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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Archivo de junio, 2017

Don Quijote cabalga por fin

Seguramente no había otro director más quijotesco en el orbe que Terry Gilliam para empeñarse en llevar a su territorio, un espacio de imaginación desbordante, barroquismo visual y antiutopías animadas de ayer y de hoy, un proyecto que se titulara El hombre que mató a Don Quijote. Diecisiete años, nada menos, de preproducción no es un plazo muy común pero, bien mirado, ¿qué otra cosa cabría esperar si se trata de un cuento de fantasía inspirado en la figura del caballero cervantino? De modo que, ¡aleluya!, por fin Gilliam ha conseguido hacer las paces con el “tumor cerebral” que tenía que extirpar como fuera.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook

Si a algún proyecto se le puede denominar maldito, por la enconada oposición con que el diablo lanza todo tipo de impedimentos para que se lleve a cabo, éste desde luego se lleva la palma. En octubre de 2000 el rodaje en las Bardenas Reales de Navarra podía semejarse al de una película “normal”, dejando a un lado el pequeño detalle de las interrupciones por el vuelo de aviones de combate F16, (no lejos del escenario elegido se encuentra un polígono de tiro del Ministerio de Defensa a disposición de la OTAN) y otros imponderables menores. Hasta que al sexto día el dios de las tormentas, como quiera se llame, provocó unas inundaciones que arrasaron los decorados, dieron al traste con el proyecto y provocaron su paralización.

Para que no quedaran dudas de que todo terminaba allí, el ingenioso hidalgo se lesionó gravemente con una doble hernia discal en la persona del actor francés Jean Rochefort, estupendo quijote que nunca más quiso oír hablar de subirse a un caballo por literario que fuera y muy Rocinante que se llamara. Gilliam incluso perdió los derechos sobre el guion por una demanda de los productores.

Para resarcirse de las amarguras de tanto infortunio Gilliam contaba sus penas en un espléndido documental, dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe, de elocuente título: Perdidos en La Mancha (2002). El documental iba a ser un “making of” y se convirtió en un “Así no se hizo”, una pieza de humor involuntario superpuesto a la socarronería del ex Monty Python, una jugarreta más del destino caprichoso, que recomiendo ver a cualquier cineasta frustrado, como bálsamo para sus penas de producción, a los estudiantes que deseen conocer la cara oculta del cine y al público en general interesado en descubrir la inabarcable personalidad de un director genial.

Si Rochefort se negaba, eso no impediría a Don Quijote volver a cabalgar, se propuso Gilliam; retomó el proyecto y pensó en John Hurt, pero no en que le diagnosticaran cáncer y se muriera pocos meses después (en enero de este año). No fue el último intento, claro, sólo uno más en el que había puesto cuarto y mitad de su alma junto a la del fenomenal actor británico.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook tras la muerte de John Hurt

Además de Jean Rochefort y John Hurt, Robert Duvall se había enfundado sin éxito la armadura del caballero de la triste figura. En los molinos se enredaron igualmente Johnny Deep, Ewan McGregor, Vanessa Paradis, Jeff Bridges, Miranda Richardson y otros. No pasa nada; aquí está ya Jonathan Pryce. Le acompañan Adam Driver, Stellan Skarsgärd y Olga Kurilenko, además de actores españoles como Óscar Jaenada, Jordi Mollá, Sergi López y Rossy de Palma.

Antes de la aparición de Gerardo Herrero, el año pasado Paulo Branco llegó a anunciar en el Festival de Cannes lo que en octubre terminó por esfumarse como una bocanada de aire con olor a azufre como la carcajada de Belcebú, la última pedorreta juguetona sin gracia del destino. Pero ahora los dados están echados y ya no hay vuelta atrás: Kinology, Recorded Picture Company, Entre Chien et Loup y Ukbar Filmes en asociación con Alacran Pictures, productores que parecen ser los definitivos, más la participación de TVE, Movistar +, Eurimages y Wallimage, así lo garantizan. Las ventas internacionales están gestionadas por Kinology.  Amazon Studios ha adquirido los derechos de distribución para Estados Unidos, Canadá y Reino Unido; y Telemunchen para Alemania y Austria. La distribución en España correrá a cargo de Warner Bros Pictures International España.

