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Casi enteros: un blog sobre los medios de comunicación, la publicidad, su papel en la financiación de los medios, la investigación y otros temas relacionados con todo esto

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Algo se muere cuando cierra un cine

Esta semana han echado el cierre los cines Acteón.

Cada vez van quedando menos en el centro de Madrid.

La mayoría de las salas se han ido desplazando a los grandes centros comerciales del extrarradio. En el último cuarto de siglo las salas de cine se han convertido en un elemento más dentro de una gran oferta comercial. Vas a pasar la tarde allí y, además de ir al cine, algo comprarás. O viceversa: vas a comprar y puedes acabar el día con una cena ligera en una franquicia y viendo una película.

Creo que esta opción me pilló muy mayor. Yo soy más ir al cine dando un paseo, o volver paseando y tomar algo al pasar. Cada vez va a ser más difícil para los que vivimos en el centro de Madrid.

Leo que hace unos años había en el entorno de la Gran Vía más de trescientas salas de cine. Me parecen demasiadas incluso si tomamos el concepto de entorno en un sentido muy amplio. Quizá yo no las conocí. No es tan importante que el número sea real como que la tendencia es que los cines no pueden mantenerse en el centro porque no son rentables.

La especulación inmobiliaria, que primero hizo que se cerraran un gran número de grandes salas en el centro de las ciudades y luego creo las multisalas en los centros comerciales de la periferia parece que ahora va a dar un nuevo empujón que reducirá aún más el número de salas.

¿Muere el Cine en sala? Creo que no será así, pero de nuevo sus enemigos empujan con fuerza.

Y cada vez que una sala se cierra muere algo en el corazón de quienes amamos el Cine.

Ayer tuve un sueño

Ayer tuve un sueño. Como Martin Luther King…o como el mucho más próximo Manolo Díaz, del que ya no sé si se acuerda nadie.

Estuve en La Coruña, en la Universidad, en unas Jornadas sobre las Nuevas Audiencias, muy bien organizadas por la profesoras Ana González Neira y Natalia Quintas. La compañía, los otros ponentes, también era importante: Fernando Santiago, Director Técnico de AIMC (la asociación de medios y agencias que elabora el Estudio General de Medios y que también audita las operaciones de audimetría en Televisión -Kantar Media- e Internet -ComScore-); Esther Medina, Jefa del Servicio de Innovación en el entorno digital de TVGa y Javier Olivares, guionista de Isabel y El Ministerio del Tiempo, entre otras series de éxito, que se convirtió en la estrella de la reunión: todos los alumnos querían fotografiarse con él y conseguir su autógrafo. Una joranda muy agradable e interesante.

El autor del blog antes de empezar su intervanción.

Lo pasé mal los días anteriores a la charla: siempre es difícil encontrar el tono y el nivel cuando se va a hablar en una universidad. Me decidí por hacer un poco de historia y hacer hincapié en la importancia que tiene la elección de indicadores en la creación de la propia realidad que se quiere medir. Y acerté.

Creo que es muy conocido, al menos entre los que nos dedicamos a esto, que el uso de la audiencia acumulada como principal indicador de la Radio ha hecho que los programas de radio españoles sean sumamente largos.

No sé si todos somos conscientes del daño que le ha hecho a Internet el uso de las impresiones y los usuarios únicos ( y el no tener en cuenta la duración del contacto) como principales indicadores. Si la oferta es infinita el precio tiende a cero. Si basta con que la mitad de un contenido aparezca en pantalla durante un segundo para contarlo como contacto, tendremos muchos contactos (y el anunciante pagará por ellos) pero su efecto será mínimo. Parece que ahora se empieza a intentar solucionar el error (también desde Estados Unidos, donde nació, y se empieza a considerar el tiempo: se habla ya de Coste por Hora, aunque los contactos duren unos pocos segundos).

Algo debería cambiar.

Como estamos en pleno proceso de preconcurso para la selección de un nuevo (o el mismo) medidor recomendado para Internet, mi mente se puso a soñar: ¿Y si fuéramos capaces de mirar a largo plazo? ¿Y si nos olvidáramos de los intereses de cada uno y nos centráramos en los colectivos del mercado publicitario y de los medios? ¿Y si pensáramos en la posibilidad de encontrar un medidor multimedia, ahora que la tecnología seguro que nos ayuda a hacerlo posible? Y¿ si eso lo hiciéramos como mercado y no como empresas que tienen que competir cada día? ¿Y si recuperáramos el espíritu de los sesenta cuando se pusieron en marcha, entre otras cosas, la OJD y el EGM, como fruto de acuerdos de mercado? ¿Y si…?

