Reportero: periodista que a fuerza de suposiciones se abre un camino hasta la verdad, y la dispersa en unatempestad de palabras (Diccionario del diablo - Ambrose Bierce)El cómo se hizo de los reportajes de 20 minutos...

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Nablús: La niebla del payaso (final)


“Nadie anuncia la creación de un movimiento que pretende alcanzar la perfección mediante el método de matanzas masivas; nadie dice que se trata de inhabilitar, aislar, y luego quemar o envenenar a esta u otra gente, parásitos, explotadores, rufianes, contaminados por su propia raza, religión o riqueza, y que hay que degollarlos junto a sus hijos recién nacidos, hasta el último: en el mundo entero, lleno de extravagancias que hoy llegan hasta la locura, no existe tal declaración.”

Stanislaw Lem. Provocación.

Nablús suena a niebla, sí, y a muerte. Por eso buscas la metáfora, intentas no asfixiarte junto a sus habitantes, y entonces hablas de payasos enfrentados a cocodrilos en un valle de lágrimas.

Lágrimas de payaso, lágrimas de cocodrilo, y aún más claro:

Los sueños de la razón engendraron a Nablús: la pintaría gris, haría sangrar el hormigón, retrataría las interminables colas, los empujones, y el rostro desencajado de los soldados, o la desesperación de los viejos, mujeres y niños, y los jóvenes que claman el SOS en el último charco.

Más claro, un disparo.

Es como en el Pasaje del terror de las ferias: 20 dólares para un taxi y tienes asegurado tu ticket al desencanto. Veremos si puedes salir de allí: la arbitrariedad del checkpoint de Hawara (Huwara) es tal que uno debe tener en cuenta que quizás no pueda regresar a casa.

Los taxis y coches palestinos tienen prohibido el acceso a la ciudad, encerrada como está en las tripas de un valle. Del checkpoint al centro distan varios kilómetros. Las montañas que la circundan están tomadas por puestos militares, y los altos edificios, dejados, hablan de la prosperidad perdida por el azote de Marte.

Recuerdo la primera vez que la visité hará dos años. He de confesar que es un lugar que fascina. Me atrapa porque más allá de allí no hay nada, los límites y las fronteras del hombre están anclados en esta tierra, y más allá sólo está lo inefable. Ésta es una de las fronteras de la humanidad, un paso más, y la senda es exclusiva para bestias.

Proveníamos entonces de Jenín, y los soldados no nos querían dejar pasar. “¿Hablas árabe?” “No” “¿Tienes algún amigo árabe?. No. “¿Qué quieres hacer en Nablús?” “Es un lugar bíblico”, respondí. “No, es un lugar peligroso para ti”, dijo él. Y no entendí si se refería a los palestinos a los propios israelíes. Pero adorando al profeta Ronaldinho, y reivindicando a Barcelona como centro del turismo mediterráneo, conseguimos entrar.

Añado aquí mis notas…

Nablus es un ciudad de 120.000 habitantes asediada por el ejército hebreo desde la segunda intifada (2000): fecha en la que sus habitantes denuncian que las cosas han ido a peor. Israel la considera como la principal “fábrica de hombres bombas” y ha declarado un estatus especial. Los habitantes de Nablús se encuentran encerrados. Hasta cuatro checkpoints controlan todas las carreteras. La rodean asentamientos judíos equipados con la última tecnología…

Podría hablar de sus zocos, y sus olores a especias, a gallinas, a carne colgada de un gancho, miríadas de gente por el laberinto comercial. Pero no voy a extenderme más. Sólo decir que un checkpoint se instaló en mi garganta. Sólo decir que todo el mundo contaba historias tristes, relatos de desesperación. Muertos, heridos, mutilados. Niños asesinados por jugar en el monte. Familias perdidas por una excavadora que sin avisar tumbó una casa.

Sólo decir que es fácil morir en una ciudad que parece haber perdido el horizonte por un muro de hormigón. Y preguntarse dónde está la comunidad internacional, los que acusan con el dedo y llama bárbaros a los oprimidos, los que quieren hacernos creer que luchan contra el terror usando el martillo de Thor.

Siguen mis notas…

Ello hace que se haya desarrollado un industria paralela de taxis. Centenares de taxis aguardan a uno y otro lado de los checkpoint. Son como estaciones improvisadas en los descampados circundantes al puesto militar. Mahmud (nombre inventado), por ejemplo, asegura que antes de la segunda intifada trabajaba como profesor de autoescuela, y que desde entonces, por el constante clima de guerra, con diarias incursiones militares, tuvo que abandonar su trabajo y dedicarse a ser taxista: la ciudad parece colapsada en sus servicios normales: escuelas, hospitales, la comisaría de policía ha sido arrasada, y el negocio del taxi ha florecido ante la incapacidad de los habitantes de moverse fuera de la ciudad en su propio coche. Mahmud reza para que la situación mejore algún día, aunque no tiene muchas esperanzas, mientras nos conduce de vuelta al checkpoint. Muchos de los habitantes de Nablús, especialmente los jóvenes, tienen prohibida la salida…

…y se ahogan, y en sus pesadillas sueñan con cinturones bomba. Un chorro de niebla surge de la sonrisa de un payaso. Un chorro de niebla que cubrirá la ciudad como si fuera una gran carpa de circo, el espectáculo está garantizado, porque los sueños no entienden de fusiles ni armas, los sueños hacen volar. ¿Cómo están ustedes…?

Javier Rada

Niebla y payasos


¡Oh rey!, yo no siento sufrimiento y, a despecho del cruel tratamiento que he sufrido, no siento el fuego de la ira. Mi corazón no tiene más que sentimientos de benevolencia por mi madre, que ha ordenado arrancarme los ojos. Príncipe Kunala (leyenda budista).

