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Poner un pie delante de otro nunca tuvo tanta trascendencia.

Le debía una tapia a 'Lloz'


Había pasado mucho tiempo ya, casi perdiendo contacto con tantos y tantos de ellos, que debía asomarme un Jueves por la Casa de Campo madrileña. Aprovechando una tarde libre me acerqué a ese reducto donde se juntan mal juntaos 60 o 70 corredores de todos los niveles durante el verano. La primera sorpresa fue encontrarme a Macondo, al que hacía fácilmente 3 años que no veía. Ha cogido peso, dejó de correr, lo retomó, en fin, idas y venidas.

Pero la satisfacción fue ver a Luis, tan Lozano como casi siempre, superado ya un proceso complejo en su cuerpo serrano. Dice que no corre deprisa, que es lo que a él le emociona, pero le da al silbato con la misma fruición que antes. En verdad que me alegró verle con su Ivonne inseparable. Luis nos llevó al mítico ‘bosque’, ese 4000 donde se curten por la mañana los Alberto García, Chema Martinez, Villalobos, Wiss Blanco, etc. Lo han dejado -entre ellos y el sol de verano- más pataleado y reseco que la hostia, pero nos sirvió para una sesión de afinado de las piernas y los michelines. Un 2000m (al que le falta algo en su segunda parte) en 7.02, con Yudus y sus canitas, un 1000m (3.27, mucho más objetivo de por dónde ando ahora) y un 500m casi cuesta abajo (volando en 1.27).

Pusimos cara a muchos nuevos corredores, abrazamos a muchos otros, en fin: la Tapia de Lloz.

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