Lo siento: había muchos más “y si…” pero desperté oyendo a Fernando Santiago que, en la comida, nos decía, siempre realista: si ahora tuviera que ponerse en marcha el sistema de audimetría, no saldría adelante.

Como decía Calderón: los sueños, sueños son, pero ¿a que sería bonito?

Ilusión por la Academia de la Publicidad

La Academia de la Publicidad afronta una nueva etapa.

El pasado mes de julio se eligió una nueva Junta. Pablo Alzugaray, su tercer Presidente, llega acompañado por una buena dosis de savia nueva, junto con la continuidad que aportan varios miembros de la Junta anterior. Consigue así un interesante cocktail de continuidad, ilusión, empuje y nuevas ideas.

Primera reunión de la Junta Directiva 2017. FOTO: Academia de la Publicidad

El objeto fundamental de la Academia sigue siendo el que ya tenía cuando la fundó Julián Bravo, su primer Presidente, pronto hará diez años: seleccionar y nombrar Académicos de Honor, un pequeño número de personas (cuatro al año, como máximo) que hayan destacado en nuestra profesión a lo largo de su vida.

La Academia se define así como una fábrica de referentes. Los Académicos de Honor lo son por: mérito, integridad, generosidad y ejemplaridad durante una trayectoria profesional no inferior a veinte años. A diferencia de lo que se pedía en los primeros estatutos de la Academia, pueden ser profesionales que sigan en activo.

Sigue en pie el objetivo de colocar un publicitario en la RAE. Sabemos que es un camino largo pero ya se han dado importantes pasos en la buena dirección.

Se ha creado el reconocimiento al Publicitario del Año para quien haya destacado por su labor durante ese periodo y se ajuste a los valores de la Academia.

Hay otros proyectos, siempre en la línea de fortalecer la memoria y el prestigio de una profesión como la nuestra basada en crear contactos muy efímeros pero que en muchas ocasiones provocan cambios sociales que permanecen durante muchos años.

La Junta Directiva se ha organizado en grupos de trabajo de tamaño reducido para abordar las diferentes actividades.

La Academia de la Publicidad emprende esta nueva etapa cargada de ilusión, convencida de que los proyectos que aborde van a interesar a la profesión y conseguirán el apoyo económico necesario.

¿Aún no eres socio?

(*) Este artículo apareció en la revista IPMark, en papel, en su número correspondiente a octubre de 2017

En este enlace puedes escuchar una entrevista sobre la Academia

La publicidad ha ayudado a mejorar la sociedad

A principios de esta semana se presentó el libro Lo que aprendemos con la publicidad, de Fernando Montañés.

Fernando es ahora profesor universitario sobre temas relacionados con la publicidad en la Autónoma de Madrid. Y siempre ha sido uno de los mejores periodistas especializados en publicidad.

Hace un año me comentó su intención de poner en marcha este libro y compartimos unas cuantas ideas. Por motivos de salud (una pequeña operación en el codo justo el día anterior) no pude asistir a la presentación pero he visto algunas reseñas.

Estoy seguro de que el libro, promovido por la Plataforma Publicidad Sí!, que agrupa a las principales asociaciones del sector, no tiene desperdicio.

El objetivo de la publicidad es dar a conocer marcas y productos y ¡cómo no! vender. Pero no siempre; o no sólo.

La publicidad de la DGT ha contribuído (junto con otras causas, por supuesto: mejores carreteras, mejores coches, carnet por puntos,…) a reducir drásticamente el número de muertos en carretera. En los años sesenta, con un parque de muchos menos coches, había cerca de seis mil muertos al año; ahora hay pocos más de mil…que siguen siendo muchos, por supuesto.

Con la llegada de la democracia, la publicidad nos ayudó a comprender que los impuestos son útiles para todos: Hacienda somos todos, fue mucho más que un slogan publicitario, aunque hace poco intentaron hacernos creer lo contrario.

Aprendimos que había que proteger a los peces pequeños para no terminar con algunas especies: Pezqueñines no, gracias.

O a luchar contra el fuego: Todos contra el fuego; o, Cuando un bosque se quema, algo tuyo se quema.

La publicidad ha ayudado a combatir las drogas con campañas como Engánchate a la vida; o a luchar contra el SIDA con campañas sobre el uso de preservativos.

Pero no sólo las campañas de la administración; también las marcas han propagado valores. El papel de la mujer con campañas como las de Porque yo lo valgo, de L’Oréal o el respeto a la diferencia que promovió Ikea con su campaña Redecora tu vida.

