Barcelona, 1973: Merckx, Ocaña, Maertens… Gimondi (II parte)

aquí se puede leer la primera parte

Ochenta y siete corredores tomaron la salida en Barcelona aquel dos de septiembre de 1973. Las dificultades más destacadas en cada una era el ascenso al Castillo y la cuesta/cota al final de la vuelta. El campeonato empezó con dudas, para el belga Merckx, en unas de las primeras vueltas una piedra de gravilla impactó sobre la rodilla, y todo el mundo estuvo pendiente de las continuas visitas al coche médico. A pesar de la debacle estomacal de Perurena, fue él el que disparó los primeros petardos en la cuando se llevaban once vueltas, llevando con él a los principales favoritos de la carrera: en aquel primer corte estaban, además Luis Ocaña, dos italianos, el debutante Giovanni Battaglin y el veterano Felice Gimondi, la representación belga con Eddy Merckx y otro neoprofesional, Freddy Maertens y el holandés eterno —aunque por entonces estaba todavía recorriendo la primera parte de su trayectoria profesional—, el grandísimo Joop Zoetemelk. Quedaban todavía 100 kilómetros hasta la meta.

Joop Zoetemelk había debutado en el año 1970 en el Flandria y aquel año 1973 era el jefe de filas del humilde Gitane – Frigécrème —cuya estructura sería la base para el mítico Renault de Bernard Hinault y Cyrille Guimard—, consiguiendo etapas en la Paris-Niza, en el Midi-Libre y el Dauphine Liberé, además de dos etapas en el Tour de Francia, donde había terminado cuarto. Zoetemelk se retiró en 1987 después de obtener en su penúltima temporada como profesional un inesperado maillot arcoiris cuando ya contaba con casi cuarenta años y después de haber conseguido la victoria en la Vuelta a España de 1979 y el Tour de Francia de 1980.


Las ausencias más notables de aquel grupo de elegidos eran la de los franceses: ni Raymond Poulidor ni Cyrille Guimard entraron en el corte bueno. Entre los diez primeros solo se clasificó Regis Ovion y . Eddy Merckx estaba dispuesto a negociar con quien fuera, incluso con Perurena, para llevarse aquel campeonato del mundo, pero el español, aparte de que corría fiel a su líder, en esa ocasión Luis Ocaña estaba completamente vacío. Eso sí, con sus últimas fuerzas, antes de caer a peso muerto sobre los pedales, Perurena se reservó el lujo de provocar el corte definitivo con otro ataque. Solo quedaron en cabeza los dos belgas, Gimondi y Ocaña. La cosa estaba cada vez más clara.

A tres vueltas para el final, en el ascenso al castillo, Ocaña no acaba de ir tan fuerte como los demás, es más, pierde unos metros en las rampas más duras de la colina. Se recupera en el descenso donde vuelve a hacer contacto con sus compañeros. La obsesión mutua que existía entre Ocaña y Merckx alcanzaba unos niveles casi enfermizos, Ocaña se pegaba a Merckx, rueda con rueda, casi como si existiera un pegamento imaginario entre ellos. Pero aquel fue el gran error de Ocaña, pensar que, una vez más y en una carrera de ese tipo, Merckx iba a ser el más fuerte. Aquel marcaje y la progresiva pérdida de energía por parte de “El Caníbal” dejaban a Gimondi y Maertens como claros favoritos al triunfo final.

A dos vueltas para el final, durante la ascensión al Castillo, Merckx ataca. Es uno de esos momentos de carrera en la que la historia y el mito, la realidad y la leyenda se confunden. Unas crónicas dicen que Maertens salió tras Merckx y que arrastró a Gimondi, haciendo que “El caníbal” gastara su última bala inútilmente. Otras biografías afirman que Maertens quiso acompañarlo, creyendo que Gimondi no tendría fuerzas para responder. E incluso fuentes consultadas aseguran que el que siguió a Merckx fue Gimondi y que Maertens actuó haciendo de lo que se conoce comúnmente como “secante”. Lo cierto es que Ocaña llegó a la altura del terceto y los dos belgas llegaron a un acuerdo, un pacto propuesto por Maertens en el que Merckx prometía no volver a atacar y el joven Freddy se comprometía a actuar como lanzador en el sprint final.

