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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Radiografía de un bajar de ojos

Venía yo ahora pensando en cómo demonios resolver este compromiso moral que tengo con mi primera hora del día. Tenía pensada la puya diaria contra el fúrbolfúrbol y una barbaridad que tenemos Cabesc y yo en mente para el futuro año, atravesar campos y campos sin final corriendo y hasta había venido tarareando, mientras se desentramaba el juicio de In Cold Blood, de Truman Capote, del que solo me quedan unas agónicas páginas y el definitivo empujón.

Bailaba con mi mirada de lado a lado de las dos aceras, al despejado -ahora- seto de la izquierda, donde antaño acamparon unos lituanos que acumulaban cosas a sus encadenados carritos mientras los colegiales de azul marino y medias por debajo de la rodilla cruzan hacia ese sumidero educativo religioso. Tenía a tiro una madre de triste mirar que trae desde hace dos años a los críos al Salmerón, a la que he visto arrastrar al pequeño, de la edad de los míos, quizá, medio dormido, en brazos, de todas las maneras posibles.

Y barriendo la acera de los pares, sorteando con mis pensamientos la realidad de policías cincuentones que miran los culos de las transeúntes mientras fuman negro, enfundada su pipa y porra en pantalones de tergal, evadía mi cerebro con un imposible de escalar montañas nevadas corriendo sin cansancio y sin dolor cuando ella bajaba los ojos. Ébano triste, rizos apretados con un tinte absurdo de aceptación occidental de lo caribeño, las manos tapándose la cara y apoyando los codos en sus rodillas, dormía. Hacía turno en un banco de madera con sus sueños, probablemente, en una playa de arenas paradisiacas donde disparan con balas de 13mm y pegan fuego a las aldeas, de la que habría huido metida en una lata de anchoas de madera hacia las costas del sueño español.

Tuve que bajar los ojos porque, en décimas de segundo y oyendo mis pisadas, levantó su vista festoneada con cicatrices marfileñas bajo los párpados, como señales de pellizcos tribales a fuego y sangre, símbolos que no entendemos los monoteístas judíos ni apostólicos, y me cazó -a lanza- mirándola. Es la foto con la que se desayuna la calle del asilo político a diario: occidente tiene que bajar los ojos tras ver, embobado, miradas cansadas que huyen pero no rehuyen pedir explicaciones de tanta desigualdad.

2 comentarios

  1. Dice ser Carlos

    Bonita reflexión. Me ha gustado mucho como has humanizado lo que muchas veces de forma eufemística denominamos “inmigrantes”, y de como olvidamos que detrás de esa palabra se esconden seres humanos que en la mayoría de los casos si han huido de su hogar, de su familia, ha sido debido al horror de las guerras y el hambre.Un saludo.

    01 Marzo 2007 | 09:38

  2. Dice ser cabesczón

    ¿qué tienes conmigo en 2008? eing, estoy por hacerme el sueco.

    01 Marzo 2007 | 10:09

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