La publicidad también nos ha ayudado a modernizarnos: podemos analizar la evolución de la tecnología contemplando la publicidad que ha acompañado a los televisores, los móviles o Internet a lo largo de su historia. O la entrada de medios de pago como las tarjetas de crédito; o la banca sin sucursales (ING, tu otro banco).

También nos ha enseñado a comer sano o a ayudar a nuestra salud con alimentos funcionales, o a que el yogurt no era sólo para niños: Aprende de tus hijosy tantas y tantas cosas.

La Publicidad nos ha ayudado a tener medios libres, de calidad, gratuitos o a precio reducido. Pero también nos ha enseñado a vivir mejor.

Estoy deseando leer el libro de Fernando Montañés. Seguro que merece la pena.

Mis lecturas de verano: En el camino

Este verano he leído mucho. Seguro que no soy capaz de sacar tiempo para reseñar todas mis lecturas pero voy a seguir intentándolo.

En el camino, de Jack Kerouac, ha sido una de mis últimas lecturas estivales. Es la novela que estaba leyendo cuando volví al trabajo.

Portada de En el camino. FOTO: E.Madinaveitia

Se trata de uno de esos libros de los que has oído hablar muchas veces, que siempre estaba ahí desde la juventud, que piensas que es un clásico…y nunca te decides a leer.

Una de las veces que me quedé sin lectura me acerqué a la FNAC, en La Nueva Condomina, y lo compré entre otros libros.

Bueno; ya me he quitado una asignatura pendiente. Seguramente he llegado tarde a un mito, a una especie de Odisea de mediados del siglo XX.

Mi resumen es: mucha velocidad y mucho humo: de tabaco, sobre todo, y también de marihuana. Coches: robados, comprados, prestados,…¿Amistad? De aquella manera.

Las grandes distancias de Estados Unidos recorridas una y otra vez, de Este a Oeste y viceversa y en alguna ocasión de Sur a Norte (y viceversa, como final). México como país subdesarrollado y tierra de promisión a la vez; drogas, sexo y be bop (todavía no era tiempo de rock and roll).

No sé si es el retrato de una época, de una generación (la anterior a la mía) o de un país tan atractivo y, a la vez, tan contradictorio como Estados Unidos. Leído así puede tener cierto interés.

Bueno, había que leerla. Ya está.

Quizá si la hubiera leído hace cuarenta o cincuenta años me habría encantado. Ahora…no me ha entusiasmado.

 

Un día triste

Soy más partidario de las sumas que de las divisiones. Para mí sería una muy mala noticia que Cataluña se separe de España.

Hoy no ha habido un referéndum con garantías. Evidentemente. No podía haberlo con todas las fuerzas del Estado desplegadas para impedirlo.

Creo que sólo un referéndum pactado, con listas, colegios e interventores habría tenido garantías. Pero no era posible

Si ese era el objetivo de Rajoy, ha ganado la batalla.

Pero creo que ha perdido todo lo demás.

La clave, en mi opinión, no era si se celebraba el referéndum, ni cuánta gente votaba, ni cuántos síes había (antes de empezar sabíamos que iba a haber una mayoría absoluta).

La clave es si mañana, 2 de octubre, habrá en Cataluña más independentistas que hace unos meses o menos.

Con todos los errores del procés, que creo que han sido muchos y de gran tamaño, creo que la estrategia ha funcionado: mañana habrá más independentistas.

Y yo lo siento.

Inversiones y transparencia

Cuando en la última semana de julio se publicaron los datos de Infoadex e i2p referidos al primer semestre se confirmó lo que ya veníamos temiendo desde algunos meses antes: la inversión publicitaria se está distanciando de la evolución de la economía.

Si hasta hace poco la inversión multiplicaba por un factor próximo a tres la variación del PIB, ahora ese factor, si existe, es inferior a uno. De hecho durante el primer semestre la inversión no ha crecido, o ha caído ligeramente, depende de la fuente a la que miremos, mientras el PIB crece a un ritmo del 3%.

Portada de la revista IPMark de septiembre de 207.

¿Qué está pasando?

Puede que una parte de la inversión se esté yendo hacia los medios propios o los ganados, algo difícil de detectar por parte de las empresas que miden estos datos; puede que se esté midiendo mal Internet y una parte (¿mayor cada vez?) de esa inversión se esté quedando fuera. Pero puede ser también, y eso es lo preocupante, que la inversión no esté creciendo como se podría esperar en esta fase positiva del ciclo económico.

