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Víctimas, nada más

Por Belén de la Banda y Álvaro Blanco

“Nuestra intención era erradicar el concepto de ‘víctima mala’ y ‘víctima buena’, tienes derecho a vivir sin importar cómo te guste vivir la vida”

Quien habla es Analía Fernández Fuks, una periodista argentina a quien tuvimos la suerte de recibir hace pocas semanas atrás en nuestra oficina. Analía nos hablaba de la forma de como algunos medios argentinos y latinoamericanos han cubierto tradicionalmente los casos de asesinatos machistas: más centrados en buscar algo reprochable en la vida de la víctima que en definir y condenar la acción del perpetrador. Muchas noticias dejan el feminicidio en un plano secundario, para buscar justificaciones absurdas en la vida de las víctimas. Fueran como fueran las víctimas, nadie tenía derecho a quitarles la vida. Pero eso no siempre queda claro.

Se coloca delante del Photocall Feminista de Oxfam junto con las fotos de mujeres que lideran el movimiento feminista.

Analía Fernández Fuks en una reciente visita a Madrid. Imagen de Ana Sagaseta / Oxfam Intermón

 

¿Cómo narrar la violencia hacia las mujeres sin que se vuelva un arma de culpabilización o revictimización contra ellas? ¿Cómo visibilizar la realidad sin reforzar los peores estereotipos? No debería ser un problema si se hiciera buen periodismo. Esa es la intención con la que Analía y sus compañeras decidieron fundar en Argentina un nuevo medio de comunicación con criterio: LatFem.

“Latfem nació de la necesidad de la narrativa del mundo desde nuestra perspectiva y militancia feminista, de la necesidad de que se vea el mundo con nuestros ojos. Había algunos suplementos en algunos diarios, pero no había medios de comunicación con una perspectiva feminista integral”

En todos sus espacios, el medio comunica con una perspectiva feminista e interseccional, y busca repercusión de las ideas y propuestas en toda Latinoamérica y en el Caribe. Su trabajo es darle nombre y visibilidad a la víctima de cada crimen machista, y luchar contra la desigualdad de género. Lee el resto de la entrada »

Ciberfeminismo contra la violencia

Por Eva Moure

Sólo hace un par de meses que supimos que la RAE (Real Academia) había decidido incorporar ‘sororidad’ como nueva palabra al diccionario. ¡Nueva! ¡Una palabra usada desde hace décadas! Mientras las instituciones y espacios oficiales van a remolque, la calle camina imparable.

Antonia Santolaya / Oxfam Intermón

Notas visuales realizadas por la ilustradora Antonia Santolaya durante la reunión de ciberactivismo organizada por Oxfam Intermón en Madrid. (c) Antonia Santolaya / Oxfam Intermón

Hace pocas semanas tuve la suerte de compartir jornadas con un grupo de activistas feministas de Africa, América Latina y España que se juntaron en Madrid, invitadas por Oxfam Intermón, para plantear estrategias de innovación digital contra los diferentes tipos de violencia machista. También para compartir experiencias y propuestas, para tejer red. Sororidad internacional en estado puro. Está claro que lo que compartimos es infinitamente mayor que lo que nos separa. En Argentina, Sudáfrica, Gambia, Colombia, España, Brasil o Marruecos.

De entrada, muchos hechos y datos demuestran que las violencias machistas ocurren en todo el mundo de forma sistemática, aunque hay quien todavía las niega o afirma que se trata de casos aislados. ‘Los datos son claves para conseguir políticas públicas, por eso es importante que se reconozcan los datos reales, no solo los oficiales’, comenta Nerea de Feminicidio.net.

Las movilizaciones sin precedentes también son un punto en común. El #NiUnaMenos en Argentina, el histórico 8 de Marzo pasado en España, el Total Shutdown (Paro total) del verano pasado en Sudáfrica, con miles de mujeres de todo el país movilizadas contra la violencia machista en uno de los países con mayor número de feminicidios del mundo y, al mismo tiempo, con las leyes más avanzadas en materia de defensa de los derechos de las mujeres. Leyes que no se cumplen. 

(c) Antonia Santolaya / Oxfam Intermón

Notas visuales de Antonia Santolaya durante la reunión de ciberfeminismos celebrada en Madrid y organizada por Oxfam Intermón. (c) Antonia Santolaya / Oxfam Intermón

El colectivo feminista habla de violencias, en plural, porque son varias. Y en los últimos años, la violencia digital es una de las últimas incorporadas. El auge del ciberactivismo ha multiplicado las posibilidades tanto de defender derechos como de recibir ataques, sufrir acoso o violencia machista en la red. Varias activistas africanas lo cuentan en este artículo. En América Latina, experiencias como la de Las Igualadas buscan abordar temas de género de forma divulgativa, y lo hacen de forma desenfadada y directa.