Vamos, que no hay peligro de desgracia inminente que nos impida ver a qué se parece esta sátira del siglo XXI en la que un ejecutivo de publicidad viaja en el tiempo desde el Londres de hoy hasta La Mancha del siglo XVII para encontrarse con Don Quijote, quien le confunde con Sancho Panza y se lo lleva a vivir sus aventuras… si es que en todo este tiempo el guion no se ha visto modificado.

En la reseña de Días de cine acerca de The Zero Theorem  (2013), su penúltima locura, en la que ponía al día ideas muy sentidas que encontrábamos en Brazil (1985), me atreví a decir lo siguiente: “Se puede discutir si Terry Gilliam es un gran cineasta o un malabarista que lanza al aire demasiadas pelotas como para hacerlas volver en orden a sus manos cuando termina el número; se puede disfrutar de su desbordante imaginación o agotar la paciencia abrumados por el barroquismo de sus películas catedralicias; se puede uno dejar encandilar por su fecundo vitalismo o desistir de seguir algunos de sus enrevesados argumentos. Pero nadie puede negarle a Terry Gilliam que es poseedor de un universo reconocible y exclusivo que inunda todas y cada una de sus películas”.

El reportaje concluía haciendo votos porque se hiciera realidad por fin su tan anhelado delirio de El hombre que mató a Don Quijote. Si soy sincero, a la vista de los precedentes, no podía imaginar que en efecto este vitalista cabezota se saldría con la suya y llegaría a decir: “Cualquier persona sensata habría renunciado hace años, pero a veces los cabezotas soñadores ganan al final, así que doy las gracias a todos los idealistas que se han unido para hacer realidad este sueño”.

De Niro y el cochinillo de Figo

Anoche el Real Madrid consiguió su duodécima Copa de Europa en un partido inolvidable. Sin embargo, el fútbol está plagado de anécdotas históricas que también lo son por motivos infinitamente menos gozosos, como un encuentro en el que se enfrentaron los máximos rivales de la Liga española. Fue el 23 de noviembre de 2002 cuando se produjo una situación bochornosa en el Camp Nou: las iras de los aficionados culés se concentraron cual tormenta del siglo contra el hombre al que hasta unos meses antes habían idolatrado durante años, Luis Figo, porque saltaba al césped con la camiseta del archienemigo, el Real Madrid. Aquello no tenía nada de anormal; lo impresentable fue la lluvia de objetos que cayeron al campo buscando la cabeza del genial jugador portugués, botellas, bolas de golf, incluso teléfonos móviles, y entre ellos ¡una cabeza de cochinillo! Sí, aquel partido fue también inolvidable.

Luis Figo rodeado de “obsequios” en el Camp Nou

Para mí, tanto más cuanto que ¡lo vi en Nueva York! Pero yo no había ido a la ciudad norteamericana ni para ver fútbol, ni de turismo, y lo traigo aquí porque en mi memoria aquel episodio grotesco se asocia con Robert de Niro. Fue en un bar repleto de monitores y futboleros de diversas latitudes del planeta y yo había llegado allí apresuradamente, una vez que acabé la ronda de entrevistas, fugaces como un suspiro, de cuatro o cinco minutos cada una,  que hice para cubrir la promoción de la película Analyze That, dirigida por Harold Ramis, que dos meses después se estrenó en España con el título de Otra terapia peligrosa ¡Recaída total!

Este es el absurdo formato que en la jerga profesional se denomina “junket”, y que consiste en una batería de “sets” de equipos de televisión, en habitaciones generalmente de hoteles de postín, por los que van pasando los periodistas para ver las caras, saludar y esbozar tres o cuatro preguntas a los “talents”, estrellas de mayor o menor fulgor, directores, actores u otros participantes de relativo interés impuestos por las distribuidoras. En esta ocasión, tuve la oportunidad de sentarme ante el director, Harold Ramis, y los actores Robert de Niro, Billy Crystal, Lisa Kudrow y Cathy Moriarty.

