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Mara viste y calza un traje de electroestimulación

Los que me conocéis sabéis que, para mí, el ejercicio y una alimentación equilibrada y saludable forman parte de la belleza. De hecho resaltan más la belleza natural que un corte de pelo o la última paleta de cualquier firma de maquillaje, ya que todo lo que nos hace sentir bien por dentro se nota por fuera.
Aunque el traje de electroestimulación no sea precisamente uno de los básicos del año sí que es tendencia dentro del mundo del fitness y así fue mi experiencia probando uno.
Ros comprobando que no hubiera ningún cable suelto.

Rosa, monitora de Electro-body Center en Ponzano 99.

Es por eso que cuando de una agencia de azafatas me preguntaron si tenía disponibilidad para la inauguración de un gimnasio confirmé sin pensarlo. Era un centro de electroestimulación, para los que no estáis familiarizados con el término, es un sistema de entrenamiento que consiste en activar los músculos con pulsaciones eléctricas gracias a unas placas que van dentro de un chaleco que son las que transmiten la señal. Lo sé, dicho así da un poco de miedito.

aab¿Y por qué no podemos activarlos de manera ‘normal’ como llevamos haciendo toda la vida? Pues poder, podemos. La diferencia es que con la electroestimulación trabajamos más la fibra muscular, por lo que es perfecto para aquellos que tienen menos tiempo. Con una sesión de 25 minutos a la semana complementándolo con la alimentación y algo de ejercicio se pueden lograr todo tipo de objetivos como pérdida de peso, reducción de grasa focalizada o tonificación en menos tiempo.

Yo era la primera que iba un poco asustada, no os voy a engañar. Porque, a fin de cuentas, en el gimnasio el esfuerzo lo decides tú eligiendo las mancuernas más o menos pesadas, pero si es un peso con el que no puedes trabajar, es tan fácil como soltarlas, mientras que aquí iba a ser otra persona la que controlara el nivel de trabajo de mis músculos.
Cuando llegué y vi que Rosa, la entrenadora de Electro-body Center, empezaba a rociarme la ropa que va debajo del traje con agua para que la señal de las placas no fuera directa al músculo (y es que mi madre siempre me ha infundido ese miedo atroz a la electricidad y al agua cada vez que me veía descalza en el baño con el secador funcionando), me vi por un instante más electrocutada que un árbol al que le cae un rayo.
Afortunadamente son solo miedos tipicos de probar cosas nuevas y desconocidas, ya que Rosa estuvo pendiente de mí en todo momento (y no hay riesgo de electrocución). Cuando encendió la máquina y empezó a explicarme los niveles a los que pondría las pulsaciones, empecé a sentir una suave vibración por el cuerpo. No eran pellizcos, calambres ni nada de lo que mi desatada imaginación había pensado. Cuando le dio mayor intensidad empecé a sentir con más fuerza la pulsación sobre mis músculos, una sensación curiosa pero para nada molesta.
Pero claro, no podía ser tan fácil. Y cuando quise darme cuenta estaba sudando en la elíptica y subiendo y bajando hasta 30 veces del step con aquel traje que, para lo ceñido que debe ir, es bastante más flexible de lo que parece.
Lo realmente extraño fue salir después totalmente relajada. Normalmente uno sale del gimnasio con las endorfinas, dopaminas y otras hormonas por las nubes, pero también con la sensación de haber sido atropellados por un tren de alta velocidad. En mi caso no, de hecho llegué tan descansada que hasta me planteé hacer más ejercicio después. Aunque como tampoco quería abusar esperé a ver cómo reaccionaba mi cuerpo al día siguiente.
Rosa insistió en que la llamara si tenía agujetas. Pues bien, tras despertarme como nueva, solo puedo pensar que o estoy yo muy en forma o necesito descargas de nivel de intensidad “tormenta eléctrica” para la próxima.

El ‘efecto verano’ en la tripa y las caderas

[Día 1 de septiembre a las cuatro de la tarde. Me relajo con mi mejor amiga en el borde de la piscina aprovechando para ponernos al día.]

-Qué asco de verano, no me gusta cómo tengo las piernas.

La miro con ese amor reverencial de abuela que tenemos por las amigas queridas, ese que hace que, estén como estén, las veamos siempre como las criaturas más perfectas del universo y no nos entre en la cabeza que no las llamen para un trabajo o que el chico de turno no las conteste los whatsapps.

-Tonterías- le digo-. Yo antes del verano tenía abdominales y ahora mira…

Nos reímos y enumeramos los extras del verano: su brownie de chocolate con helado de dulce de leche, mis incontables platos de pasta, las pizzas…

Y es que en verano, como en Navidades, Semana Santa o cualquier época del año un poco más especial, nos dedicamos a lo importante: a disfrutar. ¿Y qué mayor disfrute que dejar de lado lo que debemos seguir de manera más estricta durante el resto del año?

Si eres de los que lleva puesto el ‘efecto verano’, es decir, el efecto de las tapas, pinchos, salchipapas, cubatas en la terracita chill out, barbacoas, lomo-quesos, festivales, etc, es normal que el cuerpo haya perdido un poco de forma y que notes una flacidez veraniega en la tripa o en las caderas.

Volver a la rutina laboral puede ser la clave para encaminarnos hacia hábitos más saludables como sustituir los litros de cerveza por agua y volver a una alimentación equilibrada que no esté basada en fritos y rebozados como los platos del chiringuito (que no significa que te pases el día comiendo verde como las vacas).

Retomar la forma física es más fácil si hemos entrenado previamente, un poco como montar en bicicleta. El cuerpo, que es muy sabio, sabe que hace meses, estuvo en forma, solo tenemos que encontrar la manera de recordárselo.

Para ello debemos hacer ejercicio. No, no hay alternativa, hay que moverse. Si tu único ejercicio cardiovascular ha sido andar del aparcamiento a la orilla para plantar la toalla, empieza poco a poco. Puedes apuntarte a un gimnasio o empezar con algo tan sencillo como el running. Que no importa si solo corres hasta la esquina y vuelves a casa siempre y cuando mañana corras hasta la esquina y un pasito más allá y así progresivamente hasta que te hagas la San Silvestre.

La clave es y será siempre la paciencia y no agobiarse por cómo hemos vuelto. Que, en el fondo, la vida es demasiado corta como para renunciar también en verano a los pequeños placeres gastronómicos.

“Que nos quiten lo zampao” pensamos mientras hablamos de la clase de spinning que seguramente nos espera al día siguiente.