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Decisiones de mujer

Por Sole Giménez Sole Giménez

Hay dias en los que me siento pequeña y frágil, tan indefensa y perdida como una niña, pero no lo soy. Soy una mujer adulta y como tal con capacidad de tomar decisiones sobre mi propia vida, con el derecho a decidir cómo vivir mi propia vida, como debería ser para toda esa inmensa mayoría de mujeres que habitan en este mundo a las que desde tiempo inmemorial les ha sido negado sistemáticamente ese derecho, de muchas y muy diferentes maneras.

A dia de hoy, en mayo 2013, se nos sigue negando y se nos sigue tratando como a niños a los que hay que dirigir, manejar, acallar y anular pues según algunos hombres, no tenemos criterio como para decidir por nosotras mismas, y seguimos siendo tratadas como ciudadanos de segunda. Evidentemente depende mucho de los países, pero asombrosamente el transfondo que subyace bajo este tema es tristemente universal y desagradablemente paternalista.

Malala, activista paquistaní por la educación de las niñas

Malala, atacada por defender el derecho de las niñas a la educación, se ha convertido en un símbolo mundial.

Nuestros derechos están limitados a lo largo y ancho del planeta, desde cosas tan sencillas pero tan esenciales como decidir sobre tu propio cabello, que tendrás que rapar en el Israel más ortodoxo y deberás ocultar en Argelia o Arabia Saudí. Como decidir la parte de tu cuerpo de mujer que enseñas, pues no puedes mostrar tu cara en Afganistán, ni los brazos, ni las piernas, ni los pies en Irán, ni tampoco puedes mostrar tu cuerpo libremente como acto de protesta –como le ocurrió a Amina, amenazada de lapidación en Túnez por enseñarlo-.

Son demasiadas las mujeres que no pueden decidir sobre su futuro y no pueden por ejemplo elegir con quién comparten su vida, como ocurre en la India o cuántos hijos quieren tener, como pasa en China.  O si deciden o no dar a luz una criatura que vendrá al mundo a sufrir por sus malformaciones congénitas como en breve pasará en España. Hay mujeres que tampoco pueden decidir sobre sus propias y tantas veces escasas pertenencias como en Nicaragua, donde no se les permite tener dinero a su nombre, no pueden ni heredar ni ser dueñas de la tierra que trabajan, no pueden vender los frutos que cultivan, ni tampoco pueden opinar.

Niñas con voces de mujer que quieren ir a la escuela y no pueden y llegan a ser tiroteadas como Malala en Pakistán. Otras que tienen posiciones claras y valientes que defender pero a las que se les niega su participación en la sociedad como ocurre en Marruecos o en el Vaticano. Adolescentes que ni siquiera deciden sobre su propia sexualidad, tantas veces mancillada, utilizadas en conflictos armados, usadas como mercancía a lo largo de todo el planeta. Futuras mujeres que ni siquiera llegan a decidir sobre sus propios órganos sexuales brutalmente mutilados, como sigue ocurriendo en Mauritania.

Sé que muchos hombres nos acompañan y nos ayudan a avanzar en nuestros derechos, benditos sean, pero por un segundo les pido que se imaginen vivir con esa condena sólo por el hecho de tener uno de los dos únicos sexos. La mujeres somos el 50% de la población y en general tenemos menos del 50% de los derechos. El de decidir cómo queremos que sea el mundo en el que vivimos es uno de nuestros grandes derechos. Por eso no debemos dejar que otros decidan por nosotros.