Ni libre ni ocupado Ni libre ni ocupado

Elegido Mejor Blog 2006.Ya lo dijo Descartes: ¡Taxi!, luego existo...

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Borracho. Otra vez

FOTO: @pilurubio

FOTO: @pilurubio

Estoy borracho, otra vez, y no me apetece volver a casa, al menos no a esa casa contigo dentro, esperándome, como el lunes pasado y el miércoles pasado y el domingo. No quiero volver a verme reflejado en tus ojeras.

Reconozco que eres una santa. No entiendo qué pudiste ver en mí, o cómo puedes mantener intacto eso que viste al principio. Hoy he vuelto a gastarme la recaudación del taxi en cervezas y en cubatas. También compré la revista Qué Leer sólo por buscar alguna reseña del libro que aún no he publicado. Ni he escrito. Es la historia de mi vida: doy por hecho el futuro que tengo planteado pero apenas hago nada por conseguirlo. Soy como un viajero que espera en el andén equivocado a que llegue un tren que no me corresponde. Sentado en el andén, sintiéndome culpable, además, por estar fumando justo debajo de un cartel de PROHIBIDO FUMAR. Entiendo que no se permita fumar en un andén, quiero decir. Lo que no entiendo es a mí.

¿Rebelde?, no creo. Tengo 36 años, si este dato añade algo al asunto. También es cierto que nunca nadie me ha dado una buena hostia a tiempo. Soy rápido sorteando hostias, y bastante ágil persuadiendo al contrario. Y beso bien, o al menos doy la impresión de besar bien, sin maldad. Y me gustan, me apasionan, los escotes. Observar o intuir o imaginar pechos. No tengo la culpa de esto. Es innato.

Estoy en un bar de la calle Zurbano, dándole a la tecla en una mesa que dejó de cojear después de calzar la pata díscola con un hueso de aceituna. A veces tengo buenas ideas. En mi infancia aprendí más con MacGyver que en catequesis con el padre Mauro.

A mi lado, junto a la barra, dos parroquianos discuten sobre el derecho a la reinserción de los presos después de haber cumplido su condena. Están hablando de la conveniencia de publicar fotos recientes de exconvictos con la intención de persuadir o alertar a la población ante futuros, presuntos, posibles delitos. ¿Volverá un asesino a matar después de haberse tirado veinte años entre rejas? Uno de los dos dice que sí. El otro dice que no, que no siempre. Que todos, en fin, merecemos una segunda oportunidad.

Tú te sabes mi rostro de memoria, y a la vista queda que contigo he vuelto a incumplir las normas básicas de cualquier convivencia al uso. ¿Cuántas veces me has perdonado? ¿Cuántas veces seguirás perdonándome? ¿Cuál es tu límite? ¿Cuál es el mío? ¿Cuántas veces he asumido, penitente, tus venganzas?¿Acaso alguien ajeno a ti o a mí tiene derecho a juzgarnos sin conocer los detalles?

¿Qué pesa más, un kilo de cebada o un kilo de lo nuestro?

La parroquia

Después de un buen tramo de autopista, entro en la ciudad y aparco mi taxi en frente del primer bar que me encuentro. Me revienta la vejiga. Salgo rápido del taxi y entro en el bar. Por pudor pido antes un café. Me lo sirve una camarera colombiana, guapísima. Echo azúcar, lo muevo, doy un sorbo, ARDE. Voy al baño.

Vuelvo a la barra y ahora me encuentro a la camarera hablando con un parroquiano. Es el típico borracho baboso que intenta ligársela con la técnica del donjuán de mercadillo. ” Tienes los ojos más bonitos de todo Carabanchel”, suelta el gilipollas. Ella le sonríe, qué remedio, y se aleja a limpiar la cafetera. Así dispuesta, de espaldas, el hombre aprovecha y le mira el culo. Un segundo parroquiano que se encuentra al otro lado de la barra también se lo mira. Yo estoy en medio de los dos. En esto, el primer parroquiano se fija en los ojos clavados del segundo. Le mira como a un rival: lo dice su cara. Esto parece un puto documental de La2.

En segundo parroquiano llama a la camarera por su nombre: “Yudith, ¿me pones otro cacharro?”. El primer parroquiano se tensa. Ella estira su cuerpo hasta alcanzar la botella de DYC del estante. En esa postura asoma por debajo de su blusa la tira del tanga. El segundo parroquiano se da cuenta y abre los ojos como platos. El primero prefiere perderse el espectáculo y mira al otro. Yo les miro a los dos. Divertidísimo.

Me acabo el café y pido una cerveza. Esto no me lo pierdo. Nada más servirme la cerveza, me mira a los ojos y sonríe. Tiene una sonrisa preciosa.  Me pregunta: “¿Quieres aceitunas?”. Contesto que sí. Le devuelvo la sonrisa. Ahora el parroquiano número uno no cuenta con un rival, sino con dos.

En esto, el parroquiano número uno cambia su estrategia y se une al enemigo. Decide romper el hielo conmigo: “¿Es tuyo ese taxi?”. Mi gesto afirmativo le sirve para comenzar a hablarme del gremio del taxi, que su “cuñadPRIMO Jacinto” (ese lapsus demuestra que está casado pero que prefiere ocultarlo ante Yudith) también es taxista y le dice que está la cosa bien jodida. Esa es otra estrategia para echar por tierra mi estatus ante Yudith. Pero entonces contraataco y le digo que en realidad no soy taxista, sino del Servicio de Inteligencia, y que uso el taxi como tapadera para seguir la pista a un grupo de taxistas proxenetas que operan por la zona. El parroquiano número dos se une y me invita a otra cerveza. Este dice ser Ingeniero Aeronáutico en la Base de Torrejón. Mis cojones.

Lo que empieza siendo un juego para mí, acaba en borrachera. En concreto, cinco cervezas y tres jotabés con cola. Como ya no estoy para conducir, llamo a un colega taxista, le doy la dirección del bar y me pido la última mientras le espero. Los otros dos siguen y ahí seguirán cuando me marche. Ahora rivalizan ante Yudith a ver quién bebe más.

Antes de marcharme se me acerca Judith y me dice al oído que conoce a esa red de taxistas proxenetas a los que sigo la pista. Que mañana, cuando vuelva a recoger el taxi, me pase por el bar y me cuenta.

La vida es rara.

Los hijos también crecen

Nerviosa, preocupada, impotente, avergonzada, la mujer de 35 se tapaba la cara con una mano mientras sostenía el teléfono con la otra:

– No me cuelgues, ¿te enteras? Y no te muevas de ahí, que llego en cinco minutos.

Lanzó un suspiro lejos del auricular, tapándolo para que su hijo no escuchara su lamento.

– Dios mío… si sólo tiene 13 años…. – susurró.

Al llegar, se cumplieron mis previsiones: En la parada del autobús, un chaval de tintes raperos (gorra ladeada, pantalón 15 tallas más grande y camiseta de los Lakers) permanecía agarrado a la marquesina, con el rostro melopéico.

La mujer salió para meterle en el taxi como pudo.

– Ahora llévenos a Suances.

El chaval, perfumado en kalimotxo, apenas podía articular palabra.

Luooo shhiennto…

– ¿A qué hora ha acabado el concierto? – preguntó ella.

A asss duoooce.

– ¿Y qué has estado haciendo hasta ahora?, ¿no te ibas a quedar a dormir en casa de Fran?

Noo puooodiiía…

– Ya. Otra mentira más. Te vas a enterar mañana…

Luego él se quedó dormido, con la boca abierta y la cabeza apoyada sobre el cristal del taxi. Los ojos de ella me contaron todo lo demás.