Se nos ve el plumero Se nos ve el plumero

"La libertad produce monstruos, pero la falta de libertad produce infinitamente más monstruos"

Entradas etiquetadas como ‘el buen pastor’

“El buen pastor”, Savater, la CIA y Aristóteles

Hoy, viernes santo, no hay periódicos. Antes tampoco había cine, ni bares, ni ruidos. Los niños teníamos prohibido cantar y levantar la voz en viernes santo. Hoy, nos queda el cine.

Si pueden, vayan a ver “El buen pastor”, una gran película dirigida por Robert de Niro. A mi me ha hecho pensar en cuestiones éticas y políticas, bastante incómodas, que tenía interesadamente archivadas, no se si por miedo o por pereza mental, en el baúl de los recuerdos.

Anoche, empezamos hablando de esta película de De Niro y acabamos hablando –cómo no!- del libro “Ética para Amador”, de Fernando Savater, que ha vuelto a estar de moda. Ambos (De Niro y Savater) abordan la cuestión, más vieja que Aristóteles, de si debemos sacrificar o no a una persona para salvar a varias o a muchas o a un país entero. Este es uno de los muchos asuntos que toca la película. Y no el menor. Pero no voy a reventar aquí el argumento.

Creo recordar que Aristóteles lo planteaba poniendo el ejemplo del barco que, en plena tormenta, se va a pique si no arrojan toda la carga al mar y, después de la carga, también a algunos marineros (¿por sorteo?) para que se salve el resto de la tripulación.

Mi mujer, que había leído recientemente un artículo científico sobre la influencia del factor emocional en decisiones racionales, nos cambió el paso a todos. Acabamos discutiendo sobre la influencia de la física y la química en cuestiones morales, económicas y políticas. O sea: ahí están ahora las ciencias experimentales marcándole el paso a las ciencias sociales. ¡Válgame Dios!

El caso es que estos científicos, que citaba la Westley, dicen haber probado que ciertas lesiones, presiones o perturbaciones en determinadas zonas del cerebro afectan a la influencia mayor o menor del factor emocional en decisiones que consideramos puramente racionales, desde el punto de vista de la lógica.

Aseguran que hay personas que, por razones físicas y químicas, tienen alterado el mecanismo de selección de prioridades emocionales y toman decisiones basándose sólo en la fría lógica.

1ª Pregunta: ¿Aprueba usted que maten a dos desconocidos para salvar a diez desconocidos?

Si responde “Sí”, acierta. Esta es la respuesta que esos científicos consideran correcta en el caso de que preguntemos a personas normales.

2ª Pregunta: ¿Aprueba usted que maten a su hijo para salvar a diez desconocidos?

Si la respuesta es “sí”, usted tiene un problema cerebral. En este caso, para personas normales, la respuesta que los científicos consideran correcta es “no”.

Sin embargo, por lo visto, hay personas tan frías que llevan la lógica (desprovista de carga emocional) hasta el final y prefieren que maten a su hijo para salvar a diez desconocidos.

En todas las culturas hay mitos y leyendas como la de Guzmán el Bueno en el siglo VIII. Dicen que el bravo soldado y pésimo padre arrojó su cuchillo desde la torre del Castillo de Tarifa para que los enemigos (moros y cristianos), que le tenían sitiado, pudieran matar con él a su propio hijo antes que rendir la plaza.

A mí también me enseñaron, en Formación del Espíritu Nacional, la leyenda de que el general franquista Moscardó dijo a los militares republicanos que prefería que mataran a su hijo, que tenían prisionero, antes que entregarles el Alcázar de Toledo. De ahí viene lo de “¡el Alcázar no se rinde!” tan jaleado por los militares golpistas de Franco.

Ahora vemos que estas personas, que deben ser menos que las que pregonan en las historias patrióticas, suelen tener perturbado el factor emocional debido a ciertas lesiones (derrames, ictus, heridas, etc.) en una zona localizada del cerebro.

En pleno debate sobre si el fin justifica o no los medios, terció mi hijo David, que es escalador, para complicar más aún la cuestión con esta pregunta:

“¿Debes cortar la cuerda que te ata a tu compañero de escalada si tienes que elegir entre su muerte o la de los dos?”

La respuesta correcta es:

(Continuará)

—-

P.S. 1ª:

Recuerdo que Paul Samuelson solía explicar ciertas decisiones económicas a la luz no sólo del cerebro sino también del corazón. ¿Es viable una economía sin cerebro (ineficacia) o sin corazón (inequidad)? Menudo debate.

P.S. 2ª:

Hice una parte de la mili en la Isla de la Palomas, en Tarifa, y subí algunas veces al torreón desde donde, según cuentan las crónicas, Guzmán el Bueno arrojó el cuchillo para que mataran a su hijo. Si alguna vez pasan por esta torre del Castillo de Tarifa comprobarán que seguramente fue el viento, fortísimo y casi crónico, quien arrancó el cuchillo de las manos de Guzmán, a partir de ahora, mal llamado “el Bueno“. Mejor le llamamos Guzmán “el enfermo cerebral

Y aquí va copiado y pegado -para beneficio de los más incrédulos- el artículo al que se refería ayer la Westley sobre esos “daños cerebrales que dicen que afectan a decisiones (elecciones) morales”, publicado el 22 de marzo en The New York Yimes. Lo pego entero, en lugar de su correspondiente enlace, porque es de pago.