Robert de Niro en el “junket” de Nueva York de “Otra terapia peligrosa”

 

Ramis es autor de una comedia más que notable, Atrapado en el tiempo (1993) otra de menor voltaje pero aceptable, Al diablo con el diablo (2000) y algunas más de rango inferior, como la que nos ocupa y su referente, de la que es secuela, Una terapia peligrosa (1999). En estas dos últimas aparece Robert de Niro, que ya llevaba tiempo empeñado en hacernos olvidar los personajes que le habían consagrado como tótem de la interpretación, riéndose de su gloriosa sombra y de la cuadrilla de pistoleros que se agolpan en su curriculum, fruto de la feliz confluencia de su talento con el de extraordinarias historias en manos de grandes directores, uno en particular: Martin Scorsese.

A los regalos, ocho en total, en forma de guiones fuera de serie, que uno tras otro le fue concediendo Scorsese, De Niro le correspondió con réplicas magistrales y entre ambos crearon leyendas: el feliz encuentro del primer gángster en Malas calles (1970), la famosa pregunta de Travis ¿hablas conmigo? en Taxi Driver (1976), el Oscar para el boxeador castigado de Toro salvaje (1980), el gángster de vocación en Uno de los nuestros (1990), el demonio vengador de El cabo del miedo (1991), el emperador del juego turbio en Las Vegas de Casino (1995)…

A todos ellos hay que sumar bagatelas de otros autores como Francis Ford Coppola, Bernardo Bertolucci, Michael Cimino, Sergio Leone o Brian de Palma: El Padrino II (1974),  Novecento (1976), El cazador (1978), Érase una vez en América (1984), Los intocables (1987)… De Niro fue en esa fructífera época uno de los dioses del Olimpo que jugaba a las cartas con pocos iguales, Al Pacino y algún otro, después de la desaparición de Marlon Brando.

Pero no sé si por razones económicas, que los gastos de la gente importante son tan importantes como ella, por falta de mejores ofertas o por hartazgo de sí mismo, lo cierto es que terminó por encauzar su carrera por otros derroteros que en muchos casos no condujeron a buenos puertos. Las comedietas en las que se autoparodiaba en terapias ridículas de gángster deprimido, o como padre de hijas casamenteras por ejemplo.

Robert de Niro no tenía buena prensa como entrevistado, no daba mucho juego ni en comparecencias colectivas ni en encuentros individuales. En las primeras se agazapaba silencioso detrás de sus colegas, en las otras, al parecer tenía pocas cosas que decir; o no se le ocurrían o le importaba más bien poco las obligadas sesiones de promoción de las películas. Eso tenía entendido yo y eso comprobé en mi entrevista por Otra terapia peligrosa, aquel sábado de finales de noviembre de 2002. A preguntas sencillas (¿sabe usted cuál es la clave del sentido del humor?, creo que fue la primera) le sucedían carrasperas, dudas, vacilaciones en la respuesta. ¡Uff, no me va a dar buen material! Vamos, que fuera del guion se hacía la noche oscura. Como con tantos y tantos otros actores, por lo demás.

Y ahora descubro que este hombre tiene muchas más luces de lo que yo creía. “Estados Unidos se ha convertido en una trágica y tonta comedia”, les ha dicho a los estudiantes de la Universidad de Brown en el Estado de Nueva York. Disfrazado con esas extrañas indumentarias que mandan las tradiciones como peaje para recibir títulos honoríficos, De Niro emplazaba a su auditorio a “trabajar para detener la locura” que representa el Jefe del Estado con nombre de pato tramposo.

Robert de Niro. EFE

La suya es otra de las voces que claman en Hollywood, junto a Meryl Streep, George Clooney, Diane Lane, Willem Dafoe, Tom Hanks o cantantes como Bruce Springsteen, por contrarrestar el discurso político manchado de peligrosas sandeces e inquietantes amenazas que emana de la Casa Blanca. ¡Quién me lo iba a decir a mí! En su enfrentamiento con el actual presidente de Estados Unidos Robert de Niro ha dado muestra de insospechadas habilidades para el análisis y la expresión concisa de conclusiones. Lo que tanto eché en falta aquella vez, el día en que lanzaron una cabeza de cochinillo contra Luis Figo en el Camp Nou. También es cierto que en este video difundido en Twitter, De Niro se despachó a gusto contra el entonces candidato Trump sin derrochar matices ni sutileza, pero nadie podrá reprocharle que no advirtió a los votantes de lo que se les venía encima:

 

¡Viva Polanski!

