La inteligencia del ser humanoes la capacidad que tiene para adaptarse a la realidad.Xavier Zubiri, filósofo. (San Sebastián, 1889 - Madrid, 1983)

Archivo de febrero, 2008

La bailarina

Hace unos días conocí a una chica española que se gana la vida en Tánger bailando la danza del vientre; mejor dicho: intenta ganársela. Sí, porque según cuenta, en cada sala de fiestas, discoteca, pub o local en el que actúa, no han pasado dos días desde su contratación y ya está teniendo problemas. ¿Por qué? Porque el dueño pretende que no sólo sea una artista… También le sugiere que sea “una mujer” (mujer “para todo”, se entiende después de escuchar el rosario de quejas que esgrime y las muchas anécdotas que la persiguen). Y claro, ella, concienciada y consciente de que antes que nada es una persona, una artista a la que le he costado mucho aprender a bailar y llegar hasta aquí, no está dispuesta a que la ninguneen —ni a que la manoseen— o que intenten que baile cuándo y cómo al empresario de turno le apetece. Es decir, cuando a él y a sus clientes-amigos les conviene hacer juergas.

De modo que la bailarina (que es bella y esbelta, elegante, inteligente, y libre por encima de todo), un día sí y otro también, se despide del trabajo. Y vuelta a empezar.

Pero, ¿es que no hay, en esta ciudad, ni un sólo empresario, en el negocio del ocio, que entienda que bailar es una profesión? ¿Tan difícil les es comprender que éste es un oficio como otro cualquiera? ¿Por qué los hombres siempre piensan, generalmente, que una extranjera por estos lares, y bailando la danza del vientre, sólo está haciendo una pausa, antes de acabar compartiendo la intimidad?

Estas son algunas de las preguntas que el otro día se hacía esta generosa española que creía ¡ay, creía… Ingenua!, que su arte, aquí, les podía interesar… ¡Y les interesa!, sin duda. Pero también la posibilidad de convertirla en objeto y truncar su carrera y su libertad. Aunque esto último, seguro, a los hombres (marroquíes o europeos) les da igual; no creo que les importe mucho la persona que baila, la verdad.

Marruecos: algo se mueve

A la huelga de los pescadores de bajura —casi tres semanas llevan ya, aunque parece que hay un principio de acuerdo—, hay que añadir la de los trabajadores de la función pública ahora, y las movilizaciones periódicas de otros funcionarios, como los profesores, que están prácticamente en reivindicación permanente desde hace tiempo. La industria, por el momento, se queda fuera de este marco reivindicativo; aunque no se sabe hasta cuando.

¿Están hartándose ya los marroquíes de la corrupción política y económica y del inmovilismo democrático en el que vive el país? Acaso piensen… —con buen criterio, creo yo—, que no es nada justo que de esos cientos de miles, de millones, que el capital extranjero está invirtiendo aquí no revierta algo a ellos. “Aunque sea una parte pequeña en forma de salario”, piensan y dicen algunos.

Quizá estén poniéndose al día en conciencia política y de una vez los marroquíes. Mas, sea como fuere, en Marruecos algo se mueve, aunque no se sapa cómo ni en qué dirección. Pero la gente no para de quejarse de la carestía de la vida y de lo menguado de sus salarios mientras observa cómo unos pocos son cada día más ricos. No hay más que fijarse en el parque automovilístico; la última estadística de matriculación, la de 2006, señala que el sector que más incremento experimentó fue el de los coches de lujo, cerca de un 30%.

En fin, no hay que extrañarse, pues. Ahora lo que llama la atención es que algunos colectivos están empezando a moverse. Los 400.000 pescadores que han estado estas tres semanas en huelga —en menos de un año la tonelada de gasoil ha pasado de costarles 3.300 dirhams (300 euros) a más de 7.000—, pueden ser sólo la punta del iceberg. Pero, claro, éste, en Marruecos, es un viaje de largo recorrido: aquí todavía se lucha por el reconocimiento de la libertad sindical.