March 22, 2007

Brain Injury Said to Affect Moral Choices

By BENEDICT CAREY

Damage to an area of the brain behind the forehead, inches behind the eyes, transforms the way people make moral judgments in life-or-death situations, scientists reported yesterday. In a new study, people with this rare injury expressed increased willingness to kill or harm another person if doing so would save others’ lives.

The findings are the most direct evidence that humans’ native revulsion to hurting others relies on a part of neural anatomy, one that evolved before the higher brain regions responsible for analysis and planning.

The researchers emphasize that the study was small and that the moral decisions were hypothetical; the results cannot predict how people with or without brain injuries will act in real life-or-death situations. Yet the findings, appearing online yesterday, in the journal Nature, confirm the central role of the damaged region, the ventromedial prefrontal cortex, which is thought to give rise to social emotions, like compassion.

Previous studies showed that this region was active during moral decision making, and that damage to it and neighboring areas from severe dementia affected moral judgments. The new study seals the case by demonstrating that a very specific kind of emotion-based judgment is altered when the region is offline. In extreme circumstances, people with the injury will even endorse suffocating an infant if that would save more lives.

”I think it’s very convincing now that there are at least two systems working when we make moral judgments,” said Joshua Greene, a psychologist at Harvard who was not involved in the study. ”There’s an emotional system that depends on this specific part of the brain, and another system that performs more utilitarian cost-benefit analyses which in these people is clearly intact.”

The finding could have implications for legal cases. Jurors have reduced sentences based on brain-imaging results showing damage. The new study focused on six patients who had suffered damage to the ventromedial area from an aneurysm or a tumor. The cortex is the thick outer wrapping of the brain, where the distinctly human, mostly conscious functions of thinking and language reside. ”Ventral” means ”underneath,” and ”medial” means ”near the middle.” The area in adults is about the size of a large plum.

People with this injury can be lucid, easygoing, talkative and intelligent, but socially awkward, seemingly numb to the ebb and flow of subtle social cues and emotions. They also have some of the same moral instincts that others do.

The researchers, from the University of Iowa and other institutions, had people with the injury respond to moral challenges. In one, they had to decide whether to divert a runaway boxcar that was about to kill a group of five workmen. To save the workers they would have to flip a switch, sending the car hurtling into another man, who would be killed.

They favored flipping the switch, just as the group without injuries did. A third group, with brain damage that did not affect the ventromedial cortex, made the same decision.

All three groups also strongly rejected doing harm to others in situations that did not involve trading one certain death for another. They would not send a daughter to work in the pornography industry to fend off crushing poverty, or kill an infant they felt they could not care for. But a large difference in the participants’ decisions emerged when there was no switch to flip — when they had to choose between taking direct action to kill or harm someone (pushing him in front of the runaway boxcar, for example) and serving a greater good.

Those with ventromedial injuries were about twice as likely as other participants to say they would push someone in front of the train (if that was the only option), or suffocate a baby whose crying would reveal to enemy soldiers where the subject and family and friends were hiding.

The difference was very clear for all the ventromedial patients, said Dr. Michael Koenigs, a neuroscientist at the National Institutes of Health who led the study while at the University of Iowa. After repeatedly endorsing killing in these high-conflict situations, Dr. Koenigs said, one patient told him, ”Jeez, I’ve turned into a killer.”

The other authors included Dr. Daniel Tranel of Iowa; Dr. Marc Hauser of Harvard; and other neuroscientists.

The ventromedial area is a primitive part of the cortex that appears to have evolved to help humans navigate social interactions. The area has connections to deeper, unconscious regions like the brain stem, which transmit physical sensations of attraction or discomfort; and the amygdala, a gumdrop of neural tissue that registers threats, social and otherwise. The ventromedial area integrates those signals with others from the cortex, including emotional memories, to help generate familiar social reactions.

”This area, when it’s working, will give rise to social emotions that we can feel, like embarrassment, guilt and compassion, that are critical to guiding our social behavior,” said Dr. Antonio Damasio, a co-author of the study and a neuroscientist at the University of Southern California.

Those sensations put a finger on the brain’s conscious, cost-benefit scale weighing moral dilemmas, Dr. Damasio said, creating a tension that even trained snipers can feel when having to pull the trigger on an enemy. This tension between cost-benefit calculations and instinctive emotion in part reflects the brain’s continuing adjustment to the vast social changes since the ventromedial area of the cortex first took shape.

The area probably adapted to help the brain make snap moral decisions in small kin groups — to spare a valuable group member’s life after a fight, for instance. As human communities became increasingly complex, so did the cortical structures involved in parsing ethical dilemmas. But the more primitive ventromedial area continued to anchor it with emotional insistence on an ancient principle: respect for the life of another human being.

”A nice way to think about it,” Dr. Damasio said, ”is that we have this emotional system built in, and over the years culture has worked on it to make it even better.”

FIN /The End