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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

El holandés

1.

El esquinazo que todos tomaban a izquierdas había sido cuidadosamente remodelado por los operarios del asfaltado de la ciudad, dejando a mano izquierda un bordillo alto y gris, poliédrico, hasta con 4 aristas claruchas donde contrastaban primero algunos granos negros del asfalto suelto y, después, centímetros más abajo, un nuevo, novísimo océano granulado al que se agarraban las zapatillas y los neumáticos de los coches en pleno verano.

Terminantemente imposible recortar, pensó el holandés, Geert, que visitaba Madrid para correr la prueba de la trascendencia y de la constancia total: veinticuatro horas girando sobre un polígono cuadrangular fabricado en dos manzanas de la periferia de la ciudad, marcado por vallas azules de tanto en tanto, festoneadas con cinta roja de cocacola como lánguidos tramos de chicle – en esto el marcado de las carreras era similar en todo el planeta. Nueva recta a lo largo de escaparates que -aún cerrados- iba aprendiendo de memoria. Un esquinazo donde las televisiones de LCD aparecían como mudas ventanas al vacío, mezcladas con un par de paneles naranja chillón que, sin duda, algún español habría rotulado con su mejor intención y unos REBAJAS en trastos de 42″ con TDT referidos a esas bocas gris verdoso. Al lado asomaba una franja sobre una casa de dos plantas, fea, como casi todo el entorno, con una entrada machacada por los graffiti, y un Vectra azul marino al que los organizadores habían tenido que rodear con la cinta plástica. Un trozo sin tiendas a la derecha, entre planchas lisas de estucado rosáceo y mármol de portales jaspeados por obras sucesivas y por presupuestos parcheandos, y con dos bares a la izquierda de los que salía un cálido fuego, dulce como los bruine cafes de su reconocible Utrechsestraat pero, en lugar de humo de tabaco de liar, un rancio aliento en el que sobrevivían dos o tres espaldas redondeadas y arqueadas sobre la barra, latinos, seguro, camisetas evidentemente reducidas y canalillos del culo al aire; dos bares que flanqueaban las esquinas de una bocacalle sin vida ni aire, bloques de un ladrillo amarillo con terrazas de aluminio y desorden estético, en pleno mediodía de primavera, uno de ellos con un luminoso amarillo con el complejo acrónimo ‘marvi’ y otro con una imitación de cartelería antigua donada por el cervecero.

El siguiente giro contorneaba un puesto ambulante de helados y dos pinos deteriorados por el cableado telefónico español, un vallado verde lleno de desconchones y más acera. Geert medía las pisadas de este evento de gran distancia, 24 horas sin fin, en las que a uno le da tiempo de morir, de regresar, de ser y de no ser; un día entero, una noche por medio. Pero cuando retomó la bajadita de la tienda de novias, pasada la meta, había caído el verano de pleno. Dos dependientas de pecho hundido salían a animar a la hora del café mientras una sombra leve relamía las cornisas y los parapetos de dos terrazas. Sonreían y aplaudían y la tez roja por las vueltas se arqueaba hacia arriba en un gesto de agradecimiento.

Había corrido sesenta en Texel, cien en Winschoten, veinticuatro horas en Stein, en La Haya, pero esta era la primera vez que elegía el extranjero para correr, a sus cincuenta y dos años, y girar por esquinas asfaltadas con o sin bordillo, con cesped o con kioskos o con laboratorios fotográficos con toldo amarillo decaído, como enfermo, con rótulos o sin ellos, con arcos de powerade o pivotes plásticos arqueados. Geert y un centenar de gestos determinados, de pasitos cortos. Justo delante iba, en estos primeros momentos de la prueba, un español con camiseta negra y amarilla y gorra negra. Las carreras, aquí y en Corea, son carreras. Pisadas, vallas, imperdibles y botellitas numeradas con los minutos de vida que a cada uno le iban desgranando.

Siguieron pasando giros y el otoño entró. Los corredores seguían y dió tiempo a que terminaran de pintar por dentro una peluquería unisex. Desde la última vez que vió meter sacos de cemento y cubetas blancas de pintura en la peluquería, el holandés había olvidado mirar. Su atención se había perdido con las primeras lluvias, excusa perfecta que tomó para entablar conversación en un inglés de metacrilato con Samuel, de quien podría escribirse un epitafio, pensó Geert, una esquela de urgencia, un discurso rápido porque ‘tjonge jonge, zeg‘, hay que joderse el aspecto esquelético con el que iba consumiendo vueltas. Parecía que en cada subida hacia la rotonda de los olivos y de la cabina de madritel y la tienda de modas Maripepa pararía exhalando y requiriendo los últimos sacramentos. Pero debía ser mal cristiano Samuel porque esquivaba el fallecimiento curva tras curva, kilómetro tras kilómetro, hora tras hora, mes tras mes.

No superaría el invierno que se avecinaba mientras corrían, calculó el holandés de pelo cano, barba angulosa y, ahora, ya, con guantes blancos que permitían capear los vientos y nubes que acariciaban el lomo del circuito. Las nubes sin fecha de caducidad. El circuito diseñado para las últimas veinticuatro horas de la existencia del hombre.

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