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‘Parece ser que el hombre’, de Carlos Edmundo de Ory (1923)

Parece ser que el hombre sufre y como

No hay balanza que pese lo que sufre

Sólo se sabe que el dolor el plomo

Y sin embargo huele como azufre.

No hay tampoco termómetro que diga

Los grados del pesar que sólo pesa

Sólo se sabe que el dolor es miga

De un pan que nunca estuvo en la mesa.

Cuando te encuentres mal busca un rincón

Y ponte allí a comer tu carne cruda

Que está en tus manos como está en tus pies.

Date un banquete hambriento corazón

Y ya verás que el llanto no te ayuda

Ya no te ayuda fue llanto y no lo es.

Uno de sus aerolitos (como Carlos Edmundo de Ory llama a los aforismos) dice: “La poesía es un vómito de piedras preciosas”. En su caso, las selectas arcadas están compuestas de humor, exhuberancia, erotismo, espiritualidad burlona y virtuosismo lingüístico (esa inolvidable “suma secreta de silabeos sabios”).

De Ory lleva más de medio siglo pariendo sonetos como rosquillas, y eso a pesar de que, como confiesa, se considera un pietista: “Dios hizo al hombre y el hombre hizo al soneto“. Sonetos cuyo arte descansa sobre tres patas: el misterio, la estructura insobornable y el maquiavelismo. Una última y sabia recomendación de este (simpático) C.E.O:

No hay palabras de menos ni de más

sino papel y pluma y esqueleto

todo poema es fruto de este apaño.

Seleccionado y comentado por Nacho Segurado.