Durante el verano se ha vuelto a hablar de la decisión de Marc Pritchard, el CEO de P&G, de reducir sus inversiones en medios digitales mientras no se solucionen los problemas de transparencia, visibilidad y medición. Una decisión en la que acompañan a Pritchard varios directivos de otras grandes empresas anunciantes multinacionales.

No es lógico pagar cuando quien está al otro lado del clic no es un humano sino un robot; ni pagar cuando la publicidad servida no ha llegado a aparecer en la pantalla del internauta. Y si la publicidad se publica en un sitio que promueve el terrorismo, la violencia, la anorexia o el suicidio, es normal que un anunciante serio se subleve.

Tenemos muchos problemas como sector. Es el momento de llegar a acuerdos para solucionarlos.

Hace falta una persona, o un pequeño grupo, que tome las riendas y busque soluciones.

Si no es así corremos el riesgo de que las inversiones nunca vuelvan a crecer más que la economía.

¿Algún voluntario?

(*) Este artículo se ha publicado en la edición en papel de la revista IPMark correspondiente a septiembre de 2017.

Mis lecturas de verano: El cuento de la criada

No conocía mucho a Margaret Atwood. Me sorprendió cuando hace algunos años, en 2008, le concedieron el Premio Príncipe de Asturias. ¿Una escritora canadiense? ¿Alguien a quien yo no había leído? ¡Qué raro!

Pero  a lo largo del último año no dejaba de recibir noticias una y otra vez sobre su obra El cuento de la criada.

Portada de El cuento de la criada. FOTO: E.Madinaveitia

A principios del verano estaba esperando a mi mujer en unos grandes almacenes sin mucho que hacer. La espera se alargaba, así que decidí pasarme por la sección de librería. El cuento de la criada me aguardaba allí. Y allí mismo comencé a leerlo. Me enganchó en seguida. Lo leí en unos pocos días a pesar de que aún no habían llegado mis vacaciones y algunos días trabajaba en la oficina.

Llevaba muchos años sin leer política ficción o ficción social; no sé muy bien cómo se clasifica este tipo de libros. Mis contactos con el Gran Hermano, del 1984, de Orwell, o la Rebelión en la granja, del mismo autor o Un mundo feliz, de Huxley se remontan a hace casi cuarenta años. Sin embargo dos o tres semanas antes de El cuento de la criada había leído Rendición, el reciente Premio Alfaguara, de Ray Loriga. ¿Casualidad? Puede ser.

Margaret Atwood crea un universo hermético en el que las mujeres, o la mayoría de ellas, viven encerradas con una única misión: engendrar hijos para las familias de la clase dominante. El puritanismo y el totalitarismo se respiran en cada página de la novela, narrada en primera persona. Atwood utiliza el artificio del manuscrito encontrado muchos años después, lo que le permite dejar un final abierto. Como El Quijote, o como tantas otras grandes obras.

No sé hacia dónde evoluciona nuestra sociedad aunque sí se advierten aspectos preocupantes: en los países avanzados cada vez nacen menos niños (y los únicos que ayudan a que las tasas de natalidad no se desplomen son los emigrantes). Un fenómeno al que creo que no se da suficiente importancia pero que ya novelaba la escritora canadiense hace casi cuarenta años, cuando la preocupación podía ser la contraria: la superpoblación. Las consecuencias pueden ser muy importantes, no sólo por lo que afecta a los planes de pensiones.

Lo mismo ocurre con el control de la información, muy presente en las dos novelas que he leído a principios de verano y que en el caso de El cuento de la criada lleva incluso a la imposición de un tipo de tocas que impide la visión lateral.

Hoy he entendido por qué en poco tiempo he visto tantas referencias a El cuento de la criada: la cadena HBO, una de las referentes en la producción de series americanas acaba de ser la triunfadora en los Premios EMI con una serie basada en esta novela. No me atraen nada las series americanas pero en este caso pienso que habrá que buscarla y verla.

En cualquier caso, si pueden y si aún no lo han hecho, lean la novela. Merece la pena.

Yo sí pagaría tres euros por Twitter

La llegada de Internet hace ya un cuarto de siglo vino acompañada de la idea de que todo iba a ser gratis. La publicidad, y nuestros datos, lo pagarían todo. Luego también nos empezamos a quejar, con razón, de que había demasiada publicidad y de que, a lo mejor, no estábamos de acuerdo con todo el uso que se hacía de nuestros datos.

Hay empresas, Google y Facebook serían los mejores ejemplos, a las que le ha ido muy bien con el trato. Pero también ha habido muchas otras (y aquí los ejemplos serían la mayor parte de los medios que provenían del papel) que se han ido a pique o lo están pasando muy mal.