Empresariado español en Marruecos, entre el tópico y el negocio

Un tópico de Marruecos es que sus hombres (no así sus mujeres) trabajan poco; supongo que aquí, como en todas partes, habrá de todo. Pero viene esto a cuento porque ayer llegaron a Rabat casi un centenar de empresarios españoles… ¿A qué? ¡A hacer negocios!, supongo. O sea, a impulsar y consolidar las empresas que tienen –más de 900 están ya instaladas aquí— y a crear otras nuevas. Entonces, ¿por qué se quejan tanto los empresarios españoles de los trabajadores marroquíes? Es una queja que he oído muchas veces… Si no aman el trabajo, como dicen, ¿les compensa establecerse aquí? Sí, parece que sí… ¡Ah!, son los salarios. “Éstos son mucho más bajos”, suelen decir. 5 a 1, más o menos. Pero, ¿sólo es por eso? Me da la impresión de que hay más; mucho más. Y este “mucho más” se refiere al nulo (o casi nulo) respeto a los derechos de los trabajadores: si hablas de actividad sindical, te despiden; si no haces las horas extras que te piden (que en muchos casos no pagan), también te despiden; si pides que te den de alta en la seguridad social, otro tanto de lo mismo; si quieres que legalicen tu nómina… Si deseas trabajar sólo las horas que marca la ley o en unas aceptables condiciones de salubridad e higiene.. Etcétera, etcétera… También te despiden. Siempre te despiden. ¿No será esto –y no los bajos salarios– lo que de verdad les da beneficios? Últimamente ha aparecido en la prensa que hasta un 40% de las empresas que hay en Marruecos no pagan el salario mínimo. ¡Esto es una vergüenza y un delito! Pero no pasa nada; aquí todo va bien.

Ah!, y encima vienen los empresarios y lo primero que piden es que el Gobierno español aprenda “del modelo Sarkozy”. ¿No será, acaso, que les gustaría ser franceses y así tener más beneficios?

Banderas y símbolos ¡qué mezquindad!

A mí, que las banderas, fronteras y patrias me resbalan bastante, me produce cierta extrañeza pasar por la calle de los Herreros, en Tánger, y ver esa fachada recién restaurada y encalada (véanse las fotos) con las banderas y símbolos de Marruecos, la Unión Europea, Cataluña (¡que, por supuesto, es un país!), pero no los de España.

Que yo sepa, Cataluña es todavía una Comunidad Autónoma española y, aunque tenga autonomía para gestionar sus propios fondos de cooperación, no parece cortés ni elegante —no sé si legal— que ningunee a España e ilustre sólo con su bandera (legítimo, imagino) sus proyectos de cooperación junto a la marroquí, olvidándose de los símbolos españoles. Supongo que el mensaje que quieren dar es el de la cooperación “de Estado a Estado”; supongo.

Ya digo que puede que la ley lo permita, pero, en cualquier caso, se adivina claramente la intención… Y no es elegante ni justo, me temo. Porque, además, si los fondos son de la Unión Europea en una parte, España sí es un país de la Unión (Caraluña, no) y algún porcentaje de esos fondos le corresponde, ¿no?

En fin, que aquí el que no corre, vuela.

¿Por qué un hombre no acude a una cita?

Hace unos días tenía concertada una cita con un marroquí a la que mi interlocutor no acudió. Y, una vez más, me puse a reflexionar sobre ello; no es la primera vez que me ocurre. La primera fue en Ceuta, con un ceutí cristiano, precisamente. Me sorprendió aquel plantón porque había ido expresamente de Tetuán a Ceuta (a 60 kilómetros y una frontera por medio) para reunirme con él. Y no sólo no me avisó que no podía acudir a la reunión, sino que ni siquiera se disculpó, ni me dio una explicación posterior. Esto mismo me ha sucedido en Marruecos alguna que otra vez. Y la pregunta siempre surge. ¿Por qué la gente no avisa que no va a ir a una cita, o, si no va sin más, por qué no se disculpa? ¿Es una cuestión cultural? ¿O es una cuestión de responsabilidad? Quizá es problema de madurez…

Una amiga europea que está trabajando en la Universidad marroquí me dice que a ella lo que le ocurre con mucha frecuencia es que profesores con los que intenta trabajar “le dan largas y largas” hasta terminar por aburrirla. Según ella, cuando algo no les interesa a los hombres de aquí, en vez de decir abiertamente que no, ¡no!, “se escaquean y ya está…” Puede que en España ocurra también esto, aunque me atrevo a decir que con menos frecuencia.

