Recordando a Robert Reed: la atormentada vida secreta del patriarca de ‘Los Brady’

Son muchas historias, y no todas amables, las que envuelven a “la tribu” de Los Brady, esa modélica familia estadounidense que con sus rubias cabelleras y sus azulísimos ojos encandiló a buena parte del público televisivo allá por los años 70.

Una de esas historias, por ejemplo, es la de Susan Olsen, la hija pequeña de los Brady, que fue despedida por sus ataques homófobos a un invitado y que se dedicó al tráfico de marihuana durante algunos años. Otra de ellas es la que oprimió durante toda su vida a Robert Reed, quien interpretó en la icónica serie a Mike Brady, el patriarca de la familia.

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Reed, que había nacido en octubre de 1932, se había iniciado en televisión con pequeños papeles a finales de los ’50. No tardó mucho en conseguir uno de los papeles principales en una de las series de mayor éxito de la televisión norteamericana de la época: The Defenders (Los defensores), una serie dramática sobre dos abogados, padre e hijo: Lawrence y Kenneth Preston. Reed interpretaba al hijo.

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The Defenders, que dejó de emitirse en 1965, siguieron varias incursiones en series e incluso algún papel en cine, pero entonces llegó el 69 y, con él, La tribu de los Brady, y el fin de la vida privada de Reed. ¿Por qué? Porque en una época como eran los años ’70, de haber sabido el público que Robert Reed era gay, La tribu de los Brady no habría podido existir.

Los Brady se convirtió para Reed en una especie de cárcel en la que se metió voluntariamente y a la que odió toda su vida.

Para empezar, Sherwood Schwartz, el creador de la serie, ha hablado en numerosas ocasiones de lo que había tras las cámaras y ha contado que para su protagonista, que había estudiado teatro clásico en Londres, opinaba que la televisión estaba varios niveles por debajo de su formación y que, a su vez, las telecomedias eran el peldaño más bajo dentro de la televisión. Reed, además, había aceptado el papel en Los Brady rechazando otro proyecto que después se convertiría en uno de los títulos más recordados de la época: Misión: Imposible.

¿Por qué había aceptado, entonces, el papel de Mike Brady?

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Para entender esa decisión quizás haya que derivarse a su vida privada: Reed acababa de separarse de la que había sido su mujer durante cinco años, y con quien tenía una hija. Un día llegó a casa y, simplemente, habían desaparecido. En Los Brady un hombre con tres hijos y una mujer con tres hijas (todos de sus anteriores matrimonios) se unían para formar una nueva gran familia (sí, como Los Serrano) en la que la vida cotidiana se enfrentaba con humor, con una fuerte tónica conservadora pero, a la vez, afrontando los cambios con resignación.

De la serie se grabaron “solo” cinco temporadas. Nada fáciles, a tenor de lo que Schwartz no ha tenido reparos en contar, como la vez que tuvieron que parar el rodaje porque Reed se negaba a decir que la cocina “olía como el cielo de las fresas”, ya que según él “las fresas no huelen cuando se hornean”. Finalmente, en marzo de 1974 se emitió el último capítulo (después de más de un centenar de ellos), en el que Reed se negó a aparecer porque “la trama era indigna hasta para la televisión”. Pero las constantes reposiciones, la Brady Bunch Variety Hour, el especial navideño A Very Brady Christmas y la miniserie que mostraba “cómo habían crecido” consiguió, no solo estirar la franquicia hasta la década de los ’90, sino también encasillar a Reed en el papel de padre modelo de la familia ejemplar.

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Imagen promocional de ‘Los Brady’, 1990

Ni siquiera su nominación a un Emmy (uno de tres) en 1976 por su papel en el episodio The Fourth Sex en Centro médico, en el que interpretaba a Pat Caddison, un médico que descubría ser una mujer trans,  consiguió sacarlo del papel de Mike.

Después de separarse de su mujer, Reed aceptó que la nueva pareja de ella adoptase legalmente a la hija de ambos y no mantuvo relación con ella durante 20 años. Tampoco quiso tener una relación amorosa porque, según contó Florence Henderson, la que fue su coprotagonista, no quería obligar a su pareja a vivir su relación en secreto. El actor, que idolatraba la tragedia teatral, vivió fingiendo ser el perfecto padre estadounidense en que la televisión lo había convertido.

En sus últimos años pasó una de las etapas más felices de su vida, impartiendo asignaturas sobre Shakespeare en la Universidad de Los Ángeles. A principios de los noventa fue diagnosticado de cáncer de colon. Se reconcilió con su hija y, finalmente, falleció en 1992. Cuando la prensa consiguió acceder al certificado de defunción se hizo de dominio público que Reed padecía VIH y su vida íntima comenzó a salir a la luz.

Ni su madre ni su hija asistieron a su funeral.

En su epitafio se lee: “Goodnight Sweet Prince“. “Buenas noches, dulce príncipe”. La última frase de Hamlet.

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