Su propuesta les ha valido millones de aplausos. También muchos ataques que, como a tantas activistas, las obliga a buscar estrategias de autodefensa.  ‘El objetivo de las violencias machistas es expulsar a las mujeres del espacio público’, escucho. Asustando, acorralando, avergonzando, provocando autocensura, entre otras cosas. La cuestión de fondo: las violencias machistas provienen de la desigualdad de género y de unas creencias afianzadas que es necesario desmontar si queremos una sociedad más justa y equitativa.

Hay trabajo por hacer. Y para ello es imprescindible unir fuerzas y compartir recursos. Es lo que hicieron las activistas que se juntaron en Madrid y a las que la ilustradora Antonia Santolalla siguió durante dos días para contar, con gran talento, en ilustraciones como las que acompañan este texto, cómo tejer redes saltando fronteras de todo tipo. En una palabra, sororizando.

Eva Moure es periodista y trabaja en Oxfam Intermón

Violación correctiva

Por Nuria Coronado

A la argentina Eva Analía De Jesús, conocida como Higui, el 16 de octubre de 2016 se le ha quedado grabada en el alma para siempre. Aquel fatídico día “ser mujer, lesbiana y pobre”, tal y como ella misma confiesa, le pasaron una terrible factura. Un grupo de 10 hombres intentó cometer lo que se conoce como una “violación correctiva” contra ella. La violación colectiva de lesbianas por parte de hombres con el fin de hacerlas mujeres y que sepan cómo se siente probar a un verdadero hombre” es desgraciadamente una realidad en muchos lugares.

Pintadas en defensa de Higui. Imagen facilitada por su campaña de apoyo.

A Higui, esta manada de seres (que no humanos) la acorralaron en el pasillo del edificio en el que vivía una de sus hermanas – donde había ido a celebrar el día de la madre-  para según ellos, cambiarla a la acera correcta. La tiraron al suelo, golpearon, dieron patadas y sentenciaron: “Te voy a hacer sentir mujer, forra lesbiana“, le dijo uno de los agresores, mientras le rompía los pantalones. “Vamos a empalar a la torta”, decía otro.

Ella no solo sacó fuerzas de donde pudo, también un pequeño cuchillo que llevaba por prevención en el pecho – no era la primera vez que la insultaban, amenazaban e incluso apedreaban por ser homosexual-. En el forcejeo, Cristian Espósito, uno de los agresores  (se le echó encima, intentó quitarle el pantalón y bajarle las bragas) y cayó herido por el puñal. Murió a las pocas horas.

Pese a lo terrible del suceso, como ocurre en demasiadas ocasiones, la víctima se convirtió en verdugo y además culpable de lo sucedido. Varios de los participantes en el hecho la denunciaron ante la policía por el apuñalamiento y posterior desenlace. No importó el testimonio de Higui, ni sus moratones, ni su miedo. Las autoridades decidieron que debía estar en un penal de mujeres hasta la celebración del juicio. La violación esta vez no solo era grupal y correctiva, también era institucional.

La madre de Higui en una movilización por su libertad. Imagen de Sebastián Hacher.

Esta otra violación continuaba en la Comisaría 2da donde al tomarle declaración de los hechos los funcionarios no la creían. Llegaron a reírse y decir “¡quién te va a querer violar con lo fea que eres!”. El resto le vino dado por la Unidad Funcional de Instrucción nª 25 de Malvinas Argentinas, el Juzgado de Garantías en lo Penal nª 6 de San Martín. Las declaraciones de los agresores la llevaron a prisión preventiva y al inicio de un juico por homicidio.

En la cárcel ha pasado ocho meses terribles. Pero su celda no han sido las cuatro paredes que la han cobijado. Su calabozo lo ha construido el machismo y la homofobia que recorre el mundo. De su cruel mazmorra ha salido gracias a las de siempre: a las mujeres valientes como su madre y sus hermanas, a las periodistas feministas que la han acompañado en este calvario, a las organizaciones LGTB que se han manifestado con la bandera de la libertad y el arrojo. El no callar de todas ellas durante estos meses, junto al escándalo internacional que ha conllevado, ha servido para que los jueces reconsiderasen su decisión y la dejaran en libertad, por la noche, casi a hurtadillas, a la espera del juicio.

