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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Archivo de abril, 2017

Juan Diego, la eternidad y un día

Hasta el 14 de mayo permanece sobre el escenario del Teatro Reina Victoria de Madrid Una gata sobre un tejado de zinc caliente, de Tennesse Williams, según montaje de Amelia Ochandiano. No es cine, que es el negociado de este blog, pero la presencia de Juan Diego en la obra me da licencia para escribir de ella porque es a este monstruo de la escena a quien quiero referirme.

Juan está rodeado por un conjunto de intérpretes excepcionales, como Begoña Maestre, Eloy Azorín, Jose Luis Patiño, Marta Molina y Ana Marzoa. Y yo -aunque de teatro confieso mis limitadísimos conocimientos- debo decir que todos están realmente a la altura que se espera de ellos. Y ellos me disculparán que particularice mi atención en el patriarca, ese señor de la casa cuyo omnímodo poder se acerca a su fin, ciego a las señales que le manda el destino, sordo al ruido de la codicia que atruena en sus dominios, en su casa, en su familia, en su hijo.

Fotografía: Curro Medina

Cuando Juan Diego aparece el escenario se hace pequeño, cuando habla no es solo Big Daddy quien habla con su ignorado cáncer terminal a cuestas, es el espíritu concentrado de una larguísima trayectoria embebida en decenas de personajes el que le da alas, le hace crecer y elevarse un palmo sobre las tablas. Si hasta me parece que le veo en primer plano, como si yo mirara la acción a través del visor de una cámara imaginaria. No me pregunten cómo se opera el milagro de que estos Maggie y Brick, Begoña Maestre y Eloy Azorín, me hagan olvidar a Elizabeth Taylor y Paul Newman. Tengo la sospecha de que la culpa la tiene Big Daddy-Juan Diego, a quien no alcanza a hacer sombra en mi memoria la cara bonachona de Carl Ives, en la película de Richard Brooks (1958).

Y no quiero desmerecer el trabajo más que relevante de sus “partenaires”.  Juan atrae y absorbe la luz no para quedársela y hacerla desaparecer como los campos gravitatorios de los agujeros negros (perdón si no es correcta esta metáfora cósmica) sino para irradiarla hacia todo el que comparte el espacio dramático con él, iluminarle y abrazarle con un halo de fuerza irresistible.

Quiere la casualidad que al mismo tiempo que Juan suma su moribundo sujeto del delta del Mississipi a su inabarcable galería de figuras en obras teatrales, piezas de televisión y películas, tenga pendiente de estreno dos cintas para este año, además de una que ya lo está. De las tres en dos de ellas, como en Una gata… también tiene que lidiar con la parca.

En Oro, de Agustín García Yanes, una gran producción que promete contar la verdad sobre “la cruda conquista de América” basada en un relato inédito de Arturo Pérez Reverte, su personaje es “Requena”, un soldado que ha perdido a su compañía en una campaña militar anterior a la que se relata en la película en busca de El Dorado en el Amazonas, es rescatado por una india y con ella se integra como uno más en la vida del poblado indígena. Cuando otros soldados le encuentran “Requena” les habla del lugar que van buscando, donde se supone que encontrarán el tan ansiado oro que da título al filme. Díaz Yanes es un director que bien merece un voto de confianza y la película tiene muchas bazas para ser uno de los platos fuertes de la temporada.

José Coronado y Raúl Arévalo en Oro, de Agustín García Yanes

En Incierta gloria, de Agustí Villaronga, basada en la novela de Joan Sales, encarna al patético “Cagorcio”, el despojo de padre que en plena guerra civil española muere a manos de “La Carlana”, su hija, magníficamente encarnada por Núria Prims (recuerden este nombre, estará entre los finalistas a los futuros Goya). No es una muerte cualquiera, es un cruel ahogamiento y hay que saber morir con ese porte de garrulo miserable; y hay que saber dar vida a ese desdichado con el desgarro con que lo da Juan Diego.