Ante esa disparidad de opiniones y perspectivas, acudimos a distintas fuentes y voces: en su biografía en inglés “Fall from grace”, Freddy Maertens el desencuentro surgió de algo tan prosaico pero importante como era una lucha entre marcas, por un lado estaba la italiana Campagnolo y por el otro la firma japonesa Shimano que, por aquellos días, buscaba hacerse un hueco en el mercado europeo de fabricantes de componentes para bicicletas. Según Maertens durante una de las jornadas de entrenamiento de la selección de Bélgica el responsable de la fábrica transalpina se acercó a Walter Godefroot, uno de los ciclistas más importantes del combinado belga, y le dijo: “Shimano no puede ganar el domingo bajo ninguna condición”.

“Flandria, el equipo con el que corría Maertens durante todo el año —hay que recordar que el Campeonato del Mundo de ciclismo es la única carrera del calendario que no se corre por equipos, lo hace por selecciones nacionales y eso, como vemos, suele provocar fricciones—, había tenido a Shimano como co-sponsor y Godefroot, que era parte del potentísimo equipo Flandria, había usado sus componentes y lucido el logo de la marca japonesa durante 1973. Eso hizo sospechar a Freddy Maertens que en el reparto de gregarios o de colaboradores, Godefroot había aceptado el dinero italiano… para servir a sus intereses”.

¿Pero cuáles eran esos intereses exactamente? Para empezar, Godefroot no había rechazado la oferta de Merckx la noche de antes de la carrera, así que iba a correr para él por una buena cantidad de dinero. Y además, Merckx, al correr en el Molteni, un equipo italiano, utilizaba componentes Campagnolo en su máquina. Y no era el único de los cuatro que iban a llegar al sprint final, puesto que Felice Gimondi, que había sido jefe de filas del recién creado equipo Bianchi, también tenía su bicicleta equipada con la firma italiana.

Según Maertens cuando Merckx intentó escaparse en solitario él pensó que si seguía a Eddy y lo alcanzaba, Luis Ocaña no haría ningún esfuerzo para cerrar el hueco porque eso haría que llevara a Gimondi en volandas hasta la cabeza. El plan de Maertens se cumplió a medias, alcanzó a Merckx en la subida y le propuso seguir ambos relevándose hasta el final. Según, repito, su biografía, Freddy estaban dispuesto a ceder el triunfo al capitán de ruta: “Le dije, vamos Eddy, tú puedes ganar, yo me conformo con la segunda plaza”. Para sorpresa de Maertens, Merckx se negó a ponerse en cabeza o dar ningún relevo. La alianza se rompía. ¿Hizo bien el joven Maertens? ¿provocó su movimiento que la pareja Gimondi-Ocaña los alcanzara? Quizá tenía razón cuando aseguraba que si Merckx hubiera estado en su mejor forma él no hubiera podido alcanzarle tan fácilmente. Una vez que los cuatro volvieron a unirse el trato se mantenía, Eddy no atacaba y Maertens lanzaría el sprint. Todo, como ven, muy complicado.

Las cosas siguieron pues así hasta doscientos metros del final. Las imágenes son claras, Maertens, muy sobrado de fuerza, lanza el sprint y Merckx, poco a poco, pierde distancia de la rueda trasera de su compatriota. Era imposible que ni Ocaña ni Gimondi ganaran a Merckx y, mucho menos a Maertens, en un sprint. Los dos belgas eran mucho más rápidos. Pero Merckx está, como se suele decir en lenguaje ciclista, “atufado” por la salvaje potencia que desarrolla el joven Maertens. Pero este ha consumido demasiada energía en la maniobra de lanzamiento y es entonces cuando Felice Gimondi se aprovecha que Maertens disminuye su velocidad para permitir el paso de su compatriota para imponerse en la línea de meta con un último golpe de riñón. En unas declaraciones Gimondi dijo: “Yo pensaba que iba a perder la volata pero no podía, tenía que imponerme, el seleccionador Nino Defilippis había dejado en casa a todo un mito como Gianni Motta para jugar todas sus cartas conmigo”.

