ave de corral…) y los bestiales pescados de los que Yayo quiere hacer su bandera -“un templo al pescado”, le insinué- y va y cae un solomillo de ternera con una milhoja pétrea. Hombre, no. Incluso un gañán culinario como yo aprecia cierta transición. Una hoja de patata no puede estar sustentada sobre un cinturón de beicon y poco más, sobre todo cuando se logra una textura patatera en otros platos (vergüenza me da siquiera mencionarlo), inimaginable. Es como la arquitectura civil. Sillares romanos reutilizados para colocar bloques en matacanes del XV.

Pero la milhoja es como el sedimento cretácico. En algunas ocasiones le salen tronchos dispares, discrepancias calcáreas. De ahí que haya que actuar siempre como en lo del correr; aprovechando los 40 primeros minutos con sabiduría para poder cruzar decentemente el Tera, dar las primeras 12 patadas a los escalones con tino, y ahí construirte una subida como la de la foto sin palmarla.

normal_Sanabria0407

pd. Pienso retirarme a los 60 y aplicar táctica de tierra quemada en la periferia madrileña. Vayan buscándose un seguro de incendios.

2 comentarios

  1. Dice ser Celemin

    Como seis los del pueblo venidos a la ciudad. Veis unas piedras mal puestas y perdéis el culo por iros a vivir al campo.

    Por cierto que lo de las mil hojas no me ha quedado muy claro. Será el empacho.

    Salud y tu si que sabes vivir amigo Luis!

    08 Octubre 2009 | 07:35

  2. spanjaard

    Bueno bueno, que alguno como el tio Saco las ha recolocado muy bien colocadas las puñeteras piedras. O el o su asesora de imagen y estilo, todo hay que decir.

    08 Octubre 2009 | 07:45

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