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Mi madre no es de esas madres

Todo lo que sé de maquillaje lo aprendí de mi madre, en otras palabras, nada.

Hoy quiero aprovechar para darle las gracias por ello. Porque cuando le dije: “Mamá enséñame a maquillarme” solo supo explicarme cómo dibujarme la raya del ojo. Ni polvos, colorete o pintalabios. “Estás más guapa sin maquillar” me repetía ese día y todos los demás que me ha visto hacerlo. Y ahora me lo creo.

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De ella aprendí una rutina de belleza que consiste en lavarse la cara por las noches, echarse crema hidratante y, en la piscina, la de factor 50. Mi madre, siempre natural, no solo de naturalidad al ser ella misma, sino de naturaleza por tener antepasadas meigas. La misma que para perfumarse, arrancaba un pedazo de lavanda paseando por el campo y se lo frotaba contra las muñecas para darles olor. Nunca le he dicho que es algo que automáticamente repito cada vez que veo esa planta.

Mi madre no es el tipo de madre que te dice “Vámonos de shopping” o “Te he comprado ropa”, a no ser que “ropa” sea un pijama o esos pares de calcetines que ya me venían haciendo falta. Pero es el tipo de madre que te pregunta si quieres ir con ella a ver una exposición o que te compra una novela que ha pensado que podría gustarte en la Feria del Libro. Debe ser porque he crecido con ello que prefiero lo segundo.

Mi madre no es de esas madres que va a la moda, al menos no lo era hace unos años. Es una mujer que lo mismo le da que le da lo mismo que se lleve azul, rojo, blanco o negro. Ella se compra los colores y accesorios que le da la gana y se los pone como quiere. Es de esas que usa la misma falda de antes de quedarse embarazadas. De esas cuya ropa es de un tejido tan bueno que incluso veinte años más tarde sigue pareciendo casi nuevo. Ella rescata, reaprovecha, usa y requeteusa. Por ello, cada vez que le regalan algo nuevo, me deja caer que me mantenga alejada de la prenda (mi mala fama de acaparadora de ropa ajena me precede) pero al final nunca tiene problema en abrir su armario (incluso el de ropa de los años 80) y dejar que lo saquee libremente.

A pesar de que combinemos las cosas de manera muy diferente, por ejemplo, ella usaba un bañador para ir a la playa y yo me lo pongo de body para ir de fiesta, a ambas nos encanta cacharrear con la ropa: mezclar, arriesgar… Mi madre ha sido mi primera influencer. Entre las fotos de cuando era (más) joven y sus anécdotas, me la imagino de veinteañera yendo por Vigo con su poncho fumando en pipa (era una hipster de aquellos tiempos). También me ha contagiado su amor por los bolsos, zapatos y sombreros.

Pero lo más importante es que mi madre me sigue enseñando cada día a quererme con celulitis, arrugas y pecho caído con su ejemplo. Nunca ha pasado por quirófano ni tiene intención de hacerlo. La entiendo. Está preciosa, y mi padre coincide conmigo cada vez que hemos hablado de ello.

No se me ocurre un mejor referente femenino en el que poder fijarme. De ella he aprendido a encontrar la belleza en la pasión, fortaleza, independencia, creatividad o en la dedicación. Pero tengo que sacarle una pega, es demasiado modesta. Cuando le digo que está guapa o me quedo embobada tratando de averiguar de qué color son ese día sus ojos (verdes, azules o grises dependiendo del sol o de su humor) me replica que no es mérito suyo. Supongo que es la única incapaz de ver lo que brilla.

Ojalá esto le ayude a hacerlo.

Feliz día, mamá.