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Alimentar, educar, sobrevivir, cambiar

Por Dori Fernández

Al principio, ellos salían a cazar, mientras ellas y la prole dedicaban su tiempo a recoger bayas, granos y frutos silvestres que constituían la base de la alimentación del grupo. La caza de animales se volvía muy difícil sin más armas que lanzas y piedras talladas, con lo que ingerir proteína animal se convertía en una celebración esporádica. (Recomiendo leer Las mujeres en la prehistoria, editado en el 2008 por el Museu de Prehistòria de València).

Imagen del documental 'Cartografía de la Soledad', de Nocem Collado.

Imagen del documental ‘Cartografía de la Soledad’, de Nocem Collado.

Ni ellas ni ellos reconocían la causa-efecto de la copulación, con lo que los hijos e hijas que alumbraban eran entendidos como un bien común que había que cuidar porque aseguraba la pervivencia de la tribu. Sin saberlo, tenían claro que “para educar a un niño hace falta la tribu entera”, que dirá con acierto Jose Antonio Marina.

Más tarde, aprendieron a domesticar animales y a cultivar la tierra con su ayuda. Y también a ver las consecuencias de la copulación entre un hombre y una mujer. Ya nada era cosa de la tribu entera, sino de dos, de ellas y ellos, aunque seguían siendo los varones quienes salían fuera de su jurisdicción para intercambiar productos, semillas o ganado con sus otros iguales. Los constantes embarazos y el cuidado de la prole ataban a las mujeres al ámbito del ahora hogar-huerto.

Y con la agricultura aparecieron los excedentes y la propiedad privada. La tierra producía más de lo que una pareja y su prole eran capaces de consumir. Se hizo necesario mercadear con lo sobrante, cambiándolo bien por bienes de consumo, bien por bienes de acumulación (propiedades, ganado y otros bienes patrimoniales). La tribu había desaparecido para dar paso a la familia, la unidad básica de consumo, o “el medio de reproducción de la fuerza de trabajo” como la definiría Marx.

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¿Qué hay en el móvil de una refugiada siria?

Por Laura HurtadoLaura Hurtado

Empieza la película. Plano general. Estamos en Zaatari, uno de los campos de refugiados más grandes del mundo. Aquí habitan 79.000 hombres, mujeres, niños y ancianos procedentes de Siria, donde una guerra cruenta ya ha provocado el éxodo de 4 millones de personas, muchas de las cuales están llegando a Europa.

De lejos, Zaatari parece una ciudad en medio del desierto. Un mar de containers de plástico que se usan como viviendas, tiendas de lona y antenas parabólicas. Incluso hay una calle comercial con bares, tiendas y restaurantes. En realidad, Zaatari es tan grande como la cuarta ciudad de Jordania.

foto movil siria

Plano medio. Entramos en una tienda del campo. Las paredes se mueven fuertemente por el viento. Dos mujeres toman el té y hablan, sentadas en el suelo. En un rincón, una niña de 10 años está mirando su móvil y, por el movimiento del dedo, deducimos que está mirando fotos.

-¿Cómo estáis?

-Bien, gracias a Dios. ¿Y vosotros?

-Aquí estamos. Sobreviviendo.

-¿Habéis pensado en volver a Siria o os queréis quedar aquí?

-Estaremos en Zaatari hasta que Dios nos diga.

-Nosotros, no sé, ningún Zaatari del mundo podrá sustituir nuestra querida Siria.

Plano detalle. Vemos las fotos que mira la niña. Y se nos encoge el corazón. Lo que pasa con el dedo mecánicamente, casi sin inmutarse, son imágenes de explosiones, casas derruidas, gente huyendo con el miedo en el rostro, hombres heridos en la calle con los brazos levantados buscando ayuda, hileras de muertos envueltos en sábanas blancas.

Eso es lo que hay en el móvil de una niña refugiada siria. Un horror que explica en gran medida porqué millones de sirios y sirias han optado por abandonar sus hogares. Un horror que seguramente se reproduce en los móviles de millones de personas refugiadas en todo el mundo y ante el cual la comunidad internacional debería buscar soluciones duraderas. Existen y son posibles. Si realmente queremos que haya menos refugiados en el mundo deberíamos poner fin a los conflictos.

 

La película District Zero, producida por Arena Comunicación y Txalap.art con el apoyo de Oxfam y la Comisión Europea, se estrena en el Festival de San Sebastián el domingo 20 de septiembre.

Nagore, o el precio del ‘no’

Charo MármolPor Charo Mármol

Caras quemadas con queroseno, narices y manos cortadas, mujeres asesinadas… todas tienen un hilo conductor: las mujeres se negaron a ser consideras objetos, presas de sus verdugos. Unas sobrevivieron aunque quedaron marcadas para siempre. A otras les costó la vida.

En la India existe una práctica terrible: los hombres, a veces ayudados por sus familias, fingen un accidente casero y queman a sus mujeres con el queroseno de los hornillos con los que cocinan. Como nunca hay testigos y la policía no investiga, estos asesinatos quedan impunes permitiendo al marido casarse de nuevo y cobrar una nueva dote.

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La iraní Ameneh Bahramí rechazó la petición de matrimonio de un hombre al que no conocía y este le desfiguró el cuerpo con ácido sulfúrico. En 2013 llevaba 24 operaciones y no había podido recuperar la vista que había perdido. Reside en Barcelona, pero una vez al año debe ir a Irán donde sigue recibiendo amenazas de su maltratador.

En el trasfondo de toda esta violencia está la concepción de la mujer como objeto y como tal, con capacidad de ser comprada, vendida, y en todos los casos sometidas.

Cuando leemos estos datos pensamos que pasan a muchos kilómetros de nuestra realidad. Es algo de otras  culturas más primitivas. Nosotras y nosotros, europeos, españoles, somos un pueblo civilizado donde nada de esto ocurre.

Nada más lejos de la realidad. La violencia contra la mujer se da mil maneras en nuestro entorno más cercano. Cada año son asesinadas en nuestro país entre cincuenta y sesenta mujeres. En lo que va de año en España han muerto a manos de sus parejas 15 mujeres, una de ellas rematada por su marido cuando se recuperaba de una paliza, que él le había dado, en el hospital.

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