Se nos ve el plumero Se nos ve el plumero

"La libertad produce monstruos, pero la falta de libertad produce infinitamente más monstruos"

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Ojo:¡coinciden! Zapatero «aprecia», Zapatero «valora». Aquí pasa algo.

Decir lo que se piensa

ADOLFO GARCÍA ORTEGA en El País

26/02/2007

No es tan sencilla, después de todo, esta obviedad: decir lo que uno piensa. Porque además no es fácil hacerlo. Se tienen muchos temores al ridículo, se apela a muchas estrategias oportunas o inoportunas, se mira de reojo a quienes han de sancionar en último extremo el amaestramiento de la libertad individual, lo más incómodo del mundo, para el poder establecido. En suma, decir lo que se piensa arroja al individuo a las fieras de la soledad. Es un claro ejercicio de incorrección política y social que vemos florecer escasamente, y sobre todo da sus frutos a una edad en la que ya no hay nada que aparentar, cuando no que perder, o en un momento político en que se está totalmente apartado. Me viene a la cabeza el caso de José María Aznar, por ejemplo, que ahora dice lo que piensa con toda libertad y, salvo en una o dos ideas nada originales, suele ser tan lamentable como cuando se guardaba para sí lo que de verdad pensaba. Pero un político como Aznar, tan nefasto para España, todo él lamentable en sí, hizo de la mentira un sistema y es poco creíble que lo que diga ahora sea en realidad lo que piensa y siempre calló, cuando me temo que siempre dijo lo que pensaba, porque siempre callaba, o a lo sumo parecía que hablaba sin llegar a decir nada verdaderamente de interés. No me preocuparía demasiado este asunto si no fuera porque este doble lenguaje del decir y el pensar por separado afecta, hoy por hoy, a todo tipo de escritores, intelectuales y periodistas de izquierda. Y la dicotomía verdad versus apariencia correcta se ha instalado en el discurso habitual de analistas y opinadores.

Nos hemos metido en el laberinto de la verdad tamizada, de la realidad explicada con perspectiva de futuro (luego esquivable en el presente), de la opinión maquillada y desteñida, del histérico tartufismo intelectual, que lleva a la coronación de una hipocresía, no nueva, pero sí demasiado extendida, entre los corifeos de las acciones (o inacciones) del Gobierno. A cierto borreguismo se le ha empezado a llamar «cerrar filas», y estos que cierran filas y buscan una permanente justificación laudatoria de todas las cesiones y concesiones que el Gobierno de izquierdas hace para mantener el equilibrio inestable en que se encuentra (véase ese maridaje contra natura que es la asunción del nacionalismo como parte integrante de la evolución de la izquierda) son los que ya no dicen lo que piensan. Han envenenado las aguas de su pensamiento y han sacado en procesión un vetusto estalinismo intelectual que subyace en la autocomplacencia de un Gobierno incauto y su guardia pretoriana. A la autocrítica se le empieza a ver como deserción o cobardía. A la opinión discrepante se le tilda de arma maquiavélica o, peor aún, de traición. A quienes se desmarcan del «consignismo» propio de todo gobierno en apuros, se les estigmatiza como «de derechas», y ya, desde ahí, desde esa nueva identidad, no vale la pena escucharlos porque dirán, a su vez, otras y taimadas consignas.

¿Qué pueden hacer aquellas personas que abominan del dúo chulesco y tramposo de Acebes-Zaplana, o del peroratismo destructivo del Nunca Electo Rajoy, pero que también tienen una clara noción del alto precio de honestidad que cuestan las torpezas y necedades de este nuestro Gobierno? ¿Acaso ver un cúmulo de prejuicios en el discurso que sostiene la izquierda, en materia de política exterior o de inmigración, hace que uno haya de ser expulsado a los brazos de la derecha? ¿Es que pensar que no hay que negociar con ETA equivale a ser un fascista de extrema derecha peligroso? ¿Puede ser de recibo que desenmascarar a los falsos lobos vestidos de corderos que articulan que el nacionalismo tiene una bondadosa vertiente universalista sea tenido por reaccionario?

No hago más que lamentar, día tras día, cuánto se ha perdido de la libertad individual y de la palabra individual, sobre todo cuando esa libertad y esa palabra se convierten en voz que aspira a ser colectiva, a decir a los demás que existe una tercera opción, y que ésa es la del ejercicio de la verdad aunque moleste. Y hay mucha gente, entre los periodistas, los tertulianos radiofónicos, los escritores de medios de comunicación, que piensan una cosa (y la manifiestan en el ámbito privado) y dicen otra en el ámbito público. Porque hay miedo a perder el estatus tan bien y peligrosamente conseguido entre las filas de los adoradores del poder. Y hay miedo a ser quien se es, por si acaso, al final, no hay recompensa. Lo terrible, bien mirado, es que a derecha e izquierda van asentándose unos cuantos personajes que enarbolan palabras muy incendiarias y amenazas muy veladas, y pienso en que, esos mismos, en otra España, lejana en el tiempo tan sólo, habrían llevado armas, redactado listas y justificado crímenes en aras de una ideología. Siempre, decir lo que se piensa, se paga. Aunque puede que tal vez no, que la democracia sea una verdad más valiosa de lo que creemos y decir lo que se piensa sea respetado y aplaudido. Esperemos.

Adolfo García Ortega es escritor.

Cuidadín nos ha enviado este comentario a un post antiguo y creo que vale la pena recogerlo hoy aquí

Dice así:

«

Los principios de la propaganda

Goebbels era un genio de la propaganda. Unos famosos principios impulsaron su trabajo. Todavía son usados hoy en día como herramienta propagandística. Son estos:

1. Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo.

2. Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.

3. Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos, respondiendo el ataque con el ataque. «Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan».

4. Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.

5. Principio de la vulgarización. «Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar».

6. Principio de orquestación. «La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas». De aquí viene también la famosa frase: «Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad».

7. Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.

8. Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.

9. Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.

10. Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

11. Principio de la unanimidad. Llegar a convencer mucha gente que piensa «como todo el mundo», creando una falsa impresión de unanimidad.

Citas de Goebbels

• «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».

• «Mas vale una mentira que no pueda ser desmentida que una verdad inverosimil».

• «Mentir, mentir, mentir… algo siempre queda».

lo dijo Cuidadin · 26 Febrero 2007 | 07:02