Se nos ve el plumero Se nos ve el plumero

"La libertad produce monstruos, pero la falta de libertad produce infinitamente más monstruos"

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Feliz 2010: 20 minutos, 10 años

Década nueva, vida nueva. Hoy me levanté decidido a perder 5 kilos de peso durante 2010. Como suelo hacer cada primero de año, esta mañana me desperté tarde pero cargado de buenas intenciones. Afortunadamente, nunca dejé rastro por escrito de mis severos propósitos anuales de enmienda.

Cada primero de enero, me despejo dando un paseo en solitario para revisar, al cabo de un año, todos mis incumplimientos. Tengo suerte. Ya que no recuerdo muy bien lo que me prometí en secreto, no puedo culparme de mis presuntos fracasos. De esta manera, el sentimiento judeo-cristiano de culpa queda a salvo. Tengo la impresión de que, desde hace dos años, acuso a la crisis económica de casi todo lo malo que me pasa.

(Foto de boda con el novio, en el centro, y mi hijo Erik, que hizo de Best Man, algo así como padrino)

Hoy, por primera vez, voy a dejar por escrito mi compromiso de perder 5 kilos y lo hago, además, ante tantos testigos como lectores tenga este blog (si es que aún los tiene). Por tres razones de distinta envergadura, llevo casi un mes dándole vueltas a esto de perder peso. Lo digo en serio. Y no se cómo hacerlo.

La primera razón es por mi salud física; es decir, al conocer el resultado de la revisión médica anual que nos hacen a todos los empleados de 20 minutos. Como no fumo y apenas bebo, los médicos me recomendaron perder, al menos 5 kilos, para no rozar los límites de la obesidad en los que me muevo desde que empezamos a perder ingresos por publicidad y a recortar los gastos. Con la crisis empezamos también a perder el buen humor y, en mi caso, las ganas de actualizar el blog.

La segunda razón es por mi salud mental. Acostumbro a comer más de lo necesario para combatir el estrés; como por inercia, quizás por rutina; como sin pensar lo que como ni por qué lo hago; como para no pensar; como para premiarme por falsos éxitos; como por vicio, no por placer; como por comer.

(Foto de los novios, Rebecca y Jorge, publicada por The Washington Post)

La tercera razón –me da vergüenza reconocerlo- es económica. Creo que también tiene algo que ver con mi complejo agrario o de postguerra contra el despilfarro. La prueba del nueve –o, como se dice ahora, la prueba del algodón- la tuve hace un par de semanas cuando traté de abrocharme en vano el pantalón de mi traje oscuro de invierno, ese que utilizo para bodas, funerales, recepciones oficiales o similares. No hubo forma.

Incrédulo ante lo que veían mis ojos me dije:

Si me lo puse hace apenas unos meses para la cena de Estado que los Reyes ofrecieron al presidente de Rusia, ¿cómo es posible que no pueda abrocharme hoy el botón de la cintura ni cerrar por completo la cremallera de la bragueta?

Una voz amiga me recordó que aquella cena en el Palacio Real fue de riguroso frac, que tuve que alquilar –como siempre- por 60 euros.

¿Cuándo fue, entonces, la última vez que utilicé este magnífico traje, casi nuevo, que uso en muy contadas ocasiones?

(Junto a un expendedor de diarios gratuitos en la Avenida de Pensilvania de Washington D.C, unas horas antes de la boda)

Haciendo memoria, recordé una visita que hice a Noruega, hace un par de años, por razones funerarias. Hacía mucho frío y llevé mi traje oscuro de invierno.

Fue en noviembre de 2007, cuando asistí en Oslo al funeral por Tinius, el principal dueño de 20 minutos. Ahora recuerdo que esa fue la última vez que puede ponerme el traje oscuro sin problemas.

En vísperas de la boda en Washington de un madrileño, grandísimo amigo de la familia, con una yanqui, no tuve más remedio que salir corriendo hacia unos grandes almacenes -de los que se anuncian en 20 minutos- y comprarme un traje nuevo para estrenar en tal ocasión.

La boda de Rebecca Bloch y Jorge Díaz Pardo, en plena nevada, mereció foto a toda página en The Washington Post.

Puedo decir que estrené mi traje nuevo en una espléndida boda que bien mereció el gasto. Pero también reconozco que me compré el traje un poco estrecho o apretado con el compromico interior, aún secreto, de adelgazar después de las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Y así llego al día de hoy: la hora de la verdad.

(Frente a la Casa Blanca, en esta ocasión blanquísima, con mi hijo Erik)

Recuerdo que, al fundar 20minutos.es, Virgina Pérez, directora editorial adjunta de nuestra web, se comprometió en público a dejar de fumar. Cada día nos contaba en su blog los progresos (o retornos) que hacía en su lucha particular contra el tabaco. No voy a hacer yo lo mismo con la aventura de perder 5 kilos de peso en todo un año. Pero, al menos, dejo escrito aquí mi compromiso público, para que conste y para que el 1 de enero de 2011 me muera de vergüenza si no lo he conseguido.

Entretanto, FELIZ AÑO 2010 (y 2011) a todos. Es el año redondo (20 y 10) del Décimo Aniversario del diario 20 minutos y del Quinto Aniversario de nuesntra web 20minutos.es.