Yo me empiezo a hartar de ver cómo mueren medios, empresas, que me gustaban o me caían bien pero no han sabido adaptarse al paradigma del todo gratis.

Este verano he leído un artículo muy interesante sobre las dificultades de Twitter para sobrevivir.

La interacción entre Twitter y la TV es importante.

Twitter tiene más de 300 millones de usuarios en el mundo, ingresa más de 2.000 millones de dólares al año y sus pérdidas se acercan a los 500 millones. Su cotización en Bolsa no para de caer.

Y sin embargo…

Los medios de comunicación usan Twitter. Los políticos usan Twitter. La sociedad usa Twitter.

Vamos a Twitter cuando queremos seguir al instante cualquier acontecimiento. Los casos de éxito basados en Twitter son cada vez más abundantes. Este verano se ha hablado mucho de la novela de intriga de Manuel Bartual que, en cuatro días, consiguió cientos de miles de seguidores.

Yo consulto Twitter varias veces al día; de hecho publico tuits varias veces al día casi todos los días. Es mi red social favorita. Cuando, allá por los comienzos de 2008, me metí de lleno en el fenómeno de las Redes Sociales, que venían con fuerza y a las que pronto íbamos a dedicar nuestro primer estudio, ligué mis tuits a Facebook. Cada vez que publico un tuit, automáticamente se ve en Facebook. Ya sé que todas las teorías dicen que no hay que hacerlo así. Pero eso me permite ver cual es la capacidad de respuesta, entre mis contactos, de cada una de las redes. Por cada interacción que consigo en Twitter tengo tres o cuatro, a veces más, en Facebook. Y eso a pesar de que tengo cuatro veces más contactos en Twitter (algo más de 2.600 seguidores) que en Facebook (poco más de 500 amigos). Está claro quién es el ganador.

Pero, vuelvo al artículo que dio origen a estas reflexiones: si cada uno de los 328 millones de usuarios de Twitter pagáramos tres euros al año las pérdidas de 500 millones pasarían a ser ganancias en una cantidad similar.

Ya sé que cuando se rumoreó que Whatsapp iba a pasar a cobrar ochenta céntimos al año hubo muchas personas que se dieron de baja, o dijeron que iban a hacerlo.

Pero yo sí pagaría esos tres euros al año por seguir disfrutando de mi red social favorita.

Mis lecturas de verano: Más allá del invierno

Ya he comentado aquí que llegué al verano con pocas provisiones. Así que pedí consejo. Suelo hacerlo con varias personas que casi siempre aciertan con sus recomendaciones: Raúl Devia, Rosa Margarit y Jesús Muñoz me merecen mucha confianza. Sus gustos se aproximan muchas veces a los míos.

En esta ocasión fue Jesús quien, además de una novela de Amin Maaluf que ya había leído, me recomendó:

Me ha gustado mucho el último de Isabel Allende: Más allá del invierno.

Y, como siempre, acertó. A mí también me ha gustado mucho.

Portada de Más allá del invierno. FOTO: E.Madinaveitia

Ya había leído alguna otra cosa de Allende, con resultados desiguales aunque más bien positivos.

En este caso puede que ayude la edad de dos de los tres protagonistas, muy similar a la de Jesús y la mía.

Richard y Lucía son profesores en una universidad de Nueva York (y además son vecinos); Evelyn es una guatemalteca sin papeles que toma el coche de su jefe para ir a hacer unas compras.

Nueva York sufre una terrible tormenta, una de las peores de los últimos años; el coche de Richard resbala y golpea al de Evelyn por detrás. Lo que no debería haber sido nada más que un pequeño incidente de tráfico pasa a ser el inicio de una aventura memorable.

Durante dos o tres días los tres personajes comparten frío y vivencias con el cadáver que aparece en el coche del jefe de Evelyn. Un viaje a través de los campos nevados con dos coches muy diferentes puede dar mucho juego.

Richard es hijo de un judío refugiado de la Segunda Guerra Mundial; Evelyn llegó a Estados Unidos huyendo de una mara guatemalteca que mató a sus hermanos; Lucía es una chilena cuyo hermano desapareció durante la dictadura. Poco a poco vamos descubriendo la historia de sus vidas, las diferentes maneras de sentirse refugiados y, también, como van cambiando los sentimientos de los tres protagonistas.

Amor, misterio policiaco, sentimientos, políticas sobre refugiados (cuando Trump ya se anunciaba) forman un cóctel delicioso.

Un buena novela, de fácil lectura.