Por último, en No sé decir adiós, de Lino Escalera, de la que ya hablé aquí en otra ocasión reciente (y tiene previsto su estreno el próximo 19 de mayo) Juan Diego es José Luis, un padre que debe afrontar la última verdad que sus dos hijas no son capaces de decirle. Natalie Poza y Lola Dueñas, especialmente la primera (también estará entre las elegidas en lo más alto al final de la temporada) establecen un duelo de dolorosos sobreentendidos, de resabios de tiempos y afectos perdidos con su padre, de frustración e impotencia porque la vida de su progenitor se le escurre entre los dedos de las manos. Y es maravilloso ver a un actor que apenas tiene diálogos en la pantalla decir tanta tristeza, rabia y resignación a la vez con los ojos, con el cuerpo, con el alma entera volcada en ese ser condenado por la enfermedad.

De nuevo el Festival de Málaga tuvo que rendirse a la maestría de Juan Diego, expresada no con oficio (no solo con oficio) sino con ese misterio intangible que da la naturaleza al cabo de los años a algunos elegidos, un precipitado químico indescifrable que transforma cada vez a un ser corriente, como usted y como yo, humilde y nada pagado de sí mismo, en cualquier variante de la naturaleza humana, lo que sea menester, lo que requiera el personaje. Dicen que el Festival le concedió a Juan la Biznaga de Oro al Mejor actor de reparto. ¿De reparto? Da igual, no hay manera de envolver con un galardón la magia de la creación artística. Cuando Juan Diego está arrebatado no hace personajes, los crea.

Juan Diego: Los premios son unas casualidades… una cosa que te dan pero que no te corresponde… es una suerte, siempre es una injusticia… Te lo mereces “aproximadamente”. Entrevista en Cartelera, de TVE, en 2006

¿Quién dice que el cine es cultura?

El gobierno español ha decidido bajar el IVA cultural en el proyecto de ley de presupuestos para 2017. Será una rebaja del 21 al 10%. Buena noticia, corrección del despropósito que perpetró en octubre de 2012. Pero, ay, los titiriteros del cine se quedan como están, para ellos esto no rige. Haber elegido muerte cuando se lanzaron como locos a hacerle la oposición al partido de la corrupción, a pronunciarse contra la guerra de Irak, a dar el cante en las galas de los Goya, como en la de 2003. Don Vito no perdona y tiene muy buena memoria cuando quiere.

Gala de los Goya, 2003. Willy toledo y Alberto San Juan

La tauromaquia, ése noble arte de torturar animales a golpe de paso de ballet, el santo y seña de la España cañí, eso hay que protegerlo y estimularlo y por tanto se beneficia de la mayor reducción; antes de la subida tenía un 18% de IVA y ahora tendrá el mismo tipo que, pongamos por caso la ópera o los conciertos en directo. Para el PP y sus acólitos de Ciudadanos con los que lo ha pactado, la música en las corridas de toros eleva el espíritu de los espectadores al mismo nivel que Norma o Turandot, dejando a un lado los chorros de sangre del animal, claro.

Los cines pequeños resisten para no cerrar

Que una entrada de cine sea un artículo de lujo con su 21% de gravamen mientras que un libro soporte un IVA superreducido del 4% demuestra cuál es la mentalidad de nuestros gobernantes respecto a lo que es cultura y lo que no. ¿Buñuel? Un ateo irredento que en el infierno arda. ¿Almodóvar? Mejor que se calle después de la bromita de su aparición en los papeles de Panamá (buen ejemplo goebelsiano de manipulación para mezclarle con la chusma evasora de impuestos). ¿Julio Medem? Ya le dimos lo suyo cuando sacó los pies del tiesto con el documental La pelota vasca, la piel contra la piedra (2003). Recordemos que incluso le montaron una manifestación en la gala de los Goya de 2004 porque estaba nominado. Y así, suma y sigue tú que yo me canso.

¿Acaso vamos a “subvencionar” a rojos bolivarianos como Willy Toledo? Sólo faltaría… La subvención, esa piedra arrojadiza que siempre tienen a mano los que lo odian cuando hablan de nuestro cine, olvidando o en el mejor de los casos desconociendo que es una industria raquítica pero muy rentable para el estado, pues aporta vía impuestos mucho más que lo que recibe en concepto de ayudas.