Una de las escasas razones por las que me hubiera gustado estar en el reciente Festival de Cannes es haber podido ver ya la última película de RomanPolanski. Por el resto de lo que caracteriza a esa grandiosa explosión de vanidades (la conozco porque una vez estuve allí para cubrirla informativamente) debo reconocer que me trae sin cuidado, o para decir verdad, me tira para atrás. Se me hace muy cuesta arriba la idea de soportar todos los inconvenientes de la hipertrofia a la que ha llegado aquella macroferia, las colas kilométricas, las esperas interminables, los cacheos y demás medidas de seguridad, cuya necesidad, sin embargo, no cuestiono.

Todo el equipo de Polanski en Cannes. EFE

Roman Polanski es uno de mis directores predilectos. No es extraño, si me paro a pensarlo me cuesta encontrar alguna película suya -de las que he visto, son un buen puñado- que no me pareciera extraordinaria. Me he parado, sí: sólo dejaría de lado a La novena puerta, realizada en 1999 según la novela homónima de Arturo Pérez Reverte. Pese a estar adaptada por el propio Polanski, Enrique Urbizu y John Brownjohn, el resultado lo recuerdo con disgusto porque me pareció truculenta y facilona. Tal vez tendría que revisarla…

A cambio de esa decepción, repaso en marcha atrás los demás títulos y no puedo pedir más satisfacción con cada uno de ellos: La venus de las pieles (2013), Un dios salvaje (2011), El escritor (2010), El pianista (2002), La muerte y la doncella (1994) Lunas de hiel (1992), Frenético (1988) Chinatown (1974), ¿Qué? (1972), La semilla del diablo (1968), El baile de los vampiros (1967), Repulsión (1965). Reconozco que es una larga lista, cosa siempre tediosa, y no quería citar tantas, pero como dice el chiste me he ido animando, me he ido animando y no lo he podido evitar.

Emmanuelle Seigner y Eva Green en “D’après une histoire vraie”

En Cannes Polanski ha presentado D’après un histoire vraie (que podemos traducir provisionalmente como Basada en una historia real), con guión escrito a dúo entre el director y Olivier Assayas, y protagonizada por su esposa, Emmanuelle Seigner, y ese bellezón apabullante que es Eva Green. Ya sé que me expongo a que me obsequien con tonterías tan habituales en estos tiempos cuando uno celebra la divinidad física de las mujeres, pero no creo que haya ni un solo varón en el mundo -y muchísimas mujeres- que no se quedaran boquiabiertos cuando Bernardo Bertolucci la descubrió en Soñadores (2003). Y seguro que no fue por su espléndido trabajo al lado de Michael Pitt y Louis Garrel, aunque razones de sobra habría también para considerar esta posibilidad. Eva Green desafiaba entonces a la Venus de Milo en hermosura y carnalidad en un plano en el que la luz cortaba sus brazos y realzaba su imponente figura, gloriosamente semidesnuda.

Eva Green en “Soñadores”

Polanski reúne en un thriller psicológico, adaptación de una novela de Delphine de Vigan, a la que hasta ahora, en cuatro ocasiones ha ejercido de musa titular, Emmanuelle Seigner (apareció joven y atractiva en Frenético; en Lunas de hiel, quitaba el hipo; en La Venus de las pieles intimidaba dominadora) y Eva Green. Seigner es una escritora deprimida y falta de inspiración y Eva, admiradora primero y acosadora después, para convertir su vida en pesadilla. Las expectativas respecto al encuentro, convendrán conmigo, son muy altas a poco que se interesen por el universo creativo de este caballero.