“En la retransmisión recuperada recientemente por la televisión pública española uno puede ver en el rostro del corredor del Flandria que hay un segundo fugaz entre que descubre que Merckx no va a poder pasarle y el siguiente parpadeo, cuando es él quien trata de llevarse la victoria, su barra de energía está demasiado gastada. También se ve cómo el italiano está a punto de verse superado por Maertens y Gimondi le lleva ligeramente hacia la valla… unos pocos milímetros le acaban convirtiendo en Campeón del Mundo”.

Freddy Maertens, en la misma línea de meta, le gritó cobarde a Merckx y se echó a llorar. Pensaba que le había vendido, que había vendido la victoria de Bélgica o se la había regalado a Gimondi o a Campagnolo. Pero Merckx, completamente desolado, como se puede ver en el documental “La course en tetè” está sentado, asfixiado, sin poder articular palabra, en el área del circuito reservada al equipo belga. Incluso el caballero Merckx se tiene que disculpar frente a un cazaautógrafos que se le acerca. No puede ni estampar su firma en un papel. Lo ha dado todo.

Ocaña se había recuperado y consiguió superar a Merckx en el sprint final para hacerse con la medalla de bronce, es más, en posteriores declaraciones a la prensa dijo que se sintió tan fuerte en los kilómetros finales que si la meta hubiera estado veinte metros más adelante o hubiera lanzado el embalaje un poco antes hubiera podido ser campeón del mundo. Ya sabemos que el mundo del deporte, del ciclismo en particular, está lleno de ¿Y si…? De todos modos para Ocaña una medalla de bronce en un Campeonato del Mundo —una prueba que hasta mediados de los noventa, con Indurain, el primer título de Olano, los tres de Óscar Freire o los de Igor Astarloa o Alejandro Valverde, siempre había sido muy poco propicia para los corredores españoles—, era casi un éxito y más si había superado a Eddy Merckx en una carrera, puesto que, si bien la victoria había caído del lado del español en la Semana Catalana, en la Vuelta a España Merckx se había mostrado inaccesible. ¿Podría haber ido mejor? ¿Podría haber estado mejor acompañado Ocaña? Lo cierto es que Pedro Torres fue sexto e hizo un buen trabajo de desgaste en las primeras vueltas y Perurena había sido la dinamita que había hecho explotar la carrera.


Aunque el final picaba hacia arriba Luis Ocaña nunca había sido un hombre rápido, todo lo contrario que Gimondi y, sobre todo, Maertens. Quizá el problema no había sido tanto el final como las decisiones que se habían tomado previamente, sobre todo la casi enfermiza obsesión de Ocaña por Merckx. Era la época en la que se decía que si llega un grupo de cuatro, el español hace quinto. Eso cambiaría, como he comentado en los años noventa, pero los setenta y ochenta vieron a los nuestros siendo superados en los últimos metros por franceses, holandeses y, sobre todo, belgas e italianos.

Mucho se hablará de la traición de Maertens a Merckx en aquel mundial pero hay voces dentro del pelotón que aseguran todo lo contrario, una de ellas, la Perurena, que como hemos comentado antes, fue el responsable de la selección inicial y del corte definitivo: “Freddy era un crío, era su primer año como profesional y actuaba no ya como un gregario de Merckx, no, era su esclavo. Si hubiera trabajado en su propio beneficio, con las piernas que tenía aquel día, en vez de arrastrar casi desde el suelo a Merckx, hubiera ganado aquel mundial con una sola pierna”. Otra opinión imparcial era la del mismo campeón, Gimondi: “El error de Maertens lanzando el sprint a Merckx no fuer la fuerza con la que lo hizo, fue el tiempo que empleó. A dos kilómetros de meta ya estaba poniéndonos a todos en fila y acabó siendo un final de fuerza y no de velocidad y ahí pude imponerme”. Roger De Vlaeminck era más contundente: “¿Por qué tenía que lanzar Maertens el sprint a Merckx?, yo nunca, repito, nunca, le hubiera hecho de gregario”.