En septiembre de 2013 Enrique González Macho, presidente a la sazón de la Academia de Cine, afirmaba rotundamente que por cada euro que aportaba el Estado al cine recibía de él 3,5 euros.  Debió de hacer más enemigos de los deseables este hombre. Toda una trayectoria como empresario que apostó por el cine español durante más de tres décadas en los terrenos de la distribución, exhibición y producción, quedó empañada cuando se publicó a principios de marzo de este año que la fiscalía del estado pedía para él dos años de cárcel y una multa de un millón de euros porque le acusaba de haber manipulado el número de espectadores para obtener la correspondiente subvención.

Enrique González Macho en la Seminci. EFE/NACHO

Una de las más significativas anécdotas que figuraría en la inagotable Biblia del cine que González Macho podría escribir, si encuentra fuerzas y ganas algún día, dice que en 1990, cuando contaba con el apoyo ministerial se decidió a alquilar el cine Judogestveni de Moscú, a 800 metros del Kremlin, en el que en 1926 se había estrenado nada menos que El acorazado Potemkin, para que los soviéticos de entonces pudieran paladear productos hispanos como Padre nuestro, Átame, La vaquilla, Remando el viento o El bosque animado, así, a modo de muestra, jamón ibérico y de bellota.

Premio Nacional de Cinematografía en 1998, Caballero de las Artes y las Letras de Francia, ¿por qué me parece a mí que ahora Enrique González Macho está siendo utilizado de cabeza de turco? ¿por qué se le somete sólo a él a escarnio público cuando la situación que sirve de base a las acusaciones, una legislación equivocada que permitía el uso –seguramente también equivocado, pero tal vez forzado- y el abuso generalizados. Para mí que lo de la Fiscalía huele a vendetta, no sé por parte de quién. Esperemos que algún día se aclare todo.

Pero retomo el hilo; la comparación de la situación en España en lo tocante a las ayudas al cine con países de nuestro entorno es para echarse a llorar. Mientras que aquí se reducían durante la crisis hasta un 63% en la Unión Europea aumentaban un 13%. En Francia, donde todo el espectro político considera esto una cuestión de Estado, se aportan más de 1000 millones de euros a su cinematografía y marcan un impuesto cultural del 5,5%. Lo mismo que aquí: se queda en unos boyantes 70 millones más o menos, pese al aumento presupuestario de 10 millones de euros respecto al año pasado (pero 30 millones corresponden a la amortización de largometrajes de 2015) con el reseñado 21% de IVA. Cuando llegó Rajoy al Gobierno el presupuesto público incluía 71 millones para el cine. Ahí seguimos.

El lobo de Wall Street, o las ayudas al cine en EE.UU.

“En Estados Unidos no hay subvenciones y su cine tiene colonizado todo el planeta”. Una de las grandes mentiras que se esgrimen frecuentemente con la pretensión de desacreditar a nuestros cineastas. Los planes de deducciones fiscales que aplican los estados a su industria dejan al nuestro en el miserable lugar que le corresponde. Sólo un ejemplo: El lobo de Wall Street, dirigida en 2013 por Martin Scorsese, que no se caracterizaba precisamente por ser muy condescendiente con las altas esferas,  recibió del Estado 30 millones de dólares por haberse rodado en Nueva York. Tenía un presupuesto de 100 millones.

¿Pero qué estoy haciendo, acaso es necesario demostrar que el cine es parte de nuestra cultura y merece ser tratado como tal?

David Lynch nunca va al cine

Debo advertir de que el documental David Lynch: The Art Life, estrenado este viernes, puede resultar decepcionante para quienes no se incluyan entre los incondicionales de este singularísimo cineasta, un tipo que confiesa no ir nunca al cine o ser incapaz de escoger su escena favorita (¿aunque se lo pidieran con un dónut y un café humeante como contrapartida? pregunto yo). ¿Por qué? Porque sus autores, Rick Barnes, Jon Nguyen y Olivia Neergaard-Holm pretenden mostrar la cara oculta del monstruo, las raíces del mal que asoma en sus películas en forma de inquietantes atmósferas, perturbadores seres, oníricas secuencias, surrealismo a borbotones… las raíces pero no el tronco ni las las ramas, o sea que no muestran en ningún momento fragmentos de ellas, bien por carecer de los derechos o por coherencia narrativa.

