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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

(a lo tonto me está saliendo el arranque de un libro)

Recuerdo como si estuviera pasando ahora mismo. Sábado por la mañana. Un soltero se levanta sin más aspiraciones que contemplar la calle casi desierta de gente, me refiero, de buscadores de los restos de la noche, de gangas modernas como suele pasar en Lavapiés, de los últimos besos que se da la gente que viene de copas. Mi calle no es ni una calle en sí misma. La añeja ventana de aluminio de mi apartamento da a una calleja que aquella mañana poco tenía que decir al planeta. Quienes vivimos en la periferia de las masas sabemos que la calle de uno apenas dirá un buenos días entre dientes mientras unos pasean al perro, el viejo guarda forestal coloca el transistor arrimado al lector del gas y elige cuidadosamente los primeros rayos del sol madrileño, entre bloques blancos y rojos sin filiación ni alma –se la llevó el tiempo al sedimentar el cemento aluminoso. Mi calle daba tan poco de sí que me tiré a lo fácil: esa meditación soberana frente a la cafetera de seis aristas que te lleva a echar más o menos café y una porción autómata de azúcar. Arrancaría el portátil para sortear los programas de televisión de media mañana, supongo que con la idea de leer la prensa digital y los cuatro blogs (ruines, malditos) de los compañeros, tres de ellos aficionados impasibles de la farra, uno corredor. Ese, el que me lió aquella mañana sabatina.

El correo mostraba en negrita el mote de Fernando. Sus posibilidades tecnológicas, que ya me tenían un poco hasta los cojones, le llevaban a atacar las direcciones de correo de uno con la penúltima foto que nos habíamos hecho en el tugurio de turno, probablemente perdiendo oportunidades de ligar –y borrachos perdidos, como norma que se repetía con estoicidad. Pero esta vez la apertura del correo del manta de él me hundiría en la miseria del ser humano. Normalmente me hundía en una sensación de haber estado perdiendo el tiempo, de malgastar la treintena y encarar la década de las calvas, las barrigas descontroladas, sin más perspectivas que la de empalmar un Lunes con un Viernes y descubrir algo a lo que nos íbamos acostumbrando. Éramos un cuarteto, casi siempre cuarteto para disimular las taras de cada uno. Regresábamos tan cuarteto como habíamos salido, pero más mojados y menos adultos. Pero no creo que nos haya afectado demasiado a lo largo de millones de años y de cubatas, y aquí hablo como representante espontáneo de la raza humana.

Ya digo que esta vez Fernando me llevaría a las catacumbas del ser vivo. Lo que en su comienzo se ponía casi obsceno, me tiraría contra un revuelto fangoso de consecuencias desconocidas.

Oye, Teo, nosotros salimos los domingos desde el poli a correr por la casa campo. Deberías ponerte a tono y dejar de pensar en esos morrones que te das contra las tías, venga pedaso winner, te llamo

Me llamó. Un Sábado 18 de Marzo de 2006 (no es broma, se me ha quedado grabado).

-¡Tio!- me grita.
-Hombre, qué pasa Fernando. Qué me cuentas por email que tu me quieres liar.
-He pensado que mañana, como hará un día de cagarse de bueno, que si te vienes a correr con nosotros…


Y hasta ahí llegan mis recuerdos fotográficos. En ese momento perdí algo. Normalmente habría reaccionado con una despreocupada evasiva. Dado mi carácter flexible y un punto sinvergüenza, le habría contestado con unas risotadas via móvil, hebría pedido inmediatamente duelo a espada y lugar y me habría ofrecido para llevar una nevera con unas cervezas frías, medio queso el Ventero fresquito y tostaditas con miel y preguntado si el pack incluía restregón con las prostitutas de la cácampo. Ahora me veo haciendolo todo tan fácil que me entran unas dudas terroríficas sobre si aquella propuesta no despertaría dentro de mí una debilidad mala, insana y chunga de las de verdad. Venga, Teodoro de los mismísimos, donde tienes esos chistes guardados había como para veinte Fernandos. Cuarenta años como cuarenta barriles de San Miguel habían dado solidez a cualquier parida telefónica, igual que las habías brindado a las cuatro incautas que hicieron oidos sordos a las tonterías previas e insistieron en conocerte mejor. Pero esta vez no era tan sólido. Las cuatro tontas se lo siguieron haciendo (las tontas) y miraron para otro lado demostrando un grado de inteligencia sublime, viendo que con el tal Teo, el de la camiseta de Kukuxumuxu evidentemente estrecha y las entradas en la frente, era el patoso que aparentaba. Mi bloqueo, en cambio, se quedó fijado como el dolor en la rodilla que se instala y no tiene pensado desalojar hasta que no las diñas.

-Teo, ¿sigues ahí?
-¿Dónde coño voy a ir yo a correr, y menos contigo?

La debilidad había hecho tal mella en mí que minutos después me veía hundido, sintiéndome un despojo, tecleando cosas sin sentido en el ordenador. El paso lógico de un derrotado por los mesías de la vida sana y la libertad del pajarillo, por el desgracias de mi amigo Fernando y sus cócteles de cachondeo, carreras populares e infidelidad (es un vicioso, un putero y un proyecto de divorciado), debía haber ido urgentemente a las decenas de páginas, que las hay, que ofrecen documentación sobre cómo empezar, qué hacer, qué no comprarte… Pero sólo me salió ir a la wikipedia y teclear “cataclismo”. Según esta enciclopedia de emergencia, un cataclismo es la transformación o destrucción masiva de gran parte del planeta a causa de fenómenos naturales. Es citada comúnmente en textos religiosos y hace referencia a la destrucción masiva que se llevará a cabo al final de los tiempos. Dice que, en el futuro, se espera poder determinar cuando ocurrirán este tipo de cataclismos que cambiaran la vida de las personas. Qué gran ironía.

3 comentarios

  1. Dice ser juan pedregosa

    HolaPonle un título a eso que empiezas, redúcelo y veamos qué hacen tus personajes. Yo, que ya pasé la treintena, tengo interés real por ver cómo os veis en menos de 10 años.

    12 Julio 2007 | 14:43

  2. Dice ser Sylvie

    Joder…las tostas con miel, qué hambre de postre me han dado!!Debe ser masoquismo lo mío, pero los cataclismos son el mejor instrumento de cambio, por eso me encantan…Que le sea leve la salida corredora a Teo…no le hagas sudar en exceso, aún con estos calores que casca.Besitos.

    12 Julio 2007 | 15:10

  3. Dice ser Cocoloco Amamower

    Adelante, no se te da nada mal. Y si te quedas atascado, tira por la calle de en medio. ;-)))

    12 Julio 2007 | 21:19

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