Reportero: periodista que a fuerza de suposiciones se abre un camino hasta la verdad, y la dispersa en unatempestad de palabras (Diccionario del diablo - Ambrose Bierce)El cómo se hizo de los reportajes de 20 minutos...

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Mi Salvador no es el vuestro, Huerga / Mediapro

Creo que puedo afirmar sin equivocarme que de todos mis compañeros de redacción en el diario soy el único (cosas de la edad, babys) que salió a la calle el 1 de marzo de 1974 para protestar contra la muerte cruel, atroz, desdichada y consumada al día siguiente del anarquista Salvador Puig Antich, de 25 años, acusado y condenado a la pena capital por matar a un policía.

Yo acaba de cumplir, el día anterior, 19, estudiaba primero de periodismo (en aquel curso demencial que había empezado en enero y sólo duró seis meses) y frecuentaba círculos anarquistas.

Salimos al atardecer R. J. y yo. Seguramente vestíamos de tonos oscuros porque no convenía llamar la atención y ser trendy en aquel tiempo no se medía por tu marca de botines.

Paseamos, nerviosos, por las calles frecuentadas por la niebla y el miedo de la Ciudad Universitaria madrileña. Vimos policías a caballo, algunos jeeps y, claro, adivinamos los inevitables coches camuflados de los siniestros sociales, los agentes de paisano de la Brigada Político Social que podían partirte el alma por haber leído a Hegel.

Frente a Biológicas lanzamos al aire un puñado de panfletos. Repetimos el salto en Filosofía.

No recuerdo qué decían aquellas hojas volanderas impresas en una vietnamita que escondíamos en un sórdido piso del Barrio del Pilar. Al contrario, recuerdo con exactitud que los tres regresamos sin decirnos una palabra al colegio mayor. No cenamos.

Ningún partido político de los que entonces diseñaban entre bambalinas la España que ahora sufrimos convocó protestas contra el agarrotamiento (vil, tan vil) del muchacho catalán, ejecutado el día 2, a primera hora, en la cárcel Modelo de Barcelona.

Tampoco levantaron la voz los sindicatos. Ni siquiera la anarcosindicalista CNT, demasiado asustada por aquel nuevo tipo de rebelde que fumaba porros, domaba una Bultaco, leía cómics de Guido Crepax y Gilbert Shelton o escuchaba discos de Pink Floyd y Pau Riba.

En una España sin Zara, sin condones en las farmacias si llevabas melena, sin barrios temáticos a lo Malasaña para orinar todos juntos en la puerta de la señora Maruja, sin gafas pasta, sin Buenfuente ni demás clowns del sistema, los ácratas libres eran como los homeless de ahora: inválidos sociales.

Estos días se menciona en mi diario, acaso por primera vez, el sagrado nombre de Salvador.

Pero no se trata del nombre real, sino del inventado por el cineasta postmoderno Manuel Huerga –hombre cercano al aparatchik socialista y sus mandarinatos, director de la ceremonia inaugural de las Olimpiadas de Barcelona de 1992– para la película Salvador, producida por el holding Mediapro, ‘fábrica de contenidos’ donde juegan al póquer de la manipulación de mentes y voluntades tahures infalibles como Rosa Villacastín, Pedro Almodóvar, Teresa Viejo o Helena Resano.

El Salvador de Huerga, convenientemente interpretado por el sex symbol yogurín Daniel Brühl, martirizante para el espectador pero muy conveniente para el merchandising, es un mártir morboso y mórbido, guapo, quedón y “antifranquista” (ese adjetivo que todos se aplican como currículo pasado pero, como dice mi admirado ToteKing, sin mencionar que el franquismo sigue estando entre nosotros, como el brazo amputado, el miembro fantasma, de un tullido)…

Ni asomo en la peliculita, por supuesto, de anarquismo, acracia, Bakunin, crítica a los admiradores de Stalin (por ejemplo, entonces, Santiago Carrillo), a los usos sociales (matrimonio, machismo, escuela, universidad, manipulación sindical, mentira de la democracia) y a la España que pactaban en secreto las clases política y empresarial, bendecían los camisas azules menos feroces y añoraba el entonces principe Juan Carlos de Borbón, criado, educado y mantenido por el dictador al que esperaba sustituir como jefe de Estado.

Mi pasado, útero de mi presente, ha sido traicionado en esta maxi producción idiotizante donde desaparecen:

1. Las protestas de intelectuales franceses, mayistas, ácratas, situacionistas, indios urbanos, contra el crimen.

2. El juicio a la oposición política española ‘correcta’ (socialista, democristiana, liberal, marxista, maoista y troskista), que consideraba a Puig Antich un bandido, un perro loco atracador de bancos, mientras, en el caso de la izquierda, aplaudía los crímenes de ETA y callaba, por ejemplo, ante el genocidio que perpretaba Pol Pot en Camboya.

3. El futuro activismo de los amigos del ajusticiado que integraban el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL). La acción de su célula hermana, los Grupos de Acción Revolucionaria Internacionalista (GARI). Por ejemplo, Oriol Solé, titoteado a muerte en el Pirineo tras la fuga de la cárcel de Segovia. Por ejemplo, Jean-Marc Rouillan, fundador del MIL y condenado a prisión perpétua en Francia.

4. La notable e intensa admiración de Puig Antich por el guerrillero libertario Quico Sabaté, el útimo maquis anti franquista.

Las hermanas de Salvador, Imma, Montse, Carme y Merçona, llevan más de 30 años denunciando el asesinato de Salvador. Su dolor y la conmovedora constancia de la lucha legal por demostrar que el juicio fue una farsa y que, como sospechamos tantos por pura intuición, leyendo entre líneas los diarios (costumbre desgraciadamente perdida), la bala que acabó con la vida de aquel policía del régimen salió del arma de uno de sus compañeros de actividad represora y no de la pistola de Puig.

Su dolor y la verdad de su lucha no merecían la artificiosidad de un clip.

Aquí hay información, en catalán, sobre las mentiras de Huerga y Mediapro. Aquí, en castellano.

José Ángel González