Tras conocer El Pequeño Circo de Nablús…

Pienso en Miliki, Gaby y Fofó al trote, asustadísimos, meándose en los pantalones. En Marcel Marceau levantando las manos al cielo. Pienso en Charlot tropezando con barricadas de basura ardiendo. En Tortell Poltrona, cabizbajo, haciendo caso omiso a los insultos. Pienso en payasos, y en mi infancia. Y en Charlie Rivel desangrado.

No pienses tanto, me digo. Los payasos fueron creados para recibir el cruel envite, la desgracia ajena es el chiste universal: una zancadilla ‘amiga’ y el payaso tropieza/ basura ardiendo/ una bomba de tinta explota en su rostro al caer/ es rematado en el suelo, tuerto por el chorro de la flor traicionera…

¡Desalojen el circo!

Risas. Aplausos. ¿Cómo se sienten ustedes?

Que los jóvenes palestinos sueñen con un gran circo tiene su lógica cruel. Deben convertir la desgracia en humor ácido, capaz de traspasar las armaduras, inocular lo blanco en lo negro, formar un arco iris en las pupilas que sólo enfocan piedras en las canteras del odio.

El Pequeño Circo quiere hacer de una gran cárcel una carpa de color. Una utopía. En eso consisten las utopías. Porque ya nadie puede creer en ideologías o en máximas de mercado. Sólo en sueños humanos, sueños animales, sueños de vida, justos, necesarios, urgentes, prioritarios, legítimos. Soñar en cosas humanas. Las ideas yacen en una cuneta, asesinadas.

Visitar Nablús fue donde el viaje encontró su objetivo, pisar al fin Ítaca, la tierra barrida por los vientos de la historia moderna, y a la vez tan antigua. En ningún otro lugar de Cisjordania se puede ver con mayor claridad-oscuridad, sería el término preciso- qué representa una ocupación militar.

Pienso en la demagogia en la que todos caemos: las imágenes más cercanas las encuentro en los campos de concentración. No es lo mismo. Pienso en el gueto de Varsovia: un barrio-ciudad sitiado, como Nablús. No es lo mismo. Pienso en el horror de los hombres bomba, los mutilados de Tel Aviv, y en las justificaciones de Israel para encarcelar esta ciudad-barrio de 120.000 habitantes. No-es-lo-mismo. Y en el horror de los niños piedra que no conocen otro juego que el de la intifada y mueren como ratas. Y en el horror de los niños soldado que afirman que están limpiando el mundo, su mundo. Las ideas yacen en una cuneta, digo, y claman con fuerza venganza.

El día anterior de visitar Nablús, viernes, 23 de diciembre, Cristina- una compañera de Europa Press- y yo, visitamos la Red en busca de pistas. “Heridos en enfrentamientos dentro de Nablús”. Hamás y Al Fatah se enseñan los dientes. Hamás estaba preparando su aniversario en la ciudad. Y los seguidores de Al Fatah abrieron fuego.

Alquilar un coche nos costaba el sueldo trimestral de un palestino. “¿Están seguros de que quieren ir a Nablús?”, nos dijo el recepcionista del hotel Bethlehem. “Nablús no es como aquí (Belén), tiene una situación muy complicada”, advirtió en un perfecto español pausado.

No alquilamos el coche. Incluso pensamos en cambiar de planes, visitar Tulkarem. Noticias de aquella misma noche en la web: “Una estudiante abatida en Tulkarem por un francotirador israelí”.

Todos (reporteros con gran experiencia o expertos de ONG) nos recomendaban llegar hasta Nablús en un coche con matricula israelí. “¿Además, qué queréis hacer en Nablús?”, me dijo un cámara de Televisión Española. “Si quieres salsa (conflicto, tiros, piedras) vete a Hebrón al atardecer”.

Cristina y yo no queríamos salsa. Queríamos Nablús, que “suena a niebla“, como bien dijo aquel veterano reportero aragonés. Al día siguiente nos montamos en un autobús rumbo a Ramala.

Si no podíamos llegar a Nablús, el plan era entrevistar a Maha, líder de la progresista Unión de los Comités de Mujeres Palestinas. Tenía que cerrar un reportaje como fuera. El día anterior las cosas habían salido ciertamente mal, y no quería perder ni un sólo minuto más de trabajo.

En Ramala, al bajar del autobús, nos recibió un taxista alzando sus manos. Gordo. Con un gorrito redondo árabe, muy gracioso. Excesivamente hospitalario. Un mercader. Le preguntamos cuanto costaba ir a Nablus (20 euros) y el tiempo que podríamos tardar (40 minutos). Antes de lanzarnos a la ciudad de las refriegas, con un muerto y secuestros incluidos, quisimos tomar un café. Nos acercamos a un policía para preguntarle como estaba la situación. “¡Yo soy de Nablús!”, respondió. “Espera que llame a un amigo”. Usó su móvil y en seguida nos dio respuesta. “Dicen que entre Al Fatah y Hamás hoy las cosas parecen más tranquilas, pero que vigiléis en las carreteras con los soldados israelíes”.

El taxista nos llevó por los caminos de esa Palestina de colores quemados, ese pedregal de inverosímiles olivos, de urbanizaciones fortaleza (asentamientos judíos), de barriadas olvidadas.Pero antes paró en un colmado, y compró ocho cervezas y una bolsa de cacahuetes. Nos invitó a beber, brillaba el sol, y proseguimos el viaje con la algarabía de la música egipcia como banda sonora hacia el checkpoint más cercano…

Javier Rada