En la prisión ha sufrido pesadillas por el encierro pero también se ha sentido acompañada por otras mujeres. Y es que, tal y como ha explicado en una carta de puño y letra publicada por el portal La Poderosa nada más salir del penal compartió celda “con ocho pibas amigables, entre clases y deportes que practicábamos dos veces a la semana, de modo que pude volver a correr. Y volver a respirar… Aun en los peores momentos, busqué la fuerza en las notitas que me mandaban mis sobrinos y en los dibujos que me hicieron con todo su amor, entre otras cartas que fui recibiendo y los gritos de ustedes, gargantas poderosas. Todos esos gestos me ayudaron a seguir, sostenida por sus abrazos… Tenía esperanzas de poder salir en cualquier momento, porque confiaba en ustedes, en esa fuerza que pusieron muchísimas mujeres desde afuera, para que yo la sintiera desde adentro”.

Higui se arrepiente de lo sucedido, ha llorado, se ha indignado. “Sin embargo solo tenía una elección: su vida o la de él”, me contaba Azucena su hermana. “Pese al calvario de verla en prisión, era mejor el truculento viaje de tres horas desde nuestro domicilio al Magdalena, Unidad 51 del Servicio Penitenciario Bonarense y los duros registros que sufríamos al entrar, que el tener que ir a verla a un cementerio. Hemos dado gracias, y las damos, porque siga viva”, añade.

Ahora ya en libertad, Higui no piensa callar. Tampoco le amedrentan las amenazas que está recibiendo por Facebook (hacia ella y su familia) y que ya ha denunciado a las autoridades. ¿Por qué hacerlo? Solo quiere ser ella. “Hay que seguir gritando, ¡la libertad no se mancha! Antes de pasar este calvario que me llevó a la cárcel, la vida tampoco me había resultado sencilla. Me discriminaban por la forma de caminar y no me aceptaban en ningún trabajo, sin tener en cuenta nada de mi interior, ni cómo soy en realidad, ni cuánto soy capaz de dar. Debí arreglármelas como pude, haciendo esas changas de jardinería que hoy me apasionan, porque siempre me gustó trabajar, sin techo, al aire libre. Y sí, por ser lesbiana debí soportar muchas agresiones; tantas que, llegado un punto, no me quedó otra que mudarme. Pero no fue suficiente, ni eso alcanzó para evitar que me atacaran con total impunidad: la Justicia portándose mal conmigo y mis atacantes en libertad. ¿Por qué todo esto? ¡Por pobre y por lesbiana! Pero ahora soy libre. ¡Soy libre, carajo!”.

Nuria Coronado es periodista, consultora en comunicación y editora.

Cinco preguntas pertinentes (o no) sobre trabajo sexual y derechos humanos

Por Ana Martínez

Gate i Oslo. Skummelt, mørkt, skremmende, stemning, natt, opplyst gatemiljø, gatelys, nattestid, ensomt, dystert, høstmørket, gatebelysning, gult gatelys, illustrasjon. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Calle de Oslo por la noche. Foto: © Luca Kleve-Ruud / Dagsavisen / Samfoto

Oslo, Noruega, 11 de la noche. Las calles están vacías, a excepción de dos mujeres de origen africano que conversan bajo la luz de una farola. Varios policías vestidos de paisano se acercan y las interpelan de malas maneras: “¿Tenéis condones? ¿Dónde está vuestra documentación? No os queremos ver más por aquí”.

Acoso policial como en este caso, violencia, extorsión, hostigamiento o discriminación. Las personas que se dedican al trabajo sexual están especialmente expuestas a estas y a otras muchas vulneraciones de derechos humanos en todo el mundo. En su mayoría se trata de mujeres que, además, se enfrentan a múltiples formas de discriminación y desigualdades de género.

Amnistía Internacional ha publicado cuatro informes sobre trabajo sexual en Noruega, Argentina, Hong Kong y Papúa Nueva Guinea que evidencian los abusos y violaciones de derechos humanos que sufren las trabajadoras y trabajadores sexuales en estos países, la solución pasa por exigir a los Estados normas que protejan, respeten y hagan efectivos sus derechos humanos a la vez que abordan la trata, la explotación y la discriminación de género. Entre las medidas que Amnistía Internacional solicita a los gobiernos está la despenalización del trabajo sexual entre personas adultas cuando hay consentimiento.

Mona ejerce como trabajadora sexual y vive en las calles de Port Moresby, capital de Papúa Nueva Guinea, con sus tres hijos. A menudo, sufren agresiones verbales. “Dormimos y nos bañamos en los desagües. En ocasiones, algún cliente nos paga una habitación. Si pedimos agua a los vecinos, nos persiguen y nos insultan. Me da mucha vergüenza, pero no hay esperanza para nosotros”, explica. Las trabajadoras sexuales y sus familias están particularmente expuestas a la violencia y a otros abusos de derechos humanos. La esperanza de la que habla Mona está precisamente en leyes que garanticen que todas las personas tengan acceso a sus derechos económicos, sociales y culturales, a la educación y a oportunidades de empleo, además de que gocen de una protección y seguridad mayores. La despenalización supone eliminar las leyes y políticas que criminalizan o sancionan el trabajo sexual y reforzar aquellas que penalizan la explotación, la trata de personas o la violencia contra quienes se dedican a ello.

A Laura, una trabajadora sexual de las calles bonaerenses, la asaltaron una noche a punta de navaja. Nunca lo denunció a la policía. “No me van a escuchar porque trabajo en esto”, asegura. Cuando el trabajo sexual está penalizado, las trabajadoras y trabajadores sexuales están también privados de medidas de protección que podrían servir para aumentar la vigilancia e identificar y prevenir abusos de derechos humanos tan atroces como por ejemplo la trata. A menudo, las víctimas son reacias a denunciar si temen que la policía tome medidas contra ellas por vender servicios sexuales.

Es el caso del modelo nórdico, que prohíbe la compra de servicios sexuales, criminaliza la organización del trabajo sexual y penaliza a las personas que ejercen este trabajo y que se organizan con el objetivo de sentirse más seguras. Amnistía Internacional destaca que estas personas tienen dificultades hasta para encontrar algo tan básico como el alojamiento, ya que sus arrendadores pueden ser procesados por alquilarles un hogar. “Algunos clientes te agreden en sus apartamentos. Pueden hacerlo porque saben que estás demasiado asustada como para ir a la policía. No nos queda otra opción que obedecer sus reglas porque estamos en su casa y no podemos llevarlos a la nuestra”, explica Tina, una mujer nigeriana que trabaja en las calles de Oslo.

La doble discriminación y el estigma que sufren algunos colectivos, como el LGBTI, es otra de las principales preocupaciones en torno a la vulneración de derechos humanos en el trabajo sexual. Virginia, una mujer trans que ejerció como trabajadora sexual en Buenos Aires durante años, explica las dificultades a las que tenía que hacer frente para acceder a los servicios médicos: “Cuando estaba enferma, iba al hospital, pero la gente siempre nos maltrataba. Nos decían que fuéramos a otra clínica porque allí no podían tratarnos…”. Ante este tipo de abusos, es necesario combatir la discriminación y los estereotipos de género perjudiciales, empoderar a las mujeres y al resto de grupos marginados y garantizar que ninguna persona carece de alternativas viables para ganarse la vida.

En definitiva, ¿qué deben hacer los gobiernos para proteger los derechos de las trabajadoras y trabajadores sexuales? Amnistía Internacional demanda un marco jurídico que proteja a estas personas frente a la violencia, explotación y la coerción; que impulse su participación en la elaboración de las leyes y políticas que afectan a su vida y su seguridad; y que garantice el acceso a la salud, la educación y les ofrezca oportunidades de empleo.

Ana Martínez es periodista en Amnistía Internacional España.

El franquismo y las mujeres: una cuestión de derechos

Por Evelyn Recinos Contreras 

“Nuestros valientes Legionarios y Regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y, a la vez, a sus mujeres. Esto es totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”

Gonzalo Queipo de Llano, General Franquista.

Entrada del ejército franquista en la localidad de Constantina.

Entrada del ejército franquista en la localidad de Constantina (Sevilla). Imagen de José Antonio Bru (Blog).

En España hablar de la guerra civil es un tema incómodo. No puedo decir que genere discusiones o que sea controversial. Sencillamente no existe, no se toca. El acuerdo sobre olvido y silencio es extensivo y transmitido de generación en generación.

Si pregunto, la mayoría dice que hay que dejar el pasado en el pasado. Yo me niego rotundamente a pactar olvido.

No quiero olvidar a Matilde Landa, Margalida Jaume, Pilar Sánchez, Daria Buxadé, Mercedes Buxadé y Lidia Falcón. No quiero olvidar la historia de represión, tortura, violación, prisión, fusilamiento y ensañamiento contra las mujeres republicanas. No quiero ignorar el daño irreparable causado a todas las mujeres españolas durante el régimen franquista condenando a algunas a cumplir roles impuestos y a otras a la violencia brutal.

La historia de las mujeres españolas no puede ser condenada al olvido y la impunidad.

En España, como en el resto del mundo la guerra de los hombres no solo se pelea en el cuerpo de las mujeres sino que sus efectos y daños trascienden el nivel personal, afectan a hijas e hijos, familia, comunidad y sociedad en general, y permanecen a través del tiempo. De allí supongo nace la necesidad de los responsables de forzar a un país entero a olvidar y callar.

Es necesario evidenciar que las violencias cometidas contra las mujeres en cualquier parte del mundo nos afectan a todas, que si tocan a una nos tocan a todas, por eso no puedo ni quiero olvidar a las mujeres republicanas que por su participación política, ideales o nexos afectivos fueron humilladas, rapadas, purgadas, difamadas, violadas, torturadas, privadas de libertad, cuyos hijos e hijas fueron robados, mujeres desaparecidas y ausentes. No quiero olvidar que las tropas franquistas tenían órdenes y total libertad para hacer con las mujeres enemigas lo que quisieran,  y usaron todo su poder para destruirlas y acabar con su dignidad por todos los medios.

Porque hay muchas heridas que siguen abiertas aunque las tumbas estén cerradas. Porque la memoria es importante para cambiar la historia, porque las palabras mueven y transforman, porque ya basta de vivir en miedo, estas líneas finalmente son una invitación a recordar a las mujeres ausentes y de alguna manera hacerles justicia. Una invitación a hacer tu parte.

Desde Women’s Link Worldwide estamos contribuyendo a que estos terribles crímenes cometidos durante la dictadura no sean olvidados ni invisibilizados, para ello hemos presentado la primer querella sobre crímenes de género durante el franquismo para que en la investigación penal que se lleva a cabo en Argentina se incluyan los crímenes cometidos contra las mujeres.

Por Evelyn Recinos Contreras, abogada de Women’s Link Worldwide @WomensLink

Lo mejor del Mundial

Por Susana ArroyoSusana Arroyo

A mí el amor por el fútbol me lo enseñó mi abuelita. Los mejores recuerdos de mi niñez incluyen nuestros domingos de ligas europeas por la mañana y juegos del campeonato costarricense por la tarde.  Esos eran, quizá, sus únicos momentos de descanso.

Todavía hoy – a mis treinta y tantos y a sus ochenta y muchos- toda gran cita futbolística la comentamos por teléfono. Si las famosas cadenas deportivas nos escucharan, nos ficharían seguro. El domingo nos juntamos después del (aburridísimo) Argentina-Alemania y ésta que les comparto acabó siendo nuestra lista de lo mejor del Mundial.

Un grupo de niños jugando al fútbol en Chad. (C) Laurens/ Oxfam Intermón

Un grupo de niños jugando al fútbol en Chad. (C) Laurens/ Oxfam Intermón

Lo mejor en el campo: Los porteros, Pirlo, Mondragón, Costa Rica eliminando a dos campeonas del mundo, la fase de grupos, todos los récords rotos,el tiro libre de Messi contra Nigeria, el gol de Van Persie contra España, los seis goles de James Rodríguez y este gol feminista:

Un Gol Feminista (subtítulos en inglés) from Fondo Centroamericano de Mujeres on Vimeo.

Lo mejor fuera del terreno de juego: Los memes, la ebullición de las redes sociales,  La Sele tica luchando contra la violencia doméstica, los jugadores de Grecia y Argelia donando sus primas, la exigencia de estadios libres de racismo y homofobia, la aficionada convertida en modelo que perdió su contrato por cazar animales en peligro de extinción y la campaña para que la FIFA algún día pague impuestos.

El equipo ideal: Hay tantos once ideales como personas aficionadas al fútbol. ¿Cómo elegir al mejor? Al fin y al cabo, como dice mi papá, ‘hablar de superioridad es más un discurso ejercido desde el poder y la dominación que desde la base humana’ . Pero una copa no puede acabar sin campeón, así que nosotras llegamos a un acuerdo: por su entrega, esfuerzo y compromiso, por su pasión, perseverancia y el valor de su juego, nuestro equipo ideal lo forman estas mujeres que se lo dejan, cada día, todo en el campo:

Susana Arroyo es responsable de comunicación de Oxfam en América Latina. Tica de nacimiento, vive en Lima. Quiere que cambiar el mundo nos valga la alegría, no la pena.