Que se cumplan vuestros mejores deseos, al menor coste posible.

Para los Occidentales: Feliz año 2010

Para los Chinos: Feliz año 4707

Para los Musulmanes> Feliz año 1432

Para los Maya> Feliz año 5123

Para los Hebreos> Feliz año 5770

Para los Hindúes> Feliz año 5000 aprox.

Para los Celtas> Feliz año 2530 aprox.

En el avión de regreso de Washington a Madrid pude leer este artículo del Wall Street Journal, que copio y pego como buen resumen de la década que, afortunadamente, acabó ayer.

Bienvenida la nueva década. Peor que la pasada no podrá ser.

A 10-Year Dose of Reality

What Terrorism, War, Boom and Bust, Business Scandals and Susan Boyle Taught Us

By ALAN MURRAY

If you could travel back in time to 1999, you’d be struck by a remarkable air of unreality. The Cold War had ended, communism had been defeated, capitalism had triumphed, history was over. The Internet had conquered distance, melted borders, offered a cure for ignorance.

There was a vague sense that governments had become superfluous, business cycles had become obsolete, and some broad extension of Moore’s law had ensured an ever-accelerating rise in prosperity, ever-expanding wealth, and a Dow Jones average of 36000.

Then, as the millennium turned, reality set in. It didn’t happen at the stroke of midnight, as the Y2K alarmists feared. But it began soon thereafter.

In March 2000 the Internet bubble burst, destroying trillions of dollars of wealth and awakening us from a technology-induced dream. Then came September 2001 and the unthinkable collapse of the twin towers, bringing a sudden realization that the great clash of civilizations had not ended. Terrorism turned out to be as frightening as communism, and instead of a cold war, we were soon faced with two very ugly hot wars that spanned most of the decade.

Business leaders, who were popular heroes and graced the covers of magazines in the 1990s (Ted Turner, Andy Grove and Jeff Bezos all made Time’s “Person of the Year”), became villains in the new century. Scandals erupted at Enron, Worldcom, Adelphia, Parmalat. The video clip of Dennis Kozlowski’s company-financed birthday party for his second wife on the island of Sardinia, with half-naked gods and goddesses serving hors d’oeuvres and an ice sculpture of Michelangelo’s David spewing vodka from its member, became the symbol of corporate excess.

CEOs, whose job tenure once rivaled that of college professors, found themselves booted unceremoniously out the door. Carly Fiorina, Hank Greenberg, Phil Purcell, Hank McKinnell, Bob Nardelli and many more discovered that the corner office had an ejection chair, and someone else’s finger was on the button.

China was the great success story of the decade, with soaring economic growth enriching hundreds of millions of people and creating countless new urban skylines. But even that triumph exploded a comfortable myth — the once-easy assumption of Western thinkers that economic freedom would inevitably be followed by political and social freedom.

Meanwhile, the tectonic shifts of the global economic plates fed a relentless process of creative destruction, spawning dynamic new businesses in places such as Shanghai and Palo Alto, while cratering entire industries in places such as Detroit.

Americans reacted to the reality of the new decade by going on a shopping spree, using the inflated value of their houses to fund their profligacy. Ingenious financiers turned housing debt into an array of complex new instruments that provided the shaky foundation for a financial colossus that stood astride the globe.

Inevitably, the foundation gave way and the colossus collapsed. Soon proud old firms like Bear Stearns, Lehman Brothers, Merrill Lynch and Wachovia were gone or sold to rivals, and others had been thrown into the arms of government. A great recession ensued, and the world’s faith in free markets was shaken profoundly.

Unlike the Hollywood-scripted decade that preceded it, this one turned out to be more like the reality-television shows that proliferated during its span. They showed us that not everyone can sing, not everyone can dance, not everyone can stay on the island, and not every fairy-tale romance leads to happily ever after. The real world, after all, is made up of real human beings, and human institutions and history are inevitably infected with their weaknesses. Greed, envy, hatred, ignorance, corruption — these are all part of the game.

The first decade of the 21st century offered ample reminders that even with imperfections, human beings are capable of great triumphs. The aughts will be remembered for the greatest alleviation of poverty in the history of humankind, as the middle class swelled in China, India and elsewhere. It will be remembered for a long list of technological accomplishments — from the rise of Google and the emergence of Wikipedia to the creation of the elegant iPhone. In the U.S., it will be celebrated as the decade in which the nation took a huge step toward breaking free of its legacy of slavery and Civil War by electing a black president.

And the supersized dose of reality dumped on us during the decade is now informing a search for new answers, new approaches, new models, all based on a better understanding of human nature. For a time, at least, experience will trump hope. We won’t assume that technology can solve all problems, that markets will cure their own excesses, or that one person can overcome the failures of the many.

The hopeful embodiment of this new tone surfaced at the end of the decade, in the person of an unmistakably real woman named Susan Boyle. Never in a thousand decades would she have been cast for a leading role by Hollywood. Yet her performances became the stuff of the most watched video ever on YouTube — seen by more than 130 million people — and reminded us that you don’t need fantasy to create success. Reality will do just as well.

FIN

DECEMBER 21, 2009

(Write to Alan Murray at Alan.Murray@wsj.com)