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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Un canto de amor a la naturaleza

Me costó lo mio sacudirme el prejuicio contra los “dibujos animados”, lo que hoy llamamos el cine de animación y allá por los años de mi niñez eran sinónimo de Walt Disney. Mucho tiempo antes de que yo conociera el carácter machista, anticomunista, fascista, antisemita y racista del fundador de la multimillonaria corporación, de que pudiera sospechar que fue amigo de Edgar Hoover, confidente ante el Comité de Actividades Antiamericanas y delator de, entre otros rojos peligrosos, Charles Chaplin, cuando todavía no tenía ni idea de ese tipo de cosas y por tanto no podía cogerle tirria al padre del Pato Donald, a mí los dibujitos no me hacían demasiada gracia.

Llegó a aterrarme durante un tiempo el personaje de Cruella de Vil y su odiosa obsesión por las pieles de los animales, de lo que deduzco que 101 Dálmatas en la versión de 1961 sí consiguió atravesar el caparazón de mi insensibilidad. Pero pocas películas más de las concebidas para mi edad me impresionaban por aquella lejana época en que vestía pantalón corto. Paradójicamente, pues soy amante y consumidor desde mi más tierna  infancia de los “cuentos”, luego llamados tebeos y hoy denominados cómics, pasaron los años y tardé en descubrir las maravillas que se esconden detrás de los dibujos que se mueven en la pantalla. He sido siempre y sigo siendo un desconocedor del género de la animación. Me abochorna reconocer que siento enorme pereza para ponerme a ver alguna de las muchas películas que tengo reservadas en casa para momentos más apropiados que nunca llegan. Digo todo esto porque así se comprenderá mejor mi recomendación de hoy: La tortuga roja.

Un plano de La tortuga roja

Sí, sí, lo acepto, he tardado mucho en verla. Pero sabía lo que me perdía porque había oído y leído lo suficiente sobre esta preciosa joya de la animación como para intuir que no me arrepentiría cuando dispusiera de mi tiempo para dedicárselo. Uno se ve abocado por razones profesionales a ver tantas películas y series que la saturación establece un filtro a veces caótico en las apetencias cuando no lo hace por obligación. Y de repente, de manera totalmente imprevista, la tortuga ha llegado nadando hasta mi pantalla de televisión y me ha dejado fascinado. Si alguno de ustedes andaba preguntándose qué podría ver con sus hijos en esos días que se avecinan, algo de lo que pudieran disfrutar juntos, que sirviera de alimento para ellos y de bálsamo para ustedes, créanme, busquen a La tortuga roja.

Primera coproducción del estudio japonés Ghibli, la Meca de la animación mundial, con un autor europeo, parece ser que la idea le surgió a Hayao Miyazaki, uno de sus fundadores e iluminado director de, entre otros prodigios, El viaje de Chihiro (177 críticos del mundo la consideraron en 2016 a instancias de la BBC como la cuarta mejor película del siglo XXI; yo no sé si llegaría tan lejos, pero, en fin, tómese como referencia), cuando le sugirió en 2008 al jefe de la productora Wild Bunch que quería hacer algo con Michaël Dudok de Wit de quien conocía su Father and Daughter, con el que había ganado el Oscar a Mejor cortometraje de animación en 2001.

La inspiración debió de hacer su sosegada labor, como el silencio y la quietud con los buenos caldos, durante unos años hasta que los preciosos dibujos se decantaron en una historia muda pero perfumada de música y poesía. Y se fusionaron armónicamente los espíritus oriental y occidental de Miyazaki y Dudok de Wit. La naturaleza en su gloriosa belleza e inexorable crueldad, los delicados apuntes de humor y el insinuado aprendizaje de la vida, la luz cambiante de los días y las estaciones, el rumor y el batir salvaje de las olas, la supervivencia del ser humano en sagrada comunión con los elementos básicos de la existencia… la definitiva demostración de que en la suprema sencillez cabe a veces la más imponente hondura de pensamiento.

Cómo se puede decir tanto sin pronunciar una sola palabra. Cómo se puede atrapar tanta hermosura con unos finos trazos de lápiz, unos primorosos colores de acuarela. Cómo se puede entonar un canto tan delicioso a la vida, al respeto hacia los animales como obligada estación de paso para respetarse a sí mismo, describir de manera tan delicada, sin sensiblería ni grosera pedagogía, el ciclo de la vida… Díganme si no son mágicos el momento en que aparece por fin la tortuga frente al hombre, que somos todos los hombres, y el momento en que se quedan los dos suspendidos bajo el agua, como flotando en una nube. Díganme si nunca han sentido con tanta fuerza como el hombre de esta historia la impotencia de no poder devolverle a alguien el aliento. Si no han visto con sus hijos –o solos- La tortuga roja, háganse un favor. Estoy seguro de que se lo agradecerán.

Nota bene: si se deciden a ver este largometraje háganlo sin prisas, con mucha calma. El tiempo debe quedar suspendido durante 80 minutos.

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