Así que, la conclusión no debe ir por ser musulmán o cristiano, “occidental” u “oriental”, sino por ese compromiso personal que cada cual ha de tener con la vida, con las responsabilidades que asume o debe asumir… Escaquearse, como vulgarmente se dice, es simplemente infantil. Y cierto es que aquí “hay mucho hombre inmaduro”, según he escuchado de labios de muchas mujeres y de no pocos hombres marroquíes.

Delicias marroquíes

Un sábado por la mañana, a primera hora en Tánger, puede ser un buen momento para bajar hasta el zoco y adquirir ese pan recién hecho, humeante aún, que todavía algunas mujeres amasan en sus casas y cuecen en el horno familiar o en la tahona del barrio. Es un pan que, aunque de aspecto no muy atractivo —tiene la corteza requemada por el contacto con las brasas—, compensa la estética con su inefable sabor. Hay quien dice que sabe a gloria y otros a bollo maimón.

En estas mañanas de holganza y paseo, el viajero, en Marruecos, vive experiencias que en Occidente ya ni se recuerdan ni siquiera se sueñan. No sólo gozan los ojos con el colorido de calles y tiendas, también disfrutan el resto de sentidos. El olfato el primero, que, atrapado en ese olor penetrante de la mezcla de especias, busca otros aromas que no reconoce. El del té a la menta, por ejemplo, que si está azucarado en su punto, puede ser el mayor regalo que puede hacérsele al gusto a media mañana.

A la algarabía de los tangerinos pregonando aventuras y oficios, se une el trajín propio del mercado y el ir y venir de los campesinos que acaban de bajar de los duares (pequeños núcleos rurales) con sus plantones de árboles frutales y sus brazados de flores silvestres; con sus canastos de huevos, con los fardos de hierbabuena y perejil. También traen lechugas, zanahorias, patatas… Todo tan fresco y tan oloroso que parece que aún no ha sido arrancado de la tierra. Y está también el anciano jebelí con sus hatos de gallos vivos que allí mismo los vende y prepara para el cliente.

Asimismo hay fruta. Fruta en abundancia. Fruta tan sabrosa —con un sabor que hace ya décadas que dejó de paladearse en Europa— que uno puede empezar a probarla y no saber cómo parar. Las fresas del valle del Lucus, en Larache, o las naranjas, tan llenas de jugo que parece que van a reventar. Fruta recién cortada del árbol y tan madura que si no se come en uno o dos días se estropea.

En Tánger, en Marruecos, un sábado por la mañana, también cualquier día, es cierto, los viajeros pueden introducirse en el túnel del tiempo y acercarse más a aquellos recuerdos de la infancia, cuando al norte del Estrecho de Gibraltar todo era también “natural”.

Mujeres, parece que el futuro se os complica

Hay temas que no por repetidos dejan de ser importantes… Así que habrá que seguir insistiendo. Y si no, recordemos que les pasó a italianos y alemanes (y luego al resto del mundo) por no darle importancia a los desmanes de los camisas negras italianas o a las tropelías que cometían, al principio, y siguieron comentiendo, los nazis.

Así que, reflexionemos sobre lo que, en medio de esta orgía de consumo y complacencia, en la que Occidental se divierte mientras se mira alegremente el ombligo, está ocurriendo en Europa. Porque, en mi opinión, todos los síntomas anuncian un futuro cargado de conflictos. Y si no, veamos.

A las restricciones que algunos, en Italia y España de momento, quieren ponerle al aborto, y a la teoría del creacionismo made in USA, y a lo que acaba de decir el Papa, hoy mismo, afirmando que el Infierno existe, y a lo que dijo ayer el arzobispo de Canterbury sobre la posibilidad de incorporar la sharia (o parte de ella) a la legislación inglesa, y a la tontería de revivir fetos en Italia, y al anuncio, esta tarde, de que algunos musulmanes españoles van pedir un banco propio que se rija por los principios de su fe… habría que añadir, además, todos esos “síntomas”, como digo, que a diario se perciben, perturbadores de nuestra vida, cuestionándosenos derechos individuales y colectivos conquistados. Y esto empezará afectando a las mujeres. Y si no, al tiempo.

