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"La libertad produce monstruos, pero la falta de libertad produce infinitamente más monstruos"

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Solita Salinas ha muerto. Era tan dulce y firme…

Al regresar del País Vasco, he encontrado un mensaje escueto de Carlos Marichal en el que me informa de que su madre, Solita Salinas, había muerto el viernes, a consecuencia de un infarto.

Al final, le falló el corazón de tanto usarlo.

El mismo viernes (¿será telepatía?), hablando de los preparativos para cocinar el pavo de Thanksgiving (el último jueves de noviembre), recordábamos en casa los versos que Solita componía y nos leía cada año, en torno al pavo del Día de Acción de Gracias o en nuestros cumpleaños (ambos lo celebramos en enero). Eran versos deliciosos, tiernos y simpáticos, en el filo dificilísimo que divide lo sublime de lo chistoso, que ella titulaba “Aleluyas”.

Hoy busco por toda mi casa esos folios manuscritos, que guardaba como oro en paño, con ánimo de releerlos en la hora de su muerte, y no los encuentro. Voy deambulando por los archivos familiares, sin hacer nada de provecho, pasando un día muy triste, aunque lleno de bellos recuerdos.

Y no paro de darle vueltas a la memoria, para regodearme con los momentos más alegres que hemos pasado con Solita Salinas y con Juan Marichal en Estados Unidos y en España: mis paellas, que ella alababa con desmesurada generosidad (quien las probó lo sabe), las comidas, cenas y tertulias en nuestra casa, en la de ellos o de otros amigos, los paseos por el campus de Harvard, por las playas Plumb Island (Newburryport, Mass), por los encinares de Villanueva de la Cañada hasta el Castillo de Villafranca, los comentarios sobre nuestras lecturas o sobre cómo arreglar España

Siempre estaba España en sus pensamientos y en sus sentimientos, como si tuviera prisa por recuperar los años perdidos en el exilio. El penúltimo libro que nos regaló trataba precisamente de “España en la poesía hispanoamericana”. Nos lo dedicó, con su modestia habitual, como si fuera un libro “de juguete”.

Ya se que nadie inmortal y que Solita, nuestra Solita, tenía ya 87 años (había nacido el mismo año que mi madre), estaba muy delicada de salud, amó y fue amada, pudo elegir -aunque no siempre- la vida que quiso y, en cualquier momento, podía producirse su muerte. Sin embargo, cuando ocurre lo inevitable, cuando se confirma en un ser querido la única y tremenda certeza que todos tenemos en esta vida, reaccionamos con sorpresa, incredulidad, mucha pena y hasta con rabia. Como si la muerte no fuera con Solita. Como si la muerte fuera incompatible con su dulzura y su generosidad. Gustavo Adolfo Bécquer debió pensar en ella cuando escribió el verso “poesía eres tú”.

Su padre, Pedro Salinas, un poeta inmenso del 27, nos legó una potentísima batería de versos amorosos (sobretodo “La voz a ti debida” y “Razón de amor”). Solita heredó la sensibilidad poética de su padre. Escribía maravillosos poemas para los amigos, pero no necesitaba escribir ni publicar (aunque tiene obras magnificas, que ella llamaba “obritas”) para transmitir y contagiar amor: ella misma era un amor como persona.

Cuando era una niña, y antes de que yo naciera, lo descubrieron genios como Juan Ramón Jiménez (que le dedicaba poemas a Solita) o Federico García Lorca (que se zampaba lo que encontraba en su fresquera) o Rafael Alberti (de quien ha sido grandísima especialista) y tantos otros poetas de la generación del 27 que frecuentaban su casa antes del Golpe de Estado del general Franco y de la Guerra Civil que la arrojó al exilio.

Regresó a España con la democracia y nos trajo toneladas de aire fresco y de orgullo por la recuperación de los ideales republicanos de libertad y solidaridad.

(En esta foto antigua, tomada en el comedor de mi casa, Solita da cuenta del pavo de Thanksgiving, entre Al Goodman, de CNN, y mi chica, Ana Westley, entonces del New York Times. Juan Marichal está frente a Solita , sentado a la derecha de Baltasar Garzón, y su cabeza sobresale por encima de la de David White, entonces corresponsal del Financial Times).

