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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Amor y guerra de Lobo Antunes

Miguel Nunes en Cartas de la guerra

El sublime comienzo de Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979) sobrecoge y fascina porque envuelve al espectador en la misma nube en que se encuentra el capitán Willard, iluminado trabajo del perfecto desconocido que era en ese momento Martin Sheen, nube etílica agitada con el batir de las palas del ventilador multiplicadas en las de los helicópteros y el humo de las bombas tiñendo las notas de This is the end, de The Doors, con el hedor acre del napalm; nube de polvo abrasador, premonición del infierno que le espera al oficial del ejército norteamericano encargado de rastrear y eliminar al coronel Kurtz, ese divino monstruo que ha poseído a Marlon Brando.

El guion de John Milius y el propio Coppola adaptaba el relato breve de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, desplazando la acción desde el brutal escenario de la colonización africana en 1890 hasta el despiadado combate de David contra Goliat en la guerra de Vietnam. Era uno de esos felices encuentros de una obra literaria con su propio espíritu reformulado en formidables imágenes cinematográficas, el encuentro de dos auténticas obras maestras.

Cartas de la guerra, del portugués Ivo F.Ferreira es igualmente fascinante y le debe mucho también a su origen literario; toma prestada la prosa poética con que António Lobo Antunes enviaba sus pensamientos a su mujer a través del Servicio Postal Militar, misivas recopiladas en el libro Cartas de la guerra. Correspondencia desde Angola. Entre 1971 y 1973 el escritor aun no tenía en su horizonte entregarse a ese oficio y se veía trasplantado al corazón de la colonia para combatir en una guerra que todos sabían perdida de antemano.

Una guerra no es el mejor destino posible  para cumplir el servicio militar, ni siquiera como médico, cuando se deja a una joven esposa y madre reciente en Lisboa, pero sí puede ser el ambiente propicio para cultivar un estilo que rezuma pasión y desconcierto, melancolía y rabia, nostalgia y amargura, en unas cartas que no eran normales, sino aerogramas: una hoja de papel amarillo muy fino doblada para formar un sobre con sello prepagado ofrecido a los soldados por TAP, la aerolínea portuguesa; toda una metáfora de la fragilidad de los pensamientos que vuelan de un lugar a otro para conectar entre sí a las almas separadas.

En el filme de Ferreira, estrenado anteayer, hay pocos diálogos pero la palabra tiene una preponderancia casi superior a la imagen. Una melodiosa voz femenina, la de la receptora de las cartas, lee en off las palabras que le llegan desde aquellas lejanas tierras africanas. Podrían haber sido dictadas por cualquiera de los 800.000 hombres jóvenes que vieron sus vidas trastocadas, muchos de ellos, truncadas, dirigidas a su familias, a sus mujeres, novias o amistades durante los trece años que duró la guerra, y describen, lamentan, añoran, desean, maldicen y sobre todo esperan volver, con una paciencia resignada que nace de lo más profundo del ser y su capacidad de adaptación a la realidad.

El recurso de utilizar la voz de quien lee y no de quien escribe, de un elevado lirismo, ideado por Ivo F.Ferreira, encaja primorosamente con la bellísima fotografía de João Ribeiro, que capta insospechados matices de una tierra que percibimos invadida, manchada por la presencia extraña de unos soldados ajenos a ella reflejados en la mirada ausente del joven doctor. La guerra y sus sinsentidos, su violencia y su rastro de dolor y de muerte aparecen simultáneamente en el fondo del teatro y en el primer término de la voz. La guerra y la absurda pérdida de valores humanos que conlleva se sienten en cada sílaba, en cada vocablo y en cada línea, fieles transcripciones de las palabras de Lobo Antunes con mínimas correcciones.

La belleza poética de esas líneas de intimidad, casi rozando lo impúdico: “Mi querido amor, mi gacela, mi nomeolvides, mi amante, mi Vía Láctea, mi hija, mi madre, mi esposa…”, no escritas para ser reveladas sino para los ojos de su única destinataria, se potencia con la impecable reconstrucción histórica, el sofocante ambiente de tensión y vigilia, no sobresaltado más que con contadas escenas de acción, y con el magnífico trabajo del actor Miguel Nunes, el médico-soldado autor de las cartas, cuya dificultad radica en la discreción del gesto y los abundantes planos de miradas sin diálogo.

Miguel Nunes en Cartas de la guerra

Cartas de la guerra es un filme de amor y añoranza de la amada en un contexto bélico. El tono, obligadamente más descriptivo al principio, deriva rápidamente hacia una suerte de ensoñación fantasmagórica, que se acentúa a medida que el soldado ve mermadas sus fuerzas psicológicas, pasando por momentos de lucidez política. En esa evolución se aproxima al estilo del Terrence Malick de La delgada línea roja (1998), cuya influencia se percibe con claridad en el célebre plano del indígena que pasa junto a los soldados mostràndose indiferente, completamente ajeno a ellos: quintaesencia del poder evocador de la imagen que late también con fuerza en Cartas de la guerra.

Reportaje en Días de cine: http://www.rtve.es/alacarta/videos/dias-de-cine/cartas-guerr/4067546/

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