Sí, creo que para las mujeres se acercan tiempos difíciles. Porque todas esas propuestas, suposiciones, comentarios, que he citado antes, son a ellas a las que primero señalarán si se confirman. De hecho, creo que la batalla más difícil que hoy se libra —todavía—, es la de esos hombres, por un lado, que no quieren ceder privilegios ni reconocer a las mujeres como iguales, frente a una sociedad que sí está de acuerdo con esa igualdad, casi, casi, conquistada ya.

Los tiros van por ahí, y cuando hablan los representantes de las sectas religiosas anunciando un cataclismo, a las primeras personas que culpabilizarán de lo que vaya mal será a las mujeres. No olvidemos que no hace tanto tiempo que las mujeres ni siquiera tenían alma y mucho menos, apenas décadas, que ni podían votar.

En fin, detrás de esas tonterías que suelta el Papa sobre el Infierno y, sobre todo y por encima de todo, detrás de la salida de pata de banco del arzobispo de Canterbury, hay un alegato discriminatorio que refleja la incomodidad de ciertos hombres. Así que, hombres y mujeres comprometidos con la igualdad, no va a quedar más remedio que volver al activismo. Porque aquellos tiempos en los que creímos que todo era posible, que podíamos convivir en libertad y como iguales, puede que estén a punto de acabar… Cualquier día de estos nos obligarán de nuevo a ir a rezar.

A vueltas otra vez con el velo

Portadas en la prensa, grandes titulares, discursos, artículos de opinión a favor y en contra… Comentarios en las tertulias y en la calle de todo tipo… Yo también, permítanme, voy a echar en este saco del velo, una vez más, mi granito de arena. Total, no creo que ya sirva para mucho insistir o no en ello… Occidente ha decidido mirar para otro lado y esperar a ver qué pasa… Y lo que tenga que pasar, pasará. Dentro de 15, 20 o 30 años, quizá antes, lo sabremos.

¡Que se pongan el velo y lo que quieran en Turquía, en Marruecos, en Arabia Saudí… y allá dónde les plazca! De verdad. ¿Moda, imposición religiosa, imposición política, imposición del hombre a las mujeres, resentimiento contra occidente, fanatismo, pudor y recato, tradición… qué más da? ¡Qué más da lo que sea ya ponerse el velo! Que cada cual haga lo que quiera…

A mi ya sólo se me ocurre pedir que, al menos en el ámbito de la cultura occidental y en las relaciones que mantenemos entre géneros los que vivimos en ella, no se nos toque lo conseguido, y, por añadidura, no se nos imponga el velo. Sobre todo por lo que tendría de traumático para las mujeres… ¿O no? Porque ya tampoco uno está seguro de que la mayoría de las mujeres occidentales estén en contra del velo… Que cosas más raras se ven a diario.

Pero, en general, insisto, que en Occidente al menos, no se obligue a la separación de géneros en los espacios públicos, que no se obligue a nadie a ir a rezar por decreto, que en la sanidad puedan atenderte, indistintamente, hombres o mujeres; que podamos comer lo que nos dé la gana o cuando nos dé la gana, que las mujeres salgan de casa sin miedo, cuando quieran y hacer lo que quieran…

Esto en Occidente. Y en Oriente… Pues en Oriente… allá ellos. A mi me parece muy bien que en Turquía lleven velo para ir a la universidad… No me agradaría tanto que las universitarias españolas lo llevaran, al menos mientras España no sea un país musulmán. Que… que… Como diría un ferviente musulmán que conozco, “todo se andará”.

Marruecos a la cola en educación

No son pocos los autores (Bernard Lewi, entre otros, Pryce Jones, o la ex diputada holandesa Ayann Hirsi Ali) los que hablan del “progresivo empobrecimiento” cultural del mundo árabe. Y lo atribuyen a su falta de estructuras democráticas y al férreo control religioso que se ejerce sobre la población.