Hace cuatro años, dejó “El Mirador de Solita” (como ella llamaba a su terraza florida de la Calle Caracas, de Madrid) y se marchó a México con su marido, Juan Marichal (mi maestro en la Universidad de Harvard), para estar cerca de su hijo Carlos (prestigioso profesor de Historia Económica) y de sus dos nietas, Ana Esperanza y Andrea.

Desde entonces, los mensajes navideños de su hijo Carlos, con las fotos de familia, eran muy bienvenidos. Por teléfono, notábamos su pérdida paulatina de energía, a causa de la edad, pero también percibíamos su alegría innata, su ternura y su afecto. Eso nos confortaba. Este último mensaje de Carlos, huérfano, ha sido escueto y contundente. Lo siento mucho, Carlos. Lo siento muchísimo, Juan, ya viudo.

Ahora, ya veis, no se qué decir y, sin embargo, percibo que si no digo algo sobre la vida y la obra de Solita, habiendo tenido el privilegio de conocerla y quererla, habré cometido una injusticia. No se puede morir sin más ni más. Muchos jóvenes no saben nada sobre ella y es una pena porque Solita representa una parte importante de lo mejor de España, de la España errante del exilio, de la España en libertad que nos robaron los generales golpistas del 36.

La crema de la inteligencia, de la ciencia y del arte español del primer tercio del siglo XX salió de nuestro suelo, expulsada por la Dictadura, y, junto con la familia Salinas, fue nutriendo la cultura y el progreso de los países de acogida.

Los troncos robustos de científicos, técnicos, escritores, profesores, artistas, soñadores, etc., de la España de la II República fueron cortados en seco, a ras de suelo, casi por la raíz, como se hace con los olivos centenarios.

Han pasado 70 años desde la barbarie militar de 1936, que provocó el exilio de nuestras mejores lumbreras, detuvo el progreso durante casi dos décadas y alargó la noche interior con una ominosa y humillante Dictadura. Aquellos troncos, cortados violentamente hace 70 años, apenas lucen hoy unos brotes tiernos, como la ramita que, con la primavera, le salió al olmo seco de Antonio Machado.

Se fueron los mejores y nos quedamos sin el poso fértil de los auténticos maestros. Nos quedamos huérfanos de modelos, sin referencias éticas ni históricas. Por eso, cuando conocí a Solita y a Juan en su exilio de la Universidad de Harvard (Cambridge, Mass), y a su entorno de amigos y colegas, recibí un impacto muy singular, equivalente a la recuperación de décadas de privación de mi propia historia e identidad.

Recuperé entonces a algunos maestros que nunca pude tener en la España franquista. Y fue algo glorioso. Dejé de avergonzarme de ser español. Y ese sentimiento de orgullo por la vida y la obra de otros compatriotas del exilio, se lo debo, en gran parte, a Solita, dulce y auténtica patriota republicana.

Era profesora de Literatura pero también fue mi compañera de pupitre, durante un semestre, en un curso magistral que nos dio Vicente Llorens (secretario que fue del presidente Negrín y autor de grandes obras sobre liberales y romanticos). Otro exiliado de lujo, acogido por la Universidad de Princeton, de cuya sabiduría disfrutamos antes de su regreso a su Valencia natal ya en democracia.

He visto que Juan Cruz, que conocía muy bien a Solita, le dedica un bonito obituario en El País de hoy (que agradezco, copio y pego inmediatamente en el blog). Lo titula, con mucho acierto:

Solita Salinas de Marichal

Una hija del 27

Y lleva una foto de Luis Magan que ha captado un gesto (sonrisa contenida) muy característico de Solita. Yo tengo en casa fotos de ella muerta de risa. En confianza, se reía mucho y era muy graciosa contando anécdotas de su vida tan rica, tan amorosa y -¡cómo no!- también tan dolorosa.

Juan Cruz cuenta la mayor catástrofe que marcó la vida de Solita: sobrevivió a su hijo Miguel, quien ahora tendría mi edad. Jamás pudo ni quiso perder la marca doliente de esa tragedia. Sonreía, pero a menudo lo hacía con un cierto velo de melancolía, como si quisiera compartir la sonrisa con su hijo ausente.

Solita –como dice Juan Cruz– era “hija del 27”, pero también fue nieta del 98 (Unamuno, Machado, Giner…) y madre de la generación democrática del 78, que auspició su regreso a España.