Emmanuelle Seigner y Eva Green en el Festival de Cannes. EFE

Mientras espero, recuerdo cosas que no se le desean a ningún artista de la tortuosa biografía de Polanski. Que en febrero tuviera que renunciar a presidir la entrega de los Premios Cesar franceses debido a las absurdas presiones de organizaciones feministas o que un juez norteamericano rechazara su petición de poder volver a pisar suelo de aquel país con la garantía de no ingresar en la cárcel, no son más que los últimos capítulos de una espantosa historia interminable que comenzó en marzo de 1977, cuando fue acusado de violar a una menor.

Ese episodio, que le ha perseguido toda la vida desde entonces, ha sido profusamente explicado por activa, pasiva y perifrástica, en infinidad de entrevistas, en documentales, como el producido por HBO, Wanted and Desired, dirigido por Marina Zenovich, y en sus memorias, Roman por Polanski, publicadas en 1985 por primera vez en España por la editorial Grijalbo.

A mí me sobrecogió la lectura de ese libro, escrito de puño y letra por el director de El baile de los vampiros, dedicado a sus amigos pasados, presentes y futuros. “Desde que yo recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha estado siempre irremediablemente borrosa”, eran sus primeras líneas. “He tardado casi toda un vida en comprender que ésta es la clave de mi existencia”. Comencé sus páginas y de inmediato me dejé atrapar por el torbellino enfebrecido de acontecimientos que le han llevado en volandas desde sus primeros recuerdos infantiles desperdigados por la calle Komorowski de Cracovia en la década de los 30, hasta el teatro Marigny de Paris en 1981, donde, vestido de Mozart con levita y peluca interpretaba y dirigía la obra Amadeus, de Peter Schaffer, y donde decidió ponerse a la tarea de escribirlas.

Esas memorias de uno de los más importantes directores aún vivos y muy activo, a sus 84 años, acaban de ser reeditadas en un estupendo volumen por la editorial Malpaso en las que el autor añade un epílogo empapado de la melancolía que sólo acontecimientos contradictorios, como el resto de los episodios de su vida, pueden provocar.

Cuando el libro aún no se había publicado el director de reparto de Polanski, Dominique Besnehard, le presentó a Emmanuelle Seigner, a quien le debe dos hijos y la luz que le abrió paso en el túnel de las tragedias no olvidadas, la muerte de su madre en un campo de concentración, el asesinato de Sharon Tate, la eterna persecución por el caso de violación. Poco después ganó la Palma de Oro en Cannes y un Oscar con El Pianista (una película en buena medida autobiográfica) y la vida parecía volver a sonreírle… hasta nuevo aviso. Una vez más la alargada sombra de una justicia vengativa, la californiana, extendía sus tentáculos y provocaba su detención en Suiza. Meses de cárcel, confinamiento domiciliario, ridículas peripecias provocadas por una prensa sensacionalista ávida de carnaza (un reportero llegó a disfrazarse de Papá Noel para culminar su grotesco asedio) hasta que pudo nuevamente depositar en el suelo la piedra que como Sísifo arrastra arriba y abajo desde hace cuatro décadas. Lo siguiente, ya lo dije más arriba, son escaramuzas en una guerra en la que se conjuran gentes que no conocen bien el caso y gentes que no aceptan la prescripción de los errores por graves que éstos hayan sido. Sobre el delito, hace años se pronunció la víctima, Samantha Geimer, y declaró haber perdonado al cineasta, pero el tiempo no pasa para aquellos a los que ciega el odio, por muy camuflado que se presente bajo pretextos legalistas.

Me he propuesto releer las memorias de un hombre que sufrió, gozó, y creó una obra cinematográfica imperecedera, de cuyo proceso de elaboración, atravesado por tantos acontecimientos trágicos, dramáticos, cómicos y placenteros, habla detenidamente con voz firme y apasionada, pero también quebrada en algunos episodios. Es un libro para cinéfilos y en general para quienes creen que las vidas de los demás, por muy dispares que sean, son también la vida de cada uno de nosotros, estamos hechos de la misma materia y sirve para reconocernos y aprender a ser más tolerantes. Las memorias de Polanski tienen el peculiar sabor de las autobiografías conmovedoras, las de un artista genial que aún no ha dicho su última palabra en una pantalla. La penúltima estoy deseando oírla.