Autorretrato de David Lynch en las etapas germinales de su personalidad como artista, desde su propia infancia. Lynch habla ante un micrófono frente al que se ha sentado con ese aire inconfundible de genio abstraído que se sabe admirado, ese individuo del que nos interesa cada palabra que se resbale de su boca, cada inflexión de su voz. La propia imagen del director cede el espacio a documentos de un indudable interés, fotografías, rollos de súper 8, rastros del pasado fundamental, huellas en forma de recuerdos que podemos asociar con toda claridad a escenas imperecederas clavadas en nuestra memoria, desgajadas de algunas películas clave de su filmografía.

Lynch habla de la primera vez que, siendo niño, vio a una mujer completamente desnuda, con la boca ensangrentada, caminando llorosa por mitad de una gran avenida en Shoshani (Wyoming). Y la efigie de Isabella Rossellini en Blue Velvet (1986) acude a nosotros presurosa con toda su fuerza perturbadora como respondiendo a una llamada imperecedera.

Isabella Rossellini en Blue Velvet, 1986

Una infancia idílica, junto a  unos padres que jamás discutían en su presencia y una madre cariñosa, si bien tampoco particularmente efusiva, a quien pronto decepcionará el adolescente por entablar amistades poco recomendables –ese tipo de amigos que no se deben tener, dice él-  el triángulo de jardín de hierba, las dos manzanas de extensión de su mundo en el que “todo estaba allí”… Imposible no imaginar en su relato la aparición de una oreja humana que interrumpe con su abrumadora simpleza la cotidianeidad en el espacio de juegos infantiles. No, esa anécdota en particular no existe – o no la cuenta- pero sí otras, como cuando fue por primera vez a la escuela, en Virginia, bajo el aguacero implacable de un gigantesco huracán, o cuando un soberbio “colocón” le hizo detener su coche en mitad de una avenida. Impagable también cuando el universitario recibe a su padre y le muestra en el sótano la colección de animales que guarda en distinto grado de descomposición ante lo cual el progenitor espantado le recomienda no tener nunca hijos.

Retrato de familia, David Lynch primero por la derecha

El director de El hombre elefante (1980) va escarbando en su memoria y rescatando nombres y acontecimientos, amigos, lugares, destacando hechos como una auténtica “llamada telefónica que te cambia la vida”, con la que le comunicaron que le había sido concedida la beca para estudiar en el American Film Institute, o cuando se casó con Peggy Reavey con quien tuvo su primera hija, Jennifer.

Mientras Lynch habla, sus manos no paran afanadas en el despliegue aparentemente espontáneo de su actividad pictórica y escultórica. En presencia de su hija más pequeña, que a veces observa su trabajo con cierta perplejidad, el cineasta se entrega a un ejercicio que se empareja con la primera de las anécdotas rememoradas, cuando sus padres le introdujeron junto a un amiguito en un agujero excavado en la tierra a modo de bañera natural, un charco de barro en el que ambos críos se entregaban al indescriptible placer de estrujar la tierra con las manos y embadurnarse de libertad, algo así como la felicidad absoluta. Casi se diría el retrato de un pintor más que el de un cineasta. En realidad, es difícil saber en qué esfera artística encontramos más a fondo al verdadero David Lynch porque en todo lo que hace afloran fantasmas similares.

El artista y su hija pequeña

El largometraje provoca al concluir una sensación de coitus interruptus porque el relato se detiene en el momento justo en que el director se dispone a realizar su primer largometraje, Cabeza borradora (1977) experiencia que eleva a la categoría de mística. Los productores Jon Nguyen y Jason S. ya participaron  en la elaboración del documental Lynch, en el curso del rodaje de Inland Empire (2007) y tal vez pretendan que David Lynch: The Art Life sea complementario con aquél.