Acaba de aparecer un informe del Banco Mundial (BM) sobre educación que abunda sobre el tema. Y los datos, según el citado informe, dicen que la educación en los países árabes está a la zaga del resto del mundo; incluso por detrás de América Latina y Extremo Oriente.

Aunque sí reconoce ciertos avances el BM, como haber logrado, prácticamente, la escolarización universal en la enseñanza primaria; triplicar los alumnos de secundaria en los últimos 30 años y quintuplicar el número de estudiantes universitarios. Pero, comparado el mundo árabe con países de similar desarrollo “los progresos educacionales siguen siendo inferiores”, se apostilla en el informe. La tasa de analfabetismo entre los árabes duplica a la de las dos áreas citadas, América Latina y Extremo Oriente. Y la consecuencia es evidente: más pobreza. De ahí que el paro roce el 15%, el más alto de las regiones en desarrollo.

El BM da una clasificación: Jordania y Kuwait son los que poseen un mejor sistema educativo, mientras que Marruecos, Irak, Yemen y Yibuti están en la cola. La inclusión de Marruecos junto a países más pobres podría considerarse una sorpresa, pero, para los que vivimos aquí y tenemos algún contacto con docentes marroquíes, no lo es tanto. A la falta terrible de medios y masificación en las aulas, habría que añadir la corrupción y el caciquismo político en este área de desarrollo, tan fundamental para el país. La consecuencia es el abandono y un dejarse llevar de los profesores…

Es cierto que hasta los 11 años casi todos los niños marroquíes van a la escuela, pero no es menos cierto que apenas un 10% continua sus estudios en secundaria. Y, según el BM, el 25% de los que abandonan lo hacen si haber adquirido los suficientes conocimientos de lectura y escritura. A la postre, muchos volverán a ser analfabetos. Todavía, se calcula, hay en Marruecos cerca de un 40% de analfabetos entre personas mayores de 15 años. Así, pues, tendrían que preguntarse los gobiernos de estos países por qué los herederos de aquellos árabes ilustres que trasladaron hace mil años el saber griego y de Oriente hasta Occidente hoy están a la cola del conocimiento.

Las mujeres cambiarán Marruecos

Tengo un amigo sindicalista que lleva varios años por aquí, trabajando en proyectos de cooperación, dedicado a formar y promover el empleo femenino. Ahora mismo tiene ya cuatro centros de formación en Tetuán, Nador, Taza y Larache, a los que acuden 2.000 mujeres a aprender confección, informática, español o, simplemente asisten a cursos de alfabetización. Estos cuatro centros, que trabajan en red, ya se autofinancian.

—Hace ya más de un año que no reciben ninguna ayuda. ¡Este es nuestro gran logro! —dice mi amigo.

—¿Y cómo lo consigues?

—Pues… convenciendo a todo el mundo, a quienes imparten las clases y a quienes acuden a los cursos, de que la única forma de salir adelante es generando ellos mismos recursos. El primer paso en este sentido ha sido conseguir que cada mujer que se matricula pague una pequeña cuota de 75 dirhans al mes (unos 7 €); que al final del curso le supondrá 700 dirhans más o menos. Con esto se cubren salarios y se mantienen los centros.

—¿Y después qué? —le pregunto.

—Esto mismo preguntaron ellas —me responde—. Así que, se nos ocurrió que, a medida que iban acabando, fueran agrupándose en pequeñas cooperativas. Ya tenemos varias funcionando; sobre todo en el textil. Hacen ropa en general, batas, chilabas… Todo para consumo de su entorno. Aunque eso no les de para vivir, de momento…

—¿Entonces?

—Pues, el reto ahora es convencer a los empresarios para que deriven parte de su producción a estas cooperativas; firmando acuerdos, claro… Pero no queremos que les den el 100% del trabajo, no. Lo que queremos es que repartan la producción; a cuantas más cooperativas, mejor. No sería acertado, creemos, que les facilitasen más de un 50% del trabajo que ellas son capaces de desenvolver… De este modo evitamos que si un día la fábrica cierra, ellas no se queden desamparadas porque han seguido produciendo ese otro 50% destinado al consumo interno. Y este es el reto.

—Claro, ese es el reto.