Volviendo al tema de las marcas, Maertens duda de si Merckx, en una mezcla de orgullo de veterano y de deseo de que Campagnolo tuviera al campeón del mundo en su escudería, no prefería la victoria de Gimondi a la de la joven promesa belga. Maertens incluso estaba dispuesto a presentar una queja oficial por la maniobra de Gimondi en el sprint pero el presidente de la Federación belga de ciclismo lo detuvo con una simple frase: “Nuestros colegas de la federación italiana son nuestros mejores amigos”. Eddy Merckx, nada más llegar al hotel, “El Rancho”, el mismo que Luis Ocaña había elegido para alejarse de la concentración de la selección española, se retiró a su habitación con su mujer, Claudine. Estaba furioso. Cuando Maertens llega al hotel el resto de la selección belga se divide entre los que no son capaces de mirarle a los ojos y los que están furiosos con él por haberles hecho perder la bonificación económica que “El caníbal” les había prometido si se llevaba el arcoiris. Freddy era un joven corredor con carácter y carisma, pero todavía carecía del respeto en el pelotón que dan los años, así que se reunió con los veteranos Frans Verbeeck y Herman Van Springel en el comedor y les explicó con calma su versión de lo sucedido en carrera. Ambos corredores tenían en común, además de su veteranía, que no corrían ni para el Flandria de Maertens ni para el Molteni de Merckx.

“Según la biografía de Daniel Friebe sobre Eddy Merckx fue durante la cena en un restaurante cercano y a través de la mediación de Van Springel y otro gran campeón, Rick Van Linden, que se juntan, Merckx no dejaba de darle vueltas a la idea de que el contraataque de Maertens había acercado a los dos rivales, que ya estaban muertos en carrera, hasta la cabeza, y eso iba de manera flagrante contra el acuerdo inicial de la carrera. Por otro lado Maertens estaba furioso porque Merckx le había asegurado durante las dos últimas vueltas que tenía fuerzas suficientes para ganar en el sprint y que, en realidad estaba tan “cocinado” que no tenía ninguna posibilidad de imponerse pero había preferido callar para no admitir su debilidad frente al joven corredor y, de paso, dejar en bandeja a su amigo Gimondi el título”.

Parece ser que Merckx admitió finalmente que no iba tan fuerte como le había asegurado a su compañero en carrera. Todos se volvieron locos en “El Rancho”, fue una extraña noche para el equipo belga. En la concentración de Italia, el elegante Gimondi y sus compañeros, además de los responsables de la firma Campagnolo, celebraban la victoria. Hubo dinero para todos. Las malas lenguas dicen que hubo también un pellizco para Eddy Merckx.

Eddy se tomaría una pequeña venganza de Gimondi en su propia casa, imponiéndose al italiano en el Giro de Lombardía el 13 de octubre con una ventaja superior a los cuatro minutos. Eso sí, su positivo en el control antidoping le otorga la victoria oficial a Gimondi, que se había impuesto en el sprint del grupo perseguidor.

Justo una semana antes se había llevado el Gran Premio de las Naciones —considerado el campeonato del mundo contrarreloj—, aventajando a Luis Ocaña casi tres minutos después de ochenta kilómetros de recorrido. Y la temporada siguiente sería histórica, con su victoria en el Giro, el Tour y el Campeonato del Mundo, algo que solo fue capaz de repetir el irlandés Stephen Roche en una descafeinada temporada 1987. Merckx seguía siendo el más grande y eso hacía que la victoria de Gimondi en el Campeonato del Mundo de Barcelona tuviera todavía un mayor valor.

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