Siempre animosa, dispuesta a dar algo más de sí misma, Solita Salinas tiraba de Juan Marichal o le empujaba para iniciar mil proyectos, ya fueran artículos, conferencias, libros, clases o paseos por El Escorial o el Parque de Rosales.

Ya se que Juan Marichal es mucho Juan. Desde luego, es un gran maestro, en el sentido más profundo y edificante de la palabra. Todos los días que asistí a sus clases de Literatura en Harvard, en 1976-77, (dos veces por semana a primera hora de la mañana), el profesor Marichal era despedido del aula con un fuerte aplauso de los alumnos. Muy pocos catedráticos han alcanzado ese grado de admiración y gratitud de sus alumnos. Juan Marichal era celebrado y envidiado por todos sus colegas. Y ahí están sus obras y sus discípulos.

Con todo su mérito personal, Juan Marichal, ahora viudo, le debe mucho a la energía, a la creatividad, a la originalidad, a la alegría inagotable y al amor de su esposa Solita. Y él lo sabe muy bien. Su vida y su obra (ambas inmensas) se asientan sobre los cimientos firmes y sólidos de Solita.

(En esta foto de hace mas de 20 años en el comedor de mi casa, está Solita junto a mi suegra, Geraldine Westley, y frente a Juan Marichal. Detrás de Solita están Lorenzo Ruiz, José Luis Martínez, Joaquín Estefanía, Emilio Ontiveros, con Sofía Santillana, y Ana Westley. En las rodillas de Juan está sentada Eva Martínez Orbegozoy, a continuación, están Ana Kuntz, Ana Cañil, con su ahijado David en brazos, Marijé Orbegozo y Ana Santillana. Yo estoy de pie con mi hija Andrea en brazos).

Para concluir estos recuerdos emocionados, me cuesta definir y despedir, con justicia, a Solita en la hora de su muerte. Y no quiero repetir lo que muy correctamente ya ha publicado Juan Cruz sobre ella.

Quiero decir que Solita era algo más: un modelo de comportamiento ético y estético. Todo el mundo está de acuerdo en que Solita era frágil y tierna, como si un soplo de aire pudiera quebrarla en mil pedazos. Caminaba despacio, con pasos cortos, y gesticulada con suavidad y elegancia. Hablaba con precisión la lengua castellana, como si la saboreara en cada punto y aparte. Citaba, sin presumir, nombres grandiosos que conoció en España y en el exilio. Y contaba sus anécdotas llamándoles, como si nada, por el nombre de pila:

“Un día vino Federico a casa y me dijo: oye Solita… “.

“Otro día, Juan Ramón vino a leerme un poema que había compuesto para mi…”

Pero esa Solita frágil, dulce, tierna y “blanda con las espigas”, que parecía –como Platero– hecha de algodón, encerraba una potentísima fuerza interior.

Era firme y fuerte como un roble –“dura con las espuelas”- en todo lo que concernía a sus principios. Era apóstol fiel de la ética laica republicana: honrada a carta cabal, respetuosa con las leyes (que en España, a veces, le parecían meras orientaciones) y enemiga acérrima de la chapuza nacional, del nepotismo y de los enchufes para privilegiados que quebraban la igualdad de oportunidades.

Tras su aparente fragilidad física, Solita poseía una fortaleza intelectual y moral digna de encomio. Se revolvía, con santa ira, contra las injusticias y contra la ignorancia. En lo que chocaba con sus principios, era dura e inflexible. Mano de hiero en guante de seda.

Para mi ha sido y seguirá siendo un gran ejemplo, un digno modelo a imitar.

¡Qué pena y qué lástima no haberla tenido en España, por culpa de la despreciable Dictadura franquista, durante toda su larga y fructífera vida!

Fui muy afortunado al conocerla y nunca olvidaré su generosa acogida en Cambridge. Salí de España sin mirar hacia atrás, huyendo del terror que me había producido un reciente secuestro con torturas y fusilamiento simulado, tras la muerte de Franco, y llegué a casa de Solita con las cicatrices producidas por los fanáticos franquistas aún frescas.

Ella fue un bálsamo para reconciliarme con España y, conociéndola, para reconciliarme también con el género humano.

Gracias